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Diego Vadillo López
Diego Vadillo López
Las democracias occidentales han sumergido sutilmente a la ciudadanía en una ceremonia de la confusión

Exponía Andy Chango concisa y lúcidamente unas consideraciones acerca de la democracia española que podrían hacerse extensibles a cualesquiera democracia occidental del momento presente:


“La corrupción, la injusticia social, el mal reparto de la riqueza, son problemas que se vienen dando desde que se inventó la democracia. Y se lo dice alguien absolutamente partidario de la democracia y que tuvo la ocasión de conocer la dictadura. Creo que los círculos del poder pervierten a quien sea. Tú puedes salir con las mejores intenciones, pero una vez que tienes tu escaño, al final sois igual que el otro. Da lo mismo que seas del PP, del PSOE o de Podemos, todos van con chófer, cobran el mismo sueldo y viven de puta madre. El resto es la gente de a pie” (1).


Ahí estaría el quid de la cuestión, en el acceso a una serie de ámbitos de poder de determinadas personas que indefectiblemente pasan a ser “otros” que los que eran antes del tránsito de una esfera a otra.


Algún veneno ha de inocular el ejercicio político cuando tanta resistencia suelen ofrecer los detentadores a abandonar la singladura; muchos, de hecho, son apartados por la Parca no habiendo conocido otro empleo anterior o posterior a la estancia en los entornos de alta gestión política. Y es que a las sinecuras consustanciales a los cargos políticos se une la eclosión de los personales narcisismos de muchos modregos personajes que de otra manera no serían objeto del menor interés por parte de nadie y que así se les requiere con asiduidad para participar en los más diversos programas de radio y televisión, esos que abordan de manera tan vehemente como superficial la candente actualidad.


Cabe pensar, a tenor de lo que se lee y se oye, que estas gentes, en su mayor parte, andan por tales trochas para buscarse un pasar, no siendo desacertado eso a lo que se llama “vocación política”, ¿quién no tiene vocación de ostentar un cargo que de tantos privilegios dota al ejerciente? Habría, en efecto, una vocación de acceso a ciertas prerrogativas.

Se habla mucho de luchas fratricidas entre candidatos que libran contiendas por el poder intrapartisano, que inciden en un mayor nivel de democratización partidista, así como de otras cosméticas o impresentables prácticas cotidianas que llenan espacios mediáticos y nos entretienen de un modo casi folclórico, pero no se llevan a cabo hondas reflexiones (panorámicas y “largoplacistas”) que indaguen en las esencias de un sistema que cada vez se nos va, más y más, de las manos.


Sintomáticas eran las palabras del profesor Fernando Rey: “Los intelectuales han huido de los partidos: ya solo hay expertos en comunicación. El parlamento real, es el que está en los platós de las televisiones, y los otros, los formales, sirven para teatralizar las discrepancias según un guión prefijado” (2). No en vano tal cosa atendería a que “Las cúpulas de los partidos corren el riesgo de convertirse en sectas especializadas en asaltar el poder y mantenerse en él. Los ciudadanos, e incluso los militantes de base, asistimos atónitos e impotentes […] a las luchas de clanes dentro de los partidos” (3). Joaquín Costa, en el marco de un sistema más “berroqueño” que el nuestro, emitía juicios semejantes: “eso que complacientemente hemos llamado y seguimos llamando ‘partidos’, no son sino facciones, banderías o parcialidades de carácter marcadamente personal, caricaturas de partidos formadas mecánicamente, a semejanza de aquellas otras que se constituían en la Edad Media y en la corte de los reyes absolutos” (4). Ya en los tiempos analizados por Costa se podía entrever un estado de las cosas y a una clase política no muy diferentes a los actuales en ciertas esencias:

“a un lado, un millar de privilegiados que acaparan todo el derecho, que gobiernan en vista de su interés personal, confabulados y organizados para la dominación y la explotación del país, siendo más que personas “sui juris”; a otro lado, el país […] para quienes no ha centelleado […] el santo principio de la igualdad de todos los hombres ante la ley” (5).


Algo muy distinto a lo que José Ignacio Torreblanca apuntaba que había de ser la función de un partido en el marco de un sistema democrático: un instrumento cuya finalidad sería tratar de articular los intereses comunes; no ser un fin en sí mismo, lógica que está incidiendo en su deslegitimación y, por ende, en la del Sistema (6). Se ha venido produciendo en los últimos años una paulatina y patente degradación de la “auctóritas” política en los sistemas democráticos occidentales. Y esos a los que Josep Ramoneda llamaba “partidos acontecimiento” (7) tampoco se están revelando como alternativa clara al estado de las cosas vigente.


Los partidos, además, se han acomodado en el susodicho estado de las cosas, se han “conservadurizado” todos, al margen de la ideología y circunstancias de fondo de las que brotasen. Y prueba de que se han revelado preservadores del “estatus quo” vigente es que pueden hacerse acreedores de estas líneas que en su momento la profesora Lourdes López Nieto dedicara a Alianza Popular refiriéndose a esa “actitud relativista que caracteriza a los conservadores […]. El calificativo inmediato sería ‘oportunismo’, pero un conservador entendería que no es más que la disponibilidad a dedicar la atención adecuada a las circunstancias de cada asunto y cada momento. Sin embargo la ausencia de rigidez ideológica es incluso, desde dentro del conservadurismo, un valor positivo” (8). La “falta de rigidez” mencionada es signo claro de estos tiempos veloces y volubles en los que desde las organizaciones hay que atrapar todas las sensibilidades (o cuantas más) tratando de ser lo más sugerente posible cada formación de cara a la opinión pública en cada coyuntura que pudiera presentarse de las susceptibles de atención política.


Baudrillard hablaba del fin de la lógica “opresores-oprimidos” en base a la sustitución de la “revuelta” de otrora por lo que él llama “reivindicaciones victimistas”, porque, a su modo de ver, el antiguo antagonismo se habría disuelto en “un nuevo contrato social perverso por todos aceptado” en el que “todo el mundo es a la vez víctima y cómplice” (9).


Alude el pensador francés a una “complicidad malsana con el estado de las cosas” en la que la ciudadanía quedaría identificada con el Capital y con el Estado alalimón, lo que comportaría un retroceso social, ya que se protege al Capital porque, dada la identificación ciudadano-Capital, si se hunde el segundo, se hundiría indefectiblemente el primero; por eso se rescatan, por ejemplo, grandes corporaciones bancarias con dinero público (10). El ciudadano ha quedado asimilado (fagocitado) capciosamente. Se habría dado, en fin, en nuestras democracias una transferencia de responsabilidad, quedando erigido el ciudadano “accionista del Estado” en lo que Baudrillard alude como “la fórmula perfecta de la interactividad como estrategia de retroceso, para transferir los problemas sobre los que los sufren” (11).

Mientras esto sucede, nos van entreteniendo con el politiqueo nuestro de cada día.


Notas

(1) Pose, G. y Mérida, A. (6-11-2017): “Andy Chango”, “As”, pp. 30-31, p. 31.

(2) Rey, F. (13-4-2016): “La obligación de la verdad”, “El País”, p. 11.

(3) Ibid.

(4) Costa, J. (1984): “Oligarquía y caciquismo”, Madrid, Alianza, p. 24.

(5) Ibid., p. 28.

(6) Cfr. Torreblanca, J. I. (26-9-2016): “La irresponsabilidad política”, “El País”, p. 13.

(7) Cfr. Ramoneda, J. (26-4-2015): “Fin de época”, “El País Domingo”, p. 13.

(8) López Nieto, L. (1988): “Alianza Popular: estructura y evolución electoral de un partido conservador (1976-1982)”, Madrid, CIS.

(9) Cfr. Baudrillard, J. (1998): “El paroxista indiferente. Conversaciones con Philippe Petit”, Barcelona, Anagrama, p. 90.

(10) Cfr. ibid., p. 91.

(11) Ibid., p. 92.

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