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Opinión
Etiquetas:   Tribuna de opinión  

Depravación

La mayor depravación es la carencia de metas. Ayn Rand (Alisa Zinovievna)
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 7 de junio de 2013, 07:01 h (CET)
Cuando el mal o lo perverso, conviriténdose en juego o espectáculo, atrae a los hombres con mayor fuerza que lo bueno o la virtud, es porque su esencia se ha pervertido hasta la depravación. Esto es algo que hoy está sucediendo porque la inmensa mayoría está perdiendo sus metas o no sabe cuáles fueron cuando las tuvo. El enorme esfuerzo del sistema por complicar el laberinto está dando sus frutos, y ya pocos tienen más metas en la vida que pasarla bien como sea y a costa de quien sea, o nada más que llegar a fin de mes, pocos de ellos saben siquiera para qué. Es la Lógica de la Confusión, una ceremonia en la que los poderes actuales invierten ingentes recursos de todo tipo para que nadie sepa ni quién es, ni para qué vive, ni mucho menos qué es.

Los llamados Derechos Humanos —encomiables por sí mismos— han sido la mayor de las trampas de la humanidad. Como sucede con el veneno, nada es mortal, sino cuestión de dosis: si son pequeñas, curan, y si son grandes, matan. Y han sido las impropias dosis de esos Derechos los que están convirtiendo a la sociedad en inhabitable, confundiéndolo todo un poco como con esa lógica difusa que hoy se usa tanto en diseño industrial como en la creación de frikis que sirven de modelos a las nuevas generaciones. La Lógica de la Confusión, es una estrategia militar que, aplicada en lo social, está facultando la depravación generalizada de los hombres, convirtiéndolos en seres muy manipulables y esclavos de los poderosos.

A quien sabe adónde se dirige, es difícil hacerle confundir de camino y tratar de conducirle a otro lugar; pero a aquel que no sabe siquiera adónde va, se le puede dirigir con mucha facilidad adonde uno quiera: es un pelele. Y la sociedad se ha llenado de peleles, porque ha confundido las dosis de derechos de tal modo que se han convertido en un veneno que la está matando… o desviando su naturaleza. El mayor progreso se está consiguiendo en la depravación, en la pérdida de valores y metas que nos alejaban de esta animalidad a la estamos regresando empujados por el sistema.

Han recortado haberes y subido impuestos, y lo perentorio o lo urgente ha hecho olvidar a los hombres lo necesario, que sigue siendo lo mismo que cuando se tenía en abundancia de todo. Se ha perdido el norte, y cuando se pierde alguien en la confusión, al único lugar que no podrá llegar jamás es a su propio destino. No importa lo que elija: elegirá mal.

En el sagrado nombre de los Derechos Humanos se ha dicho que la vida es sagrada, y es verdad. Pero la vida que se ha convertido en sagrada, curiosamente, es la del criminal sobre la víctima, la cual se respeta como un bien divino entretanto se prescinde de la vida del nonato como un mal desechable, y aún se juega con la vida no solamente de las víctimas sino también con la de los adultos inocentes, ya sea al ponerlos al alcance de esos sicópatas sin escrúpulos a los que se libera de sus penas en el sagrado nombre de la libertad, o ya lo sea al ser puestos bajo el poder de esos otros criminales de guante blanco que favorecen la muerte de los menos afortunados con recortes sanitarios o privatizaciones mucho más que injustas y tramposas.

El Derecho de Igualdad se está llevando hasta tales extremos que está convirtiendo en desigualdad, pero ahora en sentido contrario. No se trata ya de que se les reconozcan sus inalienables derechos a las mujeres, sino que se está condenando a los hombres, discriminándolos aunque sea negativamente —una disciminación, es una discriminación—, ni que se les reconozcan sus justos derechos a los homosexuales —allá cada cual con su culo, que con él haga un colectivo y suba en él a quien quiera—, sino que se está criminalizando la heterosexualidad. Me da la impresió, de que cuando se llevan las cosas a los extremos, la depravación está asegurada, tal y como ha puesto de manifiesto esa ministra inglesa, a la que se le acaba de ocurrir la gracia de que los papás no deben decirles guapas a sus hijas, solicitando que esto sea castigado legalmente. Vamos, que acostarse con ellas, sí; pero decirles que están guapas, no. ¿Somos tontos o qué?…

Así la cosa, no sorprende en absoluto que ya los pedófilos reclamen esos mismos derechos y hasta tengan partidos políticos legalmente registrados —nuestras leyes ya son pedófilas por cuando se considera mayor de edad sexual a personas con 13 añitos—, sino que ya hay por ahí científicos que exigen la extensión del derecho de aborto hasta que el niño tiene la edad de 9 años…, porque hasta esa edad no tiene conciencia. Se ve que esos joputas que piden tal cosa sí que la tienen…, aunque negra como el Infierno.

Podríamos entrar aquí en el adoctrinamiento escolar y televisivo —con extensión a esa literatura cosificante de nuestros premiados autores o a esa música aberrante que degrada a la misma Música—, en la agresión continua a las distintas fes, y aún en que lo que se aplaude y promociona es cualquier conducta descarriada o disparatada, poniéndola de ejemplo para esas nuevas generaciones ya preformadas en la confusión; pero mejor lo dejamos. Baste poner el ejemplo de que si entran en un templo cuatro mujeres desnudas pintadas con insultos y blasfemias para los fieles que practican su fe en ese recinto sagrado, se las aplaude a rabiar y aun son noticia de libertad en las televisiones —y de cruel antilibertad para el país que las detiene—; pero si un fiel les dijera a esas personas los epítetos que en justicia les correspondería, serían para esas mismas televisiones una evidencia de intolerancia y de prácticas liberticidas. Vamos, que la defensa en tal caso, sería significarse como intolerante, machista, homófobo y liberticida.

Democracia sí, pero no hasta el extremo de votar quién es el padre de mis hijos, decía el famoso político español de principios del s. XX. Esto está yendo ya demasiado lejos, y toda paciencia tiene un límite. Comprensión para el criminal y que se joda la víctima, vida para el asesino y muerte para inocente, discriminación negativa para varones y heterosexuales, legalizaciones para infanticidas y pedófilos y cosificación y muerte para la infancia, y respeto para los satánicos y los perseguidores de los creyentes y a joderse los perseguidos, es un panorama que no hace pensar en la casualidad precisamente, sino, mejor, en algo bien previsto y programado. ¿Y a quiénes podría interesar una sociedad tan siniestra?…Respóndase usted mismo.

O el elixir de la libertad nos ha empachado y nos ha vuelto idiotas, o la dosis de derechos de ha sido tan excesiva que nos está envenenando…, o estamos siendo dirigidos como borregos a un sociedad depravada y absurda que solamente puede concluir en un abismo de siniestra profundidad. Sin embargo, al final todo depende de lo que uno elija, de su propia libertad. Puede aceptar esta realidad y dejarse despeñar —a no quejarse, entonces—, y puede fijarse metas y tratar de saber qué es, para qué vive y con qué objeto. Esta ceremonia de la confusión, después de todo no es otra cosa que el Infierno. Recuerden aquella frase hermosa de Oliver Stone: “El Infierno es la imposibilidad de la razón.” Y cualquier cosa es posible, menos razonar con tanta confusión.
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