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Juan Saravia
Juan Saravia
Un cuento de Juan Saravia

Teresa despertó. Todavía no había abierto los ojos y ya sentía la angustia en el pecho. Adormilada, examinó el colchón: quería comprobar que Salvador siguiera junto a ella. Una vez que confirmó que estaba ahí, Teresa permaneció, hecha un ovillo, pegada al cuerpecito de su hijo. Se acercó para olerlo. Le pareció que todavía quedaba un poco del olor que tenía cuando era bebé. Lo besó en la frente, en las mejillas, en el cuello y, brevemente, en los labios. Sus brazos seguían estando rollizos y a sus manitas se les hacían pequeños hoyuelosagujeritos, en los nudillos. Mientras dormía, el niño respiraba muy suave, muy acompasadamente. A Teresa, las facciones de su rostro infantil le parecieron tan hermosas como alguna vez fueron las de ella, en una época que ahora le parecía tan lejana como si no hubiese existido. «Hoy ⎯se dijo⎯ debo permanecer junto a Salvador; no debo apartármele apartármelo ni por un segundo».


Salvador abrió los ojos. Teresa acercó sus labios al rostro de su hijo y le preguntó:


⎯¿Te acuerdas de que una vez te dije que tú y yo tenemos un hilo, un hilito, que une tu corazón y el mío está unido de tu corazón al mío y que nunca podrá romperse? ⎯El niño asintió con la cabeza⎯. Este hilito puede estirarse tan largogrande como sea necesario y, no importa que estemos muy lejos, siempre nos va a unir.

⎯¿Y si uno de los dos se muere? ⎯preguntó Salvador, adormilado.

⎯Ni siquiera así se podría romper, porque es irrompible.nvisible. Si un día estamos lejos y quieres hablar conmigo, sólo solo tienes que tirar de él tres veces, así ⎯dijo; y simuló que jalaba un hilo de su pecho⎯. Luego, me dices en tu cabeza lo que quieras decirme; yo te escucharé. Tal vez no puedas escucharme como lo haces ahora, pero podrás sentir lo que quiero decirte. ¿ComprenEntendiste?

⎯Si Sí, mamá.


El niño sonrió.


Sus compañeras se levantaron de sus catres de las camas de hormigón, doblaron las frazadas y acomodaron las almohadas. Dos internas se levantaron del suelo, donde dormían en medio de un estrecho corredor, entre dos literas, pues no tenían dinero para pagarse un catre. Las mujeres se pusieron a hablar. Cómo odiaba Teresa ese parloteo incesante.


Casi enseguida, se abrió la puerta y entró una mujer robusta, con la piel sucia, pegando de gritos. Esa mujer se llamaba Karla, pero la apodaban: la Generala.


⎯No sé cómo pueden vivir así ⎯gritó la mujer⎯. Aquí hiede a orines. Es asqueroso.


Pegaba esos gritos por esa idea que se tiene de que entre cuanto más alto y más fuerte se hable, más caso le hacen a uno.


⎯¿Y qué hacemos? ⎯dijo una interna, mascando un chicle⎯. No nos dejan salir por la noche.

⎯No sé. No sé. Limpien bien. O aguántense las pinches ganas.


Esa mujer, que siempre estaba mascando chicle; , estaba infectada con el vih; lo había contraído en el lugar y estaba en espera de ser trasladada a otro pabellón.


Las mujeres sacaron los recipientes que utilizaban por las noches como urinales orinales y los vaciaron en las alcantarillas. Formaron una fila dentro de la habitación.


⎯Silencio ⎯volvió a gritar la Generala, con su voz ronca y áspera.

Todas, menos Teresa, fueron al patio. Debían formarse en el patio principal, para que las contasen. Después, debían irse a sus respectivos trabajos.

Al ver que Teresa y su hijo seguían sentados en la cama, preguntó sardónicamente:

⎯Y tú, ¿de qué privilegios gozas?

⎯Karla, necesito tu ayuda ⎯le dijo Teresa en un tono de ruego⎯. Necesito que me consigas un permiso para faltar hoy al trabajo. Y otro para que Salvador no vaya a la escuela.

Después de decir lo anteriorhablar, se acercó a la Generala y le dijo algo al oído. La gruesa mujer asintió.

⎯Aquí, te podemos conseguir lo que quieras ⎯le dijo enseguida⎯, pero tienes que pagar.

Teresa le mostró dos billetes de doscientos pesos y le prometió una cantidad igual para el fin de semana.

⎯Bueno, y tú, ¿para qué diablos quieres faltar? Está bien, ándale. Dame los billetes porque el jefe de guardias me va a pedir la mitad. Esos cabrones no se andan con pendejadas, ya lo sabes, mamita.


La Generala regresó más tarde con los permisos y le recordó a Teresa que el fin de semana debería pagar el resto. Las demás internas obtenían drogas a través de esa mujer. Algunas veces, también conseguían brindar algún servicio sexual a otras internas, a las guardias ⎯que estaban a cargo de la seguridad al interior del lugar⎯ o a los guardias ⎯que estaban a cargo de la seguridad exterior⎯. Ese tipo de servicios estaban muy bien pagados. Hasta ahora, Teresa había conseguido mantenerse al margen de todo ello.


Por las mañanas, Teresa trabajaba en el taller de costura, fabricando bolsas artesanales que una organización no lucrativa exportaba para ayudar a las internas. Eso le redituaba muy poco. Por las tardes, lavaba y planchaba ropa para las familias del personal administrativo. Ese trabajo le resultaba más lucrativo, aunque al final del mes no le quedara nada de dinero. En ese lugar había que pagar para vivir un poco menos mal; sobre todo, para vivir con un poco de seguridad. Ahí dentro, había mucha gente mala.


⎯¿Por qué no voy a ir a la escuela, mamá? ⎯le preguntó Salvador, una vez que se quedaron solos.

⎯Porque vas a pasar el día conmigo. Y la vamos a pasar muy bien.

⎯Pero mi cumpleaños es mañana. Ah, entiendo, dijiste que cuando cumpliera seis años, tendrías una sorpresa para mí. Cumplo seis años.

⎯Sí, pero lo vamos a festejar hoy.

⎯¿Por qué hoy?

⎯Porque lo digo yo. sí.

―Ah, entiendo, dijiste que cuando cumpliera seis años, tendrías una sorpresa para mí.


La eescuela no era sino un cuarto adaptado como tal, a la que iban los niños que tenían más de tres años. Ahí, algunas voluntarias les enseñaban los colores, los números, las formas geométricas y cosas así. Se intentaba que fuera lo más parecido a una escuela normal.


Teresa decidió que pasarían la primera parte del día en el patio que las internas tenían para colgar ropa; ese lugar estaba lleno de madres con hijos pequeños que, por su edad, todavía no iban a la escuela. Igual que en el resto de las instalaciones, ahí no cabía una persona más. Había sol y le pareció que a Salvador le gustaría refrescarse un poco en el agua. Ahí, el niñoSalvador había pasado sus primeros años. Descalzo. Casi desnudo. Jugando con otros niños en ese espacio repleto de lavaderos y cables colmados de ropa y corriendo alrededor de esas callejuelas llenas de polvo. Junto a los lavabos había cuatro o cinco duchas sin cortinas y tan solo un tubo que bajaba del techo y dejaba caer un chorro insuficiente para quitarse el jabón. Las mujeres, cuando se duchabann, mirabann al techo para no verse desnudas. En ese lugar, Teresa tenía la impresión de que las mujeres sin ropa no eran nadie, sóolo un alma cuerpo cubiertao de piel. Teresa miró a una mujer bañándose. De su entrepierna, enredado enredados entre los chorros de agua, manaban chorros de sangre. Algunas de esas mujeres se tenían que fabricar fabricarse sus propias toallas sanitarias.


Teresa se sentó en una banca de madera, colocó a Salvador en su regazo y le pidió que apoyara la cabecita en su pecho; hubiera querido tenerlo así todo el día, pero él prefirió ir jugar con el agua de dos cubetas. Ella le quitó la ropa y lo dejó en calzoncillos. A su lado había otros niños de piel muy oscura, llenos de mocos; utilizaban pañales de tela. Teresa habló con una de las mujeres, una muy pobre, porque allí dentro, igual que afueraen ese sitio, igual que afuera, también había clases sociales. Mientras Salvador jugaba, Teresa pensaba Teresa lo observaba y pensaba en la vida del niño, que él había tenido su hijo, reducidao a moverse dentro de un asfixiante pabellón. No sabía qué había afuera, más que lo que ella le había contado. «Un día vas a ver los árboles y los coches y vas a poder ir adondea donde quieras», le decía. Ella tenía la impresión de que Salvador imaginaba el mundo exterior de la misma forma en la que una persona mira lo que hay del otro lado de una pantalla de televisión o de cine.


Gracias a su hijo, ella había conseguido tener momentos muy felices aún dentro de ese lugar.


⎯Ya no quiero jugar en el agua, mamá ⎯le dijo el niño; . ella Ella lo secó con una toalla blanca, muy desgastada, y volvió a vestirlo.

Lo llevó a los juegos para niños. «Lo quiero más que a mí misma», ⎯pensó⎯, mientras el niño corría hacia allá. Lo ayudó a subir a la resbaladilla y dejó que él explorase los demás juegos, tal y como solía hacercomo solía hacerlo en compañía de otros niños.

⎯Hoy tienes todo estos los juegos para ti solo ⎯le dijo.


Los juegos estaban en un patio desde donde se podían ver los edificios de viviendas y oficinas del sector público de la avenida que había en la avenida que pasaba adel otro lado del cerco.


A Salvador no le gustaba pasar mucho tiempo sin su madre. Ella era su mundo; él era el mundo de ella:. La la familia de Teresa en el exterior no quería saber nada de ellos.


Mientras atravesaba un puente de madera que conectaba dos módulos de juegos, se acercó a Teresa una interna a la que nunca había visto; . la La mujer encendió un cigarro y se puso a fumar y a ver también cómo jugaba Salvador.


⎯Yo también tengo un hijo ⎯le dijo la mujer⎯. Tiene cuatro años.

⎯¿Eres nueva?

⎯Me ingresaron hace dos semanas. Me encerré todo este tiempo. No quería salir, pero hoy me obligaron. ⎯le dijo la mujer⎯. Me llamo Carmen ⎯le dijo la mujer.

⎯Así pasa al principio.

⎯No creo llegar a acostumbrarme a todo esto.

⎯Es muy duro estar aquí. No te acostumbras, te resignas. Por momentos, te resignas. ¿Cuánto tiempo te dieron?

⎯Tres años. ¿A ti?

⎯Me faltan veintisiete.

⎯¡Virgen Santa! ⎯exclamó Carmenla mujer⎯. Eso es mucho tiempo.

Teresa cerró los ojos durante un par de segundos, . hacía Hacía eso con frecuencia, y se imaginaba en un lugar atemporal, donde todo era perfecto, un lugar como imaginaba que sería la muerte.

⎯Demasiado tiempo ⎯dijo al fin, y preguntó a la mujer⎯: ¿Dónde está tsu hijo? ¿Con su papá?

⎯Soy madre soltera. Está con mis papás, en el norte, en Ensenada. ¿Y el padre de tu hijo? ¿Afuera?

⎯No, allá ⎯dijo Teresa, señalando hacia un edificio gran edificio rematado en lo alto por alambre de espino que se divisaba a lo lejos⎯. Allá están los hombres. Cuando vas a estar aquí tanto tiempo empiezas a necesitar cariño. O te haces de una novia aquí dentro o de un novio allá. Hay visitas conyugales cada mes. A las que tenemos pareja nos llevan. Pasamos cuatro horas con ellos, en unos cuartos pequeñitos,, que tienen un diminuto camastro, pero es mejor que nada.

⎯¿Lo conocías de antes?

⎯No, lo conocí gracias a una interna que tiene allá a su marido. Ella nos presentó. Primero, a través de una fotografía. Luego, nos vimos en la visita conyugal. ¿Me regalas un cigarro?

La mujer le entregó un cigarro y le ayudó a encenderlo.

⎯¿Conoce a su padre? ⎯preguntó la mujer, señalando a Salvador.

⎯No. Y él tampoco quiere conocer a su hijo.

⎯Crecen demasiado rápido ⎯dijo la mujer⎯. Algunas veces veo a mi hijo y me pregunto cuánto tiempo durará su vida. Espero que llegue a viejo.

A Teresa le inquietó la pregunta de Carmen, ella nunca se la había formulado.

⎯Yo creo que no importará cuánto crezca mi hijo ⎯dijo Teresa, mirando a Salvador⎯. Para mimí, aunque ya eso no tendrá importancia, aunque fuera un hombre mayor, para mí siempre seguirá siendo siempre un niño.

⎯¿En qué pabellón estás? ¿Es posible visitarte?

⎯Estoy en el número cuatro, dormitorio tres. Si te puedo ayudar en algo, no dejes de buscarme. Conozco al personal y tengo algunas amigas influyentes entre las internas, llevo ya ocho años aquí.

⎯¿Es posible tener amigas en un lugar como ésteeste?

⎯Algunas aquí te ayudan y otras te joden. Otras hacen como que te ayudan, pero al final, te joden. Hay que andarse con cuidado. Pero sí, es posible.


En ese instante, escucharon un grito que provenía de la puerta que la mujer había atravesado para llegar ahí. Era una guardia de su pabellón que llamaba a Carmenla mujer de recién ingreso para que regresara. Parecía estar enojada.


⎯Ya me tengo que ir. Van a mostrarme mi lugar de trabajo ⎯le dijo la mujer⎯. Me llamo Carmen

⎯Yo soy Teresa. Visítame.

Salvador salió de los juegos, llegó hasta su madre y se le abrazó a las piernas.

⎯¿Qué te parece si ahora vamos a ver un libro ilustrado? ⎯le preguntó.

⎯Siii Sííí ⎯dijo el niño, entusiasmado el niño.


Había una pequeña biblioteca para los niños. También la había montado una organización sin ánimos de lucro,no lucrativa. Casi todo lo que tenían lo proporcionaban ese tipo de organizaciones. El gobierno Gobierno no les daba nada y el personal del campo sólo solo las extorsionaba.


La mesa era verde y las sillas eran muy pequeñas para Teresa; se sentaron en el suelo, adoptando una posición cómoda, las piernas cruzadas y la espalda recargada en la pared. Pasaron ahí más de dos horas.


Mientras Salvador miraba unos libros, Teresa se quedó dormida


⎯Tenemos que irnos ⎯le dijo Teresa, de pronto,, sobresaltada⎯. Anda, vamos, nos esperan.

⎯¿Quién?

⎯Camina, rápido.

Llegaron hasta las oficinas administrativas. Había dos guardias, eran dos hombres uniformados. Teresa les mostró un documento y la dejaron entrar con Salvador.

⎯Ya están dentro, Teresa. ⎯le dijo una secretaria.

⎯Por favor, lo he pensado mejor, quisiera unos meses más, sólo unos meses. Se los lo ruego. Me lo hubieran quitado al nacer.

⎯No es posible. Lo sabes. Antes de cumplir los seis años, tienen que irse. Es parte del reglamento. Ya están aquí, y han venido desde muy lejos.


Entraron en una austera sala de espera, provisto tan solo de seis viejas sillas. En dos de esas sillas estaba sentada una pareja de extranjeros; él tendría alrededor de cuarenta años y ella, un par menos que él. En cuanto vieron a Teresa y a Salvador, miraron al niño y le sonrieron tiernamente.


⎯Espera aquí, hijo ⎯pidió Teresa a Salvador, que se quedó debajo del marco de la puerta, mirando a la pareja que no le quitaba los ojos de encima.

Teresa entró a la oficina y le dijo a la secretaria:

⎯Por favor, lo he pensado mejor, quisiera unos meses más, sólo unos meses. Se lo ruego.

⎯No es posible. Lo sabes. Antes de cumplir los seis años, tienen que irse. Es parte del reglamento. Ya están aquí, y han venido desde muy lejos.

⎯Me lo hubieran quitado al nacer ⎯se quejó Teresa.



En la otra silla había una mujer vestida con traje sastre. La mujer se puso de pie enseguida y se presentó como la representante de la organización no gubernamental que se hacía cargo de las adopciones., cuando las internas no tenían familiares que quisieran hacerse cargo de sus hijos.


Teresa se aproximó a la mujer, para que Salvador no escuchara lo que tenía que decirle.


⎯Ellos son John y Tara ⎯dijo la mujer⎯. Viven en Estados Unidos, en la ciudad de Salem, en OregonOregón. Todo está listo.

⎯No le he dicho nada a mi hijo.

⎯Debió hacerlo.

⎯No pude. Pero es mejor así. Hablaré con él ahora.

⎯Nos saldremos un momento para que hable con él.

Al salir de la sala de espera, Tara se inclinó hacia Salvador, le sonrió y lo besó en la mejilla. El hombre sacó un pequeño avión de juguete, uno blanco, de American Airlines, y le preguntó:

⎯¿Te gustan los aviones?

⎯Si Sí ⎯dijo Salvador, y lo cogió; . el El hombre le revolvió el pelo con su enormeuna mano. grande.

Una vez que Teresa y Salvador estuvieron solos, ella le dijo:

⎯Salvador, tú ya no puedes estar aquí. Tienes que irte con esos señores. Ellos son muy buenos y serán tus nuevos padrespás. Esa mujer tan guapa será tu madre y te cuidará, y ese hombre tan bueno será tu papá.

⎯No quiero ir con ellos ⎯gritó Salvador, furioso―.

⎯Esta es mi casa.

⎯Esta no es tu casa, Salvador, este lugar no puede ser la casa de nadie.

⎯Yo quiero estar contigo ⎯dijo, . lanzó Lanzó el avioncito de juguete contra el suelo y se puso a llorar desconsoladamente. Quiero ir a mi cama.

⎯¿A dormir con otras diez mujeres, todo apretujado, oliendo a orines?

⎯Quiero irme, ahí tengo mis juguetes.

⎯Esos no son juguetes de verdad.

Los llantos del niño cada vez se hacían más insoportables para Teresa.

⎯Yo quiero estar contigo.

⎯Tenemos el hilito, de corazón a corazón, ¿Te te acuerdas? 

⎯El niño pisó el avión de juguete y lo hizo añicos.

⎯. Tendrás tu propio cuarto, con juguetes, irás a la escuela y llevarás una vida normal, afuera. Con ellos vas a ser muy feliz y, una vez al año, te van a traer a visitarme.

El niño dejó de llorar, sus facciones se pusieron rígidas. Teresa abrió la puerta. La mujer de la asociación entró.

⎯Llévenselo ⎯dijo Teresa⎯. ¡Llévenselo, ya!


La mujer norteamericana cargó a Salvador, lo apretó muy fuerte entre sus brazos y salió de ahí. El niño llamó a su madre hasta que estuvieron en la calle.


Teresa volvió al patio principal, para dirigirse a su pabellón. Extrañamente, no había nadie. Ni un guardia,, ni una interna. Aquel lugar estaba tan vacío que sólo era habitado por la muerte. Y el vacío de Teresa acabó por vaciar el mismo vacío que ya había en el patio de la cárcel. Estaba vacío. Y fue como si todo ese vacío entrase de pronto en Teresa y la inundara por dentro.  

Artículos del autor

​Mientras miraba el mapa de América, Saîd lanzó un dilatado suspiro. Lo había recortado en una revista de viajes de una peluquería del Boulevard Anessens. Enseguida volvió a pegarlo con un imán sobre la nevera.

Sabemos que la ficción es una forma legítima de mentir, pero también, que es una dimensión estética de la realidad. La necesitamos porque la vida ⎯una sola vida⎯, nos resulta insuficiente. La ciencia ficción ⎯la buena ciencia ficción⎯, por otra parte, es mucho más que un género literario.

Durante más de un año y, en más de una ocasión, he llegado a sentir hambre. No sólo un hambre física, sino una sensación de vacío, de soledad, de insatisfacción, una avidez al mismo tiempo por devorarlo todo. Nunca antes de esa época alcancé a comprender mejor la novela Hambre, del escritor noruego Knut Hamsun, que había leído con anterioridad.

El hartazgo de todos los ha llevado a tomar la terrible decisión de abordar el primer tren. Una decisión suicida porque subirse a La Bestia requiere más valor que suicidarse.
​Lo que hacía más triste y trágico el velorio del Negro era que no estuviera el cadáver dentro de un ataúd.
Finalmente, a eso vienen todas las mujeres a verme, a sentirse deseadas, valoradas, importantes, para eso me pagan.
​Acabo de leer un libro, El Ruletista (Impedimenta, 2015), del escritor rumano, Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). Se trata de una edición rústica, muy bien cuidada, de un pequeño libro que tiene apenas 62 páginas, de las cuáles 14, forman parte del prólogo.
​Vincent Van Gogh (1853-1890), fue uno de los genios más grandes del siglo XIX, uno de los mejores pintores de su generación y, tal vez (junto con Cézanne, Gauguin y Toulouse Lautrec), uno de los cuatro mejores pintores del postimpresionismo.
 
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