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Nieves Fernández
Cesta de Dulcinea
Nieves Fernández
No hay duda, la buganvilla ha sido la reina del verano y de la fiesta, su majestuosidad cae en cascada

Con el calor haciendo mella, en el septiembre nuevo, académico, excitante, satisfecho, a tramos alegre o pésimo, pegajoso, cercano, no me deja tranquila el recuerdo de un arbusto y sus flores, las buganvillas, curiosamente las que me guían en los últimos meses en hechos importantes, tanto en lo público como en lo privado.


El color buganvilla se refiere en su origen al descubridor de la planta en Brasil, un navegante francés, científico y aristócrata, Louis Antoine de Bougainville. Es nombrado conde en el siglo XVIII, por el descubrimiento del arbusto, no en vano se acompaña en sus viajes por naturalistas, científicos y dibujantes. Ése fue el origen de las buganvillas. Sabemos poco de la importancia de esas flores en sus viajes, pero sí que en una expedición, firma una indemnización para dejar a España las islas Malvinas, nuestras antes de que el conde las bautizara con ese nombre, y mucho antes de pelear por ellas ingleses y argentinos. Razonable el conde Buganvilla que también consiguió una isla con su nombre, hoy Nueva Guinea.


Ya en nuestro verano, el color rosa fucsia y morado, lila y púrpura, malva y violeta y rosáceo se ha hecho dueño de nuestros destinos, está tan a gusto en nuestra cotidianidad que ha sido protagonista, mucho más por algunos hechos que no quiero ni puedo narrar.


La moda de las buganvillas trepadoras, o damas del verano, la encontré al principio en un vino degustado a modo de cata de sumiller, color buganville, decía. En la peluquería había un pilar de color buganvilla, allá en el techo. Un vestido importante, o trapillo especial, fue color buganvilla, pero hay más: coincido con mi elegante sobrino y su pajarita en un coctel, mismo color que el vestido de su pareja, no me desagrada la repetición, él confiesa, creando tendencia, que es color buganvilla. Pero es que la preciosa novia de la boda siempre quiso las flores de ese color, mezcladas con blanco en la Iglesia y en la fuente del restaurante, y en las mesas, ya en la floristería elige flores de color buganvilla para el altar, para el ornamentado patio, incluso para el ramo de novia que lanzó volando con florecillas de ese color entre los simbólicos tocados de algodón.


No hay duda, la buganvilla ha sido la reina del verano y de la fiesta, su majestuosidad cae en cascada, se enreda por paredes y pérgolas, no me digan de dónde, se inmiscuye en nuestros destinos para hacernos más colorida la estación, del aroma no sabemos, pero con el color que aportan ya dicen mucho del próximo verano en ornamentación.


En San Petersburgo, el color descubro otra vez, es el rey de la calle, palacios, tiendas, restaurantes… Mi propia piel sarpullida, me trae el color buganvilla, es mi destino. Después, las veladas en los jardines con buganvillas tropicales me persiguen. Grandes emociones irrepetibles. Miradas y desilusión. Acaba el verano, en veinte días llega una postal de Asia con florecilla, adivinen color. 

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