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Herme Cerezo FIRMA DE OPINIÓN
Crítica literaria
Herme Cerezo Rabadán nació en Valencia hace cuarenta y nueve años. Casado y padre de una hija, es Licenciado en Historia Moderna por la Universidad Literaria de Valencia, aunque no ejerce la docencia. Asiduo lector de novelas, hace unos años despertó su interés por escribir sus propios relatos, siempre dentro del terreno de lo breve. Fruto de este trabajo fue la consecución de algunos premios literarios y la publicación de su libro 'El perro faldero' en Brosquil Edicions en 2003. Además, ha colaborado como crítico literario en el diario castellonense Mediterráneo y ha sido jurado en diversos certámenes. En septiembre de 2006 vio la luz su última obra 'Tranvias, Trolebuses y Autobuses. La Empresa Municipal de Transportes de Valencia' y en la actualidad colabora como articulista y crítico en SIGLO XXI y en varias revistas.
    






ÚLTIMOS 5 TEXTOS PUBLICADOS
‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’ de Eduardo Mendoza: mucho Pomponio y poco flato
Me acerqué a este libro espoleado por la lectura de dos de los suplementos culturales más importantes de la prensa peninsular. Incluso abandoné mi sacrosanta horizontalidad sobre el sofá, para bajar raudo a la calle y comprarlo. No exagero, es cierto. Y también es verdad que concluí su lectura subido al sillín de mi bicicleta estática – los triglicéridos mandan –, pedaleando con el libro en las manos. Tampoco esta vez exagero, oigan.
Y la verdad, mis improbables, es que necesitaba reír un poco. O, al menos, pasar un rato agradable. Y mis expectativas han quedado un tanto defraudadas. Bueno y ¿por qué mentir?: bastante defraudadas en realidad. Mi pretendida ración de sana risoterapia queda pospuesta para otra ocasión.

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es uno de esos escritores con cuya lectura más he disfrutado siempre. ‘La verdad sobre el caso Savolta’, ‘La ciudad de los prodigios’, ‘La aventura del tocador de señoras’, ‘Una comedia ligera’ y la espléndida, para mí, ‘El año del diluvio’ constituían un aval suficientemente sólido para emprender la lectura de ‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’. Sin olvidar los avales culturales citados al principio.

Si, ya sé que me he dejado uno de sus títulos más célebres, ‘Sin noticias de Gurb’, la novela que más me ha hecho reír de todas cuantas he leído. Pero este olvido ha sido aposta. Sin discusión, creo que todos coincidimos en la maestría de este relato de humor, género difícil, donde los haya y, por ende, poco cultivado. Y por eso quería obviarlo. Pero no ha sido posible. Y es que durante la lectura del periplo pomponiano y aunque la temática de ambas novelas tenga poco en común, realmente nada, uno no puede evitar retrotraerse a las aventuras del marciano Gurb y su jefe. Quizá esta circunstancia haya constituido un lastre excesivo para juzgar a Pomponio y su flato. Es posible, no lo sé. Pero lo cierto es que Mendoza había puesto el listón muy alto. Mucho, muchísimo, con aquella descacharrante obra.

‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’ es una amalgama de casos, cosas y fuentes de información. Es indudable, lo explica el propio autor al final del libro, que ha bebido de fuentes clásicas, Plinio el Viejo, para inspirarse. Pero también de fuentes nuevas. Este asombroso viaje se muestra deudor de la celebérrima ‘Vida de Brian’, la de los Monty Python, película que también engullí para ver si me ilustraba la lectura de la novela. Pero nada, ni por esas.

No sé que tiene este viaje que deja indiferente al lector. Alguna sonrisa me ha aflorado a los labios, tampoco hay que mentir, pero no ha conseguido arrancarme ninguna carcajada franca. Hay momentos interesantes, eso tampoco hay que negarlo. Y golpes buenos, pero son los menos: frases sueltas, ramalazos ingeniosos que sí consiguen hacerte reír. Uno de los más divertidos es cuando dice "Yo aún no había conocido mujer. Sólo aves de corral" o cuando un legionario afirma que, como no tiene dinero, para practicar el sexo, se masturba leyendo ‘La Guerra de las Galias’ de Julio César. Por cierto hay que tener agallas para practicar el onanismo leyendo ‘De bello gallico’. Si hubiera escogido ‘De Catilinae coniuratione liber’, aunque con muchísima imaginación, aún podría entenderlo. Pero bueno ya no hay más. Nada.

En ‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’, Eduardo Mendoza ha metido muchas cosas en el puchero: a Jesús de niño, a las legiones romanas, al sanedrín judío, a las putas judías, a los efebos, al orden ecuestre romano al que pertenece Pomponio, a los delincuentes bíblicos – Barrabás -, a los Reyes Magos, a José y María y a la especulación del suelo, algo que parece comprobado, según explica el propio autor, que existió en aquella época.

El argumento es sencillo: José, padre de Jesús, ha sido condenado a muerte por el asesinato, brutal y sangriento, del acaudalado Epulón. El niño le encargará al romano del orden ecuestre, Pomponio, aquejado de flatulencias eternamente inoportunas, que investigue y demuestre la inocencia de su progenitor. Desde este punto de vista, la novela intentaría ser un peplum policial. Pero no llega porque el argumento, desde el punto de vista "negro", no funciona mucho. Y, además, el improvisado detective parece medio idiota (o idiota entero sin paliativos y sin gracia). Y como ridiculizador de las costumbres judías o de la Biblia o de la religión judía (y cristiana) se queda corto. El propio Mendoza, en la entrevista concedida a un suplemento cultural, suspira un poco (bastante) por causar una cierta irreverencia en los medios eclesiásticos. "Ojalá me anatematizara. Al editor le encantaría, se vendría muchísimo y se traduciría". Pero creo que esto no va a ser así ni mucho menos. Al lado de ‘El Código da Vinci’, ‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’, es un cuento casi para niños. Y no alcanza para la hoguera del Santo Oficio.

En fin que ‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’ tiene mucho de Pomponio y menos de flato, bastante menos. Ya lo creo. Para reír con fuerza habrá que recurrir de nuevo a Gurb, el alienígena, y a su consternado jefe. Impagables ambos.

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‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’, de Eduardo Mendoza. Ed. Seix Barral Biblioteca Breve, marzo 2008. 190 páginas y 16,50 euros.

Martes 6 de mayo de 2008
‘The Spirit’ de Cooke, Bone y Stewart: el notable regreso del policía del antifaz
Norma Editorial prosigue con la publicación del nuevo The Spirit, al que pronto habremos de llamar el reaparecido o el doblemente resucitado. En el presente mes ha salido a la venta el número 2 que, en realidad, es el tres porque la serie comenzó con el cero, que era un número especial que mezclaba a Spirit con Batman. Afortunadamente, lo bien cierto es que este revivir del policía del antifaz, que carece de identidad, domicilio y datos fiscales, camina por los senderos del éxito.


Portada del cómic.


En este número 2, mis improbables, nos encontramos con dos historias: ‘Resurrección’ y ‘Dura de pelar’. La primera de ellas, convoca al pasado de Denny Colt y narra su "muerte". Precisamente su vuelta a la vida dará origen al personaje de Spirit, protagonista de todas las historietas que llevan su nombre, una criatura de tinta y papel creada, como todos saben, por el desaparecido Will Eisner. Narrada por varias voces (Ellen, Denny, Dolan...), cada una de ellas ofrece su particular punto de vista sobre la acción: sus sensaciones, sus remordimientos, sus intuiciones. La segunda historieta arranca "in medias res" y trata del intento de captura de Octopus por parte de Spirit y Silk Satin, una peculiar y endurecida agente especial de la CIA. Por medio se cruzará un tipo llamado Hussein, que por su nariz, cara y atuendo, recuerda al Rastapopoulos de Tintín, y que puede proporcionarle un enorme juego a la serie como personaje secundario de cierto relieve.

Esta revisitación de The Spirit, de Darwyn Cooke, el de ‘Catwoman’, J. Bone (tinta) y Dave Stewart (color) ha recuperado el estilo de las portadas que hicieron famoso en su tiempo a Eisner. Sin llegar a la calidad de aquéllas, han doblado tamaño, se aproximan bastante a la originalidad de las antiguas. Lo realmente importante, a mi juicio, de esta reaparición es que Cooke ha conseguido mantener vivo el ambiente, los usos y costumbres del modelo primitivo, en una palabra y disculpen la redundancia: el espíritu de Spirit. Los protagonistas, gráficamente un tanto alterados, algo inevitable me temo, son los mismos y la secuencia narrativa muy similar: elipsis, personajes corales cíclicos, ambiente urbano, acción constante, apariciones súbitas de Spírit, etcétera. Incluso el formato es bastante similar al de aquellos tebeos que comprábamos a finales de los años 70 cuando comenzaron a publicarse en España, si bien estos, los nuevos, vienen completamente coloreados. Los tebeos, además, incorporan en su parte final las portadas originales americanas y la última página, bajo el título de ‘The Spirit News’, ‘The Spirit mails’ en la versión antigua, aporta una serie de noticias relacionadas con el mundo del personaje del antifaz, al que ahora algunos delincuentes llaman con sorna el hombre azul.

En fin, a esperar que los números siguientes, que aparecerán con cadencia mensual, mantengan la calidad y el interés de los tres publicados hasta ahora (el 0 (extraordinario), 1 y 2, ya les dije). Y también su precio, más que interesante. En EE.UU. donde afirman que el éxito es total, caminan ya por el 15. Paciencia.

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‘The Spirit’ nº 2, de Darwin Cooke, J. Bone y Dave Stewart. Norma Editorial, abril 2008. 48 páginas a color, 4,50 euros.

Sábado 3 de mayo de 2008
"Pólvora negra", de Montero Glez: la escritura limítrofe entre lo civil y lo criminal.
Por allí viene Durruti con una carta en la mano,
a contarle las miserias de este pueblo soberano,
por allí viene Durruti con un libro en el morral,
donde apunta los dineros que ha robado el capital.


Montero Glez en Youtube)
‘Pólvora negra’. Con esta novela Montero Glez acaba de obtener el Premio Azorín edición 2008. Dicho de otro modo: ‘Pólvora negra’ es el triunfo de la escritura limítrofe entre lo civil y lo criminal. Es evidente que esta última entrega no guarda demasiadas similitudes con toda su obra anterior. Ni con el Charolito, que sólo podía fiarse de su polla, ni con el Luisardo, que columbraba la radiografía de un fulano en el acto, ni con Roque, el contrabandista gaditano. No. ‘Pólvora negra’ presenta dos Monteros distintos. Uno, menos Glez: el de la primera parte. Parece como si el madrileño, al principio, hubiese sentido no temor, pero sí cautela ante una narración basada en hechos reales. Es la primera ocasión que Montero toca género histórico, mejor entrecomillo lo de "histórico", que se enfrenta a él. Y, quizá, aunque la ficción permite licencia sin cuento, un cierto rigor, una cierta fidelidad a lo acontecido nunca está de más. Por ello, entre las palabras "A las ocho y media ..." y "Chelo se aproximó", o sea, la parte I, hay como un respeto o, conociendo a Montero Glez, quizá mejor como un "andar con pies de plomo" o en su propia jerga "con zapatitos de cemento". Pero, franqueado este umbral, y después de la frase "Hasta entonces todo había salido como miel sobre hojuelas, que dicen en los Madriles", Montero se suelta la melena – es un decir, porque calza pelo corto y patilla cigarril – y es más Glez que nunca. La narración gana en viveza y naturalidad. El relato, ahora, nos devora, nos consume y exprime nuestra atención. Mateo Morral, el anarquista, y Pedro Beltrán, el teniente de policía, cobran relieve y empiezan a actuar, a moverse, a ser lo que son en un Madrid de doseles y flores, de tranvías y modistillas, de pensiones y tabernas, de camareras y obreros, de soplones y putas y de "vivas" al rey, es decir, el territorio capitalino de principios del siglo XX, siempre apetecible, siempre interesante, que Montero Glez documenta perfectamente. Imaginando semejante escenario, a uno le entran ganas de acudir a la primera librería que le salga al paso y comprarse uno de esos tochos inmensos, preñados de fotografías antiguas: la Puerta del Sol, la carrera de San Jerónimo, las calles Carretas, Montera y Arenal, etcétera, etcétera.

Quizá la primera escena con la que Montero nos mete irremediablemente en su morral – nunca mejor empleado este término que aquí – sea la que narra los preparativos en el templo donde van a contraer matrimonio Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battemberg. Los trabajos de carpinteros, rotulistas e iluminadores y, sobre todo, el despliegue de las fuerzas de seguridad de aquel entonces, encabezadas por el antedicho teniente Beltrán, partida de cartas sobre el altar mayor incluida, divierten. Sí, divierten, porque también ‘Pólvora negra’, aunque en pocos momentos, esconde alguna sonrisa. E impresionan. Véase las rudas conversaciones, inapelables y contundentes, de Beltrán con el Cojo, como llama el narrador al gobernador civil a lo largo del libro.

Con todo lo que llevo dicho, hay algo que no puedo pasar por alto. La novela se "vende" publicitariamente como la historia del atentado perpetrado – perpetrar, ¡que verbo más horroroso!, esta palabra te agrede al escribirla – por Mateo Morral Roca, "el Mateu", natural de Barcelona y fabricante de profesión. Todo parece inducir a que el lector piense que va a encontrarse una radiografía exhaustiva del anarquista. Y lo bien cierto es que la personalidad de Morral, a mi juicio, no queda completamente perfilada. Es indudable de Montero ha realizado un trabajo de documentación enorme – de ello fue dando cuenta en su web ‘La Trinchera Cósmica’ –, pero creo que los móviles que indujeron a Morral a atentar contra Alfonso XIII no resultan claros del todo. Montero insiste en desterrar para siempre el manido y peregrino razonamiento de que Morral era "un loco enamorado que, por despecho, lanzó su bomba a las ruedas del carro real". Pero no despeja la incógnita de sus motivos personales. Si acaso podemos deducir que había una afinidad ideológica con otros personales de la novela, gente real en todo caso. A medida que escribía sus páginas, el madrileño fue descubriendo, o quizá lo pensó desde el principio y trató de demostrarlo poco a poco, que Mateo Morral no había actuado solo. Parecía evidente pensar que contaba con un grupo de apoyo y a esa tesitura se aferra el escritor. Y pienso que, tras leer la novela, poco margen queda para la duda.

Sin embargo, la grata sorpresa de ‘Pólvora negra’ es el teniente Beltrán, el policía encargado del caso. Es curioso que, habiendo leído tantas novelas policiales como he trasegado, si exceptuamos a Wallander o Maigret, mis mejores referentes como modelos policiales no pertenecen a novelas de género. Por un lado, el extravagante Patrullero Mancuso, que aparece en ‘La conjura de los necios’ (Kennedy Toole) y, por otro, el Inspector Fumero de ‘La sombra del viento’ (Ruiz Zafón). Quizá son dos policías que se apartan bastante de los patrones tradicionales y por ello llaman mi atención. Y algo de esto me ocurre igualmente con el teniente Beltrán, este despiadado policía, que recurre al bajonazo fácil, a la tortura, al disparo artero o al crujido vertebral sin miramientos para obtener confesiones. Beltrán se me antoja el personaje central de ‘Pólvora negra’, un tipo perfectamente perfilado y bruñido. Es fácil adivinar cómo va a reaccionar este sujeto "de dientes como puñales, fumador de puros y pupilas de plomo" (ya se pueden imaginar ustedes lo que pesaba su mirada, nada menos que "plomífera"). Sus interrogatorios son modélicos en cuanto a la modernidad de las técnicas que emplea, su temperamento es visceral y viscoso y sus actuaciones le sitúan al margen de la ley dentro de la ley.

Resumiendo que es gerundio. ‘Pólvora negra’ es, sin duda, la mejor obra de Montero Glez hasta la fecha. Una novela para la que se ha preparado a conciencia, se ha documentado a fondo y ha ensayado con algunos cuentos como ‘Rubia de Rabia’, ‘El vestido de la Chata’, ‘La favorita’ o ‘Barrio de las Injurias’, incluidos en su volumen ‘Besos de fogueo’, donde nos encontramos en su día con algunos de los seres que deambulan por ‘Pólvora negra’: la Chata, el Espadón, Alfonso XIII y otros personajes más con nombre cambiado. ‘Pólvora negra’ es Montero Glez, el escritor del estilo inconfundible. El estilo de un pata negra, la prosa Glez como la denominé hace ya algún tiempo. Roberto Montero Glez es la escritura castiza, la metáfora continua y ocurrente y, sobretodo, distinta, un chispazo genuinamente hispánico, madrileño, subterráneo. ¿Quién sino él podría describir a uno de los personajes del siguiente modo?: "Un Tenorio castizo de patillas negras y ojos de rufián, peinando el tupé de los canallas".

Y ya que en esta reseña van muchas citas, acabo con otra más. De Pérez-Reverte: "Y ahora vayan y léanlo, si es que tienen huevos". Eso es lo que hay que tener para leer ‘Pólvora negra’. Montero no les va a defraudar. ‘Pólvora negra’, la novela con la que ha ganado el último premio Azorín, tampoco. Seguro que no, ninchi.

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‘Pólvora negra’, de Montero Glez. Editorial Planeta, abril 2008. 323 páginas, 22 euros.

Jueves 1 de mayo de 2008
‘El muertero Zabaletta’, de Agrimbau y Ginevra. El título no dice todo, apenas nada
¡Qué espléndido cómic! ¡Cómo luce! ¡Qué lindo! Lo bien cierto es que el viernes pasado, lluvioso por la mañana y ventoso por la tarde, me dejé gobernar por mi olfato. Buscaba una sorpresa, algo distinto con lo que regodear mis ojos y mis meninges, bien alejado de todo lo que las listas especializadas del universo comiquero anunciaban como piezas más cotizadas del Salón Internacional del Cómic de Barcelona. No albergaba ideas preconcebidas, aunque los parámetros de mi subconsciente, evidentemente, se mantenían alerta, latentes, despiertos bajo una apariencia de sueño engañoso. Zabaletta, el muertero, me asaltó solo. Primero, en forma de pasquín propagandístico, no más grande que una postal de esas que enviábamos durante las vacaciones para decir "llegué bien" o "tuve buen viaje" o "esto es precioso, chata". Después de la escaramuza preliminar, vino la conquista verdadera, el ataque abierto, frontal, franco, con forma de tapa dura y 48 páginas de espesor, magníficas, gozosas: las medidas canónicas del cómic franco-belga. Para disfrutar, porque el título no decía todo, apenas nada de lo que había dentro.


Portada del cómic.


Compré ‘El muertero Zabaletta’ en el stand de Norma Cómics, cuando todavía no me creía lo que sostenían mis manos en ese instante. Aquel álbum mezclaba lo policial con la ciencia ficción, merced a las imágenes magistrales de Dante Ginevra, personalísimas, bien distintas a las de su anterior trabajo ‘La burbuja de Bertold’, en la que su grafismo se aproxima bastante al Bilal de ‘La feria de los inmortales’ o de ’La ciudad que nunca existió’. Estupenda esta dualidad estilística, muy recomendable. Ginevra ha diseñado el escenario idóneo: una visión antiguamente futurista de la ciudad de Buenos Aires, llamada aquí Ciudad del Plata. Un marco impresionante, distinto, casi gótico, ciertamente decadente, vetusto. ¡Increíble, che!

‘El muertero Zabaleta’ nos introduce en el entorno urbano de Ciudad del Plata, una ilusión posible de Buenos Aires como ya he dicho, donde Dios ha sido abolido: "En un mundo sin Dios no hay más moral que la Ley del Estado", dirá uno de los personajes. Y el gobierno de la nación - ¿cualquier parecido con la realidad es o fue mera coincidencia? -, a través del denominado Ministerio de Higiene Social, eufemístico y premonitorio nombre, dedica su trabajo a exterminar a todos los individuos e individuas, que considere nocivos para la sociedad, en una sola palabra, antihigiénicos.

"La historia del muertero empieza hace exactamente diez años. Fue por aquellas épocas que con Dante hicimos una historieta breve – explica Diego Agrimbau en su blog -, donde había un señor que mataba una persona por día, según órdenes del gobierno. La historieta no salió nunca publicada en ninguna parte, pero ahí estaba el germen de este libro".

Para conseguir sus objetivos, el Ministerio ha diseñado un cuerpo especial de policía que, en lugar de proteger a la población, tiene como cometido primordial la eliminación de los elementos molestos, antihigiénicos, ya dije. La metodología represora y asesina presenta forma de lotería. Un terminal de datos, estrafalario e inmisericorde, un lujo para el lector, que atiende al curioso nombre de La calesita, diariamente sortea y suministra el expediente del ciudadano o ciudadana que deberá ser suprimido por los comandos policiales, sin importar el método empleado para ello.

Excelente planteamiento, buen desarrollo argumental, pleno de usos y modos del género negro (apenas quedan resquicios para la sensibilidad sentimental), con matices políticos (existencia de una sociedad sumergida de resistentes, ¿les suena?), matemáticos (la sucesión numérica de Fibonacci) y esotéricos. Todo respira a Chandler y Hammet por lo policial; a Bradbury por la resistencia y el aparato represor (los hombres-libro y los bomberos de ‘Fahrenheit 451’) y a Philip K. Dick, el escritor antaño visionario y hoy de culto, porque el ambiente de Ciudad del Plata imaginado por Diego Agrimbau y traducido en imágenes por Dante Ginebra huele a su ‘¿Suenan los androides con ovejas eléctricas?’, rebautizada como ‘Blade runner’. La Ciudad del Plata ostenta un ambiente oscuro, sombrío, preñado de grises tensos y marrones agobiantes, bañados casi permanentemente por la lluvia. Sobre las calzadas de la urbe pululan coches, carros dicen ellos, pero no demasiados. Y el transporte metropolitano se maneja por los aires, en una complicada red de teleféricos que une los espacios vacíos entre los edificios. La vestimenta de los personajes del ‘Muertero Zabaletta’ son plenamente del género: sacos, pantalones de línea, sombreros, todo perfectamente integrado con el entorno en el que actúan.

‘El muertero Zabaletta’ parece indicar que el cómic argentino no anda mal, al menos en género negro (recuerden a los ‘Spaghetti Bross’ de Trillo y Mandrafina). Ojalá que no se trate de un hecho aislado y ojalá también pronto tengamos nuevos trabajos de este binomio artístico. Agrimbau&Ginevra, ¡macanudo, che!

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‘El muertero Zabaletta’, de Diego Agrimbau y Dante Ginevra. NORMA Editorial, mayo 2008. 48 páginas, 13 euros.

Jueves 24 de abril de 2008
Un viernes en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona
La mañana del 18 de abril, Barcelona nos recibió con lluvia, cielo gris y un suelo de losetas resbaladizas. Desde la Estació de Sants, el Metro nos pasaportó sin demoras hasta las inmediaciones del Salón Internacional del Cómic. El viernes parecía el día de nadie, una jornada de transición entre la inauguración del jueves y el fin de semana que se presagiaba hiperactivo. Sin embargo, el propio Salón, por sí mismo, constituía un reclamo suficientemente atractivo para acudir al recinto ferial sin mayores pretextos. El ambiente estaba atemperado, después de que la víspera Giardino pusiera de relieve la minuciosa documentación con que arropaba cada uno de sus trabajos y Manara hablara sobre su trayectoria como dibujante “voyeur”.
Tras acreditarnos, doy fe de la solvencia, amabilidad y eficiencia de las recepcionistas, y recibir la Guía del Salón, editada en versiones catalana y castellana y con contenidos más que interesantes, minutos después nuestras suelas hollaban el interior del Salón. Y allí, sin darnos tiempo de nada, nos topamos con el primer conocido. Nuestro paisano, Paco Roca, que a aquellas horas desconocía la suerte que iba a correr su “Arrugas”, nominado a galardón por el Salón: "Nadie me ha dicho nada todavía y eso no sé si es bueno, malo o indiferente". Cambiamos de tercio y le preguntamos por su nuevo trabajo, “Calles de arena”, ambientado en el universo borgiano. "La cosa va con un poco de retraso, algo absolutamente normal", nos explicó. Nos despedimos de él, al tiempo que la megafonía anunciaba la presencia de otro autor conocido, Carlos Giménez, en la Sala de Actos. Allí el exministro de Justicia, Juan Fernando Gómez Aguilar, presentaba la nueva obra del dibujante madrileño: “39-39. Malos tiempos 2”. En el coloquio posterior, Giménez manifestó que ya trabajaba en el tercer álbum de esta tetralogía y que cuando la terminase, "si no me cae la mano, tendré que continuar dibujando para seguir viviendo". Carlos Giménez insistió en que sus dibujos siempre reflejaban las mismas ideas: "la protesta y denuncia sobre la explotación del ser humano". Por último, señaló que tenía un especial interés en que todas sus obras se editasen primero en español y rotuladas por él mismo, ya que "cuando son publicadas en Italia o Estados Unidos las traducciones hacen que se pierda el sentido narrativo". Tras la presentación, Gómez Aguilar, por su parte, acudió al pabellón de Baleares donde conversó con otros autores como Max, Pere Joan o Bartomeu Seguí y se encontró con Milo Manara, a quien el exministro dedicó una caricatura del presidente Rodríguez Zapatero.

Más o menos al mismo tiempo, en Glénat, Purita Campos atendía a una inagotable fila de jovencitas y jovencitos, que se apiñaban ansiosos por conseguir su dedicatoria para alguno de los álbumes de sus series “Esther”, “Gina” o “Jano”. Repito, un auténtico gentío juvenil (y no tan juvenil).

Comenzamos entonces a deambular por el Salón, donde un amplio surtido de camisetas, muñecos, estatuillas y otros fetiches se exponían para su venta, mientras una animadora, hombros, ombligo y muslos al aire, cubierta con un biquini peludo, híbrido de Prehistoria y de Marsupilamix, repartía folletos de propaganda. Algunos stands ofertaban ediciones de “Sim City” de Frank Miller a precios especiales o vendían tebeos a precios no tan baratos ni asequibles: antiguos ejemplares del “TBO”, “Pulgarcito”, “Joyas Literarias Juveniles”, “Pumby”, “Jaimito”, “El Jabato”, “El Corsario de Hierro”, etcétera. Poco a poco el Salón se iba espesando en géneros y visitantes. Especialmente llamativo, por colorido, tamaño, iluminación y novedades resultaba el stand de Norma Comics, repleto de pósters con sus personajes más conspicuos. Random House Mondadori exhibía dos enormes hospicianos de Carlos Giménez, ¡esos ojos, esas miradas!, mientras que Ediciones B se centraba en el tradicional Capitán Trueno con espada y escudo. Panini Comics forraba su puesto con cartelones de su historia “Del tebeo al manga” y Ediciones La Cúpula también atendía a un buen número de visitantes. Sin duda, uno de los mayores centros de atención estaba en “El Jueves”, que había reproducido a tamaño natural, su famosa portada censurada el pasado verano, dejando hábiles los huecos de las cabezas para que los visitantes que lo deseasen, inmortalizaran posados fotográficos. Ediciones de Ponent-Futurama, Aleta Ediciones y Astiberri, esta última con preferente atención a los álbumes “Arrugas”, “RG” o “La Tempestad” también congregaban un buen número de visitantes. Comentario aparte merece Planeta DeAgostini, con dibujo gigante de Horacio Altuna en uno de sus paneles, que presentaba un stand repleto de medidas de seguridad, gobernado por los “V de Vendetta” y “Watchmen” de Allan Moore, álbumes de Manara, “La Cosa Nostra” de Chauvel y Le Saëc, Superman, Batman y otros superhéroes.

Mientras en el Taller de Cómic se impartía una clase magistral de Diego Olmos sobre la iniciación y técnica del aerógrafo, por último, en nuestra visita le llegó el turno a las exposiciones. Diseminadas por el Salón, andaban las de Mundobardín, Héroex, Mortadelo y Filemón – con una buena reproducción de ambos personajes junto a la entrada –, David Rubín, Massagran y Concursos. Sin embargo, las de “Viñetas censuradas”, muy interesante a pesar de su brevedad, Miguelanxo Prado, Manara-Giardino-Golden-Mundet-Scafati y El laberinto de DDT, ocupaban un espacio apartado, teóricamente destinado ad hoc. Sin embargo, parecían haber sido dejadas caer allí sin más, protegidas por rejas de obra, con lo que aquel escenario ofrecía un aspecto deslavazado, que deslucía los interesantes fondos exhibidos.

En resumen, visitar el Salón Internacional del Cómic de Barcelona, en su 26ª edición ha constituido un ejercicio completamente saludable, además de una cita ya inexcusable, anual y obligatoria, mejorable en algunos aspectos. Unos meramente funcionales (en muy pocos stands disponían de venta por tarjeta de crédito, lo que ha frustrado, me consta, no pocas ventas) y otros más bien del entorno: es evidente que el suelo del pabellón donde se aloja el Salón, completamente recubierto por huellas de pintura y adhesivos, procedentes de otras exposiciones que allí se celebran, debería presentar un aspecto más cuidado.

Y ahora, cuando el Salón ha cerrado ya sus puertas, llega la hora de las cifras: del número de asistentes, 100.000 según nota de prensa de FICOMIC; del volumen de ventas; de los autores presentes y firmantes; de los editores, etcétera. En una palabra, el momento de las valoraciones y balances. Un balance positivo desde nuestro punto de vista, aunque con reparos.

PREMIOS DE LA 26ª EDICIÓN DEL SALÓN INTERNACIONAL
El mismo viernes por la noche, se fallaron los premios con dotación económica del Salón, que este año han recaído en los siguientes autores y obras:

- Gran Premio del Saló, en reconocimiento a toda una trayectoria profesional:
Pasqual Ferry (Barcelona, 1961).
- Premio a la Mejor Obra Extranjera publicada en España en 2007:
S, de Gipi (Sins Entido).
- Premio a la Mejor Obra de autor español 2007: Arrugas, de Paco Roca (Astiberri).

- Premio al Mejor Guión de autor español 2007: Arrugas, de Paco Roca (Astiberri).

- Premio al Mejor Dibujo de autor español 2007: Jazz Maynard I: Home Sweet Home, de Roger Ibáñez (Diábolo Ediciones).

- Premio Josep Toutain al autor revelación 2007: Carlos Areces (Carlös).

- Premio a la Mejor Revista española 2007: El Manglar.

- Premio al Mejor Fanzine español 2007: Fanzine Enfermo.

- Premio a la Divulgación del Cómic: Manuel Darias.

Igualmente se fallaron los premios otorgados por votación popular, sin dotación económica alguna, que han sido los siguientes:

- Premio a la Mejor Obra Extranjera publicada en España en 2007:
S, de Gipi (Sins Entido).
- Premio a la Mejor Obra de autor español 2007: Pere Pérez, Guerreros Urbanos: Tormenta de ostias (Dolmen).

- Premio al Mejor Guión de autor español 2007: Antonio Seijas, Un hombre feliz (Ediciones De Ponent).

- Premio al Mejor Dibujo de autor español 2007: Alberto Vázquez, El Evangelio de Judas (Astiberri)

- Premio al autor revelación 2007: Pere Pérez.

- Premio a la Mejor Revista española 2007: Retranca.

- Premio al Mejor Fanzine español 2007: Ojo de Pez.

- Premio a la Divulgación del Cómic: Yexus.

Lunes 21 de abril de 2008
     
 
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