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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

‘Berlín. Ciudad de piedras’ de Jason Lutes: simplemente, una obra maestra

Herme Cerezo
Herme Cerezo
sábado, 18 de abril de 2009, 11:13 h (CET)
1928. Berlín. La Alemania que sale de la I Guerra Mundial. Un ambiente incierto, en todo caso, hostil para vivir. El Káiser, Guillermo II, hace tiempo que abdicó tras la derrota alemana en la contienda bélica, con dos millones de alemanes muertos a sus espaldas. Todo el país es un hervidero. La República de Weimar, el régimen político emanado de la constitución redactada en la Asamblea Constituyente, fruto del pacto entre el partido de Centro, el SPD (socialdemócrata) y el DDP (demócratas), languidece presa de una amalgama de "comunistas, socialistas, nacionalsocialistas, demócratas, republicanos, criminales, mendigos, ladrones y los de en medio", como la describe Kurt Severing, el protagonista masculino de gafas redondas y cristales gruesos, que se encuentra a Marthe Müller, la protagonista femenina, una joven de Colonia que se dirige a Berlín para probar fortuna en el mundo del arte. Marthe lleva un cuaderno, rayado, en el que, además de escribir su diario, dibuja todo lo que ve: gestos, paisajes, objetos, rostros, ... Severing, periodista y pacifista, trata de adaptarse a la situación, lo que no es fácil porque transita estratos sociales contrapuestos, e intenta que la situación le salpique lo menos posible, mucho mejor si no le salpica nada. Es la suya la postura de la decepción, del espectador, del que está de vuelta de todo, del que no se sorprende por nada, del escéptico en suma que trata de sobrevivir.

El encuentro entre Kurt y Marthe lo sitúa Utes, el autor, en un vagón de tren, donde un aprendiz de nacionalsocialista duerme en su asiento con la cabeza apoyada sobre una de las paredes y la gorra vagamente escapada. Y aquí, en esta pequeña introducción de apenas sesenta viñetas, está todo o casi todo lo que el lector va a encontrar en ‘Berlín. Ciudad de piedras’. Son cuatro pinceladas, pero ¡qué pinceladas! Es el principio de las obras maestras, algo que sin duda este álbum es. Por un instante, me dejo arrollar por la memoria y el primer capítulo de ‘Del amor y otros demonios’ (Gabriel García Márquez) me embarga. Allí fue donde, por primera vez, descubrí que alguien, un escritor, un artista, un genio, era capaz de resumir en tres páginas todo lo que luego desarrollaría en ciento cincuenta más. Es la magia de la obra artística.

La capital berlinesa, verdadera protagonista de la historia, saluda a Marthe Müller con los rescoldos de la guerra, con la miseria de un veterano que, lisiado, pide limosna para no morir. Y es que ‘Berlín. Ciudad de piedras’ es una urbe abrasada por el tráfago de los coches donde casi todos los personajes que aparecen están en conflicto. Nadie disfruta de su existencia: ni Kurt Severing; ni el guardia que regula la circulación desde la atalaya de su torre; ni herr Walzendorf; ni el grupo de artistillas que juegan a intelectuales reunidos en un tejado; ni Schwartz, el repartidor de prensa izquierdista, que sueña con Houdini; ni la modelo que trabaja en el cabaret del Bajovientre; ni Anne la homosexual de sentimientos encontrados; ni Margarethe en su nueva existencia acomodada; ni Godrum con sus hijos. Tan sólo Immenthaler, el comunista, parece encontrar al menos un objetivo para justificar su tiempo: el proselitismo.

Berlín vive, en sus diferentes capas sociales, tiempos convulsos que le conducirán al nazismo. La heterogeneidad de sus habitantes es enorme: comunistas fieles al Komintern, que socavan los cimientos de una República inaceptable, que tratan de unir al proletariado, que mantienen viva la llama de la memoria de los asesinados Karl Liebeknecht y Rosa Luxemburg; los incipientes nazis que, por ahora, se contentan con pequeños golpes y reventar manifestaciones; los maestros fieles al nuevo ideario republicano, contrarios a la monarquía que todavía representa el horror del Káiser; los judíos, orgullosos de su estirpe a pesar de que habitan una tierra de acogida que les permite comer; las fuerzas de asalto que se plantean cómo actuar en los tiempos que corren. Nadie tiene claro nada.

Como trasfondo hay relaciones humanas, historias de amor y amistad. El amor juega un papel importante, pero es un amor triste, donde hasta el sexo sabe raro: a derrota, a necesidad más que a deseo, a decadencia, a futuro incierto... Son como pequeños refugios, pequeños altos en el camino de la miseria, de la desesperación, de la amargura, en el trayecto imparable que conduce hacia la amenazadora sombra que se cierne sobre Alemania, sobre Europa, sobre el Mundo entero: el nazismo.

¡Ah, la tristeza! ¡Qué bien juega esta baza Jason Lutes! El dibujo de trazo limpio y sencillo, pero muy realista, fundamentado en algunas ocasiones en fotografías auténticas, como el propio autor aclara en las notas finales, nos presenta un retrato perfecto de esa época tan poco conocida y tan fundamental para la historia de Occidente. El autor remata su estrategia con el blanco y negro, crudo, sin matices, sin grises, con la soledad de las viñetas, de las callejas despoblada, del individuo solo entre el gentío, con la lluvia que, aquí, lejos de serenar, obstaculiza el devenir diario y suministra un residuo amargo indispensable.

Jason Lutes (New Jersey, 1967) pasó un buen puñado de años en Europa, donde saboreó, primero, los dibujos del Tintin de Hergé y, más tarde, de Vittorio Giardino. Aunque no conocía previamente la época que ha retratado en su obra, pronto descubrió que le apasionaba. Su objetivo era narrar el Berlín del periodo 1918 a 1939, el periodo de entreguerras que termina con la llegada de Hitler al poder. Su ficción se enmarca en hechos reales, por tanto, Lutes es tremendamente fiel al entorno histórico que los envuelve. En principio esta novela gráfica estaba planeada para 24 capítulos de 24 páginas cada uno, que serían publicados en 3 tomos. Sin embargo, a estas alturas nadie puede asegurar que ésa sea la dimensión exacta de su obra, ya que Jason prefiere no ser esclavo de un tamaño determinado y trabajar con la libertad que otorga no encorsetarse y moverse en el terreno de lo ilimitado.

Cuántas veces tuve en mis manos, mis improbables, este álbum sin decidirme a comprarlo. Y lleva ya cuatro ediciones. La primera en 2005 y la última en diciembre del pasado año. Y es que en ‘Berlín. Ciudad de piedras está cuidado hasta el más mínimo detalle, empezando por la portada, un remedo de libreta de contabilidad o de antiguo álbum de fotografías. Antiguo, sobre todo antiguo, como la historia que cuentan sus páginas interiores. Y qué contraste de actitud la mía, porque ahora, en cuanto termine de escribir estas páginas corro a comprar la segunda parte de esta obra, ‘Berlín. Ciudad de humo’, con auténtica ansia por leerla y después contársela a ustedes. No vaya a ser que, cuando llegue a la librería, se haya agotado y yo no pueda hacer ni lo uno ni lo otro.

Finalizo. Al terminar la lectura de ‘Berlín. Ciudad de piedras’, uno tiene la sensación, la extraordinaria sensación, de haber leído un inconmensurable fresco histórico. Los que hayan visto alguna vez la película ‘Novecento’ de Bernardo Bertolucci sabrán perfectamente a lo que me refiero. Vaya que si lo sabrán. Y si no lo saben, ésta es su oportunidad de saberlo. Pero también hay otras cosas en este álbum: está el ‘Cabaret’ de Bob Fosse o ‘La caída de los dioses’ de Visconti... ‘Berlín. Ciudad de piedras es mucho álbum. Simplemente, una obra maestra. Simplemente.

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‘Berlín. Ciudad de piedras’, por Jason Lutes. Ed. Astiberri, diciembre 2008. 216 páginas, 25 euros.

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