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Etiquetas:   Políticamente incorrecta   -   Sección:   Opinión

Cara a cara y caraduras

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
lunes, 12 de diciembre de 2005, 23:43 h (CET)
“Le Point” publicó en noviembre pasado la noticia del primer trasplante de cara realizado con éxito a una mujer que había sufrido una grave desfiguración en su rostro tras ser atacada por varios perros. La noticia fue incesantemente repetida en todos los medios de comunicación españoles. ¡Hasta la Cuatro, afirma alguno que vio dicha cadena por casualidad, dio la noticia!

Naturalmente tuvieron que salir los cavernícolas de turno criticando tal trasplante. Uno de los argumentos principales que ofrecen los “tiquismiquis” de la cueva es que el donante –un cadáver- estaría vivo en el momento de ser retirado su rostro. Falso. El donante se encuentra clínicamente muerto. Igual que cuando se hace cualquier extracción de órganos para su posterior trasplante. Lo que los médicos mantienen en quirófano son las constantes vitales para que el órgano en cuestión sea viable.

Otro de los argumentos, y éste ya es digno de una película de Wes Craven, es que el donante “transferiría su identidad-personalidad” al receptor. ¡Vaya mamarrachada! Eso es presuponer que la persona sólo es el envoltorio exterior. Un mero trozo de carne con ojos, colocados con mayor o menor fortuna. Es cierto que cabe la posibilidad de que, como en el caso de un trasplante de órganos, se produzca un rechazo. Y también es cierto que pueden darse casos de rechazo psicológico por parte del paciente. No sería el primer caso de un paciente que se intentara amputar el miembro trasplantado. Detrás de este tipo de actitudes lo que hay es un grave problema psicológico de auto-aceptación.

Este argumento no es válido para negar la premisa mayor, que es que este tipo de trasplantes suponen un avance médico importantísimo y que precisamente uno de sus mayores beneficios es que consigue minimizar las secuelas psicológicas que la desfiguración en el rostro ha causado a los pacientes que se someten a esta operación. Como cualquier operación de cirugía estética. Ni más, ni menos.

Además, es que, que se sepa, no es una operación obligatoria. Es el paciente el que presta su consentimiento y decide informadamente someterse a la cirugía en cuestión.

El tercer argumento que ofrecen nuestros cromañones es que este tipo de operaciones deberían ser prohibidas, ya que podrían ser utilizadas por terroristas para cambiarse el rostro. Mucha película han visto me parece a mí. Y, además, es que es ingenuo pensar, que existiendo dicha técnica, no recurrirían los delincuentes al mercado negro para someterse a esta operación. Pero el caso es prohibir.

Posiblemente la biogenética está planteando y planteará, todavía más en el futuro, cuestiones éticas de gran trascendencia. Pero justo en este caso no acabo de ver yo dónde está el dilema. Quizá en cuestiones como la clonación humana, en contra de la cual me posiciono, tiene sentido este debate, porque nos recuerda la debilidad del ser humano frente a los Estados totalitarios que podrían utilizar estos avances científicos para crear los ejércitos o esclavos perfectos que vemos en las películas de ciencia-ficción. ¡Qué fácil lo tendrían algunos partidos para crearse sus propios votantes a medida! ¿Se imaginan ustedes diez mil Rubalcabas dando ruedas de prensa?

En ocasiones los avances científicos y el progreso, cada vez más rápidos, maravillan y, por otro lado, aterrorizan al ciudadano común por la capacidad casi omnímoda y divina del hombre para transformar la realidad y adaptarla a sus necesidades. Algunas personas se empeñan en retrotraerse a siglos pasados y en negar la medicina. “Pura química”, “eso no puede ser bueno”, “ponte la cataplasma de la abuela”… ¿y qué tiene de malo la química? ¿no es acaso consecuencia del progreso?.

¿Y los alimentos transgénicos? ¿Acaso es malo que la ciencia haya permitido elaborar unos productos transgénicos que podrían acabar con el hambre en el mundo? ¿O es que se acabaría el negocio de los que siempre están vendiéndonos apocalipsis consecuencia de los malditos capitalistas? ¿Qué sería de la ONU y las ONG si los alimentos transgénicos acabaran con el hambre en Africa? ¿Y de Moratinos? ¿O no eran cereales lo que quería repartir en Angola?

Así pues, estamos ante lo de siempre: los que se autodenominan progresistas quieren devolvernos a la cueva para poder seguir chupando del bote del hambre de los demás, mientras que otros, silenciosamente, y con su esfuerzo, trabajan para mejorar la calidad de vida del ser humano. Y encima, éstos últimos, no se ponen medallas. Aprenda, señor Bono.

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