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"Hay que escribir sobre la Guerra Civil, no reescribirla. Esa es la clave"

Entrevista a Joaquín Leguina y Rubén Buren
Herme Cerezo
lunes, 25 de septiembre de 2017, 08:14 h (CET)

Joaquín Leguina (Villaescusa, Cantabria, 1941) fue durante doce años presidente de la Comunidad de Madrid y durante once secretario general de la Federación Socialista Madrileña (FSM). Doctor en Ciencias Económicas (Universidad Complutense, Madrid) y en Demografía (Universidad de la Sorbona, París), es estadístico superior del Estado desde 1969. Autor de numerosos artículos, desde 1985 ha mantenido una fructífera carrera literaria en la que ha combinado ensayo y narrativa. Entre sus novelas destacan ‘Tu nombre envenena mis sueños’ y ‘La luz crepuscular’.
Rubén Buren (Madrid, 1974) es dramaturgo, músico, humorista, pintor, guionista y director de teatro. Formado en la Escuela Libre de Interpretación de José Sanchís Sinisterra, actualmente está haciendo el doctorado en la Universidad Carlos III. Es profesor universitario especializado en guion y estructuras dramáticas de cine, teatro y videojuegos. Su obra teatral está centrada especialmente en el rescate de la memoria histórica y en el reconocimiento moral de las víctimas de la Guerra Civil española y de injusticias sociales. Cuenta con la Mención Especial Lope de Vega de Teatro, 2010. Su ideología anarquista humanista es heredera de la de su bisabuelo: Melchor Rodríguez.

Melchor Rodríguez, militante anarquista, fue el último alcalde republicano de Madrid y, tras concluir la Guerra Civil, cumplió con el deber de entregar la ciudad al ejército franquista, sublevado tres años antes en las plazas de África. Sin embargo, ni siquiera hay un cuadro con su retrato que recuerde su paso por el ayuntamiento madrileño. Sobre Melchor, que salvó de la muerte cierta a más de veinticinco mil personas durante la contienda, no se ha escrito casi nada y por ello es un personaje desconocido, al igual que su hija Amapola. Joaquín Leguina y Rubén Buren, su bisnieto, se han empeñado en reparar este vacío existente y en recuperar su figura. Por ello han escrito ‘Os salvaré la vida’, editado por Espasa, obra con la que han conquistado el Premio 2017 de Novela Histórica Alfonso Décimo el Sabio. Hace unos días pasaron por València y tuve la oportunidad de compartir con ellos unos minutos de conversación, que supieron a poco porque el AVE, puntual como un reloj suizo, les esperaba en la Estación Joaquín Sorolla. Ésta fue nuestra conversación.

Joaquín, en la vida azarosa de un político, moverse entre la escritura y la política no debe resultar fácil, ¿son actividades compatibles o supone una carga adicional?
J. (Joaquín Leguina). Pregúntaselo a Echegaray que fue Premio Nobel [sonrisa/risa]. Claro que hay tiempo para compatibilizar ambas actividades. En la Historia de España hay numerosos casos de personas que fueron políticos y escritores a la vez, igual que funcionarios también escritores. Un ejemplo claro es Galdós, que era diputado. Lo que sucede es que hoy no abundan los políticos que saben escribir.
Y ¿para qué sirve escribir?
J. La escritura enseña bastantes cosas sobre la vida y la humanidad y eso enriquece enormemente.

Rubén, eres dramaturgo, músico, humorista, pintor, profesor, guionista y director de teatro, ¿qué te llevó a internarte en los entresijos de la ficción, de la novela?
R (Rubén Buren). Mi profesión es escritor y no hay mucha diferencia entre pintar, tocar la guitarra o escribir, todo son estructuras narrativas. En una novela lo único que haces es elegir el medio con el que envías el mensaje. Todo esto que digo puede sonar a desmitificación, pero yo a los escritores no les llamaría artistas, sino trabajadores de la escritura, porque lo mismo escriben un guión que un artículo o una novela.
J. Cuando alguien escribe una pieza de teatro, la reciben dos intermediarios: el director y los actores. En la novela no existe esa figura, no hay nadie más que el escritor y el lector, que percibe la obra directamente a través del texto.

¿Ha resultado fácil organizarse para escribir a cuatro manos?
R. Mira, hemos reducido el texto a casi la mitad. Alguien dijo que escribir es lo que haces cuando quitas lo que sobra y a eso nos hemos aplicado. Joaquín ha suprimido muchos diálogos y lo sorprendente es que en el resultado final parece que no ha quitado nada. Trabajar a cuatro manos consiste en eso precisamente.
J. A ninguno de los dos nos molesta que nos corten y esa cualidad es algo que otros autores no soportan.

¿Cómo surge esta historia en vuestra vida literaria? J. Fue el periodista José Antonio Martín Otín, más conocido como «Petón», quien nos juntó. Le conté lo que andaba escribiendo y él me dijo que necesitaba hablar con Rubén. Esta «liaison» que él provocó a mí me ha venido genial.
R. El «joseantonianismo» de Petón, el socialismo de Joaquín y mi anarquismo propiciaron un diálogo entre los tres que a mí me ha servido de mucho. Al dialogar, te das cuenta de que las concepciones del mundo no son tan diferentes y que se puede discutir con cualquier persona siempre que haya una coherencia en la discusión.

Joaquín, no es la primera vez que incursionas en la Guerra Civil, un tema que parece inagotable. ¿Es sano o incluso necesario seguir escribiendo sobre este tema?
J. Sí es sano, lo que ocurre es que es preciso que lo que se escriba sea nuevo, como esto que hemos hecho nosotros dos. Nuestra novela no es maniquea, en contra de lo que hace mucha gente que escribe sobre la Guerra Civil, bien bajo el punto de vista de un lado o del otro. ‘Os salvaré la vida’ observa la Guerra Civil desde la óptica anarquista, pero todo lo que cuenta es verdad y escribir contando la verdad es muy importante.
R. Creo que hay que escribir, no reescribir sobre la Guerra Civil, esa es la clave. La Guerra fue lo que fue y no se puede cambiar. Hemos escrito una novela, no un ensayo, pero hemos intentado contar cosas que no se habían contado aún, como es la opinión de los anarquistas, que no son esos tipos que nos han pintado como incendiarios, bombarderos y pistoleros. Es cierto que hubo algunos de esa clase, igual que hubo falangistas, comunistas, curas o socialistas que también eran así. Pero había muchos anarquistas bien alejados a esa tendencia violenta, como el «Noi del Sucre», Madina, Pestaña, Melchor Rodríguez, Celedonio… No podemos ser maniqueos con el anarquismo.

¿El anarquismo es una ideología o un modo de vida?
R. Para mí es un modo de vivir.
J. Sí, es una forma de vida más que una ideología, admirable en muchos casos como en el que nos ocupa de Melchor Rodríguez, un tipo singular. No resulta fácil encontrar a nadie que haya salvado la vida a veintiséis mil personas.

Melchor Rodríguez es una figura que ha permanecido muy oculta oficialmente, ¿por qué ese afán de tirar tierra sobre su cadáver?
R. Cuando llegó la Transición, a Carrillo le hicieron una ley del silencio a su medida y él decidió reinventarse la Historia y la Guerra Civil. Líster en un libro magnífico, ‘Así destruyó Carrillo al PC’, ya contó todo esto. Carrillo negó el anarquismo porque tenía toda una historiografía comunista detrás que lo respaldaba. El anarquismo tiene muchos enemigos: el capitalismo, el fascismo y el comunismo, al que hay que añadir el problema de que carece de dinero y no dispone de un aparato que lo defienda.
Tan lejos ha llegado ese «tirar tierra» que, siendo el último alcalde republicano de la capital, es el único que no tiene un retrato suyo en el ayuntamiento madrileño.
R. Ni retrato, ni calle a su nombre. Hablar de Melchor Rodríguez es hablar de la represión republicana, porque para la izquierda con su reescritura de la historia y con esa falta de autocrítica, hablar de él es hacerlo de una República que mata obreros y en la que sucede el episodio de Casas Viejas. Y la derecha ha utilizado a Melchor para equiparar ambas represiones, que no son iguales ni en número ni en calidad. Una es sistemática y estandarizada, por lo militar, y la otra es una represión horrorosa de elementos descontrolados, que muchas veces el estado republicano trató de controlar para paralizar las matanzas.

La novela, dividida en tres partes, es una obra coral en la que todos hablan de Melchor Rodríguez, excepto en la última parte, donde él ya interviene de un modo más activo.
J. Exacto. La idea primitiva era disponer de dos líneas narrativas, la de Melchor y la de otro personaje ficticio que coincidirían al final. Pero durante unas Navidades, Rubén estuvo hospitalizado, tuvo tiempo de pensar y, cuando salió, vino diciendo que aquello no podía ser. Aunque yo, al principio, no le entendía, al final decidimos eliminar una de las dos líneas y así ha quedado la novela.
R. Es verdad, estuve hospitalizado y cuando me levanté de la cama tenía otra concepción del texto y estaba claro que había que modificarlo.
J. Al final Rubén tenía razón. Hemos suprimido cientos de páginas y han quedado un montón de personajes, que mantienen una línea de relación muy frágil entre ellos. Todos están metidos en una casa y eso tiene mucho de teatral. En la última parte nos centramos en Melchor, para explicar su procedencia. En buena medida se trata de una novela costumbrista.

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¿Por qué escogisteis la tercera persona para narrar?
R. En un principio no lo teníamos claro y algunos personajes hablaban en primera persona, pero los quitamos, porque queríamos unificar y que un narrador omnisciente hablase de todos ellos. Si hubiéramos mantenido la primera persona, dado el elevado número de personajes, podíamos confundir al lector.
J. Antes de la supresión, como Rubén procede del mundo de teatro, había mucho diálogo y ahí yo utilicé la tijera.
R. Joaquín domina la técnica de la novela y ha convertido mi parte, más teatral y cinematográfica, en novela. Mi referencia es Beckett y la suya Galdós, dos modelos que se dan de hostias. Y la verdad es que no sabíamos cómo quedaría pero, mira, nos han dado un premio.
J. Cuando acabas una novela nunca sabes si está bien o mal. Me tranquilicé cuando mi secretaria, que la tecleó y está acostumbrada a lo que escribo, me dijo que quedaba bien.
R. Sí, es que estás tan imbuido del trabajo que no sabes cómo queda. A lo mejor, dentro de dos años la leo con otra perspectiva y pienso que está bien.

La acción se inscribe en los momentos finales de la Guerra, cuando Segismundo Casado dio un golpe de mano para negociar con Franco una rendición honrosa, cosa imposible, porque el Dictador sólo aceptaba la capitulación sin condiciones, ¿influyó este hecho en el desarrollo de la contienda o solo aceleró su final?
R. Lo que no contaba nadie es con la cerrazón de Franco y con la resistencia tan feroz que ofrecieron los comunistas, por el engaño al que fueron sometidos por sus líderes, que se piraron diciéndoles que tenían que resistir. Esa fue la horrible batalla de Madrid, en marzo de 1939, donde perdieron la vida tres o cuatro mil personas.
J. Probablemente la intención de Casado era buena, alcanzar una paz pactada y acortar la guerra.
R. Negrín quería mantener la guerra, pero estaba perdida desde que Alemania entró en el conflicto y Francia, Inglaterra y Estados Unidos se posicionaron de un modo abiertamente anticomunista.

En ‘Os salvaré la vida’ habláis de la Quinta Columna. No es la primera vez que Joaquín Leguina trata este asunto, ¿realmente su papel fue tan relevante cómo se afirma?
J. Particularmente, creo que no fue tan importante.
R. Ahí discrepamos porque yo sí creo que fue importante. Ellos propiciaron atentados en una fábrica de Granada, ametrallamientos en los cafés y disparos desde las azoteas.
J. Mi formación de pequeño fue el Caballero Audaz, que escribió relatos, muy malos, sobre la Guerra que yo leí. Me impresionaron mucho. Fue la primera información que tuve sobre este asunto y conservo su visión. Precisamente en una de sus obras está presente la Quinta Columna. Después ya leí muchos otros libros y ahora, gracias a Rubén, he conocido la historiografía anarquista y, por eso pienso que se trataba de un mito.
R. No poseían una estructura militar organizada, pero la Quinta Columna estuvo integrada por una serie de sujetos, unas veces grupúsculos aislados y otras entrelazados, que desde 1937 o 1938 estaban ya coordinados con Burgos y atentaban contra la república, financiados por Juan March en buena medida. Puedes llamarlo resistencia fascista o como prefieras, pero fue así. Lo que también ocurre es que con las palabras de Mola, que fue quien les otorgó el nombre, se creó la psicosis de que a mucha gente del barrio de Salamanca, monárquicos o antirrepublicanos, la iban a fusilar por sospechas de pertenecer a la Columna.

¿En Madrid se pasó hambre durante la Guerra Civil?
J. Ya lo creo que se pasó hambre, muchísima. Con los pocos alimentos que llegaban, sucedía como en Cuba. Melchor Rodríguez fue uno de los distribuyó esa poca comida entre todo el mundo.

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Paca y Amapola, la hija de Melchor, en un pasaje de la novela escuchan «el parte» por la radio. ¿La Guerra Civil fue el primer conflicto bélico en el que las ondas jugaron un papel importante?
J. Sin duda, sobre todo como elemento de propaganda. En la Primera Guerra Mundial no se conocía tanto este medio de comunicación.
R. La radio es un personaje más de la novela, un personaje que entra en momentos de tensión y de distensión, e incluso como antecesor de conflictos.

¿Tenéis nuevos proyectos literarios en mente, bien en común, bien por separado?
R. Sí, nos lo hemos pasado tan bien que vamos a repetir. De hecho estamos trabajando ya en un libro sobre el fotógrafo Paco Boix y el campo de concentración de Mauthausen.
J. Como Boix era comunista, tendremos problemas [risas].

¿Después de escribir ‘Os salvaré la vida’, Amapola estará tranquila por fin?
R. Sí, aunque siempre me decía que dejara en paz a los anarquistas. Amapola estará tranquila y yo contento, porque con esta novela le rindo homenaje a mi abuela, una persona que me dio un enorme cariño y a la que debo muchas cosas.
J. Amapola era católica.
R. Católica no, devota de San Antonio.
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