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Etiquetas:   Entrevista   Autores   -   Sección:   Libros

"Heim era un tipo glamuroso y encantador, un galán de Hollywood"

Entrevista a José Luis Muñoz
Herme Cerezo
viernes, 7 de julio de 2017, 00:00 h (CET)



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José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) es uno de los veteranos de la novela negra española con más de cuarenta títulos y algunos premios literarios (Tigre Juan, La Sonrisa Vertical, Camilo José Cela y Café Gijón) a sus espaldas. Escribe, además, artículos de opinión en diversos medios periodísticos. Los frutos literarios de sus viajes son ‘La Frontera Sur’ (México); ‘Lluvia de níquel’ (EE.UU.); ‘Patpong Road’ (Tailandia); ‘Llueve sobre La Habana’ (Cuba); y ‘La caraqueña del Maní’ (Venezuela). Con ‘Cazadores en la nieve’ conquistó el Premio de Novela Corta Ciudad de Córdoba en 2016 y ahora presenta ‘El rastro del lobo’, hasta hoy su última entrega.

José Luis Muñoz tiene nuevo libro en el mercado, algo que por su extensa producción ya casi no es noticia. Lleva por título ‘El rastro del lobo’ y ha sido publicado por Ediciones Traspiés. En esta ocasión, el escritor salmantino se centra en la figura de Aribert Ferdinand Heim, también conocido como el Carnicero de Mauthausen, un escurridizo capitoste nazi, desgraciadamente famoso por sus torturas y experimentos mortales con los prisioneros de los campos de concentración. A pesar de que la II Guerra Mundial y sus aledaños son un tema bastante recurrente en la literatura contemporánea, Muñoz ha construido una novela que seduce desde la primera página y en la que maneja la acción de tal manera que el lector no puede abandonar la lectura hasta el final. Un final, por cierto, que no dejará indiferente a nadie.

José Luis, contigo siempre hay una pregunta recurrente, que regresa en cada nueva entrevista: novela, cuento, terror, género erótico, policiaco, de vampiros, de nazis, ¿te queda algún territorio por explorar a través de la literatura?
Algún género y tema queda. No he escrito nada sobre viajes espaciales, por ejemplo, ni sobre el Imperio Romano, pero todo se andará.

¿Cambias de registro por aburrimiento, porque las cosas surgen así o por higiene literaria?
Por las tres razones que expones. Es muy aburrido escribir siempre la misma novela o hacer sagas con un mismo protagonista. Por eso suelo matarlos. Me gusta experimentar, pretendo que ninguna novela mía tenga algo que ver con la precedente. Indagar en las claves genéricas, para violarlas, me parece muy estimulante literariamente hablando.

¿Cómo te tropezaste con el personaje de Aribert Ferdinand Heim, el Carnicero de Mauthausen o el Doctor Muerte? ¿Andabas tú también en su busca como medio mundo?
Fue algo muy aleatorio y que debo a un diario, El País, que he dejado de leer y compro en invierno exclusivamente para encender la chimenea de mi casa de montaña. En El País Semanal de muchos años atrás se publicaron una serie de reportajes sobre personajes históricos siniestros. De esa serie salió ‘El hijo del diablo’ sobre Vlad Drácula El Empalador y esta novela sobre Heim. Heim era, o es, un psicópata sanguinario menos famoso que su colega el Doctor Mengele. Lo que me sedujo de ese personaje siniestro fue su peripecia vital, su periplo de permanente huida durante cuarenta años por todo el mundo, las veces que murió y resucitó, los dobles que utilizó. Y en ese viaje sin fin la bestia continuó asesinando.

No es la primera vez que escribes sobre nazis, de hecho una novela anterior tuya, ‘El mal absoluto, sobre este mismo tema hizo que nos conociéramos, ¿tienes algún interés especial por esta parte de la Historia del Siglo XX?
El tema del nazismo forma parte de mis obsesiones. Cuando era un niño de pantalón corto escribí una novela llamada ‘Auschwitz’. Cuarenta años más tarde publicaba ‘El mal absoluto’. Con ‘El rastro del lobo’ vuelvo a la temática nazi. El nazismo estuvo detrás del mayor desastre de la historia de la humanidad, la Segunda Guerra Mundial. El nazismo era una ideología de odio y supremacía nacional que llegó al poder con el voto popular. Lo grave no es que hubiera un personaje enloquecido llamado Adolf Hitler sino que millones de alemanes compraran su discurso de odio. Conviene no olvidar para no repetir, pero olvidamos.

Y ¿cómo se consigue que una novela adscrita a un género tan manido como este se convierta en un texto adictivo? Porque lo más curioso es que uno consulta en Internet la biografía de Heim y se zambulle de nuevo en la lectura de tu libro hasta terminarlo.
Bueno. Quizá habría que hablar de mis habilidades narrativas. En la novela hay un diez por ciento de ficción, el resto está perfectamente documentado. Manejar todo ese ingente material que hay sobre Heim y convertirlo en un thriller adictivo debe ser mérito del autor. Vázquez Montalbán dijo que escribía lo que le gustaría leer. Pues aplico esa norma a rajatabla.

¿En serio que no escondes ningún secreto en tu escritorio?
El secreto es escribir con pasión cada novela, poner las tripas en ella, no ser un impostor. Cada novela tiene su música. Esta, ‘El rastro del lobo’, por ejemplo tiene una estructura caótica, porque va del pasado al presente y salta de un continente a otro. Está diseñada como un puzzle que el lector tiene que armar en su cabeza y esa técnica no la había utilizado nunca.

Escogiste la tercera persona para narrar, ¿por qué?
Convenía una cierta distancia por mi parte respecto a lo narrado. Algunos de los capítulos son muy sangrientos, pero absolutamente reales. Por otro lado, esa tercera persona me facilitaba una neutralidad sobre el texto. En ningún momento, ni en los más duros, tildo al personaje de psicópata. Que el lector juzgue si ha de juzgar.

‘El rastro del lobo’ habla de torturas y muerte de los prisioneros de los campos de concentración, y aún fuera de ellos, ¿cómo consigues distanciarte para hablar de tanto horror?
Ah. Por esa tercera persona. La primera me convertiría en Heim y sería mentalmente peligroso. Por suerte esos capítulos de una dureza extrema, pero escritos con un cierto laconismo, se alternan con otros amables. También por suerte frente a Heim está Joachim Schoöck, el policía de Stuttgart que dedica toda su vida a cazar al asesino nazi.

En la novela hay mucho dato cierto, y también una parte de ficción, ¿te ha resultado fácil cubrir los huecos que la realidad deja vacíos?
Me ha resultado fácil. La vida sentimental de Heim, por ejemplo, y su relación con esa prisionera de Mauthausen bajo el síndrome de Estocolmo es fruto de mi imaginación. Pongo en cuarentena el período en El Cairo. Ese encuentro con Mengele no sé si se produjo, pero entra dentro de lo posible. Lo importante es que todo encaje, que la narración atrape y el lector no pueda dejarla una vez que la empiece.

Heim se presenta en el libro como un nazi especialmente desconcertante, muy astuto, con enorme capacidad para el camuflaje y el despiste, ¿cuéntanos un poco cómo era Heim?
Y seductor. Si ves las fotos de Heim, pocas, te darás cuenta de que era un galán de Hollywood, un tipo glamuroso y encantador. Era escurridizo. Estaba tan seguro de sí mismo que se reía de sus perseguidores. Odessa le protegía. Había una serie de fieles dobles que se hicieron pasar por él. Era, o es, muy inteligente. Y luego, como todo psicópata, contradictorio, capaz de amar mucho a los suyos como de no sentir absolutamente nada por sus víctimas.

Tal es su habilidad para pasar desapercibido que en una presentación de la novela manifestaste que por un momento «temimos verle entrar”, ¿tan escurridizo era Heim?
No es broma. No hay partida de defunción de Heim. Se le supone muerto por edad. A partir de ahora cerraré la puerta de mi casa con llave.

Con la vida que llevamos actualmente y, si fuera posible por cuestión de la edad, ¿cualquiera de nosotros podríamos tener como vecino a un gerifalte nazi sin saberlo?
Sí. Y más en España. Franco dio refugio a numerosos criminales de guerra nazis, a León Degrelle que creo sale en un capítulo de ‘El rastro del lobo’. Se confundían con los pobladores y eran apreciados por ellos porque solían ser muy generosos. Nadie les preguntaba por su pasado. No interesaba. Eran asesinos exquisitos.

Has citado Odessa, que juega un papel importante en la novela, ¿puedes explicar brevemente qué era Odessa?
Odessa se creó para socorrer a los nazis en su diáspora. Era una organización con una jerarquía militar y miembros en los cinco continentes. Procuraban salvoconductos y nuevas identidades a los huidos. Asesinaban cuando era necesario. Se nutrió con miembros de las SS y con jóvenes simpatizantes fascinados por el nazismo en los países en los que operaba la organización. Manejaba mucho dinero. El secuestro y ejecución de Adolf Eichmann supuso un punto de inflexión para la organización que actuaba como un servicio secreto más.

Joachim Schoöck es el policía alemán obsesionado en dar caza a Heim, ¿a lo largo de la historia ha habido policías especializados y dedicados únicamente a este tipo de trabajos, dejando de lado a los agentes israelíes?
Fundamentalmente ha sido Israel quien ha encabezado esas cacerías de nazis a través del centro Simón Weisenthal. Hay que tener en cuenta que un nazi como Heim ejerció la medicina en Baden Baden sin problemas hasta que fue descubierto por una de sus víctimas. Estados Unidos acogió a científicos nazis para sus programas nucleares y espaciales. Los nazis gozaron de impunidad en las dictaduras latinoamericanas. El caso de ese policía alemán es anecdótico. Los nazis siguen allí. Son los abuelos venerables de los jóvenes alemanes. Y no se arrepienten de lo que hicieron.

Sin adelantar el final de la novela, ¿no crees que has sido un poco cruel con Schoöck?
Schoöck es el policía tenaz con muchos más fracasos que aciertos. Es muy humano e insinúo un pasado que le hace ser tan obsesivo en su búsqueda del Doctor Muerte. No es un ser feliz ni realizado. La vida lo ha machacado. Los nazis tenían granjas humanas de dónde saldrían esos arios perfectos sin padres ni madres ni más apego que el nacionalsocialismo. ¿Esa es la cuna de Schoöck? Lo dejo en el aire.

En toda novela, un escritor aprende algo mientras la escribe, ¿qué has aprendido tú de la escritura de ‘El rastro del lobo’?
Pues que soy capaz de armar un thriller al estilo de las novelas de John Le Carré, por ejemplo, al que admiro muchísimo . O que puede fascinarme literariamente un personaje tan odioso como el Carnicero de Mauthausen.

Para acabar por hoy, enlazo esta última pregunta con la primera: ¿José Luis, por dónde nos vas a sorprender ahora? ¿Por dónde se encamina tu próximo proyecto literario?
En noviembre verá la luz una novela muy diferente, muy personal, casi la crónica de un viaje: ‘La manzana helada’. Mi relación con la Gran Manzana a raíz de un viaje invernal y el descubrimiento de una ciudad tan dura como la de ‘Midnight Cowboy’. Nueva York y su fauna humana son sus protagonistas. Y sigo con ‘Brother’, esa road movie de más de mil páginas en la que dos hermanos, Caín y Abel, se persiguen por toda la costa Oeste hasta llegar a Alaska, el fin del mundo. De cada viaje suelo sacar un libro. En realidad la literatura es una forma de viajar.
Comentarios
Fabián Núñez 07/jul/17    18:21 h.
Lupe Alzaga 07/jul/17    11:43 h.
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