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César Valdeolmillos
César Valdeolmillos
“El interés habla todas las lenguas y desempeña todos los papeles, aun el de desinteresado” François de la Rochefoucauld. Escritor francés
Los partidos políticos españoles celebran sus cónclaves en los que los aspirantes a convertirse en su sumo sacerdote, en medio de mares de conjuras, promesas y confabulaciones, consiguen hacerse elegir, acompañados de su corte pretoriana de fieles secretarios y subsecretarios.

¿Por qué será que hablando de estas cosas, me viene a la mente ese refrán tan español que dice que “Por dinero baila el can, y por pan si se lo dan”?

En estas “ostentóreas” puestas en escena, los partidos políticos establecen los dogmas sobre los que basarán las propuestas de sus programas de gobierno. Esos seductores y dorados anzuelos, que ante unas próximas elecciones, nosotros, pobres ingenuos consumidos, que no consumidores, candorosamente mordemos una y otra vez.

Como normalmente esas tablas de la ley de las formaciones políticas, suelen estar redactadas por habilidosos leguleyos, expertos en redactar cláusulas de letra pequeña, hay que leerlas con extremada prevención, porque las propuestas que contienen —supuestas y milagrosas panaceas a los problemas que ellos mismos nos han creado— pueden significar lo razonable o lo insensato, lo propicio o lo perjudicial, según convenga en cada momento. Y sobre todo, hay que saber leer, e interpretar, lo que no está escrito, porque ese rumbo no especificado, es lo que permitirá a la nave virar a babor o estribor, según soplen los vientos.

Hasta ahora, solo el Partido Popular tomaba como referencia de su travesía política, el humanismo cristiano. Lo hacía de una forma precisa y concreta, aunque no siempre tuviera los arrestos necesarios para defender y aplicar sus propios principios.

Quiero precisar que cuando hago referencia al humanismo cristiano, no estoy hablando de religión, ya que ese es un concepto que queda al libre arbitrio de cada uno. Pero, en contra de la concepción materialista del mundo que aplica el utilitarismo político, planteamiento que no acepta otra realidad que no sea la pura y estrictamente material, el humanismo cristiano contempla a la persona en su doble dimensión: material y espiritual.

Los seres humanos somos mucho más que un guijarro inerte. Tenemos vida propia, pensamos, razonamos, poseemos entendimiento y conciencia del bien y del mal, voluntad para la confrontación y el esfuerzo, y por tanto, constituye una aberración que un sistema político, que a través de sus leyes pretende regular el comportamiento individual y colectivo de la sociedad en relación con el bien y el mal y los deberes que ese conocimiento implique, considere solamente la parte material de los seres pensantes, con ausencia total de unos principios éticos y morales, sin los cuales la convivencia, se convertiría en una lucha salvaje, sin otro freno que el aplicado por la ley del más fuerte.

La sociedad, precisa que el conjunto de normas morales que rijan la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida, ética profesional, económica, política, cívica, deportiva, etc., se inspire en unos valores que sobrepasen en dignidad y nobleza, el simple bienestar material.

No obstante, la mayor parte de los partidos políticos, aun aquellos que se dicen de centro, parten de una concepción positivista, actitud práctica que tiende a valorar preferentemente los aspectos materiales de la realidad.

Son dos visiones opuestas de concebir la existencia: materia frente a espíritu, circunstancias frente a principios.

El materialismo solo contempla la realidad brutal y concreta de la vida y niega los valores éticos o morales. Pero reducir la existencia humana únicamente a las comodidades y goces materiales, es ignorar el intelecto y considerar al individuo como cualquier otro animal.

Como siempre, la vieja teoría marxista: igualar, pero por el nivel más bajo. Copular, comer y dormir. El pan y circo de los romanos sigue plenamente vigente.

El materialismo del bienestar es la zanahoria que se le pone delante al burro para perpetuar la interminable batalla librada entre los intereses particulares y las necesidades colectivas; entre los sentimientos del individuo y los hábitos que día a día va adoptando la generalidad de una sociedad cada día más huérfana de principios éticos y morales.

Hoy, el individuo se debate en una constante disociación, nacida del desbarajuste de la actual sociedad, que por un lado proclama y reclama la generosidad y nobleza de los grandes principios, al tiempo que con la mayor procacidad, es protagonista de los apetitos más impúdicos y primitivos de que es capaz el ser humano.

No es de extrañar que la confrontación de intereses y actitudes de las que el sujeto es protagonista y testigo al mismo tiempo, le impida reflexionar con perspectiva, ya que sumido en la más profunda confusión, la situación escapa fácilmente a la penetración de su conocimiento.

Así las cosas, vivimos sumidos en un caos de seres, de hechos e ideas, en una lucha desordenada, violenta y despiadada; en una mentira perpetua, por la que arbitrariamente, unos se elevan a la cúspide mientras otros se hunden en la sima de la desesperanza.

¡Cuántas y qué dolorosas imágenes que representarían a la sociedad actual, podrían pintar o describir los pinceles de los más reputados artistas o las plumas de los más grandes escritores!

Lo que para su instrumentalización demagógica interesa a los partidos políticos, es la permanente existencia de una masa de ricos y pobres, cautivos todos de arcaicos convencionalismos transmitidos: unos, porque de ellos brotan sus privilegios; otros, porque, sumidos en la ignorancia, no sienten la necesidad de salir de ella y todo lo reclaman de las ubres del Estado; en conjunto, que unos y otros constituyan una masa que solo rinda culto al dinero y su aspiración se circunscriba al confort de un bienestar material; sin aspiraciones profundas, sin otro fin que el de alcanzar una situación de goce y saciedad, sin escrúpulos en alzarse sobre los hombros de quien se les ponga por delante, para conseguir sus objetivos.

Para ello es necesario prescindir de cualquier valor, y así, día a día, lo provisional, va poniendo los cimientos para convertirse en definitivo, y lo definitivo, que solo comparezca como un episodio meramente coyuntural.

La sociedad actual, bien podría ser un remedo del retrato de Dorian Grey: belleza figurada que esconde todo lo contrario de lo que pretende aparentar. Perplejos nos vemos inmersos en una sociedad en la que priman existencias que falsean los supuestos principios sobre los que se asientan, y ficticios valores que sirven de trampolín a innobles pretensiones.

Un sociedad que ha hecho de lo pueril, lo esencial, y de lo esencial, lo superfluo.

El Partido Popular, la única formación política, que en apariencia fundamentaba firmemente su política sobre la concepción del humanismo cristiano, de facto y por omisión, con nocturnidad y alevosía, hace tiempo que viene ignorando los principios que decía defender.

En el congreso que acaba de celebrar, ha pasado de proclamar esos principios con la fuerza que les proporcionaba estar incluidos en el articulado de su ponencia política, a situarlos, y de pasada, en el preámbulo de la misma. Y esto es como, el que a un cuadro sin ningún valor, le coloca un ostentoso marco para que aparente el valor que no tiene.

Sobre la maternidad subrogada, práctica conocida coloquialmente como “vientres de alquiler”, práctica que degrada y humilla a la mujer hasta límites que nunca se debieran dar, y sitúa la vida en el oscuro mercado de la miseria, justifica el no pronunciarse al respecto, mediante la excusa de querer escuchar antes a los expertos, porque es una realidad que está presente en la sociedad.

Desgraciadamente, la violencia de género, también es una realidad que está presente en la sociedad y sin embargo ello no es obstáculo, para por principio, luchar contra ella.

Del aborto, ahora llamado interrupción voluntaria del embarazo, no hace la menor mención, pero en otros apartados proclama con gran aparatosidad su defensa de la vida.

Y es que en política, lo que prima son los votos y por tanto, lo aconsejable, lo provechoso, lo utilitario, es navegar siempre en la dirección en la que soplen los vientos.

Y es que por dinero baila el can… y por pan si se lo dan.

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