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El sueño de la razón produce monstruos

Sonia Herrera
Sonia Herrera
@sonia_herrera_s
martes, 23 de noviembre de 2010, 11:08 h (CET)
La Asamblea General de la ONU proclamó el 21 de noviembre Día Mundial de la Televisión, en conmemoración de la fecha en que se celebró el Primer Foro Mundial de la Televisión en las Naciones Unidas en 1996. En ese momento se alentó a los Estados miembros a que promovieran intercambios mundiales de programas de televisión centrados en cuestiones como el desarrollo económico y social, la seguridad, la paz y la promoción del intercambio cultural. El domingo fue ese día y eso me lleva a preguntarme ¿realmente tenemos algo que celebrar? ¿Dónde están esos programas educativos que promulgan las temáticas sugeridas por las Naciones Unidas? ¿Dónde queda la creatividad, la innovación y la autocrítica en la televisión?

Sería bueno aprovechar la oportunidad que nos da este “día mundial” para reflexionar sobre dichas cuestiones y hacer una lectura crítica y constructiva de nuestra televisión. Para empezar, me parece interesante hacer alusión al reality show más longevo de nuestro país: Gran Hermano.

Ya nadie se cree aquello del “experimento sociológico” que tan bien funcionó al principio para darle fiabilidad y fidelizar a la audiencia. Cada vez somos más conscientes de lo poco aleatoria que es la muestra de personajes seleccionada, porque ese conglomerado prefabricado no tiene nada que ver con la realidad y no es representativa de la población española en general (por nuestro bien eso espero). Lejos quedan aquellos casi 8 millones de espectadores de la primera edición del programa, pero sigue siendo preocupante que una media del 19,3% de los hogares siga escogiendo Gran Hermano los jueves por la noche. ¿Por qué la exaltación de la mala educación sigue teniendo audiencia a pesar de no ser precisamente un ejemplo de conducta? La respuesta es compleja.

La realidad espectacularizada que nos muestra actualmente la televisión poco o nada tiene que ver con la realidad social, pero aun así, al presentarla envuelta en un halo de objetividad, verdad y verosimilitud, la fórmula sigue funcionando.
Gran Hermano no es más que una muestra de la anteposición del morbo y el espectáculo simplista (pan y circo para el pueblo) a la Realidad (cruda y quizás menos visual) o a la Imaginación que nos dejaron en la memoria series y programas inolvidables. Menos mal que aún nos quedan buenas prácticas a las que aferrarnos en medio de este circo mediático repleto de “pequeños monstruos goyescos” que ni Buñuel hubiera alcanzado a imaginar para una de sus películas. El surrealismo tiene límites que hace tiempo traspasaron nuestras pantallas.
Y es que en todo cambio más o menos abrupto, algo se gana y algo se pierde. Esa necesidad de adaptarnos a los nuevos lenguajes hipermediáticos e hipertextuales está alterando las condiciones de tiempo y espacio. Esto nos permite ganar en alcance espacial (las distancias ya no son lo que eran), en dominio de nuestro tiempo, en distanciamiento y en conciencia sobre el propio lenguaje. En cambio, la contraparte es que se pierde inmediatez, realismo, presencia del sujeto que participa en la situación comunicativa, y por ende, desaparece la relación tiempo-espacio del “aquí y ahora”. Pero, sin duda alguna, la hiperrealidad adulterada con grandes dosis de manipulación, no es el producto audiovisual que debiera surgir de los nuevos lenguajes, pues solamente supone una fantasía, la ilusión perversa que tergiversa la realidad para hacerla más llamativa, seductora y atrayente y, a su vez, más alienante.

José Saramago, en una conversación con Ignacio Ramonet y Víctor Sampedro, lo expresó así: “Lo más bajo, lo más despreciable se identifica con esa curiosidad mórbida y morbosa por lo que hacen los demás, no por lo que piensan, ni por lo que sienten. «¿Qué hacen, están haciendo el amor, están follando, están cagando?». Más claro, agua.

Ya se sabe que como decía Manuel Belgrano, “un pueblo culto nunca puede ser esclavizado”. Y eso no interesa.

Los medios de comunicación están presentes en nuestras vidas. Mis pretensiones con este artículo no van dirigidas a inventar nada nuevo ni a decir nada que no se haya dicho antes. Mi intención es que nos concienciemos de que nadie debe quedar excluido de las ventajas y beneficios de los medios de comunicación y, en concreto, de la televisión. Estudiarla, analizar su uso, adaptarlo y, en definitiva, dotarlos de sentido para que todos seamos capaces de autogestionar (crítica y éticamente) la información y el conocimiento, sin que nadie desde un despacho de un gran grupo empresarial comunicativo o desde una administración gubernamental se apodere de ello intentando homogeneizar el pensamiento de la sociedad. Quizás sea apuntar muy alto, ¿pero por qué no intentarlo?

¿Todo vale por la audiencia? Muchos se escudan en que esta es la televisión que queremos, pero ¿realmente exigimos los programas que se nos ofrecen? Algunas empresas mediáticas se excusan poniendo por delante las viejas funciones de la televisión que nos enseñan el primer día de clase en la facultad: informar y entretener (ya del formar ni hablamos, ¿pa’ qué?, se nos debió perder por el camino de los gritos y salidas de tono de las princesas del pueblo). Y el informar cada vez lo podemos poner más en entredicho.

Pero la culpa no es solamente de los programadores. Si bien es cierto que podrían arriesgar y proponer contenidos y formatos que promovieran la educación, la igualdad de género, la paz o la interculturalidad, entre muchas otras cosas, también lo es que como telespectadores podríamos aprovechar para revelarnos contra la dictadura del mando a distancia, haciendo gala de nuestra libertad ciudadana y alejándonos del sensacionalismo y el escándalo. No seamos mirados por el televisor como vaticinaba Eduardo Galeano. La televisión no es solo un negocio, debe ser un servicio. Y por ello, hoy más que nunca, es necesario que digamos bien alto que ¡OTRA TELE ES POSIBLE!

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