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Jesús Salamanca
La tronera
Jesús  Salamanca
En la Administración gozan de aire acondicionado y en invierno de calefacción puntual, adaptada y permanente
Cuesta creer lo que uno escucha en los medios estos días. Créanme que no pensaba escribir sobre la ola de calor; bastante de ello estoy pasando como para reflexionar sobre ello porque, solo de pensarlo, me sube la temperatura corporal. Pero, claro, después de escuchar al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Jesús Sánchez Martos (arriba en la foto) no puedo por menos que mofarme de su 'brillantez'.

El citado consejero ha dicho en la Cadena Ser que lo mejor para combatir la ola de calor en los colegios es que los niños "hagan abanicos de papel y se hidraten bien" e incluso que "se ventilen las clases". Pero ahí no queda todo: según él es una "terapia ocupacional muy importante para los niños, haciéndolo como lo hacíamos cuando éramos pequeños, dobla, dobla, dobla y tienes el abanico", afirmó el consejero. La verdad es que no sé qué pensar de este personaje. No me extraña que desde los sindicatos se le haya indicado la puerta de salida y se le haya llamado como al del capirote.

En lo único que coincido con Sánchez Martos es en que el aire acondicionado en las aulas no es la solución, dados los problemas de salud que puede ocasionar en entre el alumnado y el profesorado. Sí estoy de acuerdo en que es imprescindible "una buena hidratación y tener constantemente botellas de agua en las clases".

Al menos tengo la satisfacción de que ni el consejero de educación ni el de sanidad de mi comunidad han salido a los medios a decir estupideces o a ponerse a la altura del escalón de la imbecilidad. Sin duda son comedidos, muy comedidos, hasta el punto de que --cuando no tienen soluciones o no saben qué decir-- se callan. Eso no quiere decir que no haya otros problemas en Castilla y León que, por cierto, hay muchos.

Muchos docentes hemos trabajado en la Administración, antes o después de haber pasado por las aulas, por lo que sabemos de qué hablamos. En la Administración gozan en verano de aire acondicionado y en invierno de calefacción puntual, adaptada y permanente. En colegios, institutos y otro tipo de centros públicos sí hay calefacción y punto; no vamos a entrar en los fallos, días que no se puede encender y momentos en que el alumnado permanece en clase con prendas de abrigo.

No me voy a extender porque hay motivos para dar caña en este asunto y seguramente de ello se aprovecharán los 'buitres' de siempre, tanto desde el ámbito podemita como desde ese sector del partido socialista que ahora abandera el tal Sánchez.

Se han dado casos de desalojo de institutos porque las temperaturas han alcanzado niveles de destrozo físico y de salud. Y lo más triste es que consejeros de educación, como el de Madrid (consejero de Educación, Juventud y Deporte de la Comunidad de Madrid, Rafael van Grieken) han puesto el grito en el cielo porque el alumnado nunca debió abandonar las instalaciones. Incluso, el ministro ha criticado duramente y haciendo uso de su ignorancia, “la evacuación del Instituto y el traslado de los alumnos, ayudados por efectivos de la Policía Local y Protección Civil, a un tanatorio cercano y climatizado. No entiendo que hubiera deseado ese señor que el alumnado aguantara el golpe de calor a toda costa. ¿Y es ese el nivel de consejeros de los que se ha rodeado la señora Cristina Cifuentes? ¿Merece la pena seguir arando con este tipo de animales?

Escribo el artículo precisamente cuando acabo de salir de clase. Estaba deseando llegar a mi domicilio para sentarme al ordenador y decir cuatro barbaridades a los citados consejeros de Madrid, pero los años me han enseñado a saber que la mejor palabra es la que queda por decir, así como que si digo lo que siento en este momento seré prisionero de mis palabras.

Por eso me conformo con decirles a los reseñados consejeros que hoy, en mi clase, en Valladolid (ya sé que Pucela no pertenece a la comunidad de Madrid), de 12 a 14 horas, con veintiséis alumnas en clase, todas mayores de dieciocho años, hemos aguantado pacientemente con abanicos (pero no de papel) hasta que faltando quince minutos, la delegada de curso ha planteado que no podíamos seguir así, por lo que hemos suspendido la clase; no está de más recordar que en nuestro centro, en lo que va de ola de calor, hemos tenido desmayos, vómitos, aturdimientos, llantos,…

Teníamos en el aula 34,6º: es un centro público de EPA, aislado en el barrio del Cuatro de Marzo, ningún edificio alrededor proyecta sombra sobre él. Grandes ventanales sin persianas (así construye la Junta de Castilla y León). Con los 38º grados de ayer y los 37º de anteayer nuestro centro es un cocedero; es decir, lo que llamamos un infierno. Hacer trabajar así al personal docente y al alumnado es un atentado a la dignidad. ¿Y qué podemos hacer los equipos directivos en estos casos? Pues sencillamente hacer uso del sentido común, imaginar una peineta a los prebostes de la educación, tragarnos sapos y culebras y escuchar al alumnado que, precisamente por ser adulto, no se deja manipular. A la vez es conveniente recordar al alumnado adulto que piensen en quién gobierna en su comunidad cuando lleguen las elecciones autonómicas, con el fin de orientar el voto hacia alguien más sensato y responsable.

Si quienes deben regir los destinos de la sanidad en el Estado español son como los consejeros de Madrid a los que hemos citado, mejor que paren esto porque me bajo. Cabalgar al lado de gaznápiros acaba pegándosenos a todos. No estaría de más que Amancio Ortega también se acordara del abandono que sufren los centros docentes públicos; sería fácil convencerlo de que también es una inversión de futuro. Precisamente por ser inversión a largo plazo, los políticos no quieren aproximarse a ella, pues a corto plazo no da para salir en ‘los papeles’.

El próximo día contaré por qué los ministros se vuelcan con el acondicionamiento de centros penitenciarios y, sin embargo, dejan de lado a los centros educativos. Suena a chiste, pero no se aparta de la realidad.

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