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César Valdeolmillos
César Valdeolmillos
“Si no piensas en tu porvenir, no lo tendrás” John Kenneth Galbraith. Economista estadounidense

Hace tiempo que los bajitos que ocupan el parlamento, nos vienen haciendo el cuerpo con sus declaraciones, a cerca de la inviabilidad del actual sistema de pensiones.


Aprovechando la necesidad de apoyo parlamentaria que tiene el Gobierno para aprobar los presupuestos de este año, el egoísmo voraz de los nacionalistas —en este caso el de los vascos— ha vuelto a hacer su aparición, intentando romper la caja única de la Seguridad Social, reclamando la gestión de la misma en el territorio vascongado.


Si el Gobierno se atreviese a traspasar esta línea roja, de facto, España estaría ya rota y desde luego los derechos de los trabajadores a cobrar sus pensiones una vez alcanzada la edad de la jubilación, saltarían hechos añicos.


Pero no es este el único problema que pone en peligro la viabilidad del sistema español de pensiones. Otro día expondré con más detalle las amenazas que sobre él se ciernen.


Conscientes del grave problema que se cierne sobre el actual sistema de pensiones, los pensionistas están creando la Asociación de jubilados españoles para afrontar la defensa de sus derechos.


Ciertamente creo que ha llegado el momento de arrumbar en el futuro los «viejos» modelos de fundamentación que en su momento fueron válidos, pero que en base a la propia evolución de nuestra sociedad, hoy son ya un resto no viable de tiempos pasados. El problema que planea sobre el sistema es tan grave que afecta al futuro de toda la sociedad y es imperativo afrontarlo y resolverlo de forma responsable, mediante un diálogo sincero, racional y solidario.


Sin embargo, observo con profunda preocupación la inexistencia de aportaciones solventes orientadas a la solución del mismo, así como la falta de participación en el planteamiento de su propio futuro, de la actual masa trabajadora. Porque éste, no es un problema exclusivo de los jubilados actuales, sino de la sociedad toda, que más tarde o más temprano, habrá de sufrir o beneficiarse de las medidas que con proyección de futuro ahora se tomen.


Entiendo que quienes mañana hayan de asumir las consecuencias de las medidas o la ausencia de las mismas que en el presente se produzca, tienen motivos más que sobrados para incorporarse a los incipientes movimientos reivindicativos orientados a paralizar las tendencias disolventes que al futuro del sistema de pensiones afectan.


El problema al que una mayoría creciente de la sociedad se enfrenta, no se reduce a una más o menos justa revalorización de las pensiones, sino a lo que es mucho más grave: la casi inevitable reducción de las mismas, e incluso, a medio plazo, su desaparición.


La ausencia de participación de las futuras generaciones de pensionistas, no es un asunto de poca importancia, digno de atención solamente para los eruditos sino que plantea un serio problema social. Su general ausencia y pasividad en el mapa de su propio futuro, compromete seriamente la legitimidad de las reivindicaciones que pudieran hacer en el mañana y pone serios obstáculos a la perspectiva que en el porvenir han de jugar en la sociedad, que no se reduce exclusivamente al ámbito familiar, sino que tiene una inevitable proyección social y política.


Pero el pragmatismo en el que vivimos inmersos, refleja una sociedad que no tiene tiempo de recordar ni de reflexionar, y tengo la impresión de que las generaciones que hoy componen la masa laboral, han tirado la toalla sin presentar batalla y consideran como un hecho inevitable el recorte o desaparición del actual sistema de pensiones en un futuro más o menos cercano. Les falta convicción, y ello les lleva a no ser conscientes de la fuerza y la capacidad de presión, que entre pensionistas y trabajadores, pueden ejercer sobre los bajitos que desde la carrera de San Jerónimo mueven a su conveniencia los hilos de nuestras vidas.


El éxito o el fracaso de nuestro futuro, depende de la fe que tengamos en nosotros mismos porque las ideas y los hechos que se asientan sobre ella, sólo necesitan un primer destello, que después crece y se propaga, y se convierte en amplísimo incendio; son como el rayo que cae de lo alto, y arrasa a su paso todo lo que encuentre en su camino, si en él encuentra materias inflamables. A su lado, las palabras que se dirigen al entendimiento son mortecinas luces que arden sin lograr disipar las sombras.


Las pensiones de los jubilados, en ningún caso pueden ser consideradas una carga para la sociedad, que si hoy es lo que es y está donde está, es gracias al fruto del esfuerzo realizado durante muchos años por los que una vez culminada su misión en la construcción del futuro, tienen legítimo derecho a vivir plenamente la vida que les quede, con el respeto, la dignidad y atenciones necesarias, sin ser contemplados como un lastre y una rémora para el bienestar de quienes todo lo son, gracias a lo que construyeron quienes les han precedido.


Recordando a Unamuno, hasta ahora hemos sido hijos de nuestro pasado, pero ha llegado el momento de ser padres de nuestro futuro.

Artículos del autor

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Leo que una gran multinacional del juguete está cerrando sus tiendas en distintas partes del mundo —en España está buscando comprador para sus edificios— y siento que millones de niños —incluido lo que de mí queda del niño que fui— “mueren” con ella.
​No es motivo de alegría que en Alemania hayan detenido a Carles Puigdemont. Lo deseable es que no hubieran concurrido motivos para dar el espectáculo que estamos ofreciendo al mundo. Pero lamentablemente seguimos manteniendo viva una confrontación que dura ya tres siglos.
Una vez más —ojalá fuese la última— España vive con el corazón angustiado por la desaparición y muerte de un niño. Gabriel Cruz Ramírez, con sus ocho años llenos de inocencia, salió de casa de su abuela en Níjar.
Entro en una cafetería de mi ciudad. Es uno de esos establecimientos clásicos de provincias. Toda una institución en su género por su larga trayectoria a través de distintas generaciones.
La realidad de España es la consecuencia de una muy larga andadura, casi siempre desequilibrada.
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, quiere crear dos nuevos impuestos para ayudar a costear el gasto de las pensiones. Uno que gravaría las transacciones financieras y otro, “extraordinario”, que se aplicaría a la banca.
Cuando en 2004 José Luis Rodríguez Zapatero accedió al poder, lo hizo con el proyecto de un programa de gobierno en su mente. Posiblemente el más dañino para España desde que se aprobara la Constitución de 1978.
 
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