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Etiquetas:   Las fatigas del saber  

El muerto vivo

Sonia Herrera
Sonia Herrera
@sonia_herrera_s
martes, 2 de noviembre de 2010, 12:07 h (CET)
A todos nos llega nuestra hora, pero no a todos nos llega de la misma manera ni se nos recuerda del mismo modo.

Hoy es Día de Difuntos y ayer en todos los cementerios se repetía la misma escena. Esa imagen que tan bien reflejó Pedro Almodóvar en la primera secuencia de su película Volver. Este fin de semana, las lápidas estaban limpias como la patena y listas para pasar revista en un día tan señalado. Flores frescas que sustituyen a las artificiales, cubo en ristre, trapos, plumero… Que nadie diga que tenemos a la difunta o difunto en cuestión abandonado.

Tenemos tradiciones para todos los gustos que abarcan desde procesiones de ánimas a repiques de campanas, pasando por misas, cánticos, oraciones y otras costumbres milenarias dignas de avivar como el Samaín que recupera las raíces celtas del pueblo gallego.

Pero ya se sabe que las penas con pan son menos y, por ello, en España no faltan las castañas, el vino dulce, los buñuelos, los huesos de santo, los panellets...Pero si bien esta es una tradición cultural arraigada en nuestro país, en otros lugares del mundo el ritual es muy distinto.

En el poblado guatemalteco Todos Santos Chumatán se celebran carreras de caballos mientras los ancianos cuentan anécdotas y se deleitan con el plato típico: tamal negro. A su vez, en el pueblo de Santiago Sacatepéquez, sus habitantes se reúnen en el cementerio para realizar el vuelo de barriletes gigantes: una especie de cometas multicolores a las que se atan mensajes y peticiones para los seres queridos que ya no están.

En China, el día de difuntos se celebra en primavera y es conocido como “Qingming Jie” o “Día de Barrer las Tumbas” (en eso no dista mucho de la tradición occidental). Ese día millones de ciudadanos y ciudadanas homenajean a sus familiares fallecidos llevándoles flores y quemando dinero que según la creencia llegará al otro mundo para que puedan utilizarlo allí.

En la tradición aymara el ritual de Todos los Santos es el acontecimiento más importante del año. En Bolivia los preparativos de este día se orientan a preparar el recibimiento de las almas que regresan del más allá. Los velatorios, los rezos, las danzas y la música de acercamiento a los difuntos se suceden tanto en la zona andina como en los valles, en las áreas urbanas y en las comunidades rurales. No pueden faltar los brindis “purificadores” en honor a la Pachamama (Madre Tierra) y el mascado de hojas de coca. Una visita anual a los vivos que acogen a los muertos con abundante comida y bebida para saciar el hambre y la sed del largo viaje.

Mientras aquí sacamos el cepillo y el rastrojo para quitar el polvo y las hojas secas, en México se prepara la celebración del Día de Muertos, festividad que ha sido declarada por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y que mezcla la el indigenismo con la religión católica. Altares, mariachi, tequila (que no falte) y comida familiar en el camposanto; catrinas (figuras de la muerte vestidas como elegantes damas con llamativos colores), dulces con forma de calaveras, velas para iluminar el camino, flores de cempasúchil… La muerte sigue llegando en México, cada vez más cruel y sin aquellas “intermitencias” que nos dejó Saramago, pero a pesar de eso, en el único país hispano de Norteamérica no se vive la ausencia, se celebra y se recuerda la vida, incluso con rimas populares creadas con cierta sorna:

“Estaba la Media Muerte
sentada en un carrizal
comiendo tortilla dura
para poder engordar.
Estaba la Muerte seca
sentada en un arenal
comiendo tortilla dura
y frijolitos sin sal”.

Resulta agradable recordar todas estas tradiciones a las que Halloween les ha colgado la etiqueta de “peligro de extinción”. La globalización nos trajo hace algunos años esta celebración adornada con calabazas, golosinas y disfraces de monstruos varios.

El imperialismo yanqui ha vuelto a hacer mella en nuestras frágiles usanzas. Primero fue el inglés, impuesto cual esperanto babilónico que promovería el entendimiento entre los pueblos. Luego vino el Papá Noel de Coca Cola y más tarde los corazones y los querubines armados con arco y flechas de San Valentín. Ahora Halloween ha copado el paisaje callejero de la víspera de Todos los Santos y cuando vamos por la Gran Vía, las Ramblas o la calle Sierpes, nos encontramos con personajes curiosos vestidos de cadáveres, vampiros trasnochados y zombis. Y si el encuentro, más o menos fortuito, se produce de madrugada, no acertamos a distinguir si todo es producto del disfraz o el verdadero terror lo provoca pensar en la resaca del día después que nos dejara ver en el metro a un ingente ejército de muertos vivientes.

Pero seré benévola. El recuerdo de los seres queridos que ya no están, sea cuál sea el ritual, los mantiene vivos y ojalá, como decía la canción, no estuvieran muertos sino de parranda.

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