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Etiquetas:   Crítica de libros   Cultura   -   Sección:   Libros

Espacios Oblicuos

Una obra de Paloma Fernández Gomá
José Sarria
viernes, 22 de mayo de 2015, 22:06 h (CET)
En el devenir histórico de la creación poética ha existido un doble discurso, desde el punto de vista del planteamiento del hecho creacional. Por un lado estaban y están aquellos escritores que han desarrollado su estética en el marco de la búsqueda de los estados puros, desde la trinchera de la poesía simbolista, con sus predecesores Charles Baudelaire o Mallarmé, pasando por el texto La Poésie pure del abate Henri Bremond, hasta los más cercanos defensores de este camino, como fueron Juan Ramón Jiménez o Jorge Guillén. De allí a las vanguardias: el futurismo, el dadismo, el ultraísmo o el surrealismo, entre otros. En el lado opuesto José Ortega y Gasset, quien advertía en su libro La deshumanización del arte, del riesgo de las vanguardias surgidas tras la Primera Guerra Mundial. Ortega habla de un “arte para minorías” que elimina los elementos humanos y retiene la materia puramente estética. Al discurso de Ortega se adscribe Pablo Neruda quien aboga por una poesía “impura: “Una poesía impura, como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas…”. Neruda hacía la primera declaración expresa de una poética que asociaba la vida y la creación lírica de una manera indeleble. Era todo un manifiesto ético-estético, una manera de ver el mundo, de entenderlo y de explicarlo, cuya estela recogerán Celaya o Blas de Otero, pilares de la poesía social y que redimensionan autores como Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, José Hierro, Félix Grande o Jorge Riechman.

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Bajo esta dicotomía de planteamientos estéticos que ha recorrido todo el caudal de la poesía española de los últimos cien años se nos presenta el poemario de Paloma Fernández Gomá, “Espacios oblicuos”, cuya ingente obra personal arranca con El ocaso del girasol (Algeciras, 1991) y fluye hasta su penúltimo poemario, Acercando Orillas (Cádiz, 2008). Tras la lectura de “Espacios oblicuos” ha regresado a mi mente la cita de Carlos Edmundo de Ory, a propósito del libro “Poemas en prosa” de Ángel Crespo: "Ángel se suelta el pelo –dice Ory-, entra en la órbita de la nueva estética al mancomunarse con los iconoclastas que destronaron a la Diosa Razón, ramera de la poesía". De nuevo el viejo debate: la razón, la lógica, la utilidad, la urbanidad como referente y la expresión inmediata, frente a la profundización, la búsqueda del conocimiento, la reflexión, la naturaleza como elemento de contemplación e inspiración.

En la poesía de Paloma Fernández Gomá la decisión es firme desde sus primeras entregas poéticas. No existen en su línea creativa vaivenes, modas a seguir o escuchas al viento; su apuesta es absolutamente firme y estable. Tal y como adelantó Rafael Soto Vergés, la de Paloma Fernández Gomá es "una mirada abierta a lo invisible". Paloma no entiende lo que es lineal, vertical o rectilíneo; ella busca los “espacios oblicuos”, ni siquiera las líneas oblicuas (porque una línea es nada para ella), necesita de las formas poliédricas, de las palabras polisémicas, de la pluralidad de posibilidades: “Los héroes ofrendaron los frutos del mar, / resucitando leyendas, OBVIANDO LA RAZÓN”, escribe la autora en la página 12 del texto. Ésta es, absolutamente, su opción.

Dice la gran poeta malagueña María Victoria Atencia: “De la poesía sólo sé que no se escribe por razonamiento; así es que carece de un proyecto previo. Sé que se abstiene de nombrar, porque habla de algo de lo que el autor no sabe el nombre, pero que el lector enteramente entiende aunque sin saber qué ha entendido. Y, especialmente, sé que no se alza desde la memoria personal, sino desde una memoria colectiva que viene desde el pasado, y que se anticipa también a lo que el hombre pensará, sentirá, temerá o creará cuando pasen muchísimos años. El poema es un salto al vacío. Porque lo que busca la poesía es “anonadarnos” en esa especie de “nada” que no es una falta de consistencia sino de referencia”. Esta línea creativa que plantea María Victoria, en la que el poeta necesitará eliminar las referencias, las apoyaturas, los mundos conocidos, para poder interpretar lo que describiera Jung: “la aventura de alcanzar a ese alguien que hay dentro de cada uno y que no soy yo”; como digo, esa línea creativa planteada por Atencia, es la que se descubre al inmersionar en la poesía de Paloma y que, a su vez, enlaza con el centro medular de la conferencia “Mundo real y mundo poético” de Pedro Salinas, donde se puede leer lo que sigue: “La poesía es una mística de la realidad. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino que participa de ella. El poeta es un cultivador de grietas. Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro”.

Todos, Atencia, Salinas o Fernández Gomá, siguen la estela de aquello que ya señaló, como adiestrado argonauta, nuestro Nobel Juan Ramón Jiménez: “Inteligencia, dame / el nombre exacto, y tuyo, / y suyo, y mío, de las cosas”.

Con una poesía intensamente visionaria, que denota en algunos momentos matices surrealistas, Paloma Fernández Gomá, desarrolla un discurso poético reflexivo y meditativo, sustentado sobre cuatro elementos que he querido ver como capitales en su poemario: (1) El espacio escénico del Estrecho de Gibraltar que con su evocador marco oceánico proporciona al texto un especial encanto de plasticidad mágica: mar, agua, océano, olas, barcas, marinas, orillas, algas, sal, marejadas, etc. Lugar alegórico sobre el que se sustenta una expresa iconografía teogónica desde la sublimación de la naturaleza (ramas de almendro, senda del agua, líquenes, robles envejecidos, pinos, zarzas, piedras, arroyos, playas, astros, etc.). (2) Los lugares conocidos elevados a símbolo mitológico, impregnando al texto, a veces, de cierto regusto culturalista (el jardín de las Hespérides, las columnas de Hércules o los hijos de Gea): las rutas del Magreb, Tánger (desde la antigua Tingis), Tetuán y sus puertas, Larache y la visión del Lucus, la senda de Fez, el blanco-violeta de Chaouen o ese “ir y venir de pasajeros, de equipajes” en el puerto de Algeciras que configuran un marco cuasi legendario en donde la palabra poética se redimensiona. (3) Una poesía profundamente reflexiva (fundamentalmente en los últimos poemas del texto) acerca de los temas eternos de la poesía: Dios y muerte, que alcanza la sublimación en las metáfora de los poemas “Vareando almendras” (“siempre el ayer, / se vuelve presente …/… cuando hayas de varear tus últimas almendras”, pág. 42) y “A un roble envejecido” (“A dónde fueros los pájaros que poblaron / de trinos tu sombra. / Qué fue de tu savia fecunda, / aquella que anegó el viento / de efluvios ancestrales”, pág.43). El cénit de este aspecto reflexivo se alcanza con estos inmarcesibles versos de nuestra autora: “Todo se vuelve tiempo transcurrido, holocausto / de nuestros días” (pág. 46) y (4) Una poesía del compromiso, en la línea de pensamiento del Humanismo Solidario, a la que nuestra poeta pertenece. Los ángeles que aparecen en el texto son aquellos mismos que ya aparecían en su poemario “Ángeles del desierto”, personajes mitológicos, seres oníricos, entelequias del inconsciente que van tomando cuerpo, se adueñan del poemario, se transmutan (por el milagro de la palabra) en náufragos del Estrecho Así, poco a poco, los ángeles del desierto, llegan a ser, se convierten, sobre las murallas de sus ciudades antiguas, con el rezo de sus mezquitas, desde las dársenas de sus puertos, sentados en el brocal de sus pozos sin agua o caminando por la estrechez de sus medinas, en protagonistas que van a denunciar, a través de los poemas, el “sacro silencio” con que nuestro tiempo trata de acallar la muerte que se concita en la otra ribera: “cien estacas clavadas sobre el agua / por cada nombre sin puerto / que no habrá de regresar. / Dormirá su futuro en el limo, / vacío de aliento, / sumido en la derrota”, dirá la poeta.

No espere el lector encontrar aquí una recreación romántica de itinerarios exóticos, pues el texto, tomando como pretexto emplazamientos o estancias conocidas, se desliza desde la sugerencia y el misterio, hacia un mensaje de profundización, a través de concepciones luminarias de un mundo cuya llama es perceptible gracias a la visión del poeta. Los versos se convierten en arquitectura poliédrica, en lenguaje de la interiorización, en voz poética del conocimiento y los lugares geográficos meros elementos donde se sustenta la figuración literaria para transmitir un mensaje de enorme calado y compromiso con lo eterno y con el hombre, en el sentido más existencialista del término.

Paloma nos invita desde el silencio, a la reflexión y a la contemplación, más que a la lectura misma de los poemas; a descifrar y a percibir la realidad que se esconde tras las palabras, las imágenes o las ideas. Desde una pacífica rebelión contenida en sus propuestas poéticas, es posible asistir a la interpretación lírica del mundo de otra manera, recreado desde otro prisma, al modo del poema “Pido el silencio” de Pablo Neruda: “Pero porque pido el silencio / no crean que voy a morirme: / me pasa todo lo contrario: / sucede que voy a vivirme”; es decir, la deconstrucción del mundo inmediato servirá a la autora para adentrase en un espacio simbólico, a veces onírico, casi surrealista, desde el que expresar su escepticismo frente a la realidad que se dogmatiza con nombres y denominaciones generalmente indubitadas: “Escucha bien, pequeño, / existe la hojalata, dicen, / existe el mundo, / comprueba si no mienten” (escribía la poeta austriaca Ilse Aichinger).

La presencia de lo arrebatado, de lo aniquilado, el tempus fugit y el compromiso conforman el magma de la poesía de los textos de esta autora. Su singularidad estriba en la fundación y defensa que hace de un mundo totalmente suyo, ajeno a tendencias o grupos, a través del cual va descubriendo poco a poco todo su ser.

Es por esto que en sus textos el predominio de la imaginación sobre la razón y la práctica ausencia del lenguaje denotativo, son una constante. Los ornamentos, la necesidad de investigar en la originalidad, el uso de la metáfora, las descripciones plásticas, el lenguaje cultivado, los cambios súbitos en el discurso y la gran variedad de formas e imágenes, nos acercan a un trabajo, diríamos, participado de lo barroco, pero con la frescura del surrealismo más cercano, que adentran al lector en el fascinante mundo de la contemplación y la reflexión.

"¡Ya vendrán tus hombres, Naturaleza!", exclamaba Friedrich Hölderlin. He aquí uno o una de ellos, que junto a grandes poetas como Juan Ramón Jiménez, Walt Whitman, Novalis, Ángel Valente, Goethe o el propio Hölderlin, han preferido el romanticismo de los dioses pánicos, antes que entregarse a la facilidad inmediata de la cordura y la razón. “Espacios oblicuos” es un claro ejemplo de esta decisión.
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