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Herme Cerezo
Crítica literaria
Herme Cerezo
Entrevista al escritor César Gavela

Mediodía. Segundo miércoles de julio. Planea el calor sobre el centro de València. La luz ilumina los edificios, el agua de la fuente, el tráfago de transeúntes y el discurrir de turismos y autobuses. Una mesa, ligeramente apartada, en la cafetería del Hotel Meliá Plaza, sirve como territorio neutral para la entrevista con César Gavela (Ponferrada, León, 1953), que tiene nuevo libro en el mercado, ‘Los astros’, editado por Olélibros, una colección de relatos y microrrelatos de amor, pasión, muerte, placer, melancolía y memoria. Sueños, sentimientos y emociones de hombres y mujeres que desfilan por sus páginas, a veces casi como voces fugaces, destellos, que llegan, te cuentan algo y se van. Un café y una botella de agua son los aditamentos que necesitamos para conversar sobre literatura, libros y alguna otra cuestión. El piloto «Rec» de la grabadora se ilumina puntualmente. Comenzamos.


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César, ¿qué hace un leonés como tú en una ciudad como València?

Vine a València de casualidad. Fue en 1976 al acabar la carrera de Derecho en la Complutense y aprobar oposiciones a funcionario del estado. Como en Madrid no había plaza, me fui a San Sebastián, que estaba cerca de Francia, un país muy apetecible en aquel tiempo, parecía el paraíso de la libertad por aquello de que aquí la democracia aún no estaba instaurada. San Sebastián es un lugar precioso, pero me di cuenta de que me apetecía vivir en una ciudad un poco más grande. Como tenía ganas de conocer el Mediterráneo y tenía familia aquí, pedí el traslado y me lo concedieron. Yo entonces era un chaval de veintitrés años y mi intención era estar un tiempo y después marcharme. Ser funcionario me permitía cambiar de sitio, conocer nuevos lugares, como hacían otros amigos míos, y siempre con la idea de terminar en Madrid. Sin embargo, me gustó mucho esta ciudad, me ganó por su luz. La luz de València es muy particular, es potente, te atrapa. También había muchas librerías en la ciudad, algo indispensable para mí. Luego me casé y aquí me quedé.


Entre muchos otros y por citar solo unos cuantos, Luis Mateo Díez, Julio Llamazares, Raúl Guerra, Andrés Trapiello y tú mismo sois leoneses, ¿qué tiene León que produce tan buenos escritores?

Lo de León es un misterio. Se han escrito artículos y reflexiones sobre esta cuestión porque se trata de una provincia que, con tan solo quinientos mil habitantes, cuenta con una gran cantidad de escritores de nivel: Mateo Díez, Julio Llamazares, Gamoneda, Antonio Colinas, Carnicer… Muchos opinan que en León las familias, que eran de origen humilde, estaban muy interesadas en que sus hijos tuviesen estudios. Allí siempre se ha valorado enormemente la cultura. Y también ha habido muy buenos profesores de literatura, tanto en colegios como en institutos. Algunos curas que me dieron clase estaban verdaderamente locos por la literatura. Imagino que también por la religión. Estoy convencido de que el noventa por ciento de esos escritores hemos surgido gracias a esos profesores que nos metieron la literatura por todas partes. El proceso es claro: al comienzo lees, pero al final terminas escribiendo. Antes de escribir yo me pasé quince años leyendo como un poseso.


¿Qué significa la escritura para ti?

Escribir es expresarme. Decía Alberto Moravia que el hombre no ha venido a este mundo a ser feliz, sino a expresarse. Y la literatura es un camino en el que uno se expresa y por el que, de alguna manera, justifica al menos una parte de su paso por esta vida. Los que no tenemos ambición de poder, pero sí sentimos pasión por la lectura, descubrimos luego que nos gusta escribir y así encontramos una manera de contar, de explicarnos a nosotros mismos. Los escritores tenemos una enorme pasión por la memoria, individual y colectiva, y la escritura nos permite juntar memoria con imaginación para construir uno de esos artefactos que llamamos novelas. De este modo inventamos textos, que nos gustan más o menos, pero que van generando un magma con el lenguaje, que es el elemento imprescindible. Vas publicando y lo que al principio te parecía una chifladura, pues resulta que a los demás les gusta. Pero hay una cosa que tengo que dejar clara. Hay escritores que opinan que la literatura es más importante que la vida y yo creo que no, que lo importante es la vida, vivir, gozar del amor, de la familia, de los hijos, estar con la gente, hacer el bien a ser posible y también disfrutar.


Escribes cuentos, microrrelatos y novelas, ¿en cuál de estos tres espacios literarios te mueves más a gusto?

Me siento cómodo en los tres, pero en mis novelas, que no son largas y están configuradas por capítulos cortos, se nota que mi manera de escribir tiende al género breve. Me gusta mucho la novela corta, un territorio apasionante, que permite una gran perfección formal, algo difícil de conseguir en una novela tradicional. Para mí el modelo ideal de novela corta es ‘El coronel no tiene quien le escriba’ de García Márquez.


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¿Qué es un cuento?

Es un texto breve en el que se plantea una situación inicial, que se modifica durante el proceso de creación. Es muy importante ese cambio. Por eso para mí los que cultivan la prosa poética, escriben diarios o reflexiones no hacen cuentos. Particularmente, me atraen los relatos breves, con no más de cuatro o cinco páginas, aunque hay excepciones.


Cuando te surge la idea para un cuento, ¿la escribes en seguida o, por el contrario, las dejas madurar durante un tiempo?

Dejo madurar las ideas, lo que ocurre es que estas ideas se desprenden casi siempre de textos en los que estoy trabajando, por ejemplo, una novela. En seguida me doy cuenta de que se trata del embrión de un cuento porque es algo que no encaja, que desentona con lo que hago y veo que funciona mucho mejor solo. También escribo un diario, pero curiosamente de ahí no me surgen los cuentos.


La escritora argentina Valeria Correa Fiz me explicó una vez que en su país escribir cuentos era algo absolutamente natural, porque los leían desde pequeños en la escuela y trataban de imitar a sus escritores, «sus padres literarios». ¿Por qué no ocurre esto mismo aquí, donde el cuento es considerado un género menor del que siempre decimos que parece que su situación está cambiando, pero que en verdad no cambia?

Estoy de acuerdo con eso que dices de que parece que está cambiando la situación de los cuentos, pero que en realidad no cambia. Las grandes librerías casi no disponen de departamentos con cuentos para adultos y los que hay son de autores clásicos. Apenas si encontramos libros de cuentistas contemporáneos. ¿Por qué sucede esto? Pues porque en España parece que tiene mucho prestigio escribir una novela gorda, un «novelazo». Si le dices a alguien que estás escribiendo cuentos en seguida te preguntan si son para niños. Ignoran que un escritor tan grande como Borges nunca escribió novelas, solo cuentos y poesía. Por otro lado, en general aquí parece que los novelistas hacen cuentos como si fueran retales, restos de novelas, y eso sucede porque la mayoría no saben escribirlos. Creo que en el fondo a mí me hubiera gustado ser poeta, pero esa condición es algo que se tiene o no se tiene, porque requiere un talento y una música muy especial. Creo que yo sí tengo el lirismo que exige la escritura de poemas, pero lo canalizo hacia los cuentos.


Hablemos de ‘Los astros’, el libro de cuentos que nos ha reunido aquí. En la portada leemos «Selección del editor», ¿qué significa este detalle?

Significa que al editor de ‘Los astros’, Antonio Alcolea, le envié el libro y le gusto mucho, tanto que decidió inaugurar una colección con él, a la que denominó ‘Selección del editor’ y en la que ha incluido unos pocos títulos. Con ello, Alcolea lo que pretende es subrayar que son libros que le han gustado a él particularmente, tanto si se refiere a relatos como a novelas.


¿Cada cuento o cada microrrelato imponen la extensión que va a tener?

Más o menos sí. No creo que los cuentos que forman parte de ‘Los astros’ ganasen nada si los hiciera más largos o los acortase. Cada cuento o cada microrrelato requieren su propio espacio.


¿Microrrelato y aforismo tienen algo en común?

Creo que no. El aforismo es más bien una reflexión, en ocasiones una ocurrencia, pero no tiene ese cambio entre el principio y el final que implica lo narrativo. En un microrrelato, aunque sea tan breve, ha de ocurrir algo en su transcurso que modifique la situación de partida. Vinculo más el aforismo con la poesía o la filosofía.


Algunos cuentos de ‘Los Astros’ encierran sorpresa final.

Hay cuentos con sorpresa final, algo muy habitual en los cuentos clásicos de siempre, y otros que, sin embargo, tienen un final abierto. La lectura de un cuento es algo muy literario, que exige la complicidad del lector. La novela te lo da todo hecho, pero un relato es algo más poético y literario y necesita la cercanía del lector.


Amor, pasión, muerte, placer, melancolía y memoria son temas que tratas en el libro, ¿qué criterios has seguido a la hora de seleccionar los cuentos?

Entre todas esas cosas, que están en el libro como dices, predomina el amor, a veces con algo de erotismo. He ido escribiendo los cuentos hasta que entendí que había un centenar, más o menos, que participaban de un cierto ámbito común. Los seleccioné para incluirlos en este volumen. Otros los he apartado porque no encajaban. No me gustan los libros de cuentos que son un cajón de sastre, quiero que tengan una unidad temática, un aura común. Antes de este libro de cuentos, publiqué ‘Braganza’, donde los relatos que predominaban estaban vinculados con la muerte.


En estos cuentos juega también la música, ¿’Los astros’ tiene banda sonora?

Es una buena pregunta y creo que sí la tiene: el violoncelo de Bach, a ser posible interpretado por Rostropóvich. Ese es el hilo musical de este libro. Me encanta la música clásica, la escucho todo el día, aunque no soy muy entendido, con manifiesta predilección por los románticos del siglo XIX, Bruckner, Brahms, Mahler, sin olvidar a Beethoven y, por supuesto, a Bach, que seguramente es el mejor de todos. Soy un amante de las artes del tiempo y creo que la música es el arte más universal. La literatura también va por ahí, porque va dirigida al sonido, aunque está restringido por las palabras. Cuando descubrí la belleza del castellano, la belleza de Azorín, que poseía una mirada distinta, me di cuenta de que ahí había música.


Acabamos por hoy. No conozco el resto de tu obra, pero ¿de alguna manera tus libros reflejan tus orígenes leoneses y tus vivencias en València?

En un porcentaje muy alto, mi obra está muy centrada en mi memoria y ubicada en el noroeste. En ‘Los astros’ hay algunos cuentos que suceden en València, pero tengo una cuenta pendiente con esta ciudad y he de escribir algo para que se convierta en mi territorio literario. Ya ha aparecido en mis escritos de prensa, pero me falta que esté presente en mis cuentos y novelas. Es algo que me apetece, que me atrae y me interesa. De todos modos, hace tiempo publiqué un libro conjunto con Alberto Gimeno, centrado en la mitificación de la Barcelona de los años sesenta y setenta, cuando parecía que allí no existía el franquismo, estaban las editoriales más potentes y vivían los mejores escritores, sin olvidar el Liceo. Esa visión fraguó en una novela en la que también aparece mucho València, porque es un texto muy mediterráneo.

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Mateu crece en una familia rota que no siente como suya. Desde niño lucha por dejar atrás los gritos, las peleas y las miserias de la Mina, su hogar, la casa más pobre de Caldes de Malavella, la población donde él vive. Para ayudar a su madre a sacar la familia adelante y labrarse su propio futuro, acepta cualquier trabajo, por modesto que sea.

 
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