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Etiquetas:   La Cosa Pública   -   Sección:   Opinión

Joyitas radiofónicas

Ekain Rico
Álvaro Peña
jueves, 24 de noviembre de 2005, 03:51 h (CET)
¡Hay que ver la de perlas que se sueltan en algunos programas de la radio! Y no digo yo que esto sólo suceda en una única emisora, pero lo que nadie puede negar es que la COPE se lleva la palma.

El otro día, decidí concederle unos minutos de mi vida a la COPE. Lo sé, seguro que estáis pensando que «a quién se le ocurre», pero me tocaba.

Al encender la radio, una voz nada desagradable, me recibió dándole palos al gobierno Zapatero. Era la particular bienvenida que me dispensaba Cristina López Schlichting.

En su programa “La Tarde”, Miguel Ángel Rodríguez −a la sazón Secretario de Estado de Comunicación del primer gobierno Aznar−, parecía querer seguir ejerciendo de líder mediático del Partido Popular.

Y es que, si uno busca pluralidad informativa, está claro que la COPE no es una buena elección.

Pero la crítica va más allá. No deja de resultar curioso que sea desde la ondas católicas de COPE, desde donde se empuñen insultos y descalificaciones que, sin duda alguna, dejan muy mal parado el concepto de piedad cristiana que tanto se predica en los púlpitos. Y no me vale que me cuenten que, la Conferencia Episcopal española, se lava las manos en base a la libertad de expresión, porque libertad de expresión no significa barra libre para los improperios.

Es más, ¿acaso no salen a las manifestaciones intentando imponer la moral nacionalcatólica a todos los ciudadanos españoles? Pues que empiecen por su propia casa.

El paternalismo intolerable con el que algunos de sus personajes más carismáticos nos atacan, se corresponde con la autocomplacencia de quienes, desde la barrera del accionariado de COPE, sonríen las gracias de sus bien pagados asalariados.

El ejemplo más claro es el de Federico Jiménez Losantos, alias el cruzado, que, cual Cid, campea por las ondas hertzianas repartiendo estopa contra todo aquel rojo masonazo, que se atreva a contradecir la ilógica lógica de sus postulados. Y así, según sus propias palabras, Zapatero es bobo, un masón de provincias; Al lado de Rubalcaba, la serpiente del paraíso era un gusanito inocente; La Corona ha cometido múltiples dislates; y así hasta la saciedad.

Decía un colaborador de la señora López Schlichting, que COPE e Iglesia eran sinónimo de libertad. No lo comparto. Si algo se ha demostrado, en estos últimos tiempos, es que COPE y PP son lo mismo.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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