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David Miranzo Sánchez
Las cartas del deporte
David Miranzo Sánchez
El manacorí vuelve a ser el tenista que maravilló a todos en 2010. Los cambios introducidos en su tenis durante la pretemporada dan sus frutos, pero es en el aspecto mental donde Rafa se convierte en indestructible
Rafael Nadal Parera acaba de escribir otro episodio más en su brillante historia como tenista profesional. Y esta vez no ha sido gracias a un título, sino por una derrota ante el número 1, Novak Djokovic, la séptima consecutiva, en la final del Open de Australia. Una de sus derrotas más duras en un partido soberbio de ambos tenistas que se prolongó durante cinco épicos set y casi 6 horas de juego. Parece contradictorio pero es así; Rafa Nadal es tan grande en la victoria como en la derrota.

Nadal terminó la temporada 2011 conquistando la Copa Davis por cuarta vez en su trayectoria, pero con la sensación de que su tenis no estaba al nivel que corresponde al número 2 del mundo. Lo peor, que el propio tenista afirmó públicamente no sentir pasión por su deporte. Las derrotas contra Djokovic le habían minado la moral hasta cortocircuitar por completo su tenis, haciéndole vulnerable ante cualquier rival. También, el hecho de estar siete temporadas consecutivas entre los tres primeros del ránking mundial, la presión por defender cientos de puntos ATP en cada torneo, hacían indicar que Rafa había llegado a un grado máximo de colapso en el aspecto mental.

Con el inicio de la pretemporada, de mutuo acuerdo con su tío Toni, decidió iniciar uno de los cambios que más cuestan acostumbrarse a los tenistas: el cambio del peso del cordaje de su raqueta. Orientado a ganar profundidad en sus golpes para volver a llevar la iniciativa en los puntos, su puesta de largo se produciría en el Open de Australia. Muchas dudas en la cabeza del manacorí que se han ido despejando con el paso de las semanas. El resultado de tanto entrenamiento es que el golpe de derecha vuelve a desarbolar el juego de todo rival como sucedía en el pasado, pero es su cabeza, su fortaleza mental, su resistencia a la derrota, lo que le hace luchar hasta el final y solventar partidos que otro daría por perdido mucho antes.

Las victorias ante rivales menores iban dando moral a Nadal. Así hasta llegar a la hora de la verdad: Federer, primero, y Djokovic en la finalísima. Y Nadal no ha defraudado. Pese a la derrota en una final para la historia, ha vuelto a ser ese tenista que jamás se da por vencido, que nunca da una pelota por perdida y al que nunca ves hacer un mal gesto. Pero lo más importante, ha recuperado el instinto asesino, la mirada del tigre en sus ojos.

Es muy difícil encontrar deportistas que están acostumbrados a ganar que sepan asimilar las derrotas, o que venciendo mantengan el tipo por respeto a su rival. Si, así es Nadal. En una oda al tenis brindada por los dos mejores tenistas del momento, Nadal fue capaz de sonreír ante la derrota y felicitar al campeón. Ahí está el por qué Nadal es un ídolo en todo el mundo. Estamos ante un auténtico campeón, tanto dentro como fuera de las pistas. Nadal pone una y otra vez su calidad humana al servicio de su talento. Es un espejo para la mayoría de la sociedad; ensalza y reivindica valores como el esfuerzo, el compañerismo, el trabajo duro y el respeto a sus rivales.

Para aquellos que dudaban de él, Rafa verdaderamente nunca se fue, pero su regreso al máximo nivel no hace más que aumentar su leyenda. En 2012 sí puede ganar a un Djokovic que se convirtió en su bestia negra la temporada pasada arrebatándole hasta en seis ocasiones un título de Grand Slam y Masters Series. Ahora, la batalla se plantea en las mismas condiciones para ambos tenistas, dos bestias con un objetivo común. La lucha por el número 1 ha comenzado. El mejor Rafa Nadal está de vuelta. El tenis está de enhorabuena.

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