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César Valdeolmillos
César Valdeolmillos
“Quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro”. Adolfo Suárez

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, quiere crear dos nuevos impuestos para ayudar a costear el gasto de las pensiones. Uno que gravaría las transacciones financieras y otro, “extraordinario”, que se aplicaría a la banca.

Justificó esta decisión en el hecho, de que tras ser rescatada esta última con dinero público durante la crisis, ahora debe contribuir a sostener el sistema público de pensiones.


Son muchos los doctores indoctos que hoy pululan por la plaza de la vida pública dando lecciones de su desconocimiento de cómo no resolver los graves problemas que España tiene planteados y que exigen inminente solución.


Pedro Sánchez es una persona —no he dicho político— demasiado transparente como para calificar su propuesta de hipocresía. Su capacidad intelectual, no creo que le permita el lujo de pensar dos cosas contrapuestas a la vez. Ya sabemos que es un hombre de una sola idea. “No, es no”.


Pedro Sánchez dice lo que su parroquia quiere oír, intentando recuperar el espacio político que bajo sus mandatos ha perdido el PSOE.


La demagogia es una práctica, tan extendida entre la clase política, que constituye una degeneración de la democracia, con la que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de alcanzar o mantener el poder.


Los demagogos sociales, explotando nuestros miedos, hacen promesas en nombre de un supuesto Estado Benefactor y de una política inflacionaria, para seducir a las masas.


Lo peligroso de este proceder, es que aunque la gente no soporta a los embaucadores, siempre los escucha, y no es fácil persuadir de modo convincente a la sociedad acerca del precio que habrá de pagar al final.


Solo cuando se llega a ese término, es cuando tomando prestado un pensamiento de Mario Vargas Llosa, comprendemos que todas las promesas, informaciones, se descompusieron y disolvieron sin que los hechos correspondieran jamás a las palabras. Lo que se hacía y lo que se decía eran mundos aparte. Las palabras negaban los hechos y los hechos desmentían a las palabras y todo funcionaba en la engañifa generalizada, en un divorcio crónico entre el decir y el hacer que practicaba todo el mundo.


Pero para entonces ya sería tarde y el daño irreversible ya se habría consumado.


La demagogia necesita mostrar a los pensionistas una víctima propiciatoria —en este caso la banca— señalándola como la causante de nuestras desgracias. Y como tal, pretenden hacernos creer que aplicándole un impuesto a las entidades financieras, no solo se compensa el esfuerzo que hemos hecho todos asumiendo su rescate, sino que al mismo tiempo se soluciona el problema de la quiebra de la Seguridad Social.


Esto es lo que vienen haciendo hace muchos años. La demagogia se ha convertido en un mal endémico entre quienes se autodenominan políticos, cobran como políticos, ignoran nuestros problemas y juegan con nuestras vidas.


Es un acto de demagogia el hecho de elegir a un culpable, señalarle con el dedo y atacarle verbalmente con amenazas para de este modo sembrar falsas esperanzas entre los más débiles. Y ellos se creen cualquier milonga que les digan que va a solucionar su problema, porque lo necesitan como el aire que respiran.


Resulta increíble que en pleno siglo XXI, todavía vivamos condicionados por razonamientos propios de charlatanes y embaucadores, que aseguran, con una simpleza insensata, que el pobre es bueno porque es pobre y el rico es malo porque tiene más.


Sánchez, con su impuesto a las transacciones financieras, pretende saquear a todo aquel que invierta en bolsa, fondos de inversión, planes de pensiones y plazos fijos. Pretende expoliar el ahorro de los españoles. Nada nuevo para un socialista.


Ante una situación tan grave y preocupante como es la quiebra de la Seguridad Social, es inmoral jugar con el futuro de aquellos que mediante su trabajo han entregado su vida al país.


Sánchez está faltando a la verdad cuando dice que se ha rescatado a la banca. Se ha rescatado a las Cajas de Ahorros, fundaciones de interés social, sobre las que los partidos políticos se lanzaron como buitres al comienzo de nuestra democracia, para controlarlas al servicio de sus intereses y de paso colocar al frente de las mismas a sus paniaguados, con sueldos con los que jamás hubieran soñado.


Fue la utilización política de estas entidades centenarias, tan identificadas con la ciudadanía, la que hizo inviable su continuidad y las llevó primero a fusionarse y más tarde a desaparecer o convertirse en bancos tan imposibles de subsistir que finalmente tuvieron que ser rescatados para evitar la ruina de los mismos.


Sánchez está faltando a la verdad cuando dice que estos impuestos sobre la banca compensarán el esfuerzo realizado por los españoles con su rescate. Por el contrario, haría a nuestros bancos menos competitivos y más pobres a sus usuarios. O de verdad ¿Cree el Secretario General de los socialistas que estos impuestos no serían repercutidos por las entidades financieras sobre sus clientes?


Sánchez está faltando a la verdad cuando dice que con esta medida garantizará las futuras pensiones de los españoles. Dada la magnitud del problema por la evolución tecnológica y social, y la inacción de los políticos al respecto, lo que se pudiera recaudar por estos impuestos, sería a la Seguridad Social, lo que a un hambriento un caramelo.

Las causas que han originado la quiebra de la Seguridad Social son tan diversas como complejas de resolver.


El sistema público de pensiones se estableció en 1954, cuando la esperanza media de vida de los españoles, era aproximadamente de 65 años. Por tanto eran pocos y por poco tiempo, los pensionistas que podían beneficiarse del sistema de pensiones. Hoy, 64 años después, la esperanza de vida de los españoles, se sitúa en los 85 años, lo que hace que los pensionistas perciban los beneficios de sus cotizaciones durante una media de 20 años más que cuando se creó el sistema.


Pero por si estos datos no fueran ya suficientemente reveladores, hay que tener en cuenta que hoy los españoles empiezan a trabajar mucho más tarde que entonces, y por tanto cotizan menos años.


No perdamos de vista otro aspecto que en nada favorece la solución del problema, y es que el progreso de la tecnología, está eliminando cientos de miles de puestos de trabajo. Pero el avance tecnológico es imparable en una economía competitiva y globalizada.


Otro hecho que incide decisivamente en la inviabilidad del sistema, tal y como se concibió hace 64 años, es el importante descenso de la natalidad en España, hasta el punto de habernos convertido en una sociedad envejecida, lo que agrava el problema al ser menos los cotizantes y muchos más los perceptores de las pensiones.


Resulta paradójico y hasta incomprensible, como ante la gravedad del problema que tenemos planteado en nuestro país —que pretende caminar por la senda del progreso—todavía exista una casta de políticos que sigan pontificando sobre la demagogia cuando la "mediocridad filosófica" les brota por los poros, ante la mentira y la incapacidad manifiesta en el arte de gobernar.


Diríase que en España, la democracia se ha convertido en la dictadura de los demagogos, y llegados a este punto, es el momento de recordar la cita de Bertolt Brecht: “Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad”.

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