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Nieves Fernández
Cesta de Dulcinea
Nieves Fernández
José Sacristán con cuatro años descubrió que el sombrero era su magia, su porvenir y jugaba a darle forma y le dio más que forma a un centenar de películas rodadas
Puestos a jugar, o a jouer, hasta al mismo Corral de Comedias de Almagro le gusta jugar con los actores, sobre todo con las inclemencias del tiempo de los últimos años. Dos años consecutivos lleva el Festival Internacional de Teatro Clásico cambiando de planes y escenario para entregar su Premio “Corral de Comedias” e inaugurar el Festival, sin hacerlo en el mismo Teatro del siglo XVII, sino en el Teatro Municipal del XIX, que para este menester ha socorrido a su antecesor en 2017 y en 2016, con la entrega del mismo premio a Concha Velasco, como ella misma reconoció entre bromas y risas del numeroso público, en el vídeo de felicitación de su compañero, Pepe Sacristán.

Es como si una pequeña maldición impidiera que, en pleno verano, los últimos actores premiadamente merecidos con el galardón, se subieran a las tablas del Corral de Comedias a recibirlo. Colmos de actor.

Los cielos amenazaban lluvia y, aunque las temperaturas no bajarían mucho, no es cuestión de incomodarnos entre los sillones de enea del patio o asomarnos con miedo en sus corredores y cazuela, ante un temporal veraniego y pasajero, al tiempo que un gran José Sacristán escucha parabienes sobre su vida y dilatada obra merecedora de un premio del cariz como el que se le ha otorgado este verano.

Pero no sólo jugaría el tiempo meteorológico en estas fechas teatrales al jugar cada uno un papel determinado en nuestra vida, también lo haría el mismo homenajeado, José Sacristán recordando un viejo sombrero negro de su infancia que a todos nos enseñó, y que a juzgar por su aspecto y negrura cuidó de maravilla, creo que incluso tuvo tentaciones de ponérselo una vez más y seguir jugando, pero en lo sublime del acto se abstuvo. Era un sombrero de un mozo de mulas de la familia, tal vez un sombrero cordobés o tal vez un sombrero castellano de prestancia y gala, del que quizá se ponían en un día de celebración de cánticos y danzas, muy cercano al teatro. Un sombrero que el mismo Sacristán descubrió en la cámara alta y secreta de Chinchón donde su familia guardaba el maíz y los ajos, un sombrero que le guio en la infancia como un muñeco o un libro puede guiar a otros niños, con todo el misterio de lo desconocido o diferente, buscando la magia personal que te hace llevar un itinerario de vida como para él lo fue el cine y el teatro.

Con cuatro años descubrió que el sombrero era su magia, su porvenir y jugaba a darle forma y le dio más que forma a un centenar de películas rodadas en sus más de treinta años de profesión y sus ochenta años que si no se dice, nadie se entera de que los tiene, porque es como esos personajes sin edad, o mejor dicho con la edad que asume cada uno de sus personajes representados.

El sombrero de Chinchón estaba en la vieja cámara junto a los ajos que él mismo vendía, sombrero y ajos de hijo de agricultor como sinónimos de obligación y designio, de juego y razón. ¿Has vendido los ajos? Preguntaba su padre. Y todos los ajos los vendió con el sombrero puesto de la ilusión.

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