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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Diego Vadillo López

(Madrid, 1977) es escritor, profesor de Lengua Castellana y Literatura, politólogo y crítico independiente de Arte y Literatura.


Licenciado en Ciencias Políticas y doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, habitualmente, sobre todo desde 2010, promueve [y colabora en] distintas actividades de índole cultural o académica, como presentación de libros, comisariado de exposiciones, participación en recitales poéticos y conferencias relacionadas fundamentalmente con el Arte y la Literatura; también publica con asiduidad en distintos medios artículos de análisis político, artístico o literario.



Email: diegovadlop@gmail.com
Diego Vadillo López
Últimos textos publicados
Por qué lo llaman controversia cuando habrían querido decir globo sonda
Una estratagema que buscaría sondear cómo son recibidas ambas fórmula
Desde que Pablo Iglesias declamase el otro día en un acto de campaña de las autonómicas gallegas, a modo de declaración de principios (o meramente de intenciones), algo así como que era bueno dar miedo a según qué rivales políticos, además de a sus aledaños entornos, y su correligionario Iñigo Errejón refutara en Twiter tan aventurada aseveración mostrándose a su vez partidario de unas más aticistas fórmulas, unos y otros medios informativos se han referido a tal “controversia” infiriendo fracturas, disensos, intestinas batallas… y demás fórmulas conflictuales, lo que ha venido muy bien a los adalides de la nueva política toda vez que dicha aireación les ha de poner en la pista del éxito de una u otra variante en función del calado de las mismas en la opinión pública.

Vamos, que lo que se nos ha endilgado como transparente forma de confrontar estrategias es, en puridad, una estratagema que buscaría sondear cómo son recibidas ambas fórmulas. Todo sería, al fin, una manera de tomar el pulso a la ciudadanía, cosa que lo que vendría a revelar no sería sino un manifiesto rasgo de narcisismo muy propio de la política de otrora, de esa de la que tanto dicen querer desmarcarse. ¿Por qué digo esto? Pues porque todo lo que sea urdir argucias para obtener réditos electorales en lugar de dedicarse enteramente a tratar de articular los intereses del pueblo, priorizando a los más castigados por las circunstancias, será contribuir a la engañifa en que ha quedado instituida la política desde hace ya mucho.

Lejos de estar presentes a toda hora allá donde la “plebe” sufre los rigores de los más duros escenarios sociales, se dedican a la política de salón, conspirando no solo contra el rival político, sino también internamente. Así las cosas, la última añagaza ha sido la de crear una ilusión de transparencia a través del conducto virtual (que es de lo más cómodo y profiláctico) consistente en postular dos procedimientos: (1) la fórmula Iglesias, más expeditiva y sin complejos, y (2) la fórmula Errejón, más ponderada y seductora. Se da, así, un mensaje de unidad desde la diversidad posibilitando, al tiempo, que gentes de distintas sensibilidades se sientan atraídas por uno u otro agente al mismo redil: por un lado los más ortodoxos izquierdistas y por otro los que se mueven en áreas más “de centro”. El contar con Errejón viene a otorgar la posibilidad de liberar a Iglesias de la esquizofrenia que venía mostrando en los últimos tiempos y que hacía recordar a aquella canción de Teresa Rabal que implicaba no poca exigencia física por basarse en la exhortación, al generalmente joven auditorio, a seguir el mandato de un estribillo que decía reiteradamente: “Me pongo de pie, me vuelvo a sentar”. Las consecuencias eran agotadoras, como agotadores son los cambios de premisas de los actuales líderes políticos, al quererse (desde todas las formaciones, sin excepción) abarcar a cuanto mayor espectro electoral.

Asistimos a un continuo “twist” político-programático.

Entre las motivaciones argüidas cuando de justificar el telemático intercambio dialéctico se trataba, se apuntaba, como hemos indicado más arriba, la transparencia, una transparencia que queda anegada en los lodos de una sinceridad táctica, apócrifa. Nada nuevo bajo el sol. Lo que se quería meramente era realizar la testación de la atmósfera en aras de direccionar las campañas en una u otra de las orientaciones antedichas.

El profesor Jorge Verstrynge (compañero de viaje de Podemos) venía a apuntar el pasado 21 de septiembre en el programa Al Rojo Vivo que la postura de Iglesias estaba en los parámetros fundacionales de la formación, ya que esta fue concebida para defender a los más débiles, adoptando la función del tribuno de la plebe, premisa esta que si se analiza en profundidad se puede antojar indeseable por lo humillante de su trasfondo: y es que el pueblo más que un defensor segregado de ella quizá necesitaría más bien que se la tuviese realmente en cuenta y se luchase por darle verdadera participación en la cosa pública. Ese debería ser el mandato imperativo al que habría de atender un partido como Podemos: bogar por abrir “realmente” las instituciones a la participación ciudadana en lugar de buscar unas bases electorales que apuntalen el egocentrismo de unos pocos. Resulta curioso como unos y otros dentro de Podemos empiezan a buscar flancos de influencia: las “ex” de los dos contendientes en la tan traída y “¿controvertida?” disputa dialéctico-telemática, Tania Sánchez y Rita Maestre, se han postulado no hace mucho para liderar el partido en Madrid en lo que empieza a parecer un juego de dinastías, o de tronos, mejor, dado que a muchos de ellos les apasiona una serie con ese nombre.

Teniendo en cuenta lo difícil que se antoja cambiar las tornas de la lógica política vigente, cabe decir que no es lo mismo que gobiernen unos u otros, es cierto que al menos hay diferencias de matiz, pero en lo que parecen coincidir todos, incluso los más opuestos contendientes, es en el juego estratégico por imponer sus respectivas improntas. En el caso que nos está ocupando, los protagonistas han tirado de sutileza para encauzar la esquizofrénica deriva que los planeaba optando por integrar las dos vertientes más pujantes y electoralmente rentables de sus propuestas programáticas, tratando de obtener, de recuperar, esa legitimidad que paulatinamente se ha ido diluyendo a medida que iban siendo asimilados por esa clase política ya vigente antes de su adviento.

Una vez adheridos a los ámbitos del privilegio que otorga el ser representantes políticos, se dedican a lo que ya se venían dedicando otros: realizar cálculos probabilísticos en pos de conseguir las mayores cotas de apoyo ciudadano y buscar sendas de perpetuación, haciéndonos ver que unas u otras maniobras en realidad atenderían a un grande interés por el pueblo al que representan. Y mientras tanto, el resto seguimos quedando instituidos como meros observadores. Ante tales premisas cabría abogar por un sistema que nos diese entrada a todos en el juego político, pues para ejercer como meros observadores, o contemplativos invitados de piedra, ya tenemos los recintos de artística exhibición del eje Prado-Recoletos, una opción mucho más edificante, sin duda, cuando de mirar obras se trata. Obras de arte; no obras sustentadas en ciertas malas artes.
viernes, 23 de septiembre de 2016.
 
Honestidad por encima de Talento
Los tiempos actuales reclaman y reivindican a toda hora un talento que no es tal
Otorgamos corporeidad a una fantasmagórica “existencia­photo­shop”. El narcisismo que contempla a nuestras sociedades en la actualidad lanza al ciudadano a un banal inconformismo que lo lleva a la continua impostura en un grado sin precedentes. No conformes con ser lo que somos, nos lanzamos a aparentar ser lo que no somos pero que nos gustaría ser, contribuyendo a posibilitar un panorama en el que la Honestidad cotiza muy a la baja.

El mundo está encanallado en términos globales así como en cada uno de los compartimentos en que se distribuye la humana sociabilidad. Quizá el diagnóstico de esta enfermedad que viene corroyendo el coparticipado devenir de la especie sea lo más fácil de establecer, pero la implementación del tratamiento, paliativo o curativo, ya se antoja otro cantar.

Valdría con aplicar al tejido social el ungüento de la Honestidad. Todo está pervertido por no sustentarse en la susodicha Honestidad. La Política, práctica a la que queda subordinado el manejo de las humanas comunidades se basa, incluso en las menos desapacibles experiencias, en la mentira, una mentira germinal enraizada en la noche de los tiempos, cuyas burdas ramificaciones han alcanzado nuestro contemporáneo vivir.

La estafa no sorprende porque ha adquirido cuerpo de convención en muchos casos.

Los procesos electorales son espectáculos, pintorescos pese a lo convencionales, en los que una serie de facciones mienten y difaman en su persecución del objetivo que es detentar cuanto mayores cotas de poder e influencia en contra del bien común. Muchos de estos inmersos en tan falaz activismo no son gentes especialmente brillantes, matiz que al menos otorgaría un razonamiento algo socorrido a quienes bogan por apuntalar esa dinámica.

La sociedad que llevamos siglos construyendo integra la mentira útil, piadosa, necesaria... como un valor ineludible, como píldora social necesaria para la sobrevivencia.

Ahí está el primero de los males que siguen sin dejar de degradar nuestra vida común.

El éxito está bajo sospecha. Que un atleta obtenga determinadas marcas “sobrehumanas” puede deberse a una vida de sacrificio o a lo anterior sumado a una serie de ayudas farmacológicamente ilícitas. Que un artista o un profesional goce con determinados favores promocionales puede deberse bien a su talento y genialidad, bien a una serie de previas habilidades en otras lides. Y ni que decir en la ya aludida esfera político­administrativa...

Se nos vende habitualmente a la contrabandista usanza un talento indeseable, indeseable por lo falsario. Por eso se nos antoja más deseable un aurea mediocritas sustentada en la Honestidad, lo que no quiere decir que reneguemos del talento, sino que lo que deseemos sea aquella aptitud que se erige sobre la conducta honorable, esto es, el talento de verdad, no el de plástico.

La vida está bajo sospecha.

La vida aúpa lo real y lo simulado, abocándonos a asumirlo todo en el mismo paquete por no sustentarse esta, en los ámbitos en que se distribuye, en la Honestidad.

Uno prefiere, si no acceder a lo mejor, sí saber al menos que se está resignando a otras vías conducentes a productos o entornos de menor presteza o relevancia pero dignos al cabo y claramente explicitados.

Lo egregio es lo que se ha sabido situar en los estantes más prestigiados del comercio en que ha sido instituida la vida toda. Por ejemplo, no necesariamente el más reputado catedrático ha de ser necesariamente el más eficaz docente, pudiendo haber llegado a brillar por haber maximizado una serie de recursos y posibilidades, habiendo podido llegar a ser un intelectual de cierto fuste, e incluso mediático, por tener claro que siendo un honesto impartidor de conocimientos e indagador de saberes meramente no se medra de la misma manera que arrimándose a determinadas gentes o entornos de influencia.

Las bases de la vida político­social no están establecidas con arreglo a parámetros de Honestidad, sino de oportunismo, que es el traje terminológico que viste a la deshonestidad en muchas de sus comparecencias.

Así las cosas, otros valores como la competitividad o el esfuerzo quedan desprovistos de verdadera significación, pues todo va envuelto en el sinsentido de una lógica fundada en el trampantojo.

Si las distintas actividades que la especie humana desarrolla fueran precedidas por una cierta vitola de honestidad, la vida contrarrestaría ostensiblemente la infección de que está aquejada. La falibilidad no necesariamente mermaría, pero al menos sería perdonable por ir avalada por la buena voluntad.

La desconfianza mutua, justificable por otra parte, hace dura la vida, como dura ha sido siempre, si echamos la vista atrás en muchos siglos, casi desde que tenemos conciencia de habitar sobre la corteza terrestre.

Ciertamente, los seres humanos estamos sujetos a las pasiones de toda índole, pero también es cierto que la humana conducta asimismo está condicionada por los hábitos adquiridos e interiorizados colectivamente, por lo que una puesta en valor de la Honestidad incidiría en mucho en la forma de dirigir la vida a todos los niveles. Quede esta apreciación al menos como fútil deseo destinado a diluirse cual una brizna casual o un nimio destello en la cegadora inconmensurabilidad en que nos desenvolvemos.

Bien establecida la convivencia global sobre la Honestidad sería el momento para empezar a valorar el verdadero talento en todos los órdenes. Mientras esperamos vanamente ese momento, seguiremos sumidos en el cenagal del apócrifo vivir, ese que otorga prebendas y dignidades a gentes que le usurpan la gloria a quien no tiene la habilidad de saber prosperar pícaramente, esto es, que no gozan de ese otro talento malversado.
miércoles, 14 de septiembre de 2016.
 
 
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