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Ana Alejandre
Ana Alejandre
Una visión grotesca y esperpéntica de una sociedad que vive un nuevo tiempo en el que se encuentra perdida.

Luís Mateo Díez, un clásico vivo, en cuanto a su dominio del lenguaje que tiene ecos cervantinos en este escritor, creador del mítico territorio de Celama, un lugar extenso de ficción, en el noroeste de España, en el que confluyen las obsesiones, desencantos, vivencias y olvidos que son el hilo conductor de las historias que se desarrollan en ese espacio de ficción pero en el que hay mucho de verdad, de realidad ya perdida e irrecuperable, en el que situó sus novelas que forman la trilogía El reino de Celama (1996-2002), en la que aparecen ciudades imaginarias como Corela, Borenes, Armenta, Oceda, Doza y Ordial, esta última, entre otras, que parece perfilarse, paulatinamente, como la capital de este escenario espacial en el que se mueven las criaturas creadas por Mateo Diez.


Su lenguaje, en el que destellan palabras ya caídas en desuso, pero de una belleza y sonoridad que muestran el esplendor de una lengua como la española que goza de un riquísimo léxico que este escritor quiere rescatar del olvido, también ofrece la nota singularísima del humor más genuino, siempre detrás de una ironía deslumbrante que ya despuntaba desde sus primeros títulos como son La fuente de la edad(1986), que aumenta hasta lo estrambótico en Las horas completas (1990) y va decantándose hacia un evidente surrealismo que ofrece notas de innegable irracionalidad en su obra La cabeza en llamas (2012).


La creatividad exuberante de Mateo Díez se ve reflejada en los más de cuatrocientos personajes creados por él que muestran una extensa variedad de prototipos humanos y, a su vez, muestran la gran variedad de situaciones que pueden atravesar cualquier persona, cada caso con su peculiar idiosincrasia, talante y características del protagonista del mismo.En El hijo de las cosas (2018), su última obra, vuelve este autor a usar el humor absurdo y surrealista pero con cariz evidentemente expresionista, después de sus obras anteriores de tono pesimista en el que se evidencia una angustia subyacente como son los títulos La soledad de los perdidos (2014) y su obra Vicisitudes, la anterior a esta última que sirve de objeto a este comentario, que era una mezcla de novela y cuento sin ser ni una ni otro, en una simbiosis perfecta de técnica narrativa.


En El hijo de las cosas, el escenario espacial es Oceda, una población sumida en la soledad de sus calles, sólo transitadas por los protagonistas de la obra, y en la que existen sus correspondientes lugares públicos igual de solitarios, como cafeterías, cines, bares, teatros y barrios en los que parece que la vida es invisible a excepción de los personaje que habitan la novela, sólo acompañados por algunos conductores de vehículos que se estrellan contra farolas y bajan del coche con el volante en la mano, retorcido en un garabato inverosímil.Los personajes centrales de esta obra, son los miembros de una familia formada por un cuarentón juerguista, Cano Corada, y sus dos hermanas que lo cuidan con devoción y desvelo sin hacerle reproches por su vida disipada.


La acción de la novela comienza con la desaparición de Cano Corada y sus hermanas le piden ayuda para localizarlo al juez Baraza, amigo del desaparecido, y por consejo de este acuden a la policía, al haber fracasado el rescate del secuestrado.


Todos estos elementos le confieren a la novela un cariz de novela negra, o policiaca como se le llamaba antes, por haber un secuestro con la consiguiente investigación policial y judicial. Pero esto no debe confundir al lector, porque su autor no ha querido escribir una novela del género negro, sino que el planteamiento y los hechos que narra son el punto de partida de la lúcida visión desencantada del mundo que llega hasta límites realmente desalentadores, pero sin renunciar por ello a esa sutil y sabia mezcla que Mateo Díez hace con dos elementos tan dispares entre sí como son la risa y la melancolía, o podría decirse, la nostalgia por un mundo ya en trance de desaparición definitiva e irreversible que queda en la memoria de quienes lo vivieron con la fijeza de un cliché que sirve de referencia y contraste con esta imagen actual de una sociedad desarbolada.Existen otros elementos que refuerzan en El hijo de las cosas el humor expresionista que matiza toda la novela, como es las situaciones de un feroz erotismo, rayano en lo grotesco, que se advierten en el encuentro entre Fruela Corada y el mendigo libidinoso; así como en sus relaciones con Vilo Cuevas, el farmacéutico. Además, aparecen otras notas similares en los sueños del juez Beraza de prevaricación y fortuna ilícita, personaje que ilustra la cabecera de los documentos judiciales con penes erectos, en una expresión insólita de su libido insatisfecha. También, el autor resalta con fruición las purgaciones del promiscuo Caro Corada; así como la necesidad vehemente del comisario Ucieta de rascarse la entrepierna -personaje que define a la localidad donde vive como “esta puta ciudad”; lo mismo que el juez Beraza hace, rascarse dicha zona, por culpa de sus ladillas. Elementos todos estos que coadyuvan a crear un ambiente grotesco en la narración, pero que es una imagen o reflejo de la misma visión del mundo en general que ofrece su autor, soterrada por el humor esperpéntico que la hace aún más desoladora y profundamente perturbadora.


El hijo de las cosas es una nueva obra narrativa de Mateo Díez, pero no es una obra más en su peculiar y personalísimo estilo, sino que es una vuelta de tuerca en la que agudiza su visión esperpéntica de un mundo ya en demolición, que va dejando en su agonía imparable, el eco de la nostalgia soterrada y del vacío que deja al que no puede llenar el mundo caótico e incomprensible en el que vivimos del que parece haberse desterrado para siempre una forma de vida que ha dejado huella indeleble en la memoria de quienes la vivieron y que la recuerdan entre la melancolía y la desesperanza.

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