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El Candomblé y las religiones afro-brasileñas (III)

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
martes, 8 de abril de 2008, 13:39 h (CET)
3. Nociones espacio-temporales en el candomblé.

3.1. La cuestión espacial.


Escribe Bastide (2000) que la sacralización del espacio del terreiro pasa por la recreación simbólica del espacio africano, y por la plantación del axé.

Efectivamente, la oposición entre lo sagrado y lo profano en el candomblé, pasa por la distinción entre África y Brasil, de manera que lo sagrado podrá existir sólo en la medida que África haya sido transportada de un lado del océano al otro (2000: 91). Incluso el mismo Bastide observa la existencia de un árbol de origen africano, y cuya función es atravesar el océano con sus raíces para unir los dos mundos. Más adelante, con otro cometido, tendremos la ocasión de ver cómo el uso del simbolismo del centro – en el que se engloba el simbolismo de la montaña, del árbol y del poste central – no es exclusivo del candomblé.

La recreación de África pasa por la aglutinación de los orixás diseminados por la totalidad del territorio continental africano en el espacio del terreiro, cuyos límites nada tienen que ver con los límites geográficos, sino que, es el tratamiento simbólico del espacio lo que permite que todo un continente quepa en unos metros cuadrados. En el esquema apuntado por Bastide (2000: 92) (figura 1), podemos observar la disposición general de los diversos elementos en los terreiros de Bahía.

Encontramos, en primer lugar dos lugares dedicados a Exú, orixá del que dependen los caminos (la apertura y el cierre de éstos) y las encrucijadas. El primero de estos dos puntos – marcado por la porteira3- está destinado a la separación entre el mundo profano y el mundo sagrado del interior del espacio litúrgico. El segundo, da la entrada al espacio sagrado. Entre ambos puntos se encuentra un espacio liminal, en el que no se está ni dentro ni fuera del terreiro.

La situación de los diferentes altares dedicados a los orixás, está relacionada con su posición geográfica en el territorio africano. Además, si la divinidad se encuentra dentro del poblado original, en el terreiro estará dentro de una de las habitaciones, bajo un techo; si en el contexto original la divinidad está al aire libre, también lo está en el terreiro. Ogun, por ejemplo, está situado fuera de la casa principal y entre los árboles y las plantas porque, entre los Yoruba, no está dentro del poblado, sino en medio del bosque.

Es importante también la presencia del ficus doliaria o del ficus religiosa asimilado con el árbol sagrado de los africanos, el iroko. En su base se depositan los utensilios que se usan en las celebraciones, así como piedras u otros objetos que constituyen el patrimonio original africano - guardado en el pegi o santuario del interior de la casa principal - y que tienen gran cantidad de fuerza o axé, asimilables, asimismo, a los churingas australianos cargados de mana.

La recreación del espacio ancestral y mítico de los brasileños afro-descendientes está dirigido a la recreación de África, de tal manera que la entrada en el terreiro es una vuelta al mismo territorio africano, puede estar vinculado a la necesidad de una vuelta al orden que regía la vida cuando todo era como tenía que ser, es decir, antes de ser sometidos al régimen esclavista americano y separados de su tierra natal. Es una situación que me lleva a plantear un cierto paralelismo con la manera en que en el culto católico se accede a la iglesia con la esperanza de encontrar esa comunión con Dios, que se perdió al ser expulsados del Edén, donde todo era fácil y todo estaba ordenado. Una manera de sentirse tan cercano a la(s) divinidad(es) como en su día se estuvo. Esta concepción denota un antes y un después de un punto histórico caracterizado por la expulsión del orden y la entrada en el caos.

Esa necesidad del hombre de instalarse en un territorio, que para Eliade equivale a la fundación del mundo (1998: 40), en este caso equivale a la fundación del mundo del que fueron expulsados los africanos. Más aún, Eliade concluye que en sociedades primitivas como las de México y Australia, se construyen los poblados de acuerdo a su concepción del mundo. 4

En el caso que nos ocupa, esta rememoración no puede ser posible más que en los espacios intersticiales de la sociedad brasileña, tendente a la organicidad a imagen de las grandes ciudades europeas. Los “poblados” americanos ya están planeados y construidos a la llegada de los esclavos africanos, quienes han de amoldar su vida en todos los aspectos sociales excepto en el religioso donde, por medio del sincretismo con el santoral católico, consiguen cambiar el nombre de las divinidades sin que cambie la esencia simbólica de éstas, y consiguen hacerse con espacios desechados por la clase dominante brasileña donde instalar sus espacios de culto. Es en estos espacios donde realmente pueden crear una realidad que rememore sus espacios míticos, su África natal.

Encontramos también en la construcción la muestra explícita de la dualidad africana que diferencia, dentro del mundo invisible, entre el mundo de las divinidades y el mundo de los muertos. Las casas dirigidas a los seres superiores y a los espíritus de los muertos (ilé-orixá e ilé-saim respectivamente) son la muestra material de esta separación. La casa de los muertos es la más alejada de la de los orixás y no tiene más obertura que la puerta de entrada. La casa de los orixás, por otra parte, es usada como vivienda, y contiene la habitación dentro de la que se lleva a cabo la iniciación (aliaxé) y al salón de danza.

Interesante resulta, también, la existencia de un poste central en la casa de los orixás del terreiro. Está fabricado con madera del árbol sagrado (el iroko) lo que indica que no es un mero afloramiento del estilo arquitectónico, es decir, no aguanta el techo, si bien está relacionado con el estilo de construcción de las edificaciones. Las construcciones africanas, de base circular y techo en forma de cúpula, precisaban de cuatro pilares, que señalaban los cuatro puntos cardinales y tendían hacia el centro, señalándolo sin necesidad de marcarlo.

En el contexto brasileño, nuevo, donde las construcciones eran en forma rectangular, los afro-descendentes adoptan el nuevo estilo, en el que los puntos cardinales no precisan ya de ser marcados por postes, puesto que las cuatro paredes laterales están orientadas a los cuatro orientes (Bastide 2000: 103) (figura 2) 5.

A la vez, el poste central cumple la función de abrir la entrada a las alturas divinas. Es el canal por el medio del cual la población del terreiro puede relacionarse con las divinidades. Y es al pie de este poste ritual donde se depositan las ofrendas, por ejemplo, de las ceremonias mortuorias, o axêxê, y, sobre todo, donde se planta el axé en el candomblé de Bahía. Representa la manera de hacer ascender las ofrendas desde la tierra, al igual que entre las poblaciones árticas y norteamericanas, donde el poste se erigía en el centro de la casa y era al pie de éste donde eran colocadas las ofrendas, porque solamente a lo largo de este eje pueden subir al cielo (Eliade 1955: 50).

Esta unión entre el cielo y la tierra mediante el poste central, simboliza la unión entre la pareja divina primitiva de los yorubas, Obtalá (divinidad del cielo) y Oduduá (divinidad de la tierra), de la que nacieron Aganjou (el firmamento) y Yemanjá (las aguas). Entre los yorubas este matrimonio se expresa con la unión de dos mitades de calabaza (igba), expresión que en Brasil, de nuevo por una adaptación a las posibilidades materiales del nuevo país, se realiza con una especie de sopera con su tapa. Así, el templo es también la escenificación simbólica de la unión entre el cielo y la tierra, que ayuda que el mundo creado dure y lo rodee todo (Bastide 2000: 104).

La segunda condición para sacralizar el espacio del terreiro es el enterramiento del axé. El axé es el elemento más importante del patrimonio simbólico preservado y transmitido por el grupo litúrgico del terreiro en Brasil y es algo que, literalmente, se planta (Sodré 2002: 97). Podría definirse como fuerza de vida y se contrapone a la noción de agbara, definido como el poder adquirido por la fuerza física. La plantación del axé consiste en un sacrificio animal, la sangre del cual se deposita al pie del poste central, bajo el cual permanece enterrado parte del patrimonio simbólico original africano, como piedras u otros objetos.

El axé tiene la función también de llevar a cabo una clasificación, las diferentes categorías de la cual se explican por la relación entre las diferentes cantidades de fuerza que se posee. Los orixás, junto con el dominio que regentan, tienen diferente cantidad axé, lo que permite no solamente establecer una relación más o menos jerárquica entre ellos, sino también una clasificación del mundo.

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