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Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
Entrevista a Jorge Ortega Blázquez

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Tras haber comentado críticamente en su momento el poemario “La sangre en la nieve” y el libro de relatos “Duelo de espejos”, de Jorge Ortega Blázquez, me parecía conveniente, esta vez, so el pretexto del nacimiento de su nuevo libro de poemas “Homo viator” (Manuscritos, 2018), que fuese él mismo quien expresara algunas de sus opiniones y pareceres acerca de esta obra concreta, así como sobre otras, propias y ajenas, y sobre la literatura en general… Y la ocasión la pinta en calva acabó siendo una dominical mañana del pasado mes de abril en la que pudimos departir largo y tendido, y en el entretanto dar forma a la entrevista que aquí les es ofrecida a continuación.

¿Qué es para usted la poesía?
Creo que para contestar a esta pregunta habría que hacer una distinción entre poesía como concepto, digamos, absoluto y actividad poética, que englobaría tanto al proceso creador como al producto de este proceso, esto es, el poema, que a veces es también poemario. Me atrevo a definir la poesía como el misterio que se oculta detrás del mundo de apariencias en el que vivimos; la actividad poética sería el intento de trascender este mundo de lo fenoménico antes aludido con la intención, me temo que inútil, de aprehender y objetivar este misterio a través del poema y de los sentimientos de belleza, conmoción y temblor que éste pueda suscitar. La poesía como deseo y necesidad de tener una intuición, un atisbo al menos de lo que pueda ser “cosa en sí”, si se me permite la expresión de raigambre kantiana. Es ésta una experiencia que puede resultar gratificante, saludadora, o sumamente dolorosa. Según y depende.

¿Cuáles son sus parámetros y sus influjos a la hora de escribir poesía?
Se han escrito auténticas maravillas en todas las épocas y en todas las lenguas. Yo no desecho ninguna, pues sería poner unos límites innecesarios al disfrute y el aprendizaje que supone la dedicación a la poesía, a la literatura en general. Me gusta, eso sí, trabajar el verso y la estrofa con paciencia y meticulosidad de orfebre. En esto puedo decir que me considero bastante clásico, parnasiano, incluso. Ahora bien, si usted me pide que diga uno o varios nombres… Me temo que eso es ir demasiado lejos. No podría elegir entre tantos y tantos alquimistas del verbo, escudriñadores de lo arcano, videntes del otro lado.

¿Qué nos encontraremos al incursionar en “Homo viator”?
La respuesta puede encontrarse ya en la contraportada del libro, pero, resumiendo, “Homo viator” desarrolla el tópico de la vida del hombre entendida como camino o viaje, con sus luces y sus sombras —más sombras que luces, ¡ay!—, todo ello a través de una serie de variopintas intertextualidades y en un ir desgranando diferentes realizaciones de la más acendrada métrica castellana donde se pueden rastrear también las influencias a las que antes aludía usted. La mitología y la filosofía también se hayan presentes en este recorrido, y no solo de manera anecdótica.

¿Cómo surgió esta obra?
De una etapa poco grata de la vida, poblada de desencantos y desencuentros, que me puso en la necesidad de buscar y encontrar el consuelo y el bálsamo que sólo la obra de arte, ya sea a través de su contemplación —en esto el libro es muy schopenhaueriano— o de la inmersión alucinada en el proceso creador, puede ofrecer. Y de una serie de largos, solitarios y meditabundos paseos, campestres y urbanos, a lo largo de los cuales se iban fraguando los poemas.

¿Hay un hilo conductor? ¿Cuál?
El que da título al libro: la vida entendida como camino, con sus alegrías y sus tristezas; un camino inevitablemente abocado al final ya por todos conocido, cuyo nombre no quiero mencionar en esta conversación. No me opongo a que otros encuentren otros hilos ariádnicos que les puedan llevar al final de este laberinto.

¿Cuál es su método de escritura? ¿Está más basado en la inspiración o en la transpiración?
No niego la existencia de la inspiración, pero ésta es un fogonazo, apenas un breve relámpago, aunque, eso sí, deslumbrador, que dura menos de un segundo (por decir algo, pues claro está que no me he detenido a medir tan exiguo lapso de tiempo); ahora bien, lo que cuenta es la labor realizada después, el esfuerzo por traducir al rebelde, mezquino idioma lo que se ha apenas intuido. Esto era lo que daba tanto trabajo y quebraderos de cabeza a un San Juan de la Cruz, un Bécquer o un Juan Ramón Jiménez. La transpiración, pues, que funciona incluso allí donde la inspiración está ausente, cosa que sucede con frecuencia, a pesar de todos estos hermosos idealismos románticos.

También ha publicado prosa, ¿en qué género se halla más cómodo?, ¿por qué?
No me hallo más cómodo en uno que en otro, pues para mí tanto prosa como verso no son más que dos soportes que han de hacer visible una misma cosa: la poesía. Cuando escribo en prosa intento también, lo que no quiere decir que siempre lo consiga, claro, darle lirismo al párrafo. Para mí es la lírica lo que cuenta. Ahí estaría la clave de la calidad de página perseguida. Claro que tal vez la prosa dé pie a la inclusión de muchas más cosas. Quién sabe.

¿Qué reacción le gustaría generar en el potencial lector?
Nunca la de ser entendido. No hay nada que entender. Más bien crear un mundo de sugerencias, que es lo que tiene que hacer la poesía: no decir, sino sugerir. No importa mucho lo que el autor haya querido decir, sino lo que el lector intuye o siente, si esto le sirve para la Vida, así, escrita la palabra con mayúsculas. Si ante mi obra hay alguien que puede sentir lo mismo que yo siento ante la contemplación de otras obras de arte, una suspensión del tiempo, un alivio, un bálsamo para los dolores del mundo, ya me daría por satisfecho.

¿Cuál, y por qué, es su pieza favorita de las incluidas en este libro?
Señor entrevistador, no sea usted cruel obligando a un padre a elegir entre uno de sus hijos.

¿Qué circunstancias le llaman a la hora de escribir poesía?
Además de todo lo dicho con anterioridad, habría que añadir la necesidad de sacar fuera de sí toda una serie de inquietudes, deseos, frustraciones y carencias que de quedarse dentro se estancarían en los pozos del alma, envenenándole a uno la sangre. Y eso puede ser. Creo que es importante hacer este añadido.

La cubierta es muy aparente y significativa. Háblenos de ella.
Es un cuadro de un amigo por desgracia recientemente fallecido. Fue su hija, Lara, autora del atrio que prologa el poemario, quien me hizo la sugerencia, proposición que acepté encantado, pues no sólo me pareció sumamente adecuado para el contenido del libro, dado el motivo ferroviario que desarrolla la obra pictórica, sino también una manera de recordar a Martín. Desde aquí doy las gracias a Lara y a su familia por permitirme utilizar el cuadro como portada.

¿Existe alguna conexión entre su faceta de músico y la de poeta?
La música y la poesía están íntimamente conectadas “ab origine”. No sólo porque en la poesía hay —o debería haber— ritmo, armonía y melodía (don Ramón María del Valle-Inclán, por ejemplo, habló en “La lámpara maravillosa” del “milagro musical” de las palabras, y toda la obra del simbolismo francés, de Rubén y del modernismo hispánico no es más que eso), sino porque la música es, de entre todas las artes, la que más cosas es capaz de sugerir, que, ya lo he dicho antes, es lo que tiene que hacer la poesía: no decir, sino sugerir.

¿En cuál se halla más a gusto?
Hace ya algún tiempo que he dejado atrás toda actividad musical, como intérprete o compositor —no así como atento y maravillado oidor, con más riesgo cada vez de caer en el diletantismo—, y no lo echo de menos. Es posible que al encontrar la música también presente, y de manera inevitable, en el poema, no sienta esa retirada, que acaso sea ya definitiva, como una carencia. De lo dicho es plausible sacar la conclusión de que, al menos en este momento, me hallo más a gusto paseando por los iluminados aunque a veces abruptos territorios de la poesía.

¿Tiene más proyectos de similar índole en mente?
Sí. Trabajo ahora en la redacción de un nuevo libro, esta vez en prosa, aunque ya he dicho antes como entiendo la prosa y el verso, como meros soportes de un contenido literario que pretende ser poético, lírico. En este nuevo trabajo pretendo hacer una miscelánea de varios “géneros” —siempre he sido muy partidario de las obras agenéricas, que eso de los géneros ya no hay quien se lo trague— entre los que pienso destacar el diálogo, al modo platónico o renacentista. Va a ser un trabajo con un fuerte contenido filosófico, entre otras cosas. Pero va para largo. A ver qué sale.

¿Le gustaría añadir algo?
Nada más que darle las gracias por su atención, amable entrevistador, y animar al lector de estas líneas a leer poesía, a adentrarse en la floresta llena de maravillas que es un libro de poemas, y no estoy hablando ahora necesariamente de los míos, claro. Despidamos la entrevista con esta invitación y exclamemos, con Verlaine:

“De la musique avant toute chose!”

Artículos del autor

Sentí ganas de aludir diminutivamente en el título que ancla estas palabras a los personajes a cuyas determinadas recientes manifestaciones públicas voy a referirme a continuación, porque con las mismas se han desvestido de toda honorabilidad, máxime teniéndolo todo a su favor para haber continuado sus respectivos trayectos profesionales con un aparentemente impoluto marchamo.
​La paradoja de nuestros tiempos es que son tan intrincados como ramplones. Pese a que secularmente se ha venido imponiendo la reacción y la burda mediocridad, todas las sociedades han alojado el germen del progreso para bien incluso de los más cerriles obturadores de este.
​El pasado 21 de abril tuvo lugar en el Auditorio de la Universidad de Alcalá de Henares la VI edición del recital poético-musical “Los Yelmos de Mambrino”, un evento dirigido y coordinado por el profesor Enrique Téllez Cenzano, director de dicha Aula de Música de la UAH.
​En ciernes la gira por locales de pequeño y mediano aforo que llevarán a cabo en la Comunidad de Madrid, así como por algunos que otros destinos allende esta, tuvieron a bien los protagonistas del magnífico proyecto musical experimentalista IAO.
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​Alex de la Iglesia surfea el temporal de la sempiterna crisis del cine español, éxito de taquilla tras éxito de taquilla, fiel a un estilo muy característico que conecta con cierta imperecedera esencia de lo español (un barroquismo lírico, zafio, bronco y morboso, provocador de un insólito deleite en amplias capas poblacionales).
 
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