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César Valdeolmillos
César Valdeolmillos
“Si quieres entender a una persona, no escuches sus palabras, observa su comportamiento.” Albert Einstein
Alguna vez, muy de tarde en tarde —supongo que será para que no nos acostumbremos— hay algún ministro, en este caso ministra, que si le dejan, su jefe o el resto de señorías que componen el Parlamento, intenta poner en marcha alguna medida inteligente.

En este caso se trata de la ministra de Sanidad y Servicios Sociales, Dolors Montserrat, que proyecta poner en marcha una beca para estudiantes de entre 14 y 18 años que les permitirá realizar un curso académico (desde 3º de la ESO hasta 2º de Bachillerato) dentro del territorio español, en una autonomía que no sea la de su residencia habitual, alojándose en casas de familia.

La noticia, publicada el pasado mes de diciembre, no parece haber tenido demasiada relevancia en los medios de comunicación, bien a pesar de que a mi modesto entender, es una de las ideas más brillantes que haya hecho pública en los últimos años, un político español.

Los estudiantes españoles que han obtenido una beca Erasmus, están al tanto de los monumentos, los sistemas de estudio, los comercios, la gastronomía, la imagen y el paisaje, y los usos y costumbres de los alemanes, los franceses, los italianos, los suecos, los belgas o los ingleses, por poner un ejemplo, pero apenas si conocen alguna de las particularidades de sus compatriotas gallegos, extremeños, vascos o andaluces, salvo por las etiquetas —generalmente ridiculizantes— con que nos motejamos unos a otros.

Siendo España uno de los países culturalmente más ricos por su diversidad, nuestro gran pecado, y probablemente, el origen de todas nuestras desventuras, es que siendo hermanos, solo nos conocemos y reconocemos como parientes lejanos.

Los españoles, aún no hemos aprendido a querernos como tanto deseaba el gran artífice de la Transición, Adolfo Suárez. Pero es que no se puede amar aquello que no se conoce. Y lo españoles, en vez de sentirnos todos, hijos de una misma madre, preferimos tener cada uno la nuestra particular.

Seguimos sin conocernos, y ésta es una realidad que algunos están empeñados en perpetuar. "Un Erasmus entre autonomías dirigido a adolescentes crispa al Govern", titulaba la noticia el periódico “La vanguardia”, que en un tiempo se denominó “española”.

¿Qué mundo es éste, en el que cuando están desapareciendo las fronteras, hay quien pretende ser una isla en mitad del Océano?

Un mayor y más profundo conocimiento de nuestra realidad histórica, social y humana, hubiera evitado el ignorante crecimiento de los nacionalismos, esa ridícula creencia por la que hay quienes afirman que un país es mejor que otro por el accidental hecho de haber nacido en él.

La desigualdad que forja el oscurantismo de la ignorancia, reforzada por el secular desconocimiento mutuo de las realidades de los otros, son la causa, la mayor parte de las veces, de esos apelativos zahirientes con los que nos etiquetamos, y que hablan bien a las claras, cuando menos, de la falta de aprecio de que hacemos gala con respecto a nuestros convecinos.

Ciega actitud esta, que en vez de enriquecernos, nos separa, nos empobrece y nos divide, fruto de una miope e insolente arrogancia, carente de todo fundamento, porque nadie es mejor que otro, ni acreedor a ningún tipo de privilegio, por razón de su lugar de nacimiento.

El nuevo programa de becas, que se denominará Cervantes, tiene por objetivo, según la ministra de Sanidad, la voluntad de favorecer la movilidad dentro del territorio español, para que los adolescentes conozcan, mediante sus propias vivencias, las diferentes culturas, lenguas y costumbres de España. Y lo que es más importante: la génesis, el porqué y la razón de esas costumbres, porque todos nuestros actos, tienen una razón de ser.

¿A qué incalculable enriquecimiento, cultural, social y hasta humano, daría lugar el intercambio entre un niño gallego y un andaluz, o un canario y un manchego? Se conocerían más y mejor, y conocernos entre nosotros, constituye la base fundamental para comprendernos.

La suma inconexa del tronco, la cabeza y las extremidades, no conforman un ser humano, si no están unidos y alimentados por la vida de la sangre.

Por la misma razón, no se concibe España sin la íntima solidaridad entre sus autonomías.

Solo si hay comprensión, habrá entendimiento. De lo contrario, tendremos que insistir en lo que decía Mafalda: “A mí lo que me preocupa, es como bajar el índice de egoísmo”.

Artículos del autor

El primer juguete que recuerdo que me dejaron los reyes, fue un camión grande, muy rústico, hecho toscamente de madera.
Nunca me ha gustado la despedida de un año. Lo imagino como un páramo, yermo, frío, desabrigado, carente de todo tipo de vida.
Cuando una sociedad tiene que soportar un 21,9% de abandono temprano de la educación —Andalucía tiene el galardón de llegar al 27,7%— y sus jóvenes entre los 18 y los 24 años que no ha completado el nivel de educación secundaria no siguen ningún tipo de formación…
Con la última resolución del Comité Federal del PSOE, parece que está asegurada la investidura de Mariano Rajoy, y qué duda cabe, que si la misma se lleva a efecto, es un paso previo positivo que nos sitúa en el comienzo de un sendero, complicado, es cierto.
Estas exclamaciones, procedentes de la izquierda extrema, y especialmente, de muchos de los actuales prebostes y prebostillos del PSOE, las venimos escuchando día a día, desde hace mucho tiempo.
Mientras vascos y gallegos votaban, el resto de España contenía el aliento. Los resultados que arrojaran las urnas, podrían condicionar el futuro de la mayoría de los españoles y de España como país. Desde la lógica de la racionalidad, en la que no tiene cabida la cerrazón paleolítica del “no, es no”, el veredicto de los electores vascos y gallegos podría arrojar un halo de sensatez, como así ha sido.

Difícil resulta encontrar en una sociedad como la nuestra en la que los más nobles valores del ser humano, han sido sustituidos por el becerro de oro a una persona que como la madre Teresa, haya entregado su vida a dar amor y refugio a los más necesitados de los necesitados, a los más desprotegidos, a los no olvidados, sino ignorados.

Quién miente, ha de pensar más que quien dice la verdad, pues por fuerza debe afianzar la coherencia de sus argumentos, controlar sus emociones y prestar atención a sus propios movimientos para no delatar su verdadero pensamiento, ya que de no acertar en el elogio de sus maniobras y jugarretas, sin que los demás se aperciban de su hipocresía, sus palabras y sus actos pueden causar un efecto contrario de rechazo, y terminar siendo objeto de la rechifla y mofa de quienes les escuchen, con el consiguiente descrédito y deshonra para su persona, pues el que miente en una cosa, faltará a la verdad en todas.

 
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