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Francisco Rodríguez
Ver, juzgar y actuar
Francisco Rodríguez
Quizás podamos hacer algo más que votar el domingo que viene

Quedan pocos días para las elecciones y confieso que estoy preocupado. Los electores votarán, pero el recuento final ¿quién lo hará? Desconfío de todo y de todos. Casi todos los candidatos llenan sus intervenciones de vana palabrería. No hay más proyecto que ganar como sea y borrar del mapa a los contrincantes. En lugar de buscar el bien de España y de los españoles buscan su propio bien: las prebendas que llevan anejas los diversos cargos.

Si se trata de la economía, que parece tambalearse, nadie ofrece el programa obvio, reducir gastos, empezando por los miembros del gobierno, diputados y senadores y los mil y un cargos de la administración autonómica en buena parte duplicados o inútiles.

En cuanto a las leyes dañosas que nos dejó el nefasto Zapatero, nadie quiere eliminarlas para siempre, salvo alguna excepción, por miedo a no pasar por “progres” y modernos, aunque se destroce el matrimonio, la familia y la prole, con el feminismo feroz, la ideología de género, la promoción del aborto, etc.

Se constata la triste realidad de una España vacía, pero nadie aporta remedios viables y lo mismo pasa con las pensiones. Todo el mundo habla de que tenemos un sistema inviable de seguridad social y que dentro de poco no podrán pagarse las pensiones. Ya hace tiempo que todos los partidos tenían que haberse puesto a estudiar el problema y la forma de resolverlo. Pero nuestros políticos no saben de nada, ni estudian nada, ni hacen otra cosa que atacarse unos a otros.

La paz entre los españoles no consiste en la mera ausencia de guerra ni se reduce a asegurar el equilibrio de las distintas fuerzas contrarias, la paz se define como obra de la justicia, pero no de la justicia penal o administrativa lenta y complicada sino la que cada cual procura realizar en el ámbito de su propia vida como ciudadano, como político, como patrono, como asalariado o como juez imparcial y diligente.

Si no hay muchos ciudadanos, que actúen como cortafuegos, el enfrentamiento será inevitable. Cortafuegos del odio, cortafuegos de la violencia, cortafuegos de la injusticia. Es necesaria gente más dispuesta a sufrir la injusticia o la violencia que a causarlas. Esto exige temple y educación ¿pero quién imparte educación en valores? Hemos pasado de la educación, que corresponde primariamente a los padres, al adoctrinamiento sectario.

Podemos recordar el poema de Kipling a su hijo “if”: si sintiéndote odiado, sin odiar tú a la vez, no obstante luchar y defenderte, o recitar la oración de San Francisco de Asís: Señor, haz de mí un instrumento de tu paz, que allá donde hay odio, yo ponga amor, donde hay ofensa yo ponga perdón, donde hay error, yo ponga la verdad, que yo no busque tanto ser consolado como consolar, ser amado, cuanto amar, porque es dándose como se recibe, perdonando como se es perdonado…

Como hemos alejado a Dios de nuestras vidas quizás todo lo que digo no sirva para nada, pero si hay alguien que esté en esta misma onda, le invito a pensar, meditar, proponer, difundir que con estos políticos y esta democracia no se van a resolver los problemas. Piensen su voto para el próximo domingo y recen para que sirva de algo y después de las elecciones sigan rezando.

Artículos del autor

No deja de ser curioso que nos pronunciemos por la salvación del planeta, incluso invocando a la Pachamama, y nos consideremos culpables de que se derrumbe un glaciar o pueda desaparecer alguna especie rara de lagartija o salamandra.

Desde 1833 han estado vigentes las provincias españolas que fijó el granadino, de Motril, Javier de Burgos en tiempos de Cea Bermúdez, sin que hubiera ninguna urgencia en modificarlas. Todos los niños aprendimos, de memoria, las provincias de cada región: Galicia, Asturias, León, Castilla la vieja, Castilla la Nueva, Andalucía, Cataluña, Extremadura, Murcia, Navarra, Valencia, Vascongadas, Baleares y Canarias.

Cuando me dispongo a escribir mi artículo semanal tengo como ruido de fondo una de las variadas y parecidas tertulias de la tele hablando de la sentencia del “proces” que seguramente no han tenido tiempo de leer, salvo las filtraciones interesadas ¡qué vaya usted a saber!

Desde que fue aprobada la Constitución de 1978 creí que su título I, capítulo II, sobre los derechos y deberes fundamentales de los españoles era cierto, nos convertía en un país democrático y nos ponía a salvo de la persecución y la arbitrariedad, pero pasados cuarenta años (siempre el fatídico período de cuarenta años) compruebo con tristeza que no es verdad.

Todas las cadenas de comunicación nos informaron hace unos días que habían arrojado un recién nacido al borde del rio. Allí estaban los guardias con sus perros buscando el cadáver del chiquillo hasta encontrarlo.

Siempre se ha dicho que son pocos los que viven de la novela pero muchos los que viven del cuento. Cuentos son los anuncios programáticos de los partidos que nunca sabrán cómo llevarlos a cabo, pero mientras dura la legislatura, (vida y dulzura), cobrarán sustanciosos emolumentos y que me quiten lo bailado. Si se tratara de efectuar un servicio patriótico no retribuido ¿habría codazos por entrar en las candidaturas?

Voy colgando mis modestos artículo en un blog al que he titulado “ver, juzgar y actuar”, los tres pasos que aprendimos en el libro de Maréchal, La Revisión de Vida, en mis años juveniles en la Acción Católica y seguramente el paso más difícil es el de juzgar, pues si cada hecho sobre el que me fijo a la hora de escribir no lleva a un juicio sobre mi mismo queda reducido, en el mejor de los casos, a un simple comentario bastante inútil.

Recuerdo al actor Fernando Esteso cuando cantaba aquello de “ya estamos metidos en la democracia, a Dios demos gracias”, o algo así. Hoy después del tiempo transcurrido desde la transición pienso, quizás equivocadamente, que la tal democracia ha sido un gran fiasco, especialmente desde que se establecieron las autonomías, cuyos beneficios no veo por ningún lado.

 
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