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Herme Cerezo
Crítica literaria
Herme Cerezo
Entrevista a María Fernanda Ampuero

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María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) pasó por la Fira del Llibre de València tal vez de un modo fugaz. Primero participó en un acto sobre cuentos en el aula abierta de la feria, invadidas las palabras de los autores por el sonido de un grupo rockero, empeñado en que la gente menuda bailase y cantase sin importarles lo que los cuentistas intentaban explicar a su audiencia, tampoco muy numerosa. Esta ciudad no termina de aprender nunca y deja escapar interesantes minutos culturales que no menudean en su agenda cultural anual. Al acabar, la escritora ecuatoriana se acercó a la caseta de Organización para conversar sobre su primera incursión en el mundo literario, donde ha debutado dentro del género del cuento, con el volumen titulado ‘Pelea de gallos’, editado por Páginas de Espuma.


Como señala la contraportada del libro, ‘Pelea de gallos’ narra desde diferentes voces el hogar, ese espacio que construye –­o destruye– a las personas, aborda los vínculos familiares y sus códigos secretos, las relaciones de poder, el afecto, los silencios, la solidaridad, el abuso... Es decir, todos los horrores y maravillas que se encierran entre las cuatro paredes de una casa: el espanto y la gloria de nuestras vidas cotidianas. A todo ello sólo cabe añadir que María Fernanda Ampuero, periodista de profesión, ha escrito unos cuentos estremecedores, latinoamericanos, polifónicos, como si llevara publicando ficción toda su vida y no hay que olvidar que estamos ante su ópera prima. ‘Pelea de gallos’ consta de ciento quince páginas y trece cuentos, trece, un número interesante, pero también maldito. «Quizá haya un elemento de fetiche ahí – dice María Fernanda –, pero tampoco fue una obsesión alcanzar ese número. Salió así y estoy contenta por ello».


¿Por qué escribe María Fernanda Ampuero?

No sé por qué lo hago, supongo que tengo preguntas y respuestas y también algunas puertas cerradas en mi vida, a las que no puedo entrar y esa es una forma de abrirlas. Pero escribir no es una actividad placentera, ni tampoco una especie de catarsis para cerrar una herida, simplemente se trata de la pulsión de ver qué se oculta detrás de algo.


¿Te mueve la curiosidad entonces?

Sí, pero la curiosidad se asocia a un término pícaro o positivo y a veces, si encuentras algo que no te gusta, resulta terrible. Las cosas que más mueven la curiosidad son los tabúes, lo prohibido, lo que no se ve.


A la hora del tu debut literario has escogido el género del cuento, ¿por qué?

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Soy cuentista, lo tengo claro. Me han preguntado muchas veces si voy a escribir una novela, como si fuera el paso obligado que hay que dar tras publicar un libro de cuentos. Es como si tienes novio y te preguntan para cuando la boda. Escribir relatos no es un ejercicio para soltar la mano y después armar una novela, requiere una tensión brutal. En un cuento hay que narrar muchas cosas en muy poco espacio y para ello se requiere una destreza que a veces te ocupa toda la vida para hacerlo bien.


A mi juicio, tu destreza no es mala.

[Risas] Gracias [más risas]. Se va aprendiendo con el tiempo, pero es como destilar un licor, que requiere un proceso largo para obtener muy poquito fruto. Aunque tal vez esta metáfora suene un poco cursi, lo cierto es que destilar es algo muy parecido al tiempo que te demanda escribir un cuento.


¿El cuento lo escribes en cuanto te brota la primera chispa o pasas un tiempo de maduración?

Voy poco a poco. Le pasa a todo el mundo, continuamente piensas en cosas, surgen ideas que te generan curiosidad y que quieres explorar. Las que, a pesar de que pase mucho tiempo, se quedan aferradas a tu piel, son las que finalmente germinan.


De profesión eres una periodista que escribe crónicas, ¿una crónica es un cuento desposeído de ficción?

Gran pregunta [Silencio, piensa durante unos segundos]. No sé si definirlo así exactamente, pero sí tiene elementos hermanos con la narrativa. Cuando escribo un reportaje largo, sin ficción, trato de que resulte atractivo y apetecible de leer… Sin duda hay elementos hermanos, como dije, pero la definición no es totalmente exacta.


¿Cómo surgió la idea de publicar ‘Pelea de gallos’?

Escribo cuentos desde los seis años, toda mi vida, sin ninguna pretensión. Siempre les tuve demasiado respeto a los escritores que me gustaban y no sentía que mi voz fuera suficientemente fuerte para estar al lado de las suyas. La idea nació a partir de que gané el premio Cosecha Eñe, mi agente literaria me preguntó si tenía más cuentos, le dije que sí y así surgió este libro. Yo no tenía la pulsión de publicar, tampoco sentía que mi vida estuviera incompleta por ello, pero ahora estoy muy contenta de haberlo hecho, a la vez que un poco asustada.


¿Asustada, por qué? ¿Sientes el famoso miedo al segundo libro?

Tal vez. El perfil del periodista es otro distinto, la publicación es más inmediata y tiene una funcionalidad muy clara. Aunque al lector no le guste mi estilo, mi misión es contar y conseguir que se entere de lo que sucede en un sitio determinado. En el periodismo todo depende de mí, sin embargo, en la literatura nunca estás completamente segura de si lo que haces está bien o está mal y de si sirve para algo. Imagino que esta inseguridad me va a acompañar mucho tiempo en la ficción. A pesar de mis años de profesión periodística, me siento como una neófita, pero a la vez también me siento vieja, porque asocio, de manera inevitable, el hecho de publicar un primer libro a una persona muy joven.


Los cuentos de ‘Pelea de gallos’ son duros, crueles, ¿por qué ese interés por la dureza y la crueldad?

Para mí el mundo es así, de hecho es peor que en mi libro. Puedo agarrar La Manada, la falta de agua en Sudáfrica o, ya que ahora mismo estamos aquí, la corrupción en la Comunidad Valenciana, que implica que una gran cantidad de gente se quedó en la calle, sin techo, viviendo a la intemperie… ¿Cómo no voy a escribir sobre esto? ¿Cómo no voy a gritar?


Sin duda hay un interés por tu parte en remover las tripas del lector.

Sí, intento que el lector no se quede indiferente, puede que no le guste o que no le interese lo que yo escribo, pero lo que no quiero es que, tras leer el libro, el lector diga ¡¡bah!!


Para narrar los momentos más crueles de tus historias utilizas un lenguaje suave, a veces casi dulce.

Ah, no sé cómo surge eso, no soy estratega en ese sentido. Creo que estamos rodeados de horror y lo contamos y experimentamos con las técnicas que podemos. Yo procedo de una sociedad o de una cultura con mucha tradición oral. En mi casa todo el tiempo, se contaron cosas, y tal vez mi naturalidad proceda de ahí. En mi familia se narraban historias procaces durante la infancia, cuidando un poco el lenguaje delante de los menores. Pero los niños no éramos importantes, éramos unos «subsujetos», en ocasiones un incordio, que estaban por ahí, a los que había que dar de comer y poco más. No se cuidaban de ellos tanto como sucede ahora. Y a mi familia, como al resto de la gente, le gustaba contar las miserias y las truculencias de los demás.


Tocas temas muy variados en el libro. En el cuento ‘Subasta’ hablas de una subasta de personas secuestradas, ¿está basado en un hecho real?

Una vez publicado el libro, una amiga me mandó un link real de la deep web en la que hablaban de una modelo italiana que había sido secuestrada para venderla y que subastaron después. No sé si es un hecho real o no, aunque yo creo que sí. Seguro que hay hasta cacerías de personas. No nos podemos ni imaginar las cosas que nos hacemos los unos a los otros. Hay un nivel de abyección que ningún escritor puede imaginar.


En ‘Otra’, hablas de una mujer sojuzgada por su marido, que se rebela en la cola del supermercado, una historia de liberación, feminista.

Como movimiento, creo que el feminismo se ha puesto de moda. De repente, se pone el foco en temas que han sido tratados por la literatura toda la vida, sin ir más lejos en la obra de teatro ‘Casa de muñecas’ de Ibsen, y le colocan la etiqueta de libro feminista, cuando el hecho de que un ser humano tome conciencia de que está siendo explotado y esclavizado y que trate de liberarse es lo más natural del mundo. Si bien yo soy feminista, no me gustaría que tildaran el libro de feminista.


Otro tema del que tratan los cuentos es el de las mujeres torturadas y abusadas por sus padres.

Es terrible y se produce porque pueden hacerlo. En el relato ‘Luto’ se dice que ante la indefensión triunfa siempre la crueldad. Si hubiera que buscar un leitmotiv para estos cuentos, diría que la idea que los preside es la de que hay que temer siempre más a los vivos que a los muertos, pero es cierto que las mujeres históricamente hemos sido las más indefensas y cuando alguien es indefenso, su congénere abusa de él porque puede.


La última por hoy, María Fernanda, ¿detrás de todos estos cuentos, qué lecturas se esconden y alimentan tu imaginario?

Leo todo el tiempo. Quise ser poeta desde muy jovencita y creo que hay mucho de la poesía de César Vallejo en mi mente y en mi forma de ver el mundo. Más contemporáneamente, descubrí hace pocos años a Mariana Enríquez, que me rompió la cabeza con el terror de denuncia social. Me pareció una idea poderosa mezclar lo sobrenatural con la desigualdad, filtrar el elemento fantástico en una sociedad que respira y supura miedo. Leo mucho terror y como uno de los cánones de la gente de mi generación es el cine, me interesa el gore y me alimento mucho con eso. En ese sentido soy un poco como las niñas del cuento ‘Monstruos’. Y si me pidieras que te recomendase a alguien, te citaría a mi compatriota Mónica Ojeda, que seguro que tendrá una importante carrera literaria en un futuro próximo.

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