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Etiquetas:   Entrevista   Autores   -   Sección:   Libros

"Ahora la Transición atraviesa por un momento de injusto desprestigio"

Entrevista a Ignacio Martínez de Pisón
Herme Cerezo
sábado, 17 de junio de 2017, 11:05 h (CET)



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Ignacio Martínez de Pisón nació en Zaragoza en 1960 y reside en Barcelona desde 1982. Es autor de una docena de libros’, entre los que destacan las colecciones de cuentos ‘El fin de los buenos tiempos’ y ‘Aeropuerto de Funchal’, las novelas ‘Carreteras secundarias’, ‘María bonita’, ‘El tiempo de las mujeres’, ‘El día de mañana’ (Premio de la Crítica 2011) y ‘La buena reputación’, así como del ensayo ‘Enterrar a los muertos’, que obtuvo los premios Rodolfo Walsh y Dulce Chacón y fue unánimemente elogiado por la crítica en varios países europeos.

Al tiempo que pasa de la infancia a la edad adulta en una España en pleno proceso de apertura tras la Transición, en el interior de Ángel, el protagonista, late la imperiosa necesidad de dotar de sentido a las cosas, de encontrar un orden, dado que su familia ha sido un modelo de inestabilidad y desorden. El padre, también de nombre Ángel, errático actor de películas de serie B e imitador de Demis Roussos, tiene una irrefrenable tendencia a la huida. Sus apariciones y desapariciones estelares dejan huellas invisibles pero indelebles en cada uno de sus cuatro hijos. Lucía, la madre, por su parte, es una mujer enamorada que, harta de creer en él, tendrá que hacer esfuerzos sobrehumanos para tomar las riendas de su propia vida en una España que aún no ha despertado del todo del franquismo. Bajo estos parámetros espaciotemporales, Ignacio Martínez de Pisón ha enhebrado ‘Derecho natural’, su nueva novela, editada por Seix Barral. Para hablar sobre ella quedé con Ignacio un martes por la tarde, poco antes de que marchase a impartir una conferencia en una conocida escuela valenciana de diseño. A las cinco en punto, Martínez de Pisón acudió a nuestra cita y comenzamos a charlar.

Ignacio, si alguien te dijera que no le ha gustado una novela tuya, pero que no ha podido dejar de leerla por cómo está escrita, ¿qué pensarías?
Ya me gustaría que me dijeran eso. Con las palabras uno puede crear música como los encantadores de serpientes y pensar que sólo con ellas, igual que los músicos con sus notas, puedes conseguir que alguien siga hipnotizado y no pueda dejar de leer lo que has escrito, aunque no le guste la historia o los personajes le resulten cargantes, no deja de estar bien.

Y ¿cómo definirías tu estilo?
La literatura es un arte, pero dentro de ella hay múltiples escuelas y cuando uno crea un producto artístico tiene muchos modelos a los adscribirse. El mío es el menos solemne, porque para mí la gran tradición literaria es la de los narradores realistas del siglo XIX. Creo que hoy se puede escribir siguiendo su estela, porque aunque el siglo XX amplió los horizontes de la novela no elimino el realismo de toda la vida. De hecho, en Estados Unidos es el estilo que más funciona.

¿Cómo surge la idea o cuál es la primera imagen que da origen a la escritura de ‘Derecho natural’?
Aunque parece que la primera imagen es la de un señor que engorda, se queda calvo y acaba pareciéndose a Demis Roussos, esto no es así porque eso se me ocurrió mucho más tarde. En realidad, yo quería escribir una novela sobre el ambiente del cine español de serie b, sobre esas películas malas de vaqueros y hombres lobos pero, como veía que no me funcionaba, a medida que avanzaba iba cambiando y al final fui a parar al tema de la familia, que es donde suelen acabar mis historias.

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Y por qué ocurre eso, ¿por qué te interesa tanto la familia?
Pues no lo sé, pero la verdad es que no puedo evitarlo. Me ocurre desde 1984 cuando escribí mi primera novela. Contar los conflictos entre maridos y mujeres o entre hermanos creo que es uno de los grandes temas de la literatura. Me atrae la familia vista al mismo tiempo como jaula y refugio, porque hay momentos que necesitas huir de ella y otros en los que buscas cobijo. En esta novela, el protagonista mantiene un pulso constante entre el deseo de huir y el de volver. Ángel padre es un gran fugitivo de la familia, mientras que, al contario, Ángel hijo piensa que puede ser una fortaleza donde le gusta encontrar amparo.

En ese sentido Ángel hijo, parece un tipo de otra época, muy responsabilizado por el entorno familiar.
Sí, pero si lo piensas muchas personas – y me refiero a gente mucho más joven que tú y que yo – tuvieron padres desastrosos, por causa de las drogas o del alcohol, y vieron falta de armonía en su casa, lo que les llevó a desarrollar esa idea de la responsabilidad y a reparar no sólo sus propios fallos, sino también los de los otros. En ‘Derecho natural’, mientras el padre está estropeando cosas, el hijo se ocupa de arreglarlas.

‘Derecho natural’ también es una historia de amor, de dos historias de amor.
De varias. Hay una, que solo está apuntada, que es como todas las historias de amor que no llegan a desarrollarse por la desaparición de uno de los miembros de la pareja, que es la de Ángel padre y su primera novia. Y también está la del amor infantil, la de Ángel hijo, que se ve expuesta a los roces de la realidad.

¿Podríamos definir a Ángel padre como un «peliculero» en toda la extensión del término?
Desde luego que sí y además en su sentido más estricto, el de una persona que trabaja en el cine y que se monta sus propias películas. Es un tipo que, aunque en la vida real no nos gustaría tenerlo a nuestro lado, tendemos a disculparle, porque en España hay una tradición de simpatía hacia esos tarambanas y pícaros, que se toman la vida con demasiada tranquilidad y se saltan las reglas. El padre tiene algo de eso y, además, desconocemos como se tomaría sus reglas si las tuviera. De todos modos, en mis novelas siempre llega un momento en el que trato de que los personajes nos caigan bien, que el lector sienta que tiene algo en común con ellos y que su destino le importe.

En el cine de los años sesenta y setenta, si un actor español quería ser alguien tenía que usar seudónimos extranjeros. Es lo que hace Ángel Ortega que pasa a llamarse Ray Ronson.
En aquellos años había muchas películas españolas que pretendían pasar por extranjeras. Contrataban actores norteamericanos de segunda fila para hacerlas más atractivas y añadir cosmopolitismo al cartel. Al mismo tiempo y por el mismo motivo, hubo actores españoles como Jacinto Molina, que se hizo llamar Paul Naschy. Todo eso creo que tiene mucho que ver con el complejo de inferioridad que había entonces, cuando uno se avergonzaba de ser español y trataba de imitar lo de fuera porque era mejor. Es curioso que en los años ochenta se produjo el fenómeno contrario, ya que llegó un momento de gran eclosión de lo español, algo que también he pretendido reflejar en la novela. Por eso, constantemente, regreso en mi obra a la Transición, que fue una época de grandes transformaciones. Como dijo Alfonso Guerra a «España no la conocía ni la madre que la parió».

Actualmente se tilda de fracaso a la Transición, ¿’Derecho natural’ puede contribuir a recuperar una parte de nuestra memoria y cambiar la imagen de aquel momento histórico?
La Transición ahora atraviesa por un momento de injusto desprestigio y a mí me gusta pensar que las cosas hay que ponerlas en su orden cronológico. Juzgarlo todo a toro pasado, cuarenta años después, te hace mirar lo que funcionó bien y lo que no, pero si analizamos la situación de violencia que vivíamos, el terrorismo, la crisis económica, la constante amenaza de los militares y el hecho de que procedíamos de un régimen dictatorial, que se había posesionado de España como un botín de guerra, si consideramos todos esos elementos, el pacto de convivencia al que se llegó en aquel momento no estuvo tan mal. Es verdad que hoy se le ven las costuras, pero entonces resultó muy válido y ha durado cuarenta años. Mi amigo, el editor Miguel Aguilar, dice que nos enorgullecemos de nuestros abuelos, que buscaron solucionar sus problemas a tiros, y sin embargo despreciamos a nuestros padres que trataron de resolverlos de modo pacífico y a través de un pacto.

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La verdad es que, en poco tiempo, este país pasó de una dictadura a un estado democrático, moderno, en el que cambiaron muchas cosas.
Realmente, el cambio producido en España durante treinta años es impresionante. Estamos hablando de un tiempo en el que se aprobó la Constitución y tres años después la Ley del Divorcio, en el que vivíamos una situación esquizofrénica, porque veíamos películas americanas donde el divorcio era algo normal, mientras que aquí no existía aún. Además socialmente la mujer cargaba con el estigma de que era una fresca, que no había sabido retener a su marido. Las costumbres se liberalizaron y fuimos el segundo país de Europa en el que se aprobó al matrimonio homosexual. Vivir rodeados de países demócratas nos hizo aprender pronto. Todos queríamos ser como la Suecia de Olof Palme. Creo que la evolución habida ha sido muy positiva, porque hemos pasado de un país lleno de nostálgicos de la dictadura a otro transformado en una democracia homologable.

¿Crees que ya ha pasado el tiempo necesario como para hablar con distancia suficiente sobre la Transición?
Hace quince años nadie se preocupaba por hablar o reflexionar sobre la Transición, no existía esa necesidad. En dos mil tres, cuando escribí ‘El tiempo de las mujeres’ en la que aparece el 23-F, me preocupé por mirar cuántos escritores habían escrito sobre el golpe de estado y descubrí que solo había uno: Eduardo Mendicutti. Ningún otro novelista español se había preocupado por este tema, sin embargo ahora ya hay muchas novelas que hablan del 23-F. Es curioso que, durante muchos años, se decidió no escribir sobre este asunto para no discutir.

Con esta novela has dibujado un retrato de época y lo has hecho no sólo a través de hechos importantes, como la aprobación de la Ley del Divorcio o el 23-F, sino de detalles cotidianos, como los cursos Assimil, la máquina de fotos Werlisa o el Dyane 6.
Y los esquís Sancheski, que a mí me sonaban a ruso, como Dostoievski, cuando en verdad se llamaba Sánchez. La marca era una mezcla del apellido y de la palabra esquí, que es lo que pretendían fabricar. Todo forma parte del atrezzo de la época y ayuda a situarnos. Para los que vivieron aquello puede tener un efecto nostálgico o les puede inspirar recuerdos, pero para un lector de una generación posterior o de otro país, simplemente forma parte del paisaje, del telón de fondo.

A la hora de documentarte, imagino que habrás tirado mucho de tu propia memoria, ¿no?
Sí, es la novela en la que más he recurrido a mi memoria, pero no referida a sucesos que me ocurrieran a mí o a mi familia. Creo que los recuerdos son el material más interesante del que se puede servir un escritor, más incluso que su propia imaginación.

En un momento dado, Luisa, la mujer de Ángel, ha de ponerse al frente del negocio familiar. Era tiempo de cambios, pero ¿resultaba fácil para una mujer sin formación e inmersa en un mundo terriblemente masculino, sacar adelante su agencia de artistas?
Lucía no fue educada para desempeñar un papel protagonista sino secundario. Ella vive un momento en el que no solo cambiamos de una dictadura a una democracia, sino que en España se pasa de una situación de minoría legal de la mujer a iniciar una carrera hacia la equiparación de sexos. Como dices era una generación que no estaba preparada ni educada para asumir las riendas de su vida, sin embargo, eso ocurrió y quizá por ello tiene reacciones contradictorias y toma decisiones encontradas.

Cuando Demis Roussos, a quien imita Ángel padre en ‘Derecho natural’, cantaba en Afrodite’s Child, casi se le consideraba un cantante de culto, pero luego con el giro que dio a su carrera se convirtió en un músico hortera.
Sí, yo no lo conocí en Afrodite’s Child cuando cantaba con Vangelis, sólo he vivido su parte hortera. A mí lo que me gusta no es la gente admirable, ni los grupos musicales que podrían llegar a ser legendarios, sino un tipo que se convierte en un cursi, que canta ‘Morir en brazos de mi amor’ en el programa de José María Íñigo y que sale en los especiales de fin de año. Y me interesa aún más su lado más fracasado, porque mi protagonista es un perdedor como él, alguien que imita a un fracasado, porque así inspira más lástima y afecto. Ninguno de mis personajes es admirable, pero en algún momento todos son dignos de cariño.

Recuperemos por un momento el 23-F, del que ya hemos hablado antes. En la novela Ángel hijo se encuentra en clase, pero ¿qué estabas haciendo tú cuando Tejero entró en el Congreso?
Me encontraba en la biblioteca de la facultad preparando un trabajo. Llegó un profesor y dijo que no nos pusiéramos nerviosos, pero que nos marchásemos a casa. Después nos fuimos enterando de que algo pasaba. En la novela aparece la imagen de que la ciudad pudiera haber sido tomada por tanques, mientras que aquí en Valencia, donde nos encontramos, aquello fue real y supongo que terrorífico, porque la gente debió pensar que regresaba el año mil novecientos treinta y seis. La verdad es que aquello pudo acabar muy mal, no estábamos aún en la OTAN y nadie habría venido a ayudarnos.

Acabamos. En ‘Derecho natural’ aparecen las pensiones de Barcelona, los personajes las frecuentan, ¿este tipo de establecimientos todavía menudean o son vestigios de una época pasada?
Ahora Barcelona, para bien y para mal, está tomada por el turismo, es una invasión que cambia la fisonomía urbana. Particularmente lo que más me gusta de la ciudad es su parte menos monumental. No me interesa lo que un coreano contempla durante una visita rápida, me gusta la Barcelona sin monumentos, la de Marsé, esa que, de vez en cuando, invado en mis novelas, alejada de clichés y estereotipos. Es difícil no caer en ellos.
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