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José Luis Heras Celemín
José Luis Heras Celemín
El anunciado programa de Gobierno fue sustituido, sin más, por pinceladas

Abunda el uso de la expresión ‘hacerse un’, un ‘un’ variado y cómico que, con algo de mala uva, define situaciones. Recordemos algunas: ‘Hacerse un sinpa’, para expresar que alguien se va sin pagar. ‘Hacerse un Rajoy’, que define la postura de quien deja que las cosas sigan a su ritmo esperando que se arreglen solas, como, parece, hacía Mariano Rajoy. O, la penúltima en el argot político, ‘Hacerse un naranjito’, para precisar la actitud de quien, como dicen hace el ciudadano Rivera, enreda a todos y con todos y, a la hora de la verdad, no concreta, aprovecha ni remata.


La última es la que ya se intuía y terminó de concretar el presidente del Gobierno Pedro Sánchez: ‘hacerse un Sánchez’.

Comparecía Sánchez, a petición propia, “ante el Pleno del Congreso de los Diputados para informar del programa de Gobierno y sobre el Consejo Europeo que se celebró los pasados días 28 y 29 de junio de 2018 (Núm expte. 210/000054)”, según se anunciaba en el ORDEN DEL DÍA de la Sesión nº 133 (Sesión Extraordinaria) del martes, 17 de julio de 2018.


Y ocurrió lo que se vio: El informe del programa de Gobierno, que debería haber sido la base de la Moción de Censura que propició la investidura, se redujo a un conjunto de pinceladas que pretendían agrupar lo que - dijo - ya había sido expuesto por los ministros en distintas comisiones. Con ello, el anunciado programa de Gobierno fue sustituido, sin más, por las ya citadas pinceladas. No puede tildarse de comportamiento fuera de sistema, porque no lo es, pero sí puede afirmarse que el ofrecido programa de Gobierno de Sánchez él mismo lo sustituyó por lo que parece un mal artificio para justificar lo no justificable. Algo parecido ocurrió con el informe sobre el Consejo Europeo: En lugar de seguir la costumbre y explicar lo tratado en él, la intervención se dedicó a bosquejar, sin orden ni detalles, sólo una parte de lo tratado allí. Con más inconcreción que precisión, la intervención presidencial fue tan sui generis que ha merecido la atención de una de las figuras del periodismo más brillantes del momento: “Un discurso de Pedro Sánchez imborrable para los anales del parlamentarismo. La gente se dormía. Con eso digo todo. Eso sí, nos metió un paquete de impuestos en plan Robin Hood, convenciéndonos que pagarán los ricos para que disfrutemos los pobres. De risa”.


Pero el informe, o lo del informe, sólo fue el discurso del comienzo. El meollo, lo que define una forma de hacer, que es a la vez hecho principal de la sesión y definición, es algo más. Volaban por el techo del hemiciclo del Congreso los archiconocidos “Que parte del no es el que no entiende” y “No es no”, de Sánchez frente a Rajoy, que a la postre mutarían en síes, y apareció la esencia del ‘hacerse un Sánchez’. Desde hacía tiempo, ad calendas graecas o algo más, el antiguo portavoz del PSOE había pedido, y ofrecido en caso de llegar algún día al gobierno, los nombres de las personas y entidades que se habían acogido a los beneficios de la amnistía fiscal habida en tiempos de Montoro. Ocurre que Sánchez ha llegado al Gobierno y que algunos portavoces de grupos parlamentarios (Ione Belarra de Podemos y Albert Rivera de Ciudadanos) le pidieron la ofrecida relación y nombres de los amnistiados. Y el presidente del gobierno se hizo ‘un Sánchez’. En tres fases: La primera, ya pasada, en la que ofrecía los nombres. La segunda, actual, afirmando que no los facilitaría porque su gobierno y él no iban a prevaricar, con una credibilidad más que dudosa que sería rebatida después por un jurista de prestigio. Y la tercera, de pasado, presente y futuro, negando conocer nombres, tener intereses, o favorecer a alguien. Como es lógico, la credibilidad del presidente del Gobierno, ya muy mermada en las dos fases precedentes, al llegar a ésta..., como que desapareció.


Para acabar con la definición del ‘hacerse un Sánchez’, aún quedan dos tipos de flecos que mostrar: Los que fueron resaltados por los oradores que usaron la palabra y se ocupan del criterio y compromiso de quien varía de opinión y conducta según el momento, la ocasión y conveniencias. Y otros, menos llamativos pero mucho más importantes y peligrosos, que se refieren a la capacidad demostrada, al futuro previsible y a la confianza que merece quien tiene la misión de dirigir e ilusionar en una sociedad como la nuestra.


Pedro Sánchez, el martes en el Congreso, se hizo un Sánchez: el visto. Puede que, además de ése, haya otros. En interés de todos, incluso de él mismo, sería mejor que, a partir de ahora, Pedro Sánchez busque otra forma y modelo para ‘hacerse un Sánchez’. Otro distinto, y opuesto. 

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