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Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
Hoy se hace especialmente difícil discernir entre lo edificante y lo macabro
No hace mucho, el artista otrora conocido como “El Follonero”, a la sazón Jordi Évole, instó de manera finamente delusiva a incursionar en un nada desdeñable atolladero al actual alcalde de Cádiz, José María González, Kichi, no en vano la pericia dialéctica del siempre asertivo y sagaz periodista acostumbra a poner en difíciles encrucijadas a quienes acceden a encontrarse con él, caso del mencionado alcalde gaditano.

Quedé gratamente patidifuso cuando frente al televisor fui testigo de las palabras de José María González ante las emboscadoras preguntas de Jordi Évole, y empleo el adverbio “gratamente” porque eso quiere decir que aún albergo en mi interior alguna capacidad de sorpresa. Évole le sacaba a relucir el hecho, sobradamente conocido ya por el Alcalde, de que en los astilleros de la ciudad cuyo bastón de mando ostenta se iban a fabricar unas fragatas de guerra las cuales serían vendidas a Arabia Saudí, un país no demasiado afecto a ciertas libertades y derechos fundamentales. Ante tan palmaria constatación, la tez de González empezó a congestionarse mientras se esforzaba en hacer uso de ese recurso tan socorrido de la irremediabilidad (el “fatum”, que decían los griegos clásicos). Aducía, por tanto, una irremisible avocación a la toma de tan controvertida decisión consistorial por urgirles la durísima situación de paro que azota no solo a la ciudad, sino a la provincia. Bien. También advertía que le repugnaban los regímenes dictatoriales y todo eso. Bien. Y además le reconocía a Évole que quien malograse la oportunidad que se les había brindado no podría volver a presentarse al cargo porque nadie lo votaría. Asimismo, en una huida hacia adelante, aseveraba que el problema de conciencia que se le había presentado sería inimaginable en un partido como el PP, que carece de la susodicha.

Ante tan breve pero estremecedor fragmento televisivo traté de ponerme en la piel y en la circunstancia de Kichi. ¿Qué haría yo ante semejante trance? Y cuando creía responderme lo hacía de manera decepcionante; de ningún modo quedaba satisfecho, toda vez que no quería ir por la vía del discurso fácil y autocomplaciente. Es muy duro lidiar alalimón con el hambre de tus conciudadanos y con los principios que te han llevado en no desdeñable medida a obtener un cargo de responsabilidad mediante el que, para paliar en parte dicha hambre municipal, tienes que operar muy de otra manera que la prometida y enarbolada hasta la saciedad.

José María González temía cerrarse el paso a la reelección, cuando se supone que el apego al cargo no es cosa que ataña a lo que viene dándose a conocer como nueva política. A lo mejor no sería reelegido pero pasaba a la historia con mayúsculas y generaba un efecto dominó en otras instituciones y países por hacer ver lo injusto y absurdo de la disyuntiva… No… eso son delirios míos. Y otras conjeturas más de tal tenor me acompañaron instantes previos a conciliar el sueño, insatisfactorias todas, como digo; bueno… salvo una: le habría quedado a Kichi el recurso, tan democrático, del referéndum. ¿Por qué no pregunta a los gaditanos si quieren seguir adelante con el asunto o no? Eso no habría de aliviar la conciencia del mandatario, pero al menos tendría el consuelo de haber otorgado al pueblo la posibilidad de decidir su destino colectivo en un asunto tan delicado y relevante para todos, sacando más a la palestra la importancia del mercado armamentístico en el mundo y lo que tal comercio genera.

No obstante, vivimos tiempos harto confusos. Muchas cosas que hacemos de manera cotidiana pueden estar afectando a gentes de otras latitudes de nuestro globo terráqueo, pues al estar las finanzas globalizadas y no otros aspectos de la humana convivencia, según donde se habite se tiene un más o menos fácil acceso a ciertos niveles de vida.

Y a tamaña confusión contribuye el actual maridaje que se viene produciendo entre falacia y realidad, mejunje aupado por la revolución acaecida en las comunicaciones. La vida parece muchas veces sueño calderoniano. Adolfo Muñoz lo escribía en “El País” en un artículo titulado “Posverdades” (2-2-17, pág. 15): “No hay verdad más intensa que la expresada en el “Quijote”; ni hay mentira más flagrante que los sucesos de los tabloides”, y seguía: “Lo irreal es cada vez más real. Los efectos especiales recrean lo imposible; los dibujos animados cobran una tercera dimensión; la ficción se vuelve ensayística y el ensayo se vuelve ficción. Con Photoshop, la fotografía pierde su carácter testimonial y se convierte en obra plástica. Y la mecánica cuántica nos enseña que la realidad es inaccesible”. Además, a través de las redes, tablets y demás artilugios se habla, se habla sin parar y sin decir nada en esencia. Se da hoy una bulimia del hablar por hablar, por no callar. Máriam Martínez Bascuñan también lo expresaba afinadamente en “El País”: “Vivimos en un momento de discursos, pero de pocas narraciones formadas. La ausencia de narrativas que den cuenta de dónde estamos o hacia dónde nos dirigimos explica en buena medida el ritmo acelerado de las transformaciones contemporáneas sin que lleguen a solidificarse en alguna cosa. También revela el desarraigo vital circundante, la conciencia de la pérdida del lugar que se ocupaba en el mundo, la identidad disuelta. Cada vez que tratamos de explicar algún fenómeno, alguna paradoja, inmediatamente debemos desmentirla” (Cf. “Narrar el mundo”, 6-3-17, pág. 11).

La alienación hoy viene impuesta por los seductores automatismos a que somos conducidos y abocados, que nos privan de desarrollar reflexiones con una cierta enjundia, o avizorar el panorama con una mínima perspectiva. Los impensados resortes de que disponemos lejos de liberarnos siquiera de las más pedestres cadenas que nos sujetan, nos agarran más a la mentecatez. La solidaridad se enuncia, las lacras sociales se denuncian, pero todo, salvo honrosísimas excepciones, como vana puesta en escena. Y precisamente en esa clave interpreté yo el artículo de Felipe González que publicó “El País” el pasado lunes 6 de marzo, titulado “Trump: los muros de su cerebro” (pag. 13). En este artículo el expresidente no hacía sino ver la paja en el ojo ajeno. Empezaba afirmando: “La política como gobierno de espacio público que compartimos está atrapada entre la arrogancia tecnocrática y la osadía de la ignorancia”, ante lo que cabría preguntarle: “¿Eso es solo ahora o viene ya de lejos?”. Y seguía, más adelante, el tiempo ha célebre estadista, lanzando la siguiente pullita a los nuevos sobretitulados ejercientes de la política: “no deja de preocuparme la arrogancia distante de estos supuestos sabios que nunca explican sus errores, porque para ellos es la realidad la que falla”, apunte tras cuya lectura pensé que González es en el momento en que trata de describir a otros a los que no profesa especial simpatía cuando mejor traza su propia semblanza.

Y continuaba hablando del “autócrata que se siente por encima de las instituciones, que desprecia a su propio pueblo”, apreciación sobre la que podría preguntársele a nuestro histórico estadista: “¿Quiénes suelen posibilitar el adviento de gentes como la que denosta no sin razón?”.

Terminaba al fin su artículo el célebre exmandatario socialista de la siguiente manera: “La democracia no garantiza el buen gobierno, pero nos permite cambiar al que lo hace mal. Por eso, a la larga, es siempre mejor. ¡Mantengamos la esperanza!”. Ante semejante final podría apuntar muchas cosas, pero me limitaré a aludir a dos detalles que me han sobrecogido: por un lado se espera algo más de un político de su trayectoria, alguna aportación más sustanciosa y no una manida entronización de lo obvio. Por el otro, dado que termina con una apelación a la Providencia, si se recapacita convenientemente acerca de tal detalle habría que echarse las manos a la cabeza, pues si quien se mueve en tan relevantes ámbitos de influencia la única vía de solución a los males del sistema global que entrevé es tener fe, apañados vamos.

Los anteriores ejemplos aquí traídos son casos concretos que me han hecho reflexionar sobre esta vida extraña en que nos movemos, cada vez más imposibilitados para discernir entre el bien y el mal, entre lo real y lo recauchutado, entre lo edificante y lo macabro…

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