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Etiquetas:   Novela   Relato   -   Sección:   Libros

Alejandra Alejandra, mujer sonde las haya. Sí Señor (XV)

La llamaron “ladrona”, la llamaron: “callejera”. Parte II
Aurora Peregrina Varela Rodriguez
domingo, 25 de febrero de 2018, 11:28 h (CET)

Un día después, esos elementos no estaban en su mesilla.


Su tío le dijo que les viera allí, que se los había robado.


Ella se sintió realmente mal y comprendió que lo que sus tíos querían es que ella se

fuera de la casa.


Así lo hizo, pero antes les dijo que ella no había sido, que seguramente fuera la señora

del servicio, Lucrecia.


No obstante sus tíos insistieron en que había sido ella y ella no pudo volver a verles

derecho, a los ojos, que se dice.


Eso dolió mucho a Alejandra, pero de las experiencias también se aprende y ella lo vio

como eso, como una lección más que se recibía en la vida y que le serviría para

posteriores experiencias.


Alejandra aprendía de ellas. Eso que nadie lo dude, pero no dejaba de ser un ser

humano y las personas que la acusaban, sus tíos.


Con el tiempo parece ser que les faltaran más cosas y fue entonces cuando recibió

disculpas de ellos y se sintió realmente aliviada porque con ese hecho recuperaría

realmente de nuevo a su queridísima familia.


-Hijita, ¿sabes qué?, nos desapareció también un mechero y veinte bolívares y tú no

estabas en casa, con lo cual, tuvo que ser Lucrecia.


Perdona hijita.


Fue muy gordo, pero perdona.


-Tranquilos tíos, ya está olvidado… (Habría que saber hasta donde…)


Pero como comprenderán, no pienso volver a vivir en su casa.


Fue una experiencia desagradable.


Si fuese culpa mía, lo aceptaría, pero no lo fue.


¿Despidieron a Lucrecia?



-Mañana deja de trabajar con nosotros.


-Es una pena, pero personas por las que se siente desconfianza no se pueden tener bajo

el cargo de uno. Les ha robado tíos, eso es grave.


-Es así, con la de cosas de valor que tenemos allí dentro. Siempre dejo plata en la

cocina y la sala. Dinero que ni cuento…


-Con lo necesitada que estaba la condenada.


-Si fuesen cosas grandes, pero un mechero, ¿para qué lo querría?.


-Robar por robar supongo, los muebles no se los iba a llevar y la caja fuerte la tienen

siempre cerrada. Los objetos pequeños, serían lo más práctico de llevar sin ser vista.

-Lo cierto es que era de plata y por lo menos cien bolívares valía.


-¿Lo ves?


-Ahoritica me lo explico.


A Alejandra le gustaba la calle. Tenía la pata caliente y le gustaba caminar.


Cuando salía daba muchas vueltas, podía llegar a recorrerse el pueblo tres o cuatro

veces.


Cuando era pequeña, un día se escapó por la ventana y pasó la noche fuera de casa,

toda una experiencia.


Volvió al amanecer, con un fuerte catarro y porque no decirlo, con ganas de repetir la

experiencia.


Sus padres jamás se dieron cuenta de que le pasara eso.


Ella nunca se lo contó.


Supo guardar el secreto muy bien. Creo que lo llevaría a la sepultura.


En la calle, de noche, no era corriente ver niños, y en ella se encontró unos chicos un

poco mayor que ella que la reconocieron.


-¿Qué haces aquí?


-Paseo. No podía dormir. El pueblo es de todos.


-Pasan de las doce de la noche.


-Sí. ¿Y qué?.


-Vuelve a casa, que pasa si te secuestran con un caramelo. Hay muchos secuestradores

y traficantes de niños.


-Me iré cuando me venga bien. Yo ya me sé el truco del caramelo. Okey.


-Vuelve, de verdaíta, es peligroso.


Puede que no vuelvas a ver a tu familia si te llevan.


-No les tengo miedo. Queme busquen, aquí estoy para encontrarles y enfrentármeles


si es menester.


-Adiós Alejandra, Bárbara.


-Adiós idiotas. Ja, ja, ja, ja.


Brutos, ignorantes, poco machos.


Al llegar a casa Alejandra comenzó a tener sueño, pero no podía dormirse porque la

descubrirían entonces.


Aguantó como pudo, fue al colegio, y al final, ocultó de forma triunfal su secreto de

que había desobedecido y salido de noche a la calle a andar por ese pueblo en donde,

según comentaban, estaban de paso muchas veces traficantes de drogas, dueños de

clubes de mujeres a las que prostituían ilegalmente, y todo tipo de maleantes.


Ella tenía claro que si tenía que enfrentárseles, lo haría, sin duda.


Enfrentarse es una forma de dejar de sentir miedo.


No quería sentir miedo por culpa de unos cobardes.


Ella era una mujer muy mujer, pero sobretodo, valiente.

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