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"Carlos I fue el último caballero medieval que existió"

Entrevista al historiador y escritor José Luis Corral
Herme Cerezo
jueves, 18 de enero de 2018, 06:55 h (CET)



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José Luis Corral (Daroca, Zaragoza, 1957), catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Zaragoza, es autor de trescientos libros y artículos. Ha sido profesor invitado en numerosas universidades españolas y extranjeras. Colaborador de varios medios de comunicación, es fundador y presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores. Como historiador lleva publicados más de treinta ensayos: ‘Historia universal de la pena de muerte’, ‘Breve historia de la Orden del Temple’, ‘Una historia de España’, ‘Abdarrahman III y el califato de Córdoba’ o ‘El enigma de las catedrales’ entre otros. Sin embargo, su verdadero éxito lo ha alcanzado como escritor de novelas históricas, entre las que cabe destacar ‘El salón dorado’, ‘El amuleto de bronce. La epopeya de Gengis Kan’, ‘El invierno de la Corona’, ‘El Cid’, ‘Trafalgar’ , ‘Numancia’, ‘El número de Dios’, ‘¡Independencia!’, ‘El caballero del Templo’, ‘El rey felón’, ‘El amor y la muerte’, ‘La prisionera de Roma’, ‘El códice del peregrino’, ‘El médico hereje’, ‘El trono maldito’, junto a Antonio Piñeiro, y ‘El vuelo del águila’. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas.

Tras el éxito cosechado con ‘El vuelo del águila’, monumental novela histórica sobre los últimos años de Fernando el Católico y la llegada a España de la dinastía de los Habsburgo, José Luis Corral, historiador y novelista, publica el segundo de los cinco volúmenes previstos para hablar del siglo XVI. Su nueva entrega, ‘Los Austrias II. El tiempo en sus manos’, cubre el periodo comprendido entre 1519, cuando Carlos I es nombrado emperador, y 1539, fecha del fallecimiento de su esposa Isabel de Portugal. Para hablar de los pormenores de este segundo volumen pasó por València el escritor aragonés con el que conversé durante unos minutos sobre este periodo tan apasionante de nuestra historia. Y como siempre, tras charlar con él, aprendí cosas nuevas y refresqué conocimientos que tenía olvidados desde mis tiempos en la Facultad de Geografía e Historia de la capital del Turia.


José Luis, sigues adelante con tu ciclo de novelas sobre los Austrias

Ahí estamos, se anunció como una saga y ésta es la segunda entrega. Mi idea original era escribir cinco novelas ya que quiero dividir el siglo XVI en ciclos de veinte años. Si el público, como hasta ahora, responde y la Editorial Planeta sigue interesada seguiremos adelante.


De momento, es buena señal que haya aparecido publicada ya la segunda novela.

Desde luego que sí. Mis libros son longsellers, novelas de larga duración, y espero que tenga un largo recorrido como las otras.


Sin duda, eres un escritor de fondo de librería, autor de títulos que se buscan siempre.

Parece que sí. Planeta está reeditando mis primeras novelas, que antes pertenecían a Edhasa, y se siguen vendiendo a pesar de que algunas las publiqué hace más de veinte años.


En ‘Los Austrias II. El tiempo en sus manos’, te centras en la figura de Carlos I, un monarca joven que llega a España sin saber castellano, presa fácil para consejeros tan poderosos como Adriano de Utrecht, Guillermo de Croy o Nicolás Granvela, ¿no?

Desde luego estos personajes que citas son de una categoría política extraordinaria y con un peso específico importante. Carlos era un joven educado en Flandes por su tía Margarita de Austria con la que tuvo una estrechísima relación, ya que sus padres lo abandonaron allí y no se ocuparon de él. Cuando llegó a España, su padre ya había muerto y su madre estaba encarcelada en Tordesillas. No hablaba castellano, desconocía las costumbres del país tanto que no sabía que había de jurar los fueros de Aragón, Catalunya y València, porque la Corona de Aragón así lo exigía a sus reyes. De todos modos, aunque era un hombre muy ajeno a todo lo que aquí ocurría, demostró tener una gran capacidad de adaptación a sus nuevas circunstancias.


Carlos tuvo un hijo con Germana de Foix, su abuelastra, esposa de Fernando el Católico, una revelación sorprendente que explicas en la novela.

Ése era el gran secreto de Carlos V, pero los historiadores hemos encontrado documentos que así lo atestiguan. Al llegar a la corte de Fernando el Católico con diecisiete años se encontró con su segunda esposa, Germana de Foix, que tenía 29 años, y aunque era su abuelastra, le hizo una hija, Isabel, cuya paternidad nunca reconoció, aunque Germana se lo pidió por carta. Reconocerla habría supuesto un escándalo monumental.


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Juana la Loca, su madre, fue un personaje maltratado por su padre, por su marido y por su hijo, menuda vida.

Carlos I se portó mal con su madre, aunque con otras mujeres lo hizo bien. Con su abuela rompió sus lazos amorosos y mantuvo los políticos. Se casó con Isabel de Portugal, a la que conoció dos horas antes de la boda, en los Alcázares de Sevilla. Vivieron varios meses en Granada, donde la pasión amorosa fue tremenda. Allí sucedió la bonita historia de los claveles.


Cuéntanosla.

Un día al pasear por los jardines de la Alhambra, la reina se acercó a un parterre donde vio una flor desconocida para ella. Le explicaron que era un clavel, una variedad procedente de Persia. Como le gustó tanto, Carlos en prueba de su amor hizo que se plantasen claves por todos los jardines de la Alhambra. Costó una fortuna, como se puede comprobar a través de los libros de cuentas de aquella época, pero fue una bella prueba de amor.


En una ocasión, Carlos I le propuso al monarca francés Francisco I que dirimieran sus diferencias en un duelo personal. En la reciente crisis catalana, de broma, alguien apuntó que Rajoy y Puigdemont subieran a un ring para dirimir sus diferencias boxeando, ¿los políticos españoles leen Historia?

No, no, en este país los políticos no leen Historia y así les va. Aunque parece un hombre renacentista, Carlos fue el último caballero medieval que existió. Era muy aficionado a la lectura de libros de caballerías y sentía pasión por los caballos y la caza, aficiones todas muy medievales. En las guerras que mantuvo contra Francia no quería que murieran españoles y franceses en las batallas, así que retó a duelo al rey Francisco I. Sin embargo, este combate no se celebró.


¿Carlos I se consideraba el paladín de la cristiandad?

De alguna manera, sí. Desde la muerte de su tío, el príncipe Juan, hijo de Fernando el Católico y Germana de Foix, recibió mensajes de que él iba a ser el rey del mundo porque iba a heredar Castilla, la Corona de Aragón y América y, si a un joven lo educan así, sin duda que llega a creérselo. Le llamaron el Rey Murciélago, porque surgiría de las tinieblas para vencer al mal. En el fondo creo que él pensó que era un emperador mesiánico.


Parece que el oro que llegaba de América no era suficiente para mantener el imperio, ¿de qué manera se financiaba el estado?

El imperio tenía unos gastos monumentales. Por primera vez desde la época de las legiones romanas, Carlos puso en marcha un ejército profesional, basándose en los tercios creados por el Gran Capitán. Cada tercio constaba de tres unidades de tres mil soldados cada una lo que suponía nueve mil hombres en permanente pie de guerra y con una capacidad operativa tremenda. Todo esto exigía mucho dinero, sin olvidar que también tenía que mantener la flota marítima, los galeones de las Indias, el transporte de mercancías y los navíos encargados de proteger estos transportes. Por otro lado, Carlos gastaba mucho porque le gustaba el lujo. Compraba joyas que regalaba a su mujer, a sus amantes y a sus hijos y engrandeció el patrimonio de Castilla con la construcción de castillos y catedrales. El dinero procedía de América y también de los impuestos. Sometió a Castilla, cuya población era seis veces superior a la de la Corona de Aragón, a una presión fiscal extraordinaria. Como catalanes, aragoneses y valencianos tenían sus propios fueros, no pudo exprimirles tanto porque además eran más rácanos y trataban siempre de escaparse sin aportar dinero para el emperador.


En compensación por estos impuestos tan gravoso, los únicos que podían comerciar con América eran los castellanos, ¿no?

Sí, eran los únicos, aunque es verdad que los catalanes, no de forma directa porque estaba prohibido por la ley, también participaron en aquellos negocios. Hay quien afirma que, Fernando el Católico, primero, y Carlos I, después, concedieron privilegios y ventajas a los castellanos, al darse cuenta de que catalanes, aragoneses y valencianos eran muy egoístas.


En un imperio como el de Carlos I disponer de buenas comunicaciones sería importante, ¿cómo se organizaban en este sentido?

Todos los grandes imperios se basan en dos pilares fundamentales: la fiscalidad, que supone recaudar tributos, y las comunicaciones. Carlos contaba con una red fabulosa de comunicaciones. A través del mar podía viajar de Madrid a Flandes en quince días, desplazarse por Europa con barcos que se movían por vías fluviales navegables y por el mar. Había posta de caballos y existía un sistema de cartas cifradas, enviadas mediante palomas mensajeras, que no podían ser interpretadas por el enemigo. Si hoy caminamos por Castilla, Aragón o Catalunya encontraremos palomares medio derruidos, que ya no se utilizan y que entonces funcionaban a pleno rendimiento.


¿Qué consecuencias tuvieron las revueltas de las Germanías y de los Comuneros de Castilla en el reinado de Carlos I?

Al llegar a España, Carlos I observó que no había un solo estado sino un grupo de reinos con derechos y leyes diferentes. Catalanes, valencianos y aragoneses tenían sus propias cortes a pesar de formar parte de la Corona de Aragón y él no comprendía esta circunstancia. Su idea chocó con la realidad histórica, porque el planteamiento de Carlos se centraba en un solo emperador, un solo trono y una sola religión, de ahí la conversión obligatoria de mudéjares catalanes valencianos y aragoneses al catolicismo en 1526. Las Germanías de València es un caso paradigmático, al ver como una serie de personajes quiere mantener sus fueros y costumbres. Carlos juró los fueros y costumbres de Catalunya y Aragón, pero no los de València. Eso originó un gran enfado, que en cierto modo y junto con otros ingredientes como mar de fondo, desencadenó la revuelta.


¿Queda algún rescoldo de la ideología comunera en Castilla?

No, ninguno. En España somos todos muy raros. Creo que es el único país del mundo al que le encanta conmemorar las pérdidas. Aquí recordamos la derrota de Trafalgar, pero nadie conoce a Blas de Lezo, que venció en 1741 a la flota inglesa en Cartagena de Indias. Este marino nació en el País Vasco y allí lo desprecian. En Castilla, no podía ser menos, también celebran la derrota de Villalar.


También desprecian a Blas de Lezo en Catalunya porque bombardeó Barcelona

Sí, era un joven teniente del ejército borbónico que tomó Barcelona y allí lo odian, aunque luego hizo mucho a favor del comercio catalán.


Has escogido a un judeoconverso, Pablo Losantos, un tipo que siempre estaba bajo sospecha, como protagonista de la novela. ¿La Inquisición fue sólo una institución represora de herejes o también se utilizó como instrumento de control político?

La creación es pura ficción literaria. Escogí la familia Losantos adrede por varios motivos. Eran judíos que tuvieron que convertirse al cristianismo y renunciar a sus creencias para seguir viviendo en su país. La Inquisición, evidentemente, estuvo presente y, como dices, no era sólo una perseguidora de herejes, dirigida sobre todo contra esos judíos conversos, que luego practicaban el criptojudaísmo. Los Reyes Católicos la crearon como un brazo armado para defender la ortodoxia de la iglesia oficial del estado. Controlaba la unificación de creencias y perseguía a herejes y judíos pero, a falta de una policía profesional, también actuaron como la policía política de la época.


Utilizas un lenguaje moderno, de fácil comprensión, ¿has huido a propósito de palabras y frase recargadas, propias del siglo XVI?

Pretendo que mis novelas puedan ser leídas por todo el mundo y, por tanto, exigen un lenguaje dinámico que les permita fluir bien. Sé que he de renunciar a ciertas exquisiteces, a ciertas palabras, pero todo sea bienvenido si la novela llega a la gente manteniendo el rigor histórico. Tengo claro que se puede escribir literatura sin efectuar florituras lingüísticas, que pueden llegar a confundir al lector.


¿La escritura de esta serie de novelas está cambiando tu visión como historiador sobre esta época?

Como historiador siempre me documento mucho, pero como escritor de ficción mucho más. La novela histórica bien hecha requiere más documentación que la historia pura y como novelista he de conocer ciertos detalles, como por ejemplo la botánica, que al historiador no le interesan, pero que a mí me resultan indispensables para explicar aspectos de la vida cotidiana.


¿Sobre qué versará el próximo volumen?

El tercer libro abarcará desde el momento en que fallece Isabel de Portugal, cuya desaparición sumió en una profunda tristeza a Carlos I, hasta su propia muerte y el comienzo del reinado de Felipe II. Después llegarán otros dos volúmenes, dedicados a Felipe II. A ver si el público y mis fuerzas lo soportan.

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