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Octavi Pereña
Momento de reflexión
Octavi Pereña
La ausencia de disciplina convierte a la sociedad en un zarzal que dificulta la buena convivencia
Dos hechos ocurridos el mismo día. El uno en Barcelona por un joven de 24 años que junto con su amigo que gravó en video la gamberrada de darle un puntapié a una mujer que estaba parada en un paso cebra haciéndola caer en el suelo, produciéndole un esquince en la pierna. El otro sucedió en Lleida. Un niño de 14 años lanzó una piedra a una mujer que estaba esperando para subir en el ascensor que hay en la plaza del Escorxador, produciéndole una herida que precisó de 10 puntos de sutura para cerrarla. Estos dos hechos solamente son la punta del iceberg de la violencia que se da diariamente en el mundo. El hecho de que se produzcan estos actos de violencia indeseables se debe a que algo no funciona en la educación que se imparte a los niños.

“La educación sin religión” escribió C. S. Lewis, profesor universitario inglés, “por útil que sea sirve más bien para hacer del hombre un diablo más astuto”. Cuando cito a Lewis no lo hago en el sentido que apruebo el deseo del gobierno de Madrid de que se enseñe religión en la escuela pública. Me refiero a la necesidad que tienen los padres de hacerse suyos los principios éticos que se conservan en las páginas de la Biblia en espera de que se descubran para aplicarlos en la educación de los niños. Estos principios tan valiosos para la formación de los niños para que se conviertan en adultos amantes del bien se pierden porque a pesar de que la Biblia es el best seller más vendido a la vez es el menos leído por lo que las perlas educativas que contienen sus páginas se pierden en el olvido.

En el caso de Mario, el joven de Talavera de la Reina que utilizó las piernas de una mujer como si fuesen pelotas de fútbol pretendiendo imitar la violencia de Pepe, el jugador del Madrid y que su amigo inmortalizó en un video que al colgarlo en la red parece ser que ha dado la vuelta al mundo, sentían poco respeto por las personas. La fechoría parece ser que fue premeditada a pesar de que en su declaración Mario dijo que estaba borracho. La borrachera no le exime de su responsabilidad.

No hay regla sin excepción. De una educación esmerada en la que no le falta una sana educación religiosa puede salir un hijo que sea un perfecto granuja. Pero el problema actual no reside en una educación esmerada, todo lo contrario, sino en una educación descuidada que se despreocupa de la formación de los hijos y traspasa la responsabilidad a la escuela pública o concertada. Dicha despreocupación tiene sus consecuencias. Desatender la obligación que los padres tienen de educar a sus hijos paga un precio muy elevado ya que en muchos casos junto a un hijo delincuente suelen encontrarse padres excesivamente permisivos que no frenaron las inclinaciones de sus hijos a hacer el mal. La pregunta que nos es lícita hacer es: Los padres de los protagonistas de las salvajadas descritas, ¿abortaron las primeras manifestaciones agresivas haciéndoles ver que la violencia jamás es recomendable.

El titular de prensa dice: “Condena europea a Francia por las zurras y los bofetones a los niños”. En letra pequeña se lee: “El Consejo de Europa quiere penalizar aquello que el 80% de los franceses aprueba”. Encuentro muy apropiado que se quiera extirpar la crueldad que en muchos casos se ejerce a los niños y que se penalice dicho comportamiento, pero una zurra bien dada en el momento oportuno porque los razonamientos no sirven puede evitar que el hijo se convierta en un pequeño dictador que sea la vergüenza de sus padres y en la adolescencia se convierta en un peligro social. La irresponsabilidad educativa de los padres explica las excesivas conductas antisociales de adolescentes y preadolescentes.

“la necedad está ligada en el corazón del muchacho, mas la vara de la corrección la alejarán de él” (Proverbios 22:15). Textos parecidos a este pueden hacer pensar que la Biblia aprueba la violencia educativa. Aparecen otros que limitan el uso de la vara para disciplinar: “Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza, mas no se apresure tu alma a destruirlo” (Proverbios 19:18). “Y vosotros padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6.4).

Se ha llegado a un consenso de que la educación permisiva no es buena para los hijos y que la disciplina debe entrar a formar parte de la educación. La Biblia se hace eco del desagrado que produce la palabra disciplina pero también nos informa de sus beneficios: “Y habéis oído la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina el Señor, ni desmayes cuando res reprendido por Él, porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos, porque, ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si os deja sin disciplina, de la cual todos habéis sido participantes, entonces sois bastardos, no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los reverenciábamos. ¿Por qué no obedecemos mucho mejor al padre de los espíritus y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de sus santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza, pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitaos” (Hebreos 12. 5-11). No nos vendría mal a pesar de la imperfección humana una dosis más grande de disciplina en la educación de los hijos.

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