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Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
Las verdades del barquero están en la obra umbraliana

Le apuntaba a Carlos Dávila, cuando este lo entrevistara tiempo ha, Umbral, que no lo incomodaba que lo calificasen de “rojo”, y añadía que dicho color, no en vano, era rico en matices. Al ser inquirido por el periodista al respecto de los tonos de la susodicha gama cromática en que supuestamente él habitaría, el literato respondió que se hallaba sito en un rojerío entre melancólico e intelectual. También comentaba, en uno de esos tropológicos alardes tan suyos, que la izquierda era como una novia con la que te habías citado en una esquina y que cuando acudías no estaba. Mucho se dice que Umbral inventaba y ficcionaba en demasía todo lo que escribía, incluso aquello elaborado en clave autobiográfica (una nada desdeñable parte de su obra). No estoy de acuerdo. Umbral era fácil de entrever espiritual y humanamente en su escritura. E incluso en sus públicas comparecencias. Ahora bien, hay que leerlo cumplida y aprehensivamente, pues, si no, nos quedaremos en la superficie. De hecho, a Umbral se lo ha ubicado en distintos bandos político-ideológicos, por escribir en este o aquel lugar o por opinar así o asá de tal o cual coyuntura o sujeto.

Pero Umbral fue ante todo un ser libérrimo; un librepensador sin ambages. Cosa complicada en tan banderizo país, en el que hay que posicionarse sí o sí. Umbral no fue un rojo ortodoxo, ni un indolente burgués, ambas cosas eran aderezos de ocasión estatuidos en aras de obtener efectividad estética y de fondo en su escritura. Efectivamente, Umbral ha sido uno de los grandes glosadores de esa nuestra realidad histórica nacional que va desde los setenta a los albores del siglo XXI. Frecuentó durante los años de la Transición a todos los que acabarían siendo auspiciadores y personajes de relumbrón de/en la entonces naciente democracia. También trató a numerosos literatos y artistas de todo pelaje. Y, al fin, el testimonio que fue dejando de todo y de todos fue (estoy convencido) el que le dictaba su propio criterio (que no era cualquier criterio). Nunca se casó definitivamente con nadie, salvo con su santa (España Suárez), y no por osquedad ni por espiritual oquedad, sino por profundamente independiente, y por incurablemente desengañado. Quien tanto transita, y, asimismo, con tantos trata, ha de acabar, indefectiblemente, asilado en el desengaño, cosa muy saludable, por otro lado, a efectos de una vasodilatadora toma de distancia con el mundo en derredor. De todos los personajes o sucesos de la vida político-social española podía, don Francisco, en un momento dado, hacer una loa o, igualmente, un escabroso epigrama, execrando cualesquiera conducta o actuación, cosa que resulta en puridad más honesta que militar, al albur de espurios intereses, contra viento y marea, en una determinada adscripción o posicionamiento, defendiendo a quien por ello te beneficiará (cosa sempiternamente vigente). Con respecto al dandismo, en efecto gustaba de atildarse y comparecer en sociedad sobre la contrabasa de una imagen elaboradamente instituida, decadentista (mediante la que también tomaba distancia de lo cutre-vulgar y de lo cutre-pijo). Que tenía razón al obrar así lo demuestra el hecho de que haya pasado a la historia como un auténtico icono. La estampa umbraliana es harto reconocible. Ha quedado. Ahora bien, allende el alterne con determinadas gentes de la alta sociedad, Umbral fue, como decimos, un intelectual independiente de gustos y hábitos no demasiado suntuarios que siempre enunció-denunció las más arduas situaciones que contemplaba en la calle y leía en la prensa. Léase el siguiente pasaje:

“En el Gran San Blas, al este de la ciudad, viven actualmente doscientas cincuenta mil personas. Una ciudad como Valladolid, por ejemplo, cabría en el Gran San Blas. Imagínense ustedes un Valladolid de chabolistas, obreros metalúrgicos, traperos e industriales modestos. Cuando se inauguró aquello, hace años, llevaron allí a las gentes de las chabolas, que nunca habían vivido en una casa vertical. El problema de la mayoría de estas familias era el borrico” (“Amar en Madrid”, Planeta, 1972, p. 42).

Para atisbar más certeramente la umbraliana sensibilidad hay que leerlo e interpretarlo sin banderiza pasión, más allá de esa suscitada por la fascinadora corriente de estéticos hallazgos que acostumbraba a poner en liza en cada pasaje de sus escritos. Umbral fue un lúcido-lúdico intelectual que hizo la más sugerente literatura con todos los ingredientes contenidos en esa olla a presión que es nuestro país, sin discriminación de temas, personas y asuntos, pues el rojo melancólico-intelectual que dijo ser tras ser indagado al respecto por el entrevistador, dejó un inabarcable manifiesto literario. Las verdades del barquero están en la obra umbraliana si se lo lee con cumplida voluntad indagatoria y de manera desprejuiciada.

Artículos del autor

“Donde las diablas bailan boleros” (Calambur, 2004) es la obra que más hondamente me ha tocado la fibra en los últimos tiempos, y ello sin haber estado en el espacio que refiere ni sentir una especial inclinación hacia este, lo cual añade mérito a la mentada obra, capaz, ya les digo, de suscitar acentuada conmoción en quien esto les escribe.

El célebre poeta visual Chema Madoz expone en el Jardín Botánico de Madrid algunas de sus más insignes obras fotográficas en el marco de la muestra “La Naturaleza de las Cosas”, evento comisariado por Oliva María Rubio. Madoz es un fino artesano de la analógica fotografía y un audaz ingenio creativo.

Tiene un libro de epístolas Herrera, “Cartas de ajuste” (Belacqva, 2003), en el que remite misivas a distintas gentes del famoseo patrio (patrimoniales y allegadas) siguiendo una alfabético-onomástica lógica, esto es, los sitúa en el índice en el orden alfabético a que los aboca la inicial de sus respectivos nombres de pila o apelativos.

Semanas atrás, cuando los parques aún permanecían precintados como consecuencia de las medidas implantadas para enfrentar la pandemia, pasé en un momento dado por adyacentes aceras al parque del Retiro y quedé fascinado ante la rozagante naturaleza que se desplegaba desmelenada y exuberante por demás merced a no haber sido acometida por los operarios que, a la sazón, son los responsables de que los visitantes hallemos siempre un ajardinamiento.

Un espíritu vivaz como el de Calderón supo entrever en una época tumultuosa como la suya ciertos rasgos susceptibles de ser emparentados con lo onírico, y sobre tales cosas, sobre si estamos adormecidos cuando creemos vivir y asuntos así, teorizó, al cabo, en su intemporal obra.

En plena debacle pandémico-económica siguen empecinados los proliferantes “comentarólogos de todo” en seguir desplegando sus malos augurios económico-financieros; olvidando por un momento que hay una crisis sanitaria que a todo se impone, para la que también piden medidas.

En tiempos agrestes, la lectura abriga. Releyendo el ensayo de Ortega y Gasset “El espectador” (Salvat, 1970), me detuve en el siguiente pasaje: “Cuando no hay alegría el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil”.

Ángel Antonio Herrera es un poeta introspectivo y discursivamente intrincado, para lo que se vale de una sintaxis dispuesta a la manera de los nudos marineros: hermosamente embrollada, lo que da lugar, al fin, a poemas que vienen a ser un bello y complejo epítome versal.


 
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