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Herme Cerezo
Crítica literaria
Herme Cerezo
Entrevista a la escritora Laura Riñón



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Imagen de Jesús Herranz.
Cedida por España




Laura Riñón Sirera nació en Zaragoza, aunque con apenas tres años se trasladó con su familia a Alcalá de Henares (Madrid). Apasionada del cine y la lectura, desde niña ha logrado poner voz a las historias que le traslada su imaginación. Es autora del blog ‘Palabra de Laura’ y ha publicado el libro de cuentos ‘Dueño de tu destino’ (Premio Eride 2014), y la novela ‘Todo lo que fuimos’. Por motivos profesionales pasa la mayor parte de su tiempo viajando, razón por la que su nueva novela, ‘Amapolas en octubre’, ha sido escrita y corregida en diferentes ciudades del mundo.

En el prólogo de su libro de relatos ‘Dueño de tu destino’ (Premio Eride 2014), Laura Riñón afirmó que «Cuando era una niña me pasé una larga temporada asegurando que de mayor sería monja. Tiempo después decidí colgar mi hábito imaginario para cambiarlo por un disfraz de payaso. Confesión que seguramente desvele muchos rasgos de una personalidad que aún hoy no acierto a definir». Parece claro que no se trataba de un autorretrato, sin embargo, podría serlo. «Escribí aquellos cuentos – dice Laura – por un motivo especial. El país atravesaba una situación de gran crispación social, un momento triste, negativo. Todo lo que ocurría a mi alrededor me afectaba, así que pensé que mi mejor contribución para cambiar el entorno era construir unos relatos optimistas, que trataban muchos temas y hablaban de segundas oportunidades y nuevas esperanzas»

Tras su incursión en el género breve, apareció su primera novela, ‘Todo lo que fuimos’, una historia de encuentros y desencuentros, y ahora acaba de publicar una nueva entrega, ‘Amapolas en octubre’, editada por Espasa. «Siempre he sostenido que el primer libro es muy autobiográfico, porque cuando te atreves a escribir lo que te surge es hablar de lo que llevas dentro». De lo todo lo leído hasta ahora, podemos deducir que la escritura ocupa un lugar muy importante en la vida de Laura Riñón. «Para mí escribir es una necesidad, algo que me hace falta. Soy muy emocional y, si no lo hiciera, pintaría o cantaría, porque necesito aflorar al exterior todo lo que llevo dentro. Ahora que me encuentro en plena promoción de ‘Amapolas en octubre’, estoy deseando terminar y regresar a Madrid para encerrarme en mi cueva y sentarme ante el escritorio». Aquí cueva luce casi como sinónimo de refugio, de lugar seguro, igual que la literatura. «Soy utópica y, constantemente, habito un mundo de fantasía del que he de alejarme para regresar a la realidad, porque no puede ser de otro modo».

‘Amapolas en octubre’ es novela de personaje, de protagonista declarado, potente: Carolina, una mujer a punto de alcanzar la cuarentena, que se encuentra con el terrible accidente sufrido por sus padres: Paul ha fallecido, mientras que Bárbara, su madre, consciente pero sin habla, trata de recuperarse en una clínica. A través de diversas historias, Carolina compondrá el mosaico de su existencia, la memoria de su familia que, teniéndolo todo para ser feliz, no pudo evitar la desdicha. «El chispazo para escribir la novela fue el agradecimiento que debo a los muchos autores que me han hecho disfrutar con sus libros. Es mi modo de darles las gracias por su trabajo». Aunque nos encontramos ante una obra de ficción, la novela sustenta un fondo de realidad. «Obviamente todo lo que sucede en el libro, todo lo que se quiere transmitir, ha ocurrido y al leerlo descubrimos frases que nos gustan, palabras que sin duda hemos oído antes en algún otro lugar. He tratado que realidad y ficción estén muy unidas, separadas tan solo por una fina línea, que se diluye todo lo posible para que nos impliquemos en su lectura, porque en definitiva lo que cuento en el libro nos ha ocurrido a nosotros o a personas de nuestro entorno».

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Junto con su hermano Guillermo, Carolina, que regenta una librería, visita a su madre en la clínica e inventa una estrategia para comunicarse con ella. Escoge una serie de libros que conforman su particular visión del mundo y de la vida, y procede a su lectura durante sus estancias en el centro hospitalario. «Los libros que le lee a su madre no son mis libros, son los suyos. Evidentemente mis propios títulos de cabecera no los voy a citar, porque eso significaría revelar demasiado sobre la personalidad de Laura Riñón. Al principio, escogí seis novelas para encajarlas en la historia, de las cuales dos se cayeron y fueron reemplazadas por otras dos».

Muy pronto queda bien claro que la protagonista no es un ser plano, sino que evoluciona a lo largo de la historia. Una cita de Graham Greene, incluida al principio, no admite ninguna duda al respecto: «Los protagonistas de una novela deben tener cierto parentesco con el autor, salir de su cuerpo como un niño sale del vientre de su madre. Después se les corta el cordón umbilical e inician una vida independiente». Ese es el propósito de la escritora y lo reafirma a continuación: «Yo sabía que Carolina, más o menos, era como ‘Mujercitas, pero que luego cogió la puerta y se marchó. Ha tenido su propia vida y ha madurado con el paso del tiempo porque, de no haber sido así, yo habría intervenido y la habría dirigido por otros vericuetos». A pesar de ello, Carolina, como le sucede a mucha gente, no se siente la actriz principal de su propia película. «Ella siempre ha sido actriz secundaria, porque no aspiraba ni quería ser protagonista. Tiene un enorme desorden interior y, cuando comienza a aclararse, descubre el amor por todo lo que hace, sea lo que sea. Hasta ese momento siempre ha sido la jugadora reserva, sentada en el banquillo de los suplentes. Eso cambia en el momento en que decide saltar al campo y convertirse en conductora de su propia existencia». Precisamente ese «espíritu secundario inicial» la transporta a un estado de infelicidad, de insatisfacción. «Carolina se siente insatisfecha porque se prohíbe ser ella misma. Vive para agradar a papá, a mamá o a su hermano y obra de tal manera que todos los que pululan a su alrededor se sientan a gusto en su compañía. En el fondo, añora el amor de su madre».

Siempre cabe preguntarse por la existencia real, parcial o completa, de los personajes, y su parecido o su relación con el autor que los ha creado. Y Carolina no es una excepción en modo alguno. «Carolina existe, es de carne y hueso aunque yo no la conozco. Tiene que existir, estoy segura, y ahora la echo de menos, porque es un personaje cargado de emociones. Ella y yo no nos parecemos en nuestra forma de ser. Somos antagónicas, pero tenemos en común que vivimos la emoción, aunque ella la lleva al lado más melancólico y triste, mientras que yo lo hago a la parte más apasionada». La librera tampoco se parece a Guillermo. «No, su hermano no tiene nada que ver con Carolina. Él es blanco y negro, mientras que ella es gris».

Dice la solapa del volumen que ‘Amapolas en otoño’ se ha escrito y corregido por varios lugares del mundo, que además funcionan como escenarios, lo que induce a plantearnos si nos encontramos ante una historia universal o local. «La escribí en diversas ciudades por motivos profesionales, pero soy una persona que necesita oler y percibir y, cuando estás en los sitios donde de verdad ocurre la acción, te das cuenta que esas atmósferas reales le añaden verosimilitud a la narración. En este sentido, el ambiente de Boston o la contaminación de Londres son importantes en el desarrollo de la trama».

La última cuestión se reserva para el título: ¿es bueno que haya amapolas durante todo el año, tal y como piensa Carolina? «No, no lo es, las amapolas han de ser flores de temporada. Creo que una buena parte de la belleza, tanto de las relaciones como de las emociones, radica en la añoranza. Sin duda, la ausencia de alguna cosa la convierte en algo más importante. Particularmente, la melancolía es la emoción que más me gusta, porque es un sentimiento puro, limpio y tan real que no hay nada que la iguale, y es propia del otoño».

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