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Etiquetas:   Los leones y los días   -   Sección:   Opinión

Una isla en el mar

Sergio González

domingo, 4 de junio de 2006, 01:46 h (CET)
El pasado fin de semana se plasmó la continuidad conservadora en uno de los pocos feudos inexpugnables para la izquierda sudamericana desde finales de las dictaduras que tuvieron su apogeo en los 70 y 80. La Colombia “uribista” tuvo su reafirmación maximalista en unas urnas en las que por primera vez un jefe de Estado pudo repetir candidatura a la presidencia, una vez que el apaño constitucional fue realizado en 2004. Tres fueron los candidatos que contaban con mayores opciones para llegar a la segunda vuelta, pues sólo el independiente de Primero Colombia, Álvaro Uribe Vélez, era quien tenía todas los ´ases´ en su manga para no tener que recurrir al balotaje y llevarse la victoria en la primera vuelta. Además del considerado “procurador de los paramilitares” se acercaban al electorado otros dos postulados, uno el representado por el profesor universitario y defensor de las ideas izquierdistas del bloque Polo Democrático Alternativo, Carlos Gaviria, quien para muchos tenía detrás a las guerrillas marxistas y leninistas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Por último, era uno de los dos tradicionales polos de la política colombiana, el Partido Liberal, quien contaba con nimias opciones de lograr estar en la segunda vuelta gracias al tantas veces derrotado Horacio Serpa, que ya fuera derrotado en 1998 y 2002 por los conservadores Andrés Pastrana y el propio Álvaro Vélez.

Los comicios transcurrieron con una pasmosa tranquilidad durante toda la jornada electoral y conforme pasaban las horas las cosas iban poniéndose mejor para el candidato independiente y absorbedor de los últimos restos de lo que un día fue el Partido Conservador. Uribe, se proclamó vencedor por amplia mayoría, con un 62 por ciento de los sufragios emitidos en una de las jornadas que se recuerdan por tener un porcentaje de participación más bajos, con poco más del 45 por ciento de la población con derecho a voto. En un magnífico segundo puesto se situó el representante del electorado progresista, Carlos Gaviria, quien consiguió aglutinar al 22 por ciento de los votos totales y situó a una formación de tintes post-comunista como una de las dos formaciones más importantes del país latinoamericano. La ruptura del bipartidismo se reflejó en el rostro de un apesadumbrado Horacio Serpa, que poco pudo hacer para mitigar el efecto conservador del también cristiano Uribe y se apropió de poco más de un millón de papeletas y logró el 11 por ciento del total de votos depositados, lo que le margina dentro de un partido cuya desintegración se encuentra en ciernes.

De esta manera la derecha se mantiene en el poder, situándose como uno de los pocos países que ha resistido la tentación de volcarse con los regímenes de izquierdas que tan bien representan los presidentes de Venezuela, Hugo Chávez, y Bolivia, Evo Morales. La continuidad en las políticas anti-guerrillas va a ser reflejada nuevamente en el programa de gobierno que debe poner en marcha en las próximas semanas, no obstante el acuerdo con el otro “ejército popular”, el representado por el maoísta y cristiano Ejército de Liberación Nacional (ELN), parece estar más cerca que nunca. El pacto de desarme de los paramilitares derechistas de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) debe llegar a su fin tras una racha de entrega de fusiles logrados con el narcotráfico y las capturas de rehenes. Pese a que la economía ha vivido una etapa presidencial de bonanza, la mediocridad de las medidas no ha valido para nada ya que al menos el 50 por ciento de los ciudadanos del país atlántico viven en el umbral de la pobreza, y otra gran parte no llega siquiera a ese mínimo límite de supervivencia.

Las elecciones no sólo se dejaron ver por los países sudamericanos pues también en el antiguo continente se llevaron a cabo procesos democráticos como el que se vivió en Italia, que serviría además para ver la acogida del nuevo Gobierno-Prodi y el espíritu de revancha del magnate comunicativo y dos veces ex primer ministro, Silvio Berlusconi. Eran los comicios locales los que hacían las delicias de un electorado cansado de tener que acudir a las urnas tantas veces en un mismo año. Ayuntamientos como Nápoles, Milán, Turín o Sicilia elegían nuevos primeros ediles y las dos formaciones ponían toda “la carne en el asador” para llevarse el gato al agua y salir triunfantes ante la opinión pública.

Pero, tal y como estaba previsto en el guión, las votaciones se plantearon desde el punto de vista localista, y aquéllos que lo habían hecho razonablemente bien tenían asegurado un considerable éxito. Los ayuntamientos en los que hasta ahora gobernaba La Unión siguieron teniendo un máximo representante del centro izquierda, sobre todo los destacados Wálter Veltroni, en la ciudad de Rómulo y Remo, Rossa Russo Iervolino, en Nápoles, y Sergio Chiamparino, en el norte italiano de Turín. Por su parte la coalición de centro-derecha de la Casa de las Libertades logró mantener las codiciadas piezas de Sicilia merced al triunfo del popular Salvatore Cuffaro sobre Rita Borsellino la hermana del juez antimafia asesinado en 1992 y candidata por el progresismo transalpino, y Milán, con la apurada victoria de la ex ministra del Gobierno central conservador, Letizia Moratti, frente al izquierdista Bruno Ferrante. En esta tesitura, sólo uno de los gobiernos municipales más importantes, el de Reggio Calabria, cambiaría de manos, en este caso haría el puente aéreo de derecha a izquierda.

El Debate sobre el Estado de la Nación que se celebró entre los días 30 y 31 de mayo tuvo un desenlace previsto por todos los analistas que asistieron al Parlamento con ganas de ver un enfrentamiento “a cara de perro” entre el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el líder de la Oposición, Mariano Rajoy. Finalmente, el primero de ellos tuvo un comportamiento mucho más centrado, abordando las cuestiones planteadas desde las banquetas de la Oposición con mucho temple y aportando una gran cantidad de datos que le llevarían a ser conformista y autocomplaciente. El discurso de Zapatero se vio plagado de referencias a la economía, haciendo énfasis en el superávit presupuestario y de las Administraciones Públicas y en el alto índice de empleo, hecho que puede verse beneficiado por la nueva reforma laboral que debe entrar en vigor en un tiempo relativo. El otro punto de actuación fue el de las ayudas a los jóvenes, sobre todo en el campo de la vivienda y la creación de empresas, con el objetivo de darle un mayor dinamismo a uno de los sectores con unas tasas de paro mayores.

Por el contrario, Mariano Rajoy defraudó considerablemente puesto que no puso sobre el tapete lo que los medios de comunicación halagadores de la derecha le reclamaban: el terrorismo. La pérdida de control con constantes referencias al minutaje y la crítica al presidente del Congreso de los Diputados, Manuel Marín, no hicieron más que alejarlo de los problemas reales de los ciudadanos. Las referencias al Estatut de Cataluña y la inmigración ilegal proveniente en cayucos ocuparon una gran parte de un discurso en el que se echaron en falta multitud de argumentos y razones, y en ningún caso fueron la esencia de alguien que quiere ganar las elecciones en 2008. El resto de partidos políticos criticaron al líder del Ejecutivo con dureza la falta de medidas para solventar los problemas y que asentara todo su discurso en unas cifras que “falsean” la realidad y le impiden mirar más allá en la política nacional.

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