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Django desencadenado, el curioso western de Tarantino

Una cosa a tener en cuenta antes de ver una película de Tarantino es que es casi imposible calificarla dentro de un único género
Alfonso Gutierrez Caro
viernes, 26 de abril de 2013, 08:12 h (CET)
Hace unos años hablaba con un gran amigo de lo absolutamente genial que sería ver un western de Quentin Tarantino. Conocedores de sobra de su obra y gustos, inquietudes y fuentes de inspiración, el western bien podría ser el género ideal en el que el bueno de Quentin aunara todas las características que le hacen un referente del cine actual. Ya habíamos visto escenas “muy western” en Kill Bill vol.2 o Malditos bastardos: música del maestro Morricone, duelos al sol, fugaces zooms a los ojos. En el primer caso hablaban las katanas, en el segundo el bate de beisbol del Oso judío. Era auténtico, emocionante. Te dejaba el inconfundible aroma del spaghetti western de los sesenta-setenta y unas tremendas ganas de que se adentrara en el particular submundo western y sus ciudades polvorientas, sheriffs honrados y bandidos indeseables, caballos veloces como el viento, espuelas chirriantes y revólveres Colt prestos para desenfundar. Entonces, con todo eso y más, llegó Django desencadenado. Con todo eso pero a su modo. Al inconfundible y célebre estilo tarantiniano.

Y es que una cosa a tener en cuenta antes de ver una película de Tarantino es que es casi imposible calificarla dentro de un único género. ¿Es Malditos bastardos un film bélico? Bueno, transcurre en Francia durante la II Guerra Mundial, salen nazis, soldados aliados…. Pero desde luego no creo que nadie pueda decir que es una película bélica al uso. Es más una comedia negra de acción. Lo mismo se podría aplicar a los dos volúmenes de Kill Bill, decir que son películas de artes marciales sería quedarse en la superficie. Al igual que decir que Django desencadenado es simplemente un western. Sí, la acción tiene lugar en Norteamérica en el siglo XIX, pero a poco que van pasando los minutos vas descubriendo que no es para nada una típica película de vaqueros. Comienza como una comedia, avanza como una road movie, se adentra en el thriller y finalmente acaba con una orgía de balas y sangre.

Como de esperar, el film de Tarantino es mucho más cercano a los spaghetti western de Leone o Corbucci que a los clásicos americanos de Ford o Hawks. No solo ya en cuestiones estilísticas, de banda sonora, juego de planos o atmósfera (en esta última destacaría la influencia de películas de Corbucci como Django o El gran silencio), sino también en el sentido de la violencia o en lo canallesco de los personajes, sus motivaciones y su sentido de la moral. El spaghetti western es como una versión sucia de los western clásicos, y Tarantino prosigue por esa senda.

En Django desencadenado tenemos nuevamente una venganza como motor de la historia (el leimotiv predilecto del cineasta de Tenesse), pero lo realmente divertido es todo lo que sucede a su calor: un tratado antiesclavista forjado a base de humor. Un humor, por qué no decirlo, bastante negro. Y no me refiero solo por la cantidad de chistes y menciones peyorativas hacia los personajes de raza negra del film (no se cuántas veces llegan a pronunciar la palabra nigger), sino también por las situaciones de extrema violencia típicas de los films de Tarantino y la curiosa ética profesional de uno de sus protagonistas: el Dr. Schutlz, un cachondo cazarrecompensas magistralmente interpretado por el doblemente oscarizado Christoph Waltz. El Dr. Schultz supone la cima de una de las contantes en el cine de Tarantino: excelentes diálogos y desatada verborrea. Un tipo condenadamente astuto y elocuente que es el auténtico corazón, el carisma, de la película. El papel de protagonista e hilo conductor del film es por supuesto para Django, vuelta de tuerca del pistolero solitario, correctamente interpretado por Jamie Foxx. El hecho de que se trate de un esclavo negro liberado le otorga esa originalidad y fuerza a un personaje pretendidamente unidimensional pensado para ser el azote de los miserables esclavistas que tiene presa a su amada.

Una vez compuesta la sociedad Django-Schultz es cuando realmente comienza el baile. El cazarrecompensas le enseña a Django todo cuanto a de saber de su oficio, mas pronto comprueba que las armas son algo innato en su nuevo pupilo. Django ha nacido para matar, para convertirse en la mayor leyenda revólver en mano que han conocido los tiempos. En su camino hacia la amada, Django y Schultz se encuentran con una serie de personajes, vamos a calificarlos como “los malos”, a cual más singular y a cual más genial. Don Johnson y sus fundadores del Ku Klux Klan protagonizan una de las escenas más genuinamente graciosas no solo de la película, sino de toda su filmografía. Personalmente no me reía tanto en una escena de Tarantino desde la célebre asignación de colores-nombres de Reservoir Dogs.

Tras salvar varios escollos, Django y Schultz llegan al fin al lugar que tanto ansían: la plantación del cruel Calvin Candie, papelón a cargo de Leonardo DiCaprio. Podríamos decir que ésta en verdad la parte esencial de la película, donde se juntan todos los protagonistas y donde se da inicio a la sanguinaria escabechina a ritmo de rap. Es entonces cuando vemos algunas de las atrocidades físicas que practicaban estos esclavistas: latigazos, ser comida para perros, peleas a muerte en el lujoso salón (impagable cameo de Franco Nero, el Django original), la “caja caliente” donde encuentran a Broomhilda, la esposa de Django… y junto a estos salvajes castigos corporales, los castigos morales, quizás peores que aquellos pues suponen el sometimiento del alma. El convencimiento a fuerza de dolor de que se es inferior por el mero hecho de tener distinto color de piel. Aquí juega un papel esencial Stephen (inconmensurable Samuel L. Jackson, actor fetiche de Tarantino), esclavo y negro pero a su vez mano derecha del poderoso Candie, azote de cuantos esclavos componen la plantación y, probablemente, el mayor racista de toda la película. Un personaje complejo, cruel, clasista, ambivalente, y con la peor boca que se recuerda en una pantalla de cine desde el sargento de artillería Highway.

Tras la trágica resolución de la cena llega la apoteosis. En un momento dado la pantalla se transforma en un ir y venir de balas y cataratas de sangre en una escena violenta como pocas. Clint Eastwood hizo algo similar, aunque mucho más elegante y sutil, al final de Sin Perdón. A Tarantino le va más el exceso, disfruta de la explosión de la violencia, se recrea en los cuerpos sin vida que son agujereados una y otra vez. Casi se puede sentir el aroma a óxido de la sangre. Al final Django adquiere un estatus cercano al de héroe de cómic, todopoderoso e incorruptible aunque se tenga que enfrentar a un ejército entero. ¿Uno contra cincuenta? Da igual, el héroe todo lo puede. El héroe es invencible.

El final se alarga quizás un poquito, reiterándose en el exceso, pero no es esta una tara significativa. Tras dos y media sales del cine con la sensación de haber asistido a un entretenimiento de lujo, estilística y técnicamente perfecto y con unos personajes que dejan huella. Es precisamente en estos últimos donde radica la grandeza de los guiones de Tarantino. Ellos son la esencia de sus películas.

Al amigo Quentin se le podrán reprochar muchas cosas, pero nunca que se quede corto en algo, que deje indiferente a alguien o que no proporcione ingeniosas y estimulantes obras de calidad.

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