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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

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Santi Benítez
Santi Benítez
jueves, 24 de noviembre de 2005, 03:51 h (CET)
Pasa el tiempo y por mucho que queramos es imposible volver atrás. Miramos con añoranza incluso las equivocaciones, pensando en que lo podríamos haber hecho de otra forma o qué diferente hubiera sido todo si hubiésemos sabido lo que sabemos ahora mismo. Es una actitud bastante estúpida. Si somos lo que somos, si avanzamos en esta vida es gracias a las equivocaciones, a los fracasos. Sin ellos sería imposible conseguir aciertos.

El ser humano es bastante extraño en este aspecto. Si no consigue hacer algo a la primera, lo sigue intentando hasta que acierta. Puede que uno de los terrenos donde esto es más evidente es en el ámbito de las relaciones sentimentales. Nos damos de cabeza contra un muro una y otra vez, pero no por ello nos rendimos, eso sí, con la edad nos convertimos en gente más reposada, menos estresada por el tema, aprovechamos de forma diferente los tiempos de cama, los tiempos de café y conversación, aunque a veces echemos de menos el frenesí de la adolescencia, la sorpresa del sexo explosivo y sorpresivo, la torpeza de no saber acariciar o usar la lengua.

Nadie nace sabiendo otra cosa que no sea comer, dormir y berrear -que diría mi abuelo–, así que evolucionamos, crecemos, nos convertimos en personas más complicadas, más atractivas y, en el peor de los casos, más desconfiadas; en el mejor de los casos, más reflexivas. Gran parte de esto ocurre gracias a nuestra educación. Aquello que aprendemos no sólo depende, en gran medida sí, pero no del todo, de la experiencia. La educación que recibimos marca de forma tremenda nuestra forma de encarar el mundo y de vivir dicha experiencia.

Hace poco discutía con una chica sobre qué era un filósofo. Ella decía que un filósofo es un sabio, yo intentaba explicarle que tendemos a llamar sabio a todo aquel que se da cuenta de que por mucho que reflexione, por mucho que piense sobre las cosas, siempre tendrá como única certeza real que no sabe nada y que, aún así, sigue reflexionando, pensando y dudando. Cosas de mi educación generalista y poco especializada.

Porque, que quede claro, yo vengo de aquel sistema educativo en el que existía una enseñanza generalista hasta segundo de BUP (BUP, siglas que significaban Bachillerato Unificado Polivalente. En aquella época no entendía qué demonios significaban las rimbombantes siglas. Hoy día las añoro bastante en vista de lo que hay). Hasta ahí estudiábamos lengua, literatura, latín, física, química, matemáticas, geografía, historia, ética (o religión), estas dos últimas tenían notas pero no influían en el expediente académico, hacíamos gimnasia, y las optativas se dividían entre dibujo artístico, música, teatro, cine, y una asignatura extraña que se llamaba hogar, y digo extraña porque jamás supe de qué iba y hoy día sigo sin saberlo. Después, a la edad de dieciséis años, elegíamos entre especializarnos en letras, en ciencias o hacer una mixtura. Yo soy de letras puras, así que me encontré con griego, filosofía e historia del arte, sustituyendo a las matemáticas, física y aquella optativa, que en mi caso era cine o teatro, según me diera por ahí.

Para pasar de un curso a otro tenías que hacerlo habiendo aprobado todas las asignaturas o, como mucho, con dos colgando. Si escachabas más de dos, no pasabas, y en el cómputo de esas dos entraba las que pudieran haberte quedado de años anteriores. Y de la primera etapa, es decir, de segundo de BUP, a la segunda, a la especialización de tercero de BUP, había que pasar limpio. Sí, sí, existían notas, existían exámenes, y todos teníamos claro que había que estudiar para aprobarlos si querías pasar de curso. O repetías. Y, cosa extraña, a nadie le gustaba la idea de repetir curso.

Después llegabas al COU (Curso de Orientación Universitaria), en el que te hacían un repaso a casi toda esa educación generalista, bastante condensado y estresante, preparándote, o intentando prepararte, para la prueba de Selectividad.

El año en que hice la Selectividad suspendió en todo el Estado español menos del 2% del total de los que se presentaron a ella. Eran buenos tiempos para la lírica. No sólo por la cantidad de aprobados y suspendidos, también porque, por lo menos en mi caso, yo estudié por 89 pesetas anuales el EGB, libros y desplazamiento aparte, y 143 pesetas el BUP, incluyendo COU, incluso algún que otro año tuve beca para libros y desplazamiento. La carrera fue más costosa, pero no demasiado más: el curso que más pagué fue tercero de carrera y porque se rebajó la beca por libros, tuve que pagar casi un 25% más de lo que estaba acostumbrado.

Ha pasado el tiempo y por muchas vueltas que le doy no logro encontrar la razón que impulsó al PSOE a cambiar este sistema por la LOGSE (bajo mi punto de vista una de las mayores cagadas del sistema educativo español de todos los tiempos).

Ahora existe la posibilidad de rectificar algo que se ha convertido en todo un problema. En gestión de empresas se dice que un problema tiene muchos culpables pero un sólo responsable, y que cuando ese responsable es el sistema en sí mismo el problema se convierte en algo irresoluble, a no ser que se cierre la empresa o se modernice su gestión con un gasto considerable. El sistema educativo español no es susceptible de ser cerrado, aunque por lo que se ha estado viendo durante los últimos tiempos de gestión conservadora pareciera que eso es lo que se pretendía. Así que lo que queda es invertir en su gestión y mejora sistemática, revirtiendo además el dinero que iba a educación concertada en la pública, como siempre debió ser.

Para terminar voy a decir algo que no quiero que se me quede en el tintero. Es cierto, el sistema es una basura, la problemática juvenil es diferente, las familias se desestructuran y se estructuran de formas que son nuevas. Lo que no cambia jamás es que cuando en una clase suspende una asignatura más del 30% de los alumnos la culpa es del profesor.

He llegado a oír en televisión como un profesor, que será profesor porque cobra por ello, pero por absolutamente más nada, decía que si un alumno no quería asistir a clase no sabía por qué tenía que tenerlo allí. Pues bien, “profesor”, tiene que tenerlo en clase porque su obligación es, por encima de todo, hacer lo inhumanamente imposible por que ese alumno aprenda, obtenga unos conocimientos. Puede usted utilizar las técnicas que quiera para ello, vestirse de payaso, hacer visitas guiadas, conversar con ese alumno, dedicarle tiempo fuera del horario lectivo, pero esa es su obligación. Porque tenga claro, señor “profesor”, que cada vez que un alumno suspende una asignatura que es impartida por usted es su fracaso. No es el fracaso del sistema, no es el fracaso de las familias desestructuradas o reestructuradas, no es el fracaso del alumno, es su fracaso.

Conozco un instituto en el que el profesor de filosofía no da clases, sólo reparte una fotocopia, le dice a los alumnos que hagan un trabajo sobre un autor y se pone a leer el periódico. Con anterioridad esos mismos alumnos tuvieron a una profesora que se pasó el año lectivo obligándolos a hacer pancartas del NO a la guerra de Iraq, cosa muy loable, pero que, desde luego, nada tenía que ver con la trasmisión de conocimientos asociados con la asignatura de filosofía.

Eso me lleva a preguntarme cómo es posible que una chica que está a punto de hacer la PAU (buenas Dña. Iris) no sepa hacer una regla de tres, no sepa resolver una suma, resta, multiplicación o división de fracciones, no tenga claro quien fue el descubridor de la ley de la gravedad o qué significa E = m · c². Porque, evidentemente, la culpa de ello no es del sistema, no lo es de sus padres y tampoco es culpa suya, porque aparte de ser una persona tremendamente inteligente y a no ser que digamos que, a falta de alguien que se lo enseñase, ella misma debería haberse preocupado por aprenderlo, la culpa es de los profesores que ha tenido. Esos que no han sabido o, peor aún, no han querido trasmitirle esos conocimientos. Y que nadie me hable de desmotivación profesional, por amor de dios, había más cafres per cápita en mi época que ahora mismo.

Por eso, estoy convencido, habrá que, además de invertir más dinero en la mejora del sistema educativo, fiscalizar con más cuidado a un colectivo profesional que cada vez acude a más excusas para esconder sus carencias vocacionales. Máxime cuando los sueldos que cobran a final de mes los pagamos todos, y son sueldos que pagan el futuro, sí, sí, el futuro de nuestro país, porque el futuro de nuestro país es el futuro de nuestros hijos.

Suena de fondo 'Revolution in the classroom' de los Sex Pistols...

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