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Opinión
Etiquetas:   Homofobia   Homosexualidad   África  

Homofobia institucionalizada

Algunos casos en el mundo y el rol del colectivo LGBT+
Cristian Iván Da Silva
@CrisDaSilvaOk
domingo, 10 de marzo de 2019, 09:42 h (CET)

La persecución al colectivo homosexual en muchos países africanos o en Rusia supone una técnica de distracción de los gobiernos para centrar la atención de la opinión pública en otros asuntos. Generalmente, estos países tienen graves problemas, como tasas elevadas de desempleo, corrupción o problemas de salud pública, o se avecinan a elecciones presidenciales que requieren alejar la atención de estos asuntos. Poniendo a la población transgénero y homosexual en el centro de la diana mediática y alimentando patrones de conducta ultraconservadores y extremistas, encuentran la vía de escape perfecta para lograr que los ciudadanos no se preocupen por los problemas reales del país, como sí conquistar derechos fuera un estorbo.


Al mismo tiempo, el predominante papel de la religión en estas sociedades o la búsqueda de un mayor protagonismo para la misma, como ocurre en Rusia con Putin y su intención de aupar a la Iglesia ortodoxa al centro de la vida política, está desembocando en una proliferación de predicadores contra la homosexualidad, también es así con el avance de predicadores evangélicos con un discurso que promueve el fanatismo religioso y la caza de brujas contra el colectivo LGTB+. De esta manera, se proyecta una imagen del homosexual como la de una persona peligrosa para la sociedad. Los discursos se centran, especialmente, en proteger a los niños de los gays y las lesbianas y de no permitir que les “contagien la homosexualidad”. Se quiere evitar que sus sociedades importen valores extranjeros tan perniciosos como la libertad o la igualdad de derechos civiles. Por tanto, avances como el matrimonio entre personas del mismo sexo se convierte en el objetivo de las críticas del gobierno y de los predicadores, aprovechando así para establecer a los culpables lejos de casa y evitar problemas internos.


La homofobia institucionalizada supone un peligro para la vida de los homosexuales, siendo víctimas de graves violaciones de sus derechos humanos que en muchas ocasiones tienen un desenlace trágico. Por ejemplo, en Uganda no es extraño que periódicos sensacionalistas publiquen, anunciándolo en portada, un listado de “los mayores homosexuales” del país, acompañándolo con fotografías para que se pueda reconocer y denunciar a estas personas e incluso se adjunta, en algunas ocasiones, su dirección para tenerles localizados. Esta violación de los derechos fundamentales se traduce en persecuciones públicas, linchamientos impunes, palizas, escraches, arrestos por ser homosexual e incluso con la muerte.


El activista gay David Kato fue asesinado tras la publicación de su fotografía en la portada de un periódico en 2011. La globalización se presenta, en este caso, como un arma de doble filo. El ascenso de la popularidad de los pastores evangelistas ultraconservadores de Estados Unidos en África supone una justificación para este tipo de comportamientos que, lejos de ser castigados por los estados, se expanden entre la sociedad con impunidad. Es importante destacar que la mayoría de las leyes anti-homosexuales de África provienen de la era colonial, ya que este tipo de regulaciones no existía previamente y el odio a las personas LGTB+ no era un rasgo característico de la cultura como está ocurriendo actualmente.


La homofobia hace que la población entienda la homosexualidad como una decisión personal o una enfermedad, siendo incapaces de comprender que un hombre o una mejor no ‘se hace’ homosexual, sino que nace con una orientación sexual determinada. Sin embargo, los métodos ‘curativos’ de la homosexualidad proliferan rápidamente, al amparo de discursos extremistas, con la aplicación de métodos atroces como las violaciones ‘correctivas’ a mujeres lesbianas por un grupo de hombres para devolverle su heterosexualidad. Además del trauma que una violación supone para cualquier persona, en muchos casos se ven agravados por el contagio del VIH como consecuencia de la aplicación de estos “métodos correctivos” en el mundo árabe,


El norte de África es la zona menos agresiva contra el colectivo LGTB+. En Marruecos o Túnez se pueden encontrar locales gay al norte del país y, hasta ahora, Egipto ha sido uno de los pocos países del continente que no tenía leyes en contra de los homosexuales. Sin embargo, en este último caso, se están dando pasos atrás, ya que en el verano de 2014 el gobierno egipcio intervino varias aplicaciones móviles para el público homosexual. En otros países árabes la represión incluye penas de cárcel, condenas a cientos de latigazos en público e incluso la pena de muerte con métodos tales como la lapidación.


Las personas homosexuales en el mundo árabe no pueden vivir su sexualidad libremente y cualquier muestra de su orientación sexual supone un riesgo real a su vida. En estos casos, la persecución no puede ser calificada como una caza de brujas, como en el caso africano, al no ser un asunto tan mediático pero no por ello es menos peligroso ni requiere una menor atención la situación del colectivo LGTB+. En la mayoría de los casos, las relaciones homosexuales tienen una marcada diferenciación por roles, en las que la sodomía es vista como una humillación. Sin embargo, la situación históricamente no ha sido siempre así. Basta tomar como ejemplo al más importante poeta árabe clásico, Abu Nuwas, que vivió entre los siglos VIII y IX, en cuyos textos habla abiertamente de la homosexualidad y de las relaciones entre personas del mismo sexo, con una completa normalidad que destaca en contraposición con la situación actual.

En aquellos lugares, en los que ser homosexual supone un riesgo para la vida del colectivo, la comunidad internacional debe actuar de manera firme para garantizar la libertad de los individuos y no permitir que se den casos de genocidio por motivos de orientación sexual, un escenario cada vez más probable dado el aumento de las políticas que fomentan el odio y la homofobia. La promoción de los derechos LGTB+ en la agenda de la política exterior de los países occidentales, debe combinarse con técnicas de diplomacia preventiva como las desarrolladas por la Unión Europea, con el objetivo de avanzar con pies de plomo en el camino por la igualdad y el fin de la represión, asegurando cada uno de los pasos que se toman.


El avance de la democracia es el camino para la igualdad efectiva en la sociedad pero es un camino que debe surgir en cada país de manera individual y, por ello, el apoyo a los grupos de defensa LGTB+ en estos países es clave para hacer germinar un cambio de mentalidad. La protección a las personas que sufren discriminación por su orientación sexual comienza a ser protagonista en la concesión de asilo en algunos países europeos a homosexuales perseguidos y la visibilidad de grandes estrellas que viven abiertamente y con normalidad su orientación sexual pueden suponer un importante acelerador para ese cambio de mentalidad en los países en los que la intolerancia supone un grave peligro. Los Estados están obligados por el derecho internacional a proteger a las personas LGTB+ y deben tomar medidas encaminadas a terminar con la discriminación y la violencia a base de reformas de sus códigos penales y de campañas de educación para contrarrestar la homofobia en favor de la tolerancia a la diversidad. Las organizaciones en defensa de los derechos civiles jugarán un papel crucial como motores del cambio para permitir que entren los primeros rayos de sol en aquellos países en los que la homosexualidad está condenada a la clandestinidad y en las que querer a una persona supone un riesgo para la vida de aquellos que sólo buscan ser tratados igual que cualquier otro ciudadano y amar libremente.

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