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Herme Cerezo
Crítica literaria
Herme Cerezo
Entrevista a la escritora Rosario Raro



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Rosario Raro (Segorbe, Castellón, 1971) es doctora en Filología. Estudió Técnicas de Escritura Creativa en la Universidad Mayor de San Marcos y en la Pontificia Universidad Católica de Perú, país donde vivió durante una década. Curso un Posgrado en Comunicación Empresarial en la Universitat Jaime I de Castellón y otro de Pedagogía en la Universidad de Valencia después de licenciarse allí. En 2009 fue una de las dos únicas españolas finalistas del concurso de escritura literaria Virtuality Caza de Letras de la UNAM de México y Alfaguara. Ha impartido numerosas conferencias y dirige desde su fundación el Aula de Escritura Creativa de la Universitat Jaume I. Es autora, entre otras obras, de ‘Carretera de la Boca do Inferno’, ‘Surmenage’, ‘Perder el juicio’, ‘Los años debidos’, ‘Finlandia’, ‘La llave de Medusa’, ‘Desarmadas e invencibles’, ‘El alma de las máquinas’ y ‘Volver a Canfranc’, que alcanzó gran éxito entre el público lector. Ha sido traducida al catalán, al japonés y al francés y reconocida con numerosos premios literarios, tanto nacionales como internacionales.

Con Rosario Raro concluye el curso de entrevistas que, como si de un colegio se tratase, comenzó allá por el mes de septiembre pasado. Tras el enorme éxito alcanzado con su anterior novela, ‘Volver a Canfranc’, la escritora segorbina se enfrenta ahora a dos temas interesantes: el entorno del famoso Consultorio Sentimental de Doña Elena Francis y el mundo de las personas afectadas por el fármaco de la talidomida. Y lo hace con su nueva novela, ‘La huella de una carta’, editada por Planeta, en la que la protagonista, Núria Somport, un ama de casa que desea convertirse en escritora, es contratada para responder las cartas que las oyentes envían al consultorio radiofónico sentimental. Su labor, en principio, se antoja sencilla, pero todo cambia cuando una oyente desesperada le habla de unos niños nacidos con terribles malformaciones. Núria decide investigar su origen y destapa una trama internacional de corrupción, que pondrá en jaque su vida y cambiará su destino para siempre. Con estos parámetros como telón de fondo, sentados en los sofás del Lounge Bar del Hotel Astoria de Valencia, pude conversar con Rosario Raro durante un buen rato sobre los entresijos de su nueva obra.

Rosario, dedicas ‘La huella de una carta’ a todos los alias del jefe de la banda de los escritores policiacos hispanos, Francisco González Ledesma, ¿qué relación te unía a él?
De joven yo leía sus novelas, cuando todavía no tenía edad para hacerlo y eso hizo que todavía calaran más en mí. Mi madre es de Barcelona y cuando era pequeña, visitaba bastante aquella ciudad que tanto aparece en sus novelas. El día que González Ledesma murió, sentí una especie de orfandad literaria, porque me parecía un autor que podía escribir de todo, como demostró mientras estuvo prohibido en España, cuando bajo varios seudónimos publicó desde novelas rosa hasta western. Ahora su hija es compañera mía de editorial y acaba de publicar una novela protagonizada por el comisario Méndez.

¿De dónde surgió la idea que dio pie a ‘La huella de una carta’?
Hubo como dos puntos de luz de los que partió esta historia. Uno fue enterarme de que, en una masía de Cornellà, habían aparecido nada menos que un millón de cartas del consultorio de Elena Francis, que fueron trasladadas al Archivo del Bajo Llobregat. Hasta hoy, se han digitalizado unas diez mil y me parece que, como testimonio de la intrahistoria del franquismo, no hay otro comparable. Esos escritos me sirvieron de telón de fondo para reflejar cómo era la vida entonces. El otro punto de arranque fue la lectura de un reportaje titulado ‘El Detective de la talidomida’, que hablaba sobre un radiólogo de Hamburgo, muy mayor, que en verdad había nacido en Chamberí y estudiado Medicina en Valladolid. Como era de ascendencia alemana, al marchar la II Guerra Mundial se marchó a trabajar allí. Su sobrenombre proviene de que, junto con otro compañero, se dedicó a recorrer toda aquella zona en búsqueda de personas afectadas y fue el primero que estableció la relación del fármaco con la enfermedad.

¿Después del enorme éxito de ‘Volver a Canfranc’, había miedo al folio en blanco?
No, al lo contrario. Empecé a escribirla en diciembre de 2014 y todo lo que ha sucedido con ‘Volver a Canfranc’, lo interpreto como parte del camino ya recorrido para escribirla. Ahora no tenía que partir de cero, sino posicionarme en el lugar al que había llegado con la novela anterior y eso ha hecho más fáciles las cosas. Desde luego el éxito de ‘Volver a Canfranc’ ha resultado completamente beneficioso para mí.

Nos adentramos un poco en la novela, ¿por qué la has escrito en tercera persona?
Los lectores me pidieron más diálogo y, como yo les doy voz, les he hecho caso. La tercera persona me resultaba muy cómoda porque podía explicar lo que sucedía y, a la vez, entrar y salir de la mente de los personajes. Sé que es la forma más fácil, pero como tenía bastantes personajes de segunda y tercera fila y quería que todos fuesen iguales, me parecía la mejor solución.

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¿Has utilizado guión o te has dejado llevar por la propia dinámica de la escritura?
Cuando quiero compartir con otras personas una historia que me ha conmovido, a través de la técnica literaria trato de que los demás perciban las mismas emociones que he sentido yo. El argumento es el que lo decide todo, desde el género, en este caso un thriller, hasta el escenario que forzosamente había de ser Barcelona que era la sede del Instituto de Belleza Francis, pasando por los propios personajes. Utilizo mapas mentales y esquemas, pero me gusta tener toda la historia en la cabeza antes de sentarme a escribir. Mientras escribes, es fundamental tener claro hacia dónde te diriges.

¿Para ti lo más importante es el viaje que realiza el escritor durante la escritura?
Durante ese viaje te tienes que pertrechar muy bien, porque los que escribimos, al menos a mí me pasa eso, no somos expertos en nada. Mi campo es la literatura y en ese sentido, como los lectores sí lo son, has de documentarte muy bien y eso me resulta una experiencia apasionante, en la que incluso puedo sentir revelaciones. Para aprender algo no hay nada mejor que escribir sobre ello.

Te sucede a veces que, cuando trabajas un tema, de repente todo lo que te rodea parece que tenga que ver con ello.
Sí, sí, que me ocurre, todo lo que te dice cualquier persona parece aprovechable para lo que estás escribiendo. Eso sucede porque en ese momento te sientes muy fértil.

La protagonista, Núria Somport, para aceptar el trabajo en el consultorio radiofónico tiene que pedir permiso a su marido.
Era necesario, porque las mujeres necesitaban el permiso de su padre y, si estaban casadas, el del marido. Si era soltera sin padre, un sacerdote podía hacer de tutor, porque las mujeres eran consideradas siempre menores de edad. Esta circunstancia me ha limitado la trama, porque Núria no podía hacer lo que quería, ni siquiera tenía cartilla de ahorros propia. En 1962, una mujer no podía salir al extranjero sin autorización y por eso hago viajar a otro personaje a Montpellier en su lugar. Todo esto ahora lo escuchamos de otros países y nos parece raro, pero aquí también pasaba.

Las respuestas que escribe Núria niegan la realidad más evidente, menudo papelón.
Sí, exactamente, el consultorio era una herramienta más de adoctrinamiento. En 1957, se publicó un bestseller titulado ‘Manual de la buena esposa’, escrito por Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina de Falange. Ahora sólo podríamos leer ese libro para reírnos, pero entonces lo creían a carta cabal. Todo lo que no entraba en el ideal del Nacional catolicismo no existía: la homosexualidad, la pederastia… La Señora Francis siempre recomendaba paciencia y resignación, que a nivel popular se traducía como ajo y agua. Si a eso le añadimos que el analfabetismo en algunas zonas superaba la tasa del cincuenta por ciento, nos damos cuenta de que era una forma de tener controlada a la población femenina, a la que, además, le insertaban el complejo de culpa para manipularla desde dentro. Así no hacía falta reprimir, ni prohibir nada, porque esa persona se autolimitaba.

El consultorio duró desde 1947 hasta 1984, imagino que la consulta andaría suelta por el programa, claro.
Sí, sí, pero ellos aducían que en el formato de media hora, que tenía el programa, sólo cabían siete cartas y no podían emitirlas todas. Hay que tener en cuenta que en los momentos de mayor popularidad llegaron a recibirse quince mil cartas mensuales. Por eso necesitaban mujeres como Núria para responderlas. En el propio Instituto de Belleza se recibían, se cribaban y se registraban. En su reverso con una sola palabra resumían el contenido. Las de temática amorosa disparaban la audiencia. También ocurrió algunas veces que el censor, que se encontraba en el propio estudio radiofónico, prohibía la lectura de una carta determinada y ese hueco se rellenaba con música.

En algún lugar he leído que había una persona que redactaba todas las cartas, pero veo que esto no fue así.
Juan Soto Viñolo era un periodista especializado en crítica taurina, algo que viene muy bien para este asunto de las infidelidades, por aquello de los cuernos, que escribió un libro titulado ‘Estimada Elena Francis’, donde explicó que él había sido el guionista del programa durante sus últimos quince años. Y efectivamente, como dices, allí reconoce que inventó contenidos, personajes y también cartas. El consultorio no se adaptó a los nuevos tiempos, a pesar de que se emitió hasta el año 1984. Cuando murió Franco, intentaron hablar de divorcio, de las nuevas condiciones sociales, pero la gente ya estaba en otras cosas.

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‘La huella de una carta’ trata también otro tema importante: los enfermos víctimas del fármaco de la talidomida. Para escribirla has consultado con la asociación que representa a estas personas, ¿en cierta manera tu libro se ha convertido o se puede convertir en portavoz de la gente afectada por este problema?
He estado en contacto con los afectados. Los pasajes que describo en la novela son ciertos, basados en hechos reales. Cuando nacían los bebés, a las madres las ataban a las camas para enseñarles cómo eran. Es verdad que he tratado de remover conciencia y darles visibilidad, pero Mariano Garmendia, un chico de mi edad afectado por la talidomida, me contaba que esto de remover conciencias a través de una novela es mucho suponer, porque implica pensar que todo el mundo tiene conciencia. La asociación de víctimas de la talidomida rodó un cortometraje, premiado en Cannes, que contiene una frase demoledora: «La ética no prescribe». Si se pudiera demostrar el origen nazi del medicamento ante el Tribunal de Derechos de La Haya quizá se podría juzgar a los laboratorios bajo la acusación de «crímenes de lesa humanidad».

¿En qué situación se encuentran los enfermos de la talidomida en nuestro país: apartados, ayudados, reconocidos, olvidados…?
Ese es un dolor añadido al otro. De toda Europa son los únicos afectados que no han sido reconocidos. En Alemania cobran 6.000 euros al mes, que pagan a medias entre el laboratorio y el gobierno del estado. Este asunto no ha tenido tanta difusión en la prensa como por ejemplo los daños producidos en Chernóbil. El periodista Harold Evans se dio cuenta de esta desproporción cuando conoció la tragedia. Como director del Sunday Times se preguntó por qué no aparecía en los periódicos y comenzó a indagar. En Inglaterra, gracias a su trabajo, consiguió dar voz a las víctimas y se les reconocieron sus derechos. Aquí, la mayoría de afectados ronda los sesenta años y lleva décadas luchando sin conseguir nada. Esto es una ruleta macabra que nos podía haber tocado a cualquiera. Precisamente por eso, porque no estoy afectada por el problema, he escrito esta novela.

Y entre la talidomida y el Consultorio Sentimental de doña Elena Francis, ¿dónde anda Rosario Raro?
Yo firmaría las frases que dice Nuria Somport sobre la escritura tal cual aparecen en la novela. Inevitablemente hay mucho de mí, pero distingo entre los libros que ponen la historia en primer lugar, que sitúan a los lectores en primer plano, y los que colocan al autor, alguien que habla de sí mismo. Me gusta ese juego de disfrazarme y desnudarme a la vez a través de situaciones y personajes. Estoy en todas partes y en ninguna.

¿Qué poso te ha dejado la escritura de esta novela?
Me ha dejado rabia, una rabia enorme. No partía de un presupuesto ingenuo, no pensaba que todo era de color de rosa, pero enfrentarse a la codicia criminal y ver que la vida humana es un valor más del mercado, una variable como la climatología o los ingresos anuales, resulta muy duro. Introducir a estas personas en mi vida ha sido muy importante para mí y cuando las tienes enfrente, cualquier problema se relativiza. Les han cerrado todas las puertas, las han ninguneado y, sin embargo, la palabra rendición no existe en su vocabulario. Siguen peleando. He tratado de ser muy respetuosa con ellas y sobre todo con sus madres, que tienen cargo de conciencia por haberse tomado aquellas pastillas que les recetó un médico, cuando en verdad no tienen ninguna culpa.

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