Pedro de Hoyos nació en 1.955 en la localidad palentina de Venta de Baños. Empezó a escribir desde muy pequeño y a la hora de hacerlo cree que la ironía "es la madre de la vida", aunque asegura que alguna vez ha estado a punto de costarle la suya "ante algún lector incomprensivo y demasiado ardiente". La lengua castellana y los idiomas extranjeros son su campo de trabajo habitual, que alterna con las colaboraciones en prensa escrita y televisión desde hace más de doce años. Ha publicado un libro de cuentos y tiene en preparación otros dos. Como buen palentino, es ferviente admirador del arte románico. Afirma que le gustaría retroceder unos días a al año 1.150 "para ver cómo se levantaban obras tan maravillosas como las que hay en nuestro Camino de Santiago". Su columna "Buñuelos de viento" (antes "Con permiso) puede habitualmente en SIGLO XXI.
► Pedir a los alumnos sacrificio, trabajo y disciplina resulta desfasado, fuera de lugar, impropio
¿Cómo se cambia radicalmente una mentalidad acostumbrada al hedonismo y al dolce far niente?
La sociedad española lleva décadas señalando las graves carencias que padece el sistema educativo. Cada nuevo gobierno, estamos viéndolo estos días, intenta abordar las dificultades sin que jamás se llegue a una solución. El problema se ha trasladado, como es lógico, del sistema educativo a la sociedad, que, en la medida que pasan las generaciones y se incorporan a la vida social y laboral, va cargando sobre sus espaldas las consecuencias del fracaso.
Sin duda las causas del problema son muchas, variadas por lo tanto serán las soluciones que hay que abordar y diversos los puntos de vista que habrá que tener en cuenta para poder encontrar la salida a tan dolorosa situación. No se trata simplemente de Educación para la Ciudadanía, ni de sus contenidos ni del nombre que se adopte para tal materia. No sé si es necesario, llegado este punto, aclarar al lector que no estoy hablando sólo de instrucción, trasmisión de conocimientos más o menos imprescindibles para la vida, sino también y especialmente de normas sociales de, anteriormente al menos, obligado cumplimiento para circular adecuadamente por el mundo.
La raíz del problema está, al entender de largos años dedicados a la educación de numerosas generaciones de estudiantes, en el planteamiento con que la sociedad aborda la etapa escolar. A mi torpe entender alguien ha dicho que los niños deben aprender sin esforzarse, sin molestarse y sin trabajar, que todo les será dado por la gracia de Dios (en los laicistas tiempos zapateriles en los que todavía estamos, y lo que te rondaré, morena, habría que decir que les será dado por la gracia del Estado progresista) sin que haya que sufrir mañanas de atentas clases, tardes de disciplinado trabajo y noches de sacrificado impulso personal.
La situación ha llegado a tal punto de absurdo que pedir a los alumnos sacrificio, lucha, aplicación, denuedo, trabajo y disciplina resulta algo desfasado, fuera de lugar, impropio. Decir que sin estudiar no se debe aprobar debería ser una obviedad que en España es preciso recordar. Qué franquista les resulta a algunos pedir disciplina, respeto y obediencia cuando sin embargo todavía resuenan en nuestros oídos las palabras de Rubalcaba pidiendo en una rueda de prensa que le trataran de usted, “señor Rubalcaba, quiere usted decir” dijo a un osado periodista. A ese punto hemos llegado, que un alto personaje de la nación, varias veces ministros y a la sazón candidato a la presidencia del gobierno necesitara demandar el correspondiente respeto.
Respeto y… disciplina, claro. Cuántas veces los padres, en ocasiones sin saber hacer la “O” con el culo de un vaso, se atreven a desafiar la autoridad de los profesores de sus hijos como si fueran unos advenedizos o unos recién llegados a los que cualquier mequetrefe puede contradecir sin rubor. ¿Estos mismos padres contradirían al técnico que les cobra cincuenta euros por arreglarles la televisión o la lavadora?
No creo que la base del problema de la educación en España resida en tal o cual modelo, en tal o cual procedimiento o tal o cual ley educativa. Evidentemente todo esto es importante y no hay que dejarlo de lado, pero no es lo prioritario. Lo primero de todo es recuperar para la sociedad la cultura del esfuerzo, la idea de que sin trabajo y sin dedicación no se progresa, de que sin estudio no se aprende, la idea de que el esfuerzo se premia, de que no es lo mismo aprobar con un cinco que con un diez. ¿Pero cómo se cambia tan radicalmente la mentalidad de una sociedad acostumbrada al hedonismo y al dolce far niente?
¿Aprender con esfuerzo no es franquista, troglodita y atrasado? Ah, y también convendría convencer a quien sea menester de que los profesores son la autoridad educativa, saben tanto de educación y de niños como el correspondiente técnico sabe de lavadoras o televisiones y merecen idéntico respeto. Por lo menos.
La imagen que está ofreciendo esta castellana universal es triste, aparentando ser lo que sabemos que no es: una diva caprichosa y vana en vez de una recia atleta
Dice el PP que va a proponer la defensa de España como una nación, de forma contraria a aquella opinión de zapatero de que el concepto de nación es discutido y discutible