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Pablo Manuel Millán
Pablo Manuel Millán
La importancia de una herencia anodina

Caixa Forum


Hace escasos días conocíamos que el premio Príncipe de Asturias de las Artes recaerá en esta edición sobre el arquitecto Rafael Moneo. También se ha hecho pública recientemente la lista de seleccionados para los Premios FAD de Arquitectura e Interiorismo y se ha fallado el Premio Internacional de Arquitectura Javier Carvajal de la Universidad de Navarra, que en su primera edición ha distinguido al crítico Kenneth Frampton. Por su parte, la VIII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo (BIAU) ha anunciado sus premiados…

Así podríamos seguir largo rato, relatando todo un mundo de reconocimientos en este círculo tan extendido de galardones y galardonados. Si bien estos últimos comparten todos el ejercicio de la arquitectura, cuán diferentes son los objetivos, premisas o discursos de cada uno de ellos.

Leyendo recientemente un artículo del citado profesor Frampton, titulado ‘Anti-tábula rasa’, el autor subrayaba la importancia de buscar los elementos propios y los valores identitarios para poder trascender la actual crisis, no tanto económica, pero sí de modernidad en la que el vigente panorama de la arquitectura anda sumergido. Discursos que a nadie importan y definiciones de costosas identidades han colonizado una disciplina que pretendía crear un ‘estilo’ propio al buscar en el funcionalismo y racionalismo lo que por los años 20 se denominó como ‘estilo internacional’.

Si bien es cierto que, como dice el recién laureado Premio Príncipe de Asturias de las Artes, el profesor Moneo, la arquitectura define una sociedad, cabe cuestionarse: ¿Qué sociedad está definiendo la arquitectura contemporánea? ¿Realmente definimos una sociedad con la arquitectura que producimos actualmente? La obra contemporánea ha de pasar de la búsqueda de un mundo de la experiencia en la arquitectura, a un ‘regionalismo crítico’ que valore la importancia del lugar, de la cultura, del contexto propio de cada ámbito. "Tratar la arquitectura como arte, como esculturas gigantescas; eso reduce la arquitectura a la fachada de los edificios", subrayaba el profesor Frampton en una entrevista reciente.

Estas arquitecturas que se plantean con 'fecha de caducidad' no son más que el fiel reflejo de una contemporaneidad caduca y encerrada en sí misma, que fiel a una 'escuela cirenaica' se ha quedado ensimismada. Cuando la disciplina pasa por un momento de redefinición y de búsqueda de patrones, con un innumerable equipo humano de jóvenes arquitectos en paro o sobreviviendo dedicados a otros ejercicios, nos asalta la duda de si todos estos galardones no son imagen en el espejo de algo efímero, muy distante de la realidad.

¿Qué reconocimiento otorgan estos premios? Creo que es una evidencia: lo dispar, lo anecdótico frente a una realidad que no queda definida. Ante los crecimientos desmesurados y deshumanizados de nuestras ciudades, resultado de fastuosos procesos especulativos, estas obras premiadas simplemente son arquitecturas que no identifican a una sociedad, son en sí mismas arquitecturas de la nada. 

Artículos del autor

Llevamos una semana convulsa en el mundo de la arquitectura. A escala internacional por el nuevo premio Pritzker Wang Shu, un claro intento de incorporar al gigante asiático al mercado de la arquitectura occidental.

Durante una conferencia de Alvar Aalto le preguntaron al reconocido arquitecto finlandés por el origen de su ‘Villa Mairea’ desde un punto de vista conceptual y formal, a lo que él contestó: ‘He intentado evitar un ritmo arquitectónico artificial’.
Está claro que partir de una definición de lo ‘urbano’ es una ardua tarea que nos lleva a seguir asumiendo la dualidad del concepto: el ámbito donde se dan cita una serie de prácticas o actividades y los procesos sociales que se desarrollan en dicho ámbito.

"La renuncia a lo superfluo en la arquitectura y en la vida puede ser una fuente de belleza y de placer". Estas palabras, pronunciadas por el recién nombrado académico de la Real de Bellas Artes de San Fernando, Luís Fernández Galiano, encierran algunas ideas que merece la pena sean subrayadas.
Hace no mucho tiempo nos llegaba la noticia de que unos estudiantes de economía de la Universidad de Harvard se habían negado a recibir clases de un profesor que, entre otras cosas, resultaba ser un antiguo asesor del ex presidente norteamericano George W. Bush.
 
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