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Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
Puigdemont ha revitalizado el subgénero teatral del sainete grotesco

El título que sirve de anclaje al presente artículo pudiera parecer el de una comedia de enredo de nuestro Siglo de Oro, no en vano el personaje que lo suscita pareciera escapado de dicha época: modrego y apicarado; pretencioso y montaraz… ya se imaginarán por dónde voy.


Lo que sí se le puede reconocer al interfecto es el mérito de obrar una paradoja tamaña que ni nuestros místicos renacentistas (avezados constructores de paradójicas e indecibles cavilaciones) la hubieran podido concebir: ese estar sin estar; ese querer gobernar aquí estando allí…


Emparenta asimismo el inefable Puigdemont con ciertos personajes, celebérrimos, de nuestra literatura, ya imbricados en el imaginario colectivo, que se caracterizan por estar en la obra sin comparecer más allá que en la alusión que otros hacen de ellos. Me vienen, así, a vuelapluma, los casos de Dulcinea (la idealizada dama por la que Don Quijote bebía platónicamente los vientos por entre sus propias dislocadas ventoleras) o Pepe el Romano, el semental que tenía desasosegaditas perdidas a las hijas de Bernarda Alba, ese que sin decir esta boca es mía en toda la lorquiana pieza dramatúrgica la lio más parda que cierta chiquilla, pelín atolondrada, la cual salió en el programa Callejeros 

lamentándose de haber mezclado “de aquella manera” los químicos empleados para la desinfección de una piscina.

Pues bien, Puigdemont, como decimos, quiere gobernar sin estar; mover los hilos de la trama sin personarse en el noreste de nuestra piel de toro, que, mal que le pese, es la suya.


Desde que se pirase, tras la deflación producida en las ilusiones de sus seguidores una vez declaró una independencia “de la señorita Pepis”, este exmandatario se ha tornado paulatinamente más y más desconcertante. Actuando de manera tardoadolescente, como por aventurados impulsos, al arbitrio de la coyuntura del momento, apareciendo y desapareciendo con los más diversos disfraces, cuando de lo que se trata es de respetar la ley y punto.


Mientras tanto, aquí en España, y más concreto en la casa de la representación parlamentaria nacional, Gabriel Rufián, verbigracia, se lo pasa de coña, paseando con ademanes dandis y aire perdonavidas y haciendo performances de cara a la galería con objeto de epatar, porque el actual tiempo político es el del titular (o hashtag) demagógico-llamativo. Rufián, como tantos otros es un enunciador de lacras apócrifas que inhuman lacras reales y apremiantes. Y lo hace cuando ya todos sabemos que la mera enunciación de un problema no lo resuelve… solo genera debate, un debate estéril las más de las veces. Rufián es consciente, pero le da igual. Él se ha hecho un personaje-petimetre henchido de afectación que le rinde bien. Puigdemont ya lo era cuando llegó a nuestras vidas para gloria del sainete grotesco… o del astracán.

Artículos del autor

Del maletero de su utilitario se escapan mariposas de hojalata; las piedras convierte en hojas perennes y en medallones de inquietud su espíritu.
La poca o nula apreciación por el mérito que se da en este país desde tiempos inmemoriales produce goyescos “monstruos” como el que ha presidido la Federación Española de Fútbol durante un buen puñado de años.
Hoy en día disponemos de observatorios e indicadores por doquier de toda índole. Y, curiosamente se hace un ejercicio de reduccionismo otorgando perspectivas pedestres y limitadas que mantengan entretenidos a los más.
Como a don Quijote, al inefable Puigdemont le ha ido cambiando la percepción de los acontecimientos desde que principiara su iniciático trayecto.
Puigdemont en otro tiempo ocupaba más grises reductos en el organigrama partitocrático al que pertenece. Sus tareas otrora eran más las de un subalterno, un subordinado al que, como al celebérrimo escudero Sancho Panza, en un momento dado, le dieron la oportunidad de saltar a la palestra gubernamental.
Escribí no hace mucho un artículo que se llamó “Política futbolera” en el que establecía curiosos paralelismos entre el balompédico deporte y el cada vez más desprestigiado ejercicio de la política. Ciertamente, se daban curiosos parecidos entre ambos dominios…
Con estampa “buerovallejizada” en un simpar retrato carcelario adquiriste una gran posteridad...

De no ser por los “dopajes” consustanciales a la sociedad de consumo (que en nuestro caso advino a partir de los setenta del pasado siglo) y por ciertas convenciones perpetuadas tras ser vaciadas de contenido, la atmósfera de desencanto sería insoportable; no en vano, la gran falacia, perpetrada durante casi medio siglo, se ha sostenido, y se sigue sosteniendo, gracias a los trampantojos que abruman o confunden al que contempla no dejándolo ver el paisaje panorámicamente, con la suficiente perspectiva.

 
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