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"Voy a tope hasta el final de la historia que escribo"

Entrevista al escritor Gabi Martínez
Herme Cerezo
jueves, 10 de agosto de 2017, 08:49 h (CET)



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Gabi Martínez (Barcelona, 1971) es escritor. Su obra narrativa incluye ‘Ático’ (2004), por el que fue seleccionado por la editorial Palgrave/MacMillan como uno de los cinco autores más representativos de la vanguardia española de los últimos veinte años; ‘Sudd’ (2007), que fue adaptado al cómic; ‘Los mares de Wang’ (2008), Mejor Libro de No Ficción del año según Condé Nast Traveller; ‘Sólo para gigantes’ (2011), galardonado con el Premio Continuará de TVE y seleccionado como Mejor Libro de No Ficción por Qué Leer; ‘En la Barrera’ (2012), nuevamente elegido como el Mejor Libro de No Ficción por Qué Leer, y ‘Voy’ (2014).

A veces la informática gasta bromas. Solo así puede explicarse que la carpeta donde almacenaba la entrevista realizada a Gabi Martínez durante la pasada Fira del Llibre de València, desapareciera de modo inesperado sin que fuera posible localizarlo. Tenía claro que no la había borrado de mi disco duro, estaba seguro, pero no encontraba explicación a su desaparición. Bastantes semanas después, la búsqueda fortuita de otra carpeta permitió que me fijara en un rincón silencioso, abajo a la derecha. Y allí apareció el dossier completo, sonido, cuestionario y fotografías, de Gabi Martínez. Sin duda un arrastre involuntario con el ratón propició la desaparición. Sin más preámbulo, me pongo a transcribir la entrevista del escritor barcelonés. Recuerdo que se desarrolló una tarde del mes de abril, bajo la cubierta de una de las carpas del recinto ferial. Llovía de modo intermitente, provocando suficiente molestia para los lectores que deambulaban por allí en busca de sus libros favoritos. El motivo de nuestro encuentro fue la publicación de ‘Las defensas’, editada por Seix Barral, una novela basada en un hecho real y en la que Gabi cuenta la desventura de un competente neurólogo, que, víctima de un ataque de locura violenta, fue ingresado en un psiquiátrico. Sólo él sabía que el diagnóstico emitido por sus colegas era erróneo, porque precisamente había invertido toda su vida en investigar la enfermedad que le afligía. Pero hasta que se dieran cuenta del desafuero transcurriría un año. ‘Las defensas’ reconstruye una extraordinaria historia de superación, un caso entre tres millones, el de un hombre, en la ficción llamado Camilo Escobedo, que fue al principio considerado un loco y que luego se convirtió en un médico de referencia dentro de su especialidad. A partir de aquí nuestra conversación.

¿Qué significa para Gabi Martínez escribir?
Escribir… No sé. Para mí resulta muy difícil definirlo. Es una forma de vida. Es una necesidad vital como otra cualquiera. Ahora mismo no concibo existir sin la escritura.

¿Podrías definirte como escritor?
En mi etapa de formación siempre tuve presente una palabra: francotirador, un término que define al escritor o al periodista que opina con autonomía, sin presiones ideológicas de partidos políticos o de los medios de comunicación. Pero políticamente es una palabra mal vista, incorrecta, y se ha sustituido por librepensador, que no me gusta porque resulta poco ruda para lo que es el espíritu español. Y ahora nos hemos quedado sin ninguna palabra que defina al tipo que es un crítico independiente.

¿Cuándo hablas de francotiradores literarios piensas en algún modelo?
Echo de menos en España a escritores como Emmanuel Carrere o Michel Houellebecq, gente con un discurso poderoso, con impacto, que se posicione, que funcione autónomamente sin necesidad de ser un bestseller y también que se establezcan debates sobre obras como ‘Patria’, una gran novela a la que le encuentro alguna carencia, o ‘La España vacía’ de Sergio Molina, un título espléndido. Esos debates nos permitirían hablar de cómo somos, de cómo nos relacionamos, de qué comemos… Con esta carencia nos limitamos a proyectar y hablar sobre proclamas políticas que no son nuestras y que vamos repitiendo. Abrir este tipo de debates creo que sería algo muy sano para este país.

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Un buen día un desconocido, en pleno día de Sant Jordi, se planta ante ti y te cuenta su vida, ¿te diste cuenta enseguida de que aquella historia encerraba una novela?
Para empezar, él venía ya con una oferta para rodar una película protagonizada por George Clooney. Le dije que tenía que firmar libros y quedamos para otro día. Fue en ese segundo encuentro donde me contó que era neurólogo, que había enfermado y que sus compañeros no habían sabido diagnosticar su problema. Lo encerraron durante un año en un psiquiátrico y luego pasó doce meses más fuera del mundo. De su narración deduje que su enfermedad tenía que mucho que ver con el estrés, que posiblemente era el detonante. Eso me podía servir para ver el nivel de tensión con el que se vive en una ciudad del primer mundo. Mi propósito fue que mi novela no sería una historia de médicos, ni de enfermedades, sino la narración del proceso que sigue alguien que va cargándose de presión hasta estallar. De paso me permitiría hablar de Barcelona, porque una persona me servía en bandeja la oportunidad, algo que tenía muchas ganas de hacer, pero que hasta aquel preciso momento no me sentía capaz de llevar a cabo.

¿Tenemos que entender que esta historia sólo puede desarrollarse en Barcelona?
No, no, las situaciones de estrés, que tienen mucho que ver con el modo como nos educan, pueden producirse en cualquier otra ciudad. Lo que ocurre es que hay algunos detalles, relacionados con la lengua y la realidad sociopolítica, que solo pueden entenderse en Barcelona.

¿De dónde procede el título de ‘Las defensas’?
‘Las defensas’ viene por la forma en que nos educan a todos. Nos enseñan a pensar que si te esfuerzas en algo tendrás una recompensa. Camilo Escobedo, el protagonista, se había entregado por completo a su profesión y, al ver que no había recompensa, se defraudó completamente. Uno crece pensando que la familia y la autoridad le van a proteger siempre, pero llega un momento en que todo eso no se cumple y las defensas se vienen abajo. El ejemplo de Escobedo es un caso de acoso laboral impresionante, lo que contribuyó a empeorar su situación. Pero él se plantó frente al mundo y trató de levantar unas nuevas defensas. A partir de ahí vemos a alguien que se distancia de su familia, que se busca una amante, que se alcoholiza, que entra en automedicación y la novela recoge su recorrido por todo ese estrés.

¿Una de tus intenciones al escribir la novela era invitar a la reflexión sobre el estrés?
En el mundo de la neurología existen los llamados test de estrés y la novela es una invitación a pensar en qué lugar del test se encuentra el lector, el ciudadano. No podemos olvidar que España es el primer país de Europa en consumo de ansiolíticos y estimulantes. Hace mucho tiempo me marché a Australia para escribir sobre el coral, sobre su degradación. La preocupación que me llevó a hablar de aquel problema es la misma que me ha impulsado ahora a tratar el caso de Escobedo.

¿El estrés es una enfermedad de ricos, propio de una capa social culta y elevada, o afecta a todos los estratos sociales?
Creo que cada barrio, como cada ciudad, tiene su patología. Por comprar un alimento saludable no vas a estar mejor mentalmente. En mis viajes siempre me interesó conocer la patología de cada lugar que visitaba. Por zonas, puedes ver cómo padecen ricos o pobres, el estrés es común, pero cada uno lo procesa de una manera, que depende de los medios que dispone para afrontarlo. En la actualidad, participo en un proyecto de supermanzanas, cuyo objetivo es regenerar la zona urbana, reducir el número de coches en el interior de las ciudades, aumentar los espacios verdes. En Barcelona, con datos contrastados, anualmente mueren tres mil quinientas personas por cuestiones relacionadas con la polución y otras cincuenta mil padecen bronquitis y asma generado por este mismo motivo. Sin ir más lejos, mi hijo es alérgico y carece de antecedentes familiares. Proponemos un cambio a nivel estructural, urbanístico, que se encuentra en las antípodas de la recuperación de los hidrocarburos de Donald Trump. Europa puede proponer un modelo distinto al norteamericano.

A la hora de escribir ‘Las defensas’, ¿te ha influido la empatía que sientes hacia el personaje real?
Sí, la empatía que siento por las personas y sus historias cuenta con mi respeto reverencial. Es la misma sensación que tengo hacia los escritores que me han gustado y traído hasta aquí. Creo en las grandes historias que me afectan y trato de que mis novelas tengan la misma intensidad que las de esos autores. Voy a tope hasta el final de la narración que llevo entre manos.

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¿De alguna manera Camilo Escobedo ha supervisado tu trabajo?
Con Escobedo establecí un trato, incluso le dije que esta historia podía contarla él mismo. Pero me respondió que no, que deseaba una novela a lo Philip Roth. De todos modos hizo una prueba de setenta páginas y el resultado no le convenció. Como había estado un año fuera del mundo, me dijo que me necesitaba como un detective del pasado para que averiguase qué había ocurrido durante aquel tiempo. Yo acepté, pero le dejé claro que el resultado sería mi libro, no el suyo, aunque él siempre estuvo cerca para cubrir ciertas situaciones neurológicas y emocionales.

El hecho de que un neurólogo se autodiagnostique «encefalitis límbica», una enfermedad desconocida para sus colegas, que creían que se trataba de una esquizofrenia, debe suponer una sensación claustrofóbica terrible, ¿no?
Es el horror al cuadrado porque él ni siquiera era un enfermo normal. Es como una prisión reforzada, llevada al más allá. Escudero sabía que padecía una enfermedad y veía que no podía combatirla. El hecho de que estaba lúcido mientras permanecía internado es una reflexión que surge a posteriori. Yo provengo de la literatura de viajes, un género muy maltratado en España, a pesar de que tenemos como libros fundacionales ‘El Cantar del Cid’ y ‘El Quijote’, que son libros viajeros. ‘Las defensas’ es una novela sobre el viaje de un loco.

Desde el punto de vista médico, un neurólogo que esté loco no resulta muy recomendable, ¿no?
Claro que no, por eso existen hospitales especiales para doctores. Hay pocos en el mundo, pero en Barcelona hay uno. De alguna manera su objetivo es proteger al enfermo y a sus colegas.

¿Por qué decidiste contarla en primera persona?
Escribirla en primera persona era fundamental para conseguir la vivencia del protagonista. Cuando le ofrecí a Escobedo que lo escribiera él mismo, se lo dije porque era un reto muy importante, muy difícil. Me preguntaba cómo iba a conseguir entrar en personaje, que él se viera representado en el texto y al mismo tiempo que aceptase que se trataba de una novela. La primera persona que he utilizado no es única, sino como un coro donde, en primer lugar, habla el loco con un lenguaje seco y directo que representa su pasado; una segunda voz es la del protagonista que, como neurólogo, se observa a sí mismo y conoce su grado de locura, pero no puede comunicarlo porque está loco; aún hay otra primera persona más, en la que he acudido al futuro para buscar cómo es Escobedo ahora. Para ello tuve que recurrir a mis lecturas de siempre y creo que el producto resultante es una mezcla de Fernando Pessoa, del Peter Matthiesen de ‘País de sombra’ y del Antonio Tabucci de ‘Sostiene Pereira’.

‘Las defensas’ se basa en una historia real, pero ¿resulta verosímil también?
Es una novela, con lo cual partimos de que está basado en un hecho real y que el objetivo es hacerla lo más verosímil posible, se non è vero, è ben trovato. Cuando escribes haces que lo que se lee se viva como una realidad inexorable. Que sea ficción o no da igual, tú sientes que es cierta, que existe, que está en el ambiente y si no es así, es posible que mañana sí lo sea.

¿Hasta dónde somos responsables o no de responder a la presión a la que nos somete el sistema?
Creo que no somos responsables. El capitalismo está bien engrasado y nos ha llevado a una velocidad que nos impide detenernos para pensar que otra forma de vida es posible. Un filósofo mexicano muy joven, Luciano Concheiro, en su libro ‘Contra el tiempo’ dice que se ha acabado la época de quejarse, que es el momento de arriesgar propuestas. Hasta ahora pensábamos que estábamos en el mejor de los mundos posibles y creíamos que progresábamos. Ahora somos conscientes de que eso del progreso es una falacia y que ha llegado el momento de repensar y revertir nuestra situación. Hemos llegado a un límite que no podemos sobrepasar. Por ejemplo, en una ciudad no es normal que el ochenta y cinco por ciento de su espacio esté ocupado por el tráfico rodado. Antes éramos ciudadanos y nos hemos convertido en peatones. Hay que recuperar las ciudades para las personas, no se nos tiene que juzgar por nuestra movilidad sino por lo que somos, es decir, ciudadanos. Si no lo remediamos, terminaremos devorados por los ansiolíticos.

La última por esta vez: ¿trabajas ya en algún proyecto nuevo?
Me encuentro en plena promoción de esta novela en inglés. Acaba de publicarse en Inglaterra, en invierno aparecerá en Estados Unidos y pronto viajaré a Australia. Actualmente trabajo en un libro sobre animales invisibles y en otros dos más sobre Barcelona. Uno de ellos trata de un político catalán, mientras que el otro habla de un piloto pionero de la Moto GP, que es de los pocos deportistas que ha conseguido ser campeón mundial en dos disciplinas: esquí náutico y motociclismo. Este contexto me permitirá hablar del movimiento hippie en España y del mundo del motor, en cuya industria irrumpieron los japoneses.
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