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Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
Releer a Unamuno es edificante porque nos legó ciertas afinadas claves para entender nuestro país

Releyendo el unamuniano texto “Sobre el marasmo actual de España” quedé fascinado (como siempre que releo a cualquiera de nuestros grandes clásicos, por otro lado); sí, preso resulté de una fascinación producto del atisbe de una porción del fino y profundo temperamento intelectual del eminente éuscaro, tan preclaro y visionario las más de las veces... Gozaba no en vano dicho ensayo de tal viveza y frescura, que parecía hacer referencia a la España de nuestros días.


Los acontecidos que se van sucediendo vertiginosamente y que gozan en los medios informativos (¿o meramente opinativos?) de innumerables glosados del más falaz tenor en su mayor parte, fueron el motivo por el cual se me antojó cerebralmente vasodilatadora la relectura de determinados pasajes de “En torno al casticismo”, ya que en estos, abordando Unamuno la situación nacional panorámicamente, hace posible su trasplantado a nuestros días, ya que la sociedad española ha tenido a bien preservar ciertas dinámicas (cual si de una macabra deferencia hacia nuestro noventayochista se tratase, de cara a otorgar vigencia a sus hondos pareceres).


Escribía, por ejemplo, don Miguel: “En esta sociedad compuesta de camarillas que se aborrecen sin conocerse, es desconsolador el atomismo salvaje de que no se sabe salir si no es para organizarse férrea y disciplinariamente con comités, comisiones, subcomisiones, programas cuadriculados y otras zarandajas”. Se refiere, asimismo, Unamuno al “maniqueísmo intraoficial”, añadiendo más adelante: “Extiéndese y se dilata por toda nuestra actual sociedad española una enorme monotonía, que se resuelve en atonía, la uniformidad mate de una losa de plomo de ingente ramplonería”.

Sin conocer la revolución que han supuesto las redes sociales, nuestro escritor afirmaba lo siguiente: “Es un espectáculo deprimente el estado mental y moral de nuestra sociedad española, sobre todo si se la estudia en su centro. Es una pobre conciencia colectiva homogénea y rasa. Pesa sobre todos nosotros una atmósfera de bochorno; debajo de una dura costra de gravedad formal se extiende una ramplonería comprimida, una enorme trivialidad y vulgachería”. Y seguía: “Bajo una atmósfera soporífera se extiende un páramo espiritual de una aridez que espanta”.


En el siguiente pasaje se refería a la miseria en términos económicos e intelectuales: “La pobreza económica explica nuestra anemia mental; las fuerzas más frescas y juveniles se agotan en ‘establecerse’, en la lucha por el ‘destino’”. Y mientras esto sucede, acaecen cosas como la oportunista revisión del léxico, que no ha de ser reflejo de la vida, sino que de manera artificial hay que reinventarlo al dictado de ciertas sensibilidades que, viendo que no pueden abordar más interesantes empresas, tiran de demagogia reconviniendo a los académicos, con lo que ha costado tener una institución que preserve tan inmaterial legado. Ussía fue uno de los que mejor explicó el absurdo al que se llegaba cuando una portavoz parlamentaria usaba el término “portavozas”, aduciendo reivindicativas razones vinculadas a la igualdad de género. Ussía apuntaba certeramente lo siguiente: “Una portavoz parlamentaria está obligada a distinguir entre un morfema y un lexema. Portavoz es una palabra compuesta a partir de dos lexemas. Y curiosamente, el segundo lexema ‘voz’ ya es femenino. La voz, las voces. El albornoz es masculino, como el arroz. Pero nadie acude a la playa con albornozas, ni solicita para comer un plato de arroza […] El masculino y el femenino de portavoz lo determina el artículo”. 


Y aducía además Ussía que si se usa “portavoza” para ellas, habría que utilizar “portavozo” para ellos. Otra cosa será revisitar determinadas acepciones de ciertos vocablos o expresiones, pero ya se sabe que los códigos no se reforman con la agilidad con que uno cambia de “look”. Ahora bien, todo vale en la lucha por el “destino”. Al final, como siempre que nos introducimos en tales berenjenales incursionamos también en cierta desolación, porque, como escribía Unamuno en el artículo al que nos venimos refiriendo: “Es una desolación; en España el pueblo es masa electoral y contribuible. Como no se le ama, no se le estudia, y como no se le estudia, no se le conoce para amarle”.


Ah, por cierto, ¿qué diría don Miguel de lo de Cataluña, de lo de las pensiones, de lo del presumible desplante de doña Letizia y del máster de la señora Cifuentes?

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