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Cuando nada tiene valor

Felipe Muñoz
Felipe Muñoz
martes, 1 de febrero de 2011, 08:13 h (CET)
Todo da igual. Hace ya muchos años que, con las excusas de la tolerancia y de la solidaridad mal entendidas, o no entendidas en absoluto, en España nos lo vienen repitiendo.

A veces, incluso, los gobiernos y los medios de comunicación lo exponen explícitamente: “Por encima de todo, hay que dialogar”; o “hablando se entiende la gente” Aunque tu interlocutor tenga la intención de acabar contigo, negarse a dialogar es presentado como signo de intolerancia.

Hablando se entiende la gente
Todo gobierno tiene el deber de hablar con los terroristas; Israel debe dialogar con todos sus países limítrofes, aunque la mayoría de ellos tengan el programa de “echar a los judíos al mar”. Tenemos que hablar con las niñas de doce años, para ver si se ponen el velo por “propia voluntad”. Hay que hablar, porque todo es lo mismo. Todo es “igual de respetable”.

Es lo mismo en qué valores eduquen a nuestros hijos; es una “opción libre”. Da igual abortar que dar a luz; la decisión es exclusiva de la mujer. No hay diferencias entre naciones. Incluso, de nada valen los siglos de Historia que han configurado a éstas: pertenecer, o no, a un país es una opción libre, decidible en referéndum. Da lo mismo ser cristiano, musulmán o ateo. Se trata de una opción “privada” y, por supuesto, todas las opciones “son igualmente válidas”.

La verdad se ha hecho “democrática”
La verdad se vota. Y constituye una herejía completa discutir “lo que ha votado la mayoría del parlamento”. Como aquella vez, durante la República, en la que el Ateneo de Madrid votó, por mayoría simple (un voto), que Dios no existía.

Todo vale lo mismo. Es decir, nada tiene valor en realidad: se trata de “opciones libres”, que, por serlo, estamos obligados a “respetar” si no queremos ser acusados de intolerantes e insolidarios. Todos los motivos son respetables y no se puede decir que unos sean mejores que otros. Porque el criterio que tendríamos que utilizar sería un valor; y con los valores ocurre los mismo. Cada uno tiene los suyos y quién soy yo para cuestionar lo valores de otro.

Con tanta “libertad” y tanta indiferencia entre unos valores y otros, en el civilización occidental, y especialmente en España, nos hemos puesto en el lugar del asno de Buridán.

El asno de Buridán
El asno de Buridán aparece en una fábula, que algunos atribuyen a Juan Buridán (un filósofo nominalista del siglo XIV) y otros atribuyen a sus críticos. Se trata de lo siguiente: nos encontramos con un asno hambriento, colocado frente a dos montones de heno exactamente iguales y, exactamente, a la misma distancia.

Supongamos que el asno tiene “libertad de indiferencia”, es decir, capacidad para poder adoptar “opciones libres” entre alternativas equivalentes. Sin embargo, como las alternativas (los montones de heno) son exactamente iguales y la distancia es también la misma, el asno no es capaz de decidirse por uno de los montones y muere de hambre.

La indiferencia del asno hacia el valor
Por supuesto, se trata de una fábula y, por muchos experimentos que hagamos en la realidad, el asno nunca morirá de hambre. En nuestra humana realidad, nos han convencido de que todos los gatos son pardos, de que todos los montones de heno son iguales y de que estamos a la misma distancia de todos ellos.

Sobre todo, he aquí el núcleo de la cuestión, nos han convencido de que no merece la pena defender ningún “valor” por encima de otro. Porque todos son iguales y equivalentes. Hacer algo, lo que sea, a favor de uno de ellos (hacer algo, por ejemplo, a en defensa de España como nación), es un falta de respeto a los que “no se sienten españoles”. Hablar de jamón en clase es una falta de respeto hacia los musulmanes. Utilizar correctamente la gramática española en los anuncios de ofertas de trabajo es una falta de respeto y de solidaridad para con las mujeres.

Cada montón de heno lleva inscrito el “programa” de lo que hay que hacer para alcanzarlo. Y el cruce de dos montones modifica, pero no anula este programa. Por eso, el burro no se muere.

Pero nosotros ya no somos capaces de distinguir ese programa, eso que podemos hacer para apoyar el triunfo de los valores en los que creemos. Porque ya no creemos en ninguno. Ni siquiera creemos que exista algo como “los valores”. Quizá, por ello, estemos condenados a morir de hambre, como el asno del cuento.

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