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Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
Uno de los más geniales regateadores del fútbol español, todo un balompédico barroco

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Reconozco que el fútbol de un tiempo a esta parte no me interesa nada, pero, como casi todo en la vida, he de reconocer que tiene sus elementos de belleza y plasticidad, muchos de los cuales vienen de la mano de determinados jugadores cuyo manejo del esférico brilla con luz propia. A este tipo de jugadores los diferencia una calidad técnica que no es sino un don al alcance de unos cuantos elegidos. Este arquetipo futbolístico es apreciado y reconocido por el público futbolero, pero siempre se exige en dicho ámbito una cierta eficacia, lo que se traduce en la obtención de victorias, cosa que no siempre va en el menú de estos balompédicos virtuosos.

Esta reflexión la traigo a cuento de una noticia que leí sobre Onésimo Sánchez en su calidad de actual entrenador del Toledo. Recordé en aquel momento algunos de los lances de este auténtico barroco del fútbol cuando era futbolista. Fue la de Onésimo una carrera no excesivamente laureada si analizamos el cómputo de éxitos deportivos logrados. Hay una asimetría entre sus dones y su palmarés. No hay que olvidar que el fútbol profesional es ante todo negocio, y en su cuenta de resultados los clubes requieren al cabo de cuantas más victorias, algo que no se logra meramente con una concatenación de recortes, amagos y caracoleos de ambrosía. Maradona, más canchero, supo en su momento aunar el más discriminado toque con cierta eficacia cuando de ver puerta se trataba en momentos clave, inclusive, si se encartaba, haciendo uso del trampantojo, técnica tan privativa del más ornamental barroquismo. Onésimo se recreaba morosamente, cabizbajo, en sus propias florituras, algunas henchidas de magnificencias varias bañadas en inverosimilitud. Este tipo de jugadores, además, se hacen acompañar de una cierta fama de juerguistas, como si el solaz y la práctica futbolística fuesen dos flancos en los que proyectar sus sensuales temperamentos. Mágico González, con el que nuestro astro coincidiera en el Cádiz C.F., era otro ejemplar muy claro de esta estirpe futbolera.

Un barroco actual es Neymar, que tantas veces se desmarca decorando sus ataques con algún que otro repujado camafeo, no siempre recibidos con agrado por los rivales por la gratuidad que comporta dicho faralá, máxime si el marcador está decantado.

Mas yo me reconozco más “onesimista”, porque, entre otras cosas, se me antoja el equivalente de Ramón Gómez de la Serna en el orbe futbolístico. Ambos, en sus respectivos dominios, eran audaces, geniales, ensimismados, brillantes, desconcertantes…

Lo que señalaba Francisco Umbral sobre Ramón, serviría perfectamente para Onésimo, es más, si Umbral hubiese escorado por las lindes de la crónica deportiva seguro que le habría dedicado algunas palabras semejantes al díscolo jugador vallisoletano: “El anarquismo de Ramón, profundo y lírico, es lo que le impide ser novelista. Bueno, hay una acumulación de capacidades —no de incapacidades— que impide a Ramón hacer buenas novelas. Es demasiado escritor para ser buen novelista. Tiene demasiado que decir sobre un rostro, un bargueño o una fruta. Se le obtura la novela por exceso de material”. (“Ramón y las vanguardias”, Espasa-Calpe, 1996, p. 48). El exceso de regate y de capacidad para el mismo, paradójicamente, privó a Onésimo de ser un más reconocido mediapunta. Igual que Umbral percibe a Ramón pertrechado en el centro de una circunferencia en la que se aísla de todo lo trivial, ensanchando dicha imagen percibimos al Onésimo futbolista circundado igualmente, confinado en un entorno de excelsitud forjada a golpe de finta y regate. Continuaba Umbral: “Podríamos decir que la literatura es una circunferencia que el escritor traza en torno de sí para singularizarse y, al mismo tiempo, aislarse del mundo” (“Ibid.”, p. 51). He ahí una de las claves de por qué Onésimo no acabó de alcanzar unas cotas de éxito más acordes con su virtuosismo en el manejo del balón: el fútbol es un deporte de equipo y él se desmarcaba en exceso del juego colectivo. Su imaginación ideaba las más fascinantes y caprichosas formas, todas ellas tan chispeantes y deliciosas como poco prácticas si se toma como referencia el objetivo principal del fútbol: meter gol. Onésimo no cultivaba en exceso la línea recta, su espíritu lúdico lo demoraba por entre serpenteantes recovecos que lo alejaban del más diametral resultadismo.

Partidario como es uno de la dimensión más churrigueresca de la creativa manifestación no podía menos que rendir humilde tributo al que fuera un grande del estilo barroco, aplicado este al fútbol. Como entrenador ya le he perdido la pista, no sé si será partidario del “jogo bonito” o habrá optado por pasarse a la imperante practicidad.

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