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Hacia el fin del año, razonando

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
miércoles, 21 de diciembre de 2005, 00:15 h (CET)
De modo vertiginoso, la humanidad consume los días que restan para concluir uno más de los años “del Señor”, como se leía antes: En el año del Señor... (comenzaban), y se contaba lo que fuera, que, claramente, quedaba situado en un preciso período anual del tiempo que, un ser Todopoderoso y creador de todo, tiene concedido a los hombres para el azaroso desarrollo de sus andanzas. La difundida “teoría de la evolución” de Darwin, publicada en 1859, ha quedado rebasada, periclitada dicen los pedantes; y la manipulación genética de nuestros días, ya interviene por la vía “científica” en los cambios del ser vivo, y la mano del hombre intenta, bajo su propia responsabilidad, interferir en lo que ha venido siendo un original método de acomodarse las especies al medio en que habían de sobrevivir. Y no sólo eso, sino que las concesiones que se hicieron para considerar esa teoría como la rectora de la adaptación de la vida, se sobrepasan, al entender, con los años, que –ella misma-, ha de obedecer al dictado de una Inteligencia Rectora Superior. ¿Quién creó la vida? ¿Quién, las distintas maneras de ella? ¿Quién les dotó del poder de adaptarse al medio? Es manifiesta la continuidad entre todas sus formas, y, eso fue el gran descubrimiento de Darwin, un hombre muy observador y reconocido como tal, ciertamente.

No ocurre por primera vez, en la historia del mundo racional, que se haya dado una reflexión que conduce a la evidente necesidad de un Rector de tan variopinta contemplación. Allá por el s. IV antes del nacimiento de Cristo -la palabra del Creador-, los griegos creían haberlo descubierto “todo. Por tener, hasta tenían una magnífica colección de dioses cuya labor era ocuparse en proteger los diversos aspectos concretos de la vida del hombre. Pero, hete aquí, que, un “sabio”, de los de con mayúsculas –ARISTÓTELES-, nacido en Estagira (Grecia continental), e hijo de un médico discípulo del padre de la medicina, Hipócrates. y, que también tenía sus dioses particulares -Esculapio e Hygia-, comprendió, que, tantos dioses, habían de tener todos un origen común, y dejó para la posteridad el legado de la “causa única”; es decir, que un solo Dios podía ser capaz, por sí mismo, de generar a cuantos figuraban en el Panteón de los griegos. Varios siglos después, el hijo de una virgen y de un humilde carpintero de Nazaret, la Palabra de Dios hecha hombre, vino a confirmar la autenticidad del descubrimiento aristotélico. La razón, instrumento usado por el “estagirita”, vino a ser confirmada por la revelación de modo directo y positivo, incontrovertible. ¡A ver cuántos de los pobladores actuales de la tierra, en especial los que más se dejan oír en los medios, pueden reconocer que los hombres han conseguido, solitos y por su propia cuenta, doblar este recodo que deja atrás al año 2005!

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