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Herme Cerezo
Crítica literaria
Herme Cerezo
Entrevista al escritor Iván Repila



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Nació en Bilbao, en 1978. Escritor, editor y gestor cultural. Co-fundador de la editorial Masmédula Ediciones, especializada en poesía contemporánea. Ha trabajado para diversos organismos e instituciones nacionales e internacionales en la producción, coordinación y dirección de congresos, encuentros y festivales de teatro, música y danza. Autor de las novelas ‘Una comedia canalla’ (Libros del Silencio, 2012) y ‘El niño que robó el caballo de Atila’ (Libros del Silencio, 2013), publicada en Italia, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Corea, Rumanía, Holanda y Japón. Varias productoras cinematográficas han adquirido recientemente los derechos para su adaptación al cine y el dramaturgo Hywel John ha adquirido los derechos de representación teatral para Estados Unidos.

Valencia brilla. Casi como en tarde fallera. Tengo el tiempo justo. Y la agenda apretada. Combino caminata ligera con transporte urbano. Línea 5, «Interior». El bus se detiene en la parada del IVAM. Me bajo. En la terraza, sentado a una mesa, un tipo joven, solo, delgado, con barba. Nadie más. No estoy seguro de que sea el escritor con quien quedé citado. Así que mejor me acerco y pregunto. «Iván». Responde: «Sí, soy yo». Se pone en pie. Apretón de manos. «¿Tomas algo?», pregunta. «Un cortado. Descafeinado. De máquina», respondo antes de que se vaya a por él. Iván Repila es el autor de ‘Prólogo para una guerra’, editada por Seix Barral, la novela que cuenta la historia del prestigioso arquitecto Emil Zarco a quien han encargado un proyecto urbanístico donde podrá exponer sus ideas sobre la esencia y el destino de los hombres, una larga estirpe que debe progresar y perpetuar los grandes logros de sus antepasados. En la misma ciudad, otro hombre, el Mudo, viaja en sentido contrario, pretende la desaparición, la ruptura con una sociedad que no le corresponde. El Mudo no quiere compañía. No habla. Ambos personajes están heridos: uno por la imposibilidad de realizarse; el otro, por una pérdida irreversible. Iván regresa con el descafeinado de máquina. Se sienta. Prende un pitillo. El humo se eleva, engullido por el aire. Preparo la grabadora. Pulso la tecla rec. Compruebo que funciona. Piloto rojo encendido. Comenzamos la conversación.

Iván, es la primera vez que te entrevisto y esta pregunta es casi obligatoria: ¿qué significa o qué es para ti la escritura?

Uff, podría responderte con tópicos u otras cosas, pero en verdad yo diría que es la actividad con la que mejor me lo paso.

Hasta ahora solo has publicado novelas, ¿no te tientan los cuentos?
Es verdad, cuando era un chaval hice cuentos, pero fueron pocos y todos tenían vocación de novela. Ahora he escrito algunos más, pero por encargo. Es un género que ni lo odio, ni lo admiro, pero me va mejor la distancia larga. Lo mío creo que es la escritura de aliento prolongado.

Dedicas ‘Prólogo para una guerra’ al fallecido editor Gonzalo Canedo, ¿qué significó Canedo en tu vida?
Canedo fue el editor de Libros de Silencio, donde publiqué mis dos obras anteriores. Cuando empecé, no conocía a nadie y mi primera novela la envié a muchas editoriales. Él fue el único que respondió y decidió publicarla. Igual que hizo con la segunda, eso sí cambiándoles los títulos a ambas, porque decía que eso de titular no se me daba bien. Me enseñó muchas cosas del mundo editorial y fue mi amigo hasta que falleció. Su muerte sucedió cinco días antes de que se publicase ‘El niño que robó el caballo de Atila’. Se lo llevó un cáncer fulminante y horrible.

Tus novelas son más conocidas fuera de España que dentro, ¿a qué se debe?
Mi primera novela no tuvo una gran repercusión. La segunda, que era más onírica y poética, y muy política, alcanzó un éxito mayor, pero como Canedo falleció días antes de publicarse, apenas tuvo recorrido. Careció de promoción, no hubo nadie detrás haciendo presión y enviando dosieres a la prensa, tan sólo una presentación en Bilbao y una entrevista para un medio. Aún así en España tuvo cierto reconocimiento, aunque restringido a circuitos muy literarios, gracias al boca a oreja. Sin embargo, tiempo después encontré un agente que empezó a trabajar y consiguió que la tradujesen a ocho idiomas y que en Francia, Inglaterra, Italia y Estados Unidos se publicase en editoriales importantes.

¿Cuál es el primer flash que da origen a la escritura de ‘Prólogo para una guerra’?
La idea inicial de esta novela, la de un arquitecto que construye una ciudad inhabitable, procede de hace casi dos décadas. En la novela, se restringe a un barrio, pero el embrión de la historia es muy antiguo.

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Casi dos décadas, ¿cómo se alimenta y se sostiene en tu mente una idea durante tanto tiempo sin que se esfume? Debía de ser muy potente, ¿no?
No sé si será potente para los críticos o no, pero para mí sí lo era. La idea la llevaba muy adentro. Era algo muy importante, que tenía atrapado y quería contar, pero en aquel momento no me sentía con herramientas literarias suficientes para hacerlo. La sensación de que podía escribirla me llegó hace tres o cuatro años y para entonces había crecido mucho en mi cabeza, porque me había ido empapando de todo lo que veía a mi alrededor.

‘Prólogo para una guerra’, ¿por qué escogiste ese título?
El sentido del título queda claro cuando llegas al final del libro. Se refiere a una guerra de cosmovisiones: una cosmovisión heredera del siglo XX, más egoísta e individualista, representada por Emil, el arquitecto, que cree que todo lo hecho está bien y hay que continuar igual; y otra cosmovisión, la del siglo XXI, representada por el Mudo, que está por llegar, y defiende una solidaridad colectiva más integradora. Ahora mismo veo que están sucediendo cosas que me dan la razón en mi planteamiento.

La novela está escrita con un lenguaje muy trabajado, en el que abundan las metáforas. En algún lugar he leído que te obsesiona la precisión del lenguaje, ¿crees que la metáfora te ayuda para conseguir tu objetivo?
Sí, la metáfora y la precisión son complementarias. Me interesa mucho la metáfora, porque juega con la experiencia y las evocaciones del ser humano y puedes apretarle en sus sensaciones. Lo bueno de las metáforas es que no sabes qué repercusión van a tener en la mente del lector, porque una misma cosa puede sugerir algo distinto en cada persona y eso es algo que me fascina.

Tanta metáfora ¿no puede desviar al lector en la comprensión del texto?
Necesitamos distintos niveles de lectura para distintos tipos de ánimo. No es lo mismo leer un bestseller, donde todo está escrito, que leer otro tipo de literatura donde no todo está escrito y hay que leer entre líneas. Como lector de poesía yo no me canso de las metáforas, pero es cierto que esta novela precisa una lectura más pausada.

‘Prólogo para una guerra’ está estructurada en capítulos cortos.
Sí, me gustan los capítulos cortos porque dan más fuerza a las escenas. A nivel de estructura, esta característica es común a mis tres novelas. Si trabajo con imágenes y las condenso, las ideas quedan más claras pero, si a cualquiera de mis novelas les quito un solo capítulo, hay algo que va a quedar cojo y no se va a entender.

Pero esos capítulos cortos hacen que la lectura sea más dinámica, ¿no?
El ritmo es algo fundamental en la literatura, por eso lo trabajo tanto en el fraseo del párrafo como en los capítulos. Con esa cadencia construyo el libro y elaboro una música interior para el lector. La extensión de los capítulos es relativa, porque un capítulo de Javier Marías puede ser extensísimo y leerse despacio, mientras que uno de un bestseller puede ser igual de largo y leerse más rápido. Me muevo en términos que resultan cómodos para establecer un diálogo musical con el lector.

La novela la has estructurado como si fuera un proyecto arquitectónico: Dibujo, Anteproyecto, Proyecto de Ejecución, Construcción, Ocupación y un Anexo, ¿por qué?
Como la arquitectura está muy presente en la novela, me parecía coherente hacerlo así. Emil, sobre el que gira mayormente la acción, es arquitecto y vive un proceso arquitectónico que le lleva a construir un proyecto inhabitable, un lugar de muerte, algo deslumbrante en el sentido negativo.

No has definido unas coordinadas espaciotemporales concretas para la novela, ¿por qué motivo?
Quería plantear la cuestión simbólica del sueño europeo, que se ha transformado en una pesadilla y ha convertido Europa en un lugar inhabitable. Pretendía representar una ciudad más o menos occidental y contemporánea, que pudiera ser cualquiera y me permitiese una mirada más amplia. Si, por ejemplo, hubiera escogido Barcelona, en seguida se hubiera creído que la novela trataba de cuestiones urbanísticas de la ciudad condal o sobre sus carencias y virtudes y lo mío no era eso.

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Una ciudad agresiva, inhóspita y brutal en uno de cuyos almacenes están encerrados perros malheridos, maltratados y desnutridos.
La escena de los perros a la que te refieres existe en la realidad. No me he inventado nada. Solo tienes que abrir twitter y encuentras noticias como esta cada cuatro o cinco días. El mundo contemporáneo y el medio urbano son agresivos y crueles y se maltrata a los animales, pero eso no es más que un reflejo de cómo nos tratamos entre nosotros. Lo que sucede es que todavía guardamos, creo, un cierto poso hacia los animales y sus maltratos nos afectan más que si se tratara de seres humanos.

El Mudo y Emil, dos personajes difíciles e infrecuentes, uno deja de hablar y quiere desaparecer y el otro diseña ciudades inhabitables.
¿A veces no has sentido la misma sensación que ellos? El Mudo, como personaje, lo que hace es mostrarse en desacuerdo con el mundo, con su velocidad, con su ruido… Hay cosas que le sacan de sus casillas y, como no puede gestionarlas, se borra y su forma de hacerlo es dejar de hablar. Es una decisión radical al tiempo que simbólica.

La página 56 habla de que el arquitecto se cree un dios, algo parecido le ocurre al escritor, dios y dueño de lo que escribe y del destino de sus personajes, ¿no?
Cualquier profesión artística acarrea que, en un momento determinado, el creador se sienta dios. Y no me parece mal, porque cuando alguien está creando ha de apuntar a lo más alto. Hay que intentar escribir el mejor libro posible, superar incluso a Cervantes. Luego el libro sale como sale y se queda corto respecto a tus expectativas iniciales. Por otro lado, en la vida cotidiana los creadores debemos dejar a un lado nuestro ego y ser humildes. Me parece importante que exista un equilibrio entre ese ego fuerte al escribir y la humildad posterior.

Al terminar una novela como ésta, un autor debe quedar exhausto, ¿hay sensación de vacío al acabar la escritura?
No siento esa sensación de vacío porque, tras acabar una cosa en seguida estoy preparando otra, aunque sea tomando notas. Al releer ‘Prólogo para una guerra’ he sentido satisfacción porque he visto que las dudas y preguntas que quería plantear cuando me senté a escribirla están ahí. Después la novela tendrá el recorrido que sea.

La última por hoy: Iván, aunque después de tu respuesta anterior intuyo lo que vas a decir, te pregunto: ¿llevas ya algún proyecto literario nuevo entre manos?
Voy a intentar un remake de ‘Historia de O’, una historia pornográfica y de planteamiento machista. Hace mucho tiempo que se hace literatura erótica pero no pornográfica. Y yo la echo de menos. La idea original fue de mi pareja y vamos a intentar escribir algo a cuatro manos. Nunca se sabe cómo puede terminar un proyecto así, pero en ello andamos.

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