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Crítica literaria
'Patrimonio. Una historia verdadera', de Philip Roth
Gabriel Ruiz-Ortega
 
No hay duda, no exagero si digo que Philip Roth es uno de los escritores más importantes del mundo. Roth pertenece a esa estirpe de escritores de aliento decimonónico, en el que se acrisolan los temas en torno a un gran tópico que muchas veces es el telón de fondo por el que se han escrito novelas como La mancha humana, Pastoral americana, El lamento de Portnoy, El año del sabath, solo por citar unos cuantos ejemplos que desde ya le han asegurado un lugar de privilegio en la narrativa contemporánea.

La novela Patrimonio, en estilo y forma, no es ajena al mundo literario de Roth. En ella están presentes las vetas que siempre han rubricado su literatura, pero que a la vez reflejan un punto de quiebre en su imaginario: la biografía. Patrimonio es una biografía novelada del padre del escritor, en el que recrea sin ánimo santificador su agonía producida por un cáncer al cerebro. Herman Roth es un anciano de ochenta y tres años que solo tiene que esperar la muerte, siendo su celebrado hijo quien tiene que tiene que ver por él en largos y espaciados periodos de tiempo. Roth nos ofrece trabajados frescos, tan descarnados estos que hacen de su padre uno de los personajes novelísticos mejor logrados en su trayectoria. La figura de su progenitor pasa de lo individual a lo colectivo, notándose la representación desazucarada de la comunidad judía norteamericana, tan pujante ella, tan llena de valores como de vacíos.

Narrado con el ritmo que tiene que narrarse esta clase de historias, la atmósfera cargada que aquí se percibe va en función a la morosidad de la prosa, que por alguna oscura razón, lleva consigo una soterrada fuerza que imanta al lector. En Roth es imposible no distinguir la voz, y esa voz con la hecho famoso a su legendario protagonista Zuckerman, la eleva a la cien en el mismo Herman Roth, en quien se acrisolan la impotencia y la muerte no solo de él, sino de toda una generación de judíos que forjaron una identidad propia y paralela en Norteamérica. Y al igual como sucede en la historia judía, en Patrimonio, a través de la semblanza de Herman, se redondea la gran metáfora que engloba a esta riquísima cultura: la persistencia, sea esta en todos los campos de la vida.

En ninguna página de Patrimonio se nota un exceso de imaginación, el posible influjo de esta arma vital del arte novelístico hubiera mandado por los suelos el proyecto primigenio de novela del autor. Pero también Patrimonio es un ajuste de cuentas con él mismo. Recordemos que Philip Roth también fue víctima de cáncer y que tras un largo proceso llegó a superarlo, y digamos, que después de ello, Roth experimentó un renacimiento en su propia literatura, entregándonos textos realmente maravillosos, totales, conmovedores, sugerentes, corrosivos, como La mancha humana, como para tener una idea.

Hay gente que reclama el premio Nobel para este autor. Cierto, Roth merece este premio más que los “desconocidos” galardonados, pero el Nóbel es poca cosa para este gran escritor, quien no es un monumento de carne puesto que lo suyo es y será escribir. Y merece ser leído, releído y estudiado. Esa es la mejor contribución que podemos hacer quienes lo admiramos. Y si aún no has leído a Roth, pues apúrate, con este autor no existe pierde.

Publicado el lunes 5 de febrero de 2007 a las 00:21 horas.
 
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