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Etiquetas:   Literaria   Entrevista  

“Viena es una ciudad de clichés y yo quería transmitirle al lector una imagen diferente, lejos de los valses, de Sisí y del Danubio”

Entrevista a la escritora Carla Montero
Herme Cerezo
martes, 20 de mayo de 2014, 07:12 h (CET)



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Carla Montero (Madrid, 1973) es autora de las novelas ‘Una dama en juego’ con la que se dio a conocer en el mundillo literario tras obtener el Premio Círculo de Lectores de Novela de 2009 y ‘La Tabla Esmeralda’. Termina de publicar su tercera obra de ficción titulada ‘La piel dorada’, editada por Plaza&Janés al igual que los dos títulos anteriores.

Viena, 1904. Una serie de asesinatos conmocionan la inestable sociedad del imperio. Todas las víctimas son modelos de artistas, mujeres jóvenes y hermosas, de dudosa reputación, que pertenecen a “La maison des manequins”, una organización creada por la bella y sofisticada Inés, amante y musa de uno de los pintores más afamados del momento. De la noche a la mañana, Inés se convertirá en la principal sospechosa de los asesinatos. Pero no es la única.

El detective Karl Sehlackman se adentrará en el lujo y el arte de la Viena de Fin-de-Siècle y en los bajos fondos de un imperio decadente para desentrañar el caso más difícil de su carrera policial, ya que los principales sospechosos son un gran amigo de la infancia, el príncipe Hugo von Ebenthal, y la mujer de la que está enamorado irremediablemente. Esta es la tarjeta de presentación de ‘La piel dorada’, la nueva novela de Carla Montero, editada por Plaza&Janés. Hace unas fechas, la escritora madrileña anduvo por Valencia y, a la sombra del Teatro Principal, conversamos durante unos minutos acerca de su nueva entrega.

Carla, tu anterior novela, ‘La tabla esmeralda’, se ocupaba del expolio nazi de obras de arte y ahora ‘La piel dorada’ también se vincula al mundo artístico.
Sí, el arte me encanta, es mi afición, una pasión personal. Un cuadro o una escultura no pueden dejar indiferente a nadie. Pueden causar éxtasis, repulsión o admiración pero no indiferencia. Precisamente esas sensaciones son las que yo trato de transmitir al lector a través de mis novelas. Cuando escribí sobre el expolio nazi nadie hablaba de ello y ahora se ha convertido en un tema de actualidad, de moda.

Y ¿de dónde proviene tu pasión por la escritura?
Es algo accidental. Me cuesta mucho considerarme escritora. Siempre he sido una persona que escribía sin afán de publicar, pero es verdad que siempre me gustó inventarme historias que eran sólo para mí. Publicarlas ha sido algo puramente casual.


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Después del éxito de ‘La tabla esmeralda’, ¿la presión a la hora de sentarse a escribir es mayor?
Es innegable que cuando tienes un éxito siempre percibes un poco de presión y, al empezar la siguiente novela, te resulta imposible abstraerte de esta circunstancia porque quieres volver a estar a la misma altura y no defraudar a los lectores que te siguen. Pero yo quiero divertirme e impedir que esa presión me condicione.

En tu planteamiento creativo, ¿te importa más el cómo que el qué?
Creo que es importante mantener un equilibrio. Has de saber qué quieres contar pero también debes poseer un estilo propio, una forma de narrar que atrape al público. No soy una escritora muy técnica aunque he de dominar los recursos estilísticos que voy a manejar. Soy autodidacta, me guío mucho por el instinto.

Continuamos con tu estilo, en alguna parte he leído que lo defines como “una coctelera”, ¿por qué?
Sí, creo que mi estilo es una coctelera de géneros. Esta idea me sobrevino a través de una entrevista que le hicieron a Umberto Eco, en la que le preguntaron cuál era la base para el triunfo. Y él respondió que era fácil: sólo había que meter los ingredientes en una coctelera, agitarla y salía hecho el best seller. Desde luego no es tan sencillo, pero a fin de cuentas lo que yo hago es mezclar ingredientes: thriller, romance, ambiente histórico… Me gusta como concepto.

¿De dónde surgió la chispa inicial para escribir esta novela?
‘La piel dorada’ nació delante de un cuadro de Picasso, ‘La acróbata sobre la bola’, que estaba colgado temporalmente en el Museo del Prado. Me gusta mucho perderme por sus salas y descubrir pinturas nuevas que me puedan asombrar. Después de haber superado los tópicos de Velázquez y Goya, el hecho de que el museo me sorprenda es algo en verdad curioso y, sin embargo, la contemplación de la niña que describe piruetas sobre la bola me indujo a formularme preguntas sobre ella y sobre la historia que podría esconderse detrás del lienzo. Es verdad que me podía haber formulado estas preguntas delante de cualquier otro cuadro, pero fue de ese.

En la narración has alternado la primera y tercera personas.
La primera persona me permite darle a la narración un tono más nostálgico e intimista, mientras que la tercera me ayuda a estar en todas partes. Al introducir la trama detectivesca en la novela, necesitaba la omnisciencia que proporciona la tercera persona porque he de estar en todas partes.


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Tal y como comienza el prólogo de la novela, induces al lector a pensar que tiene entre sus manos un thriller.
Es verdad pero en el mismo prólogo también trato de dejar claro que el lector no va a leer una novela negra, porque el propio inspector que lo escribe manifiesta que, aunque él es un detective no va hablar, de crímenes y criminales, sino de una mujer. La trama policial no es más que una excusa para narrar la historia de esa mujer y para hablar un poco más de la Viena oscura, que nos resulta muy desconocida.

Y ¿cómo es el retrato de esa Viena oscura?
Viena es una de las grandes protagonistas de la novela. Es la típica ciudad de clichés y yo quería describirle al lector una imagen diferente, lejos de los valses, de Sisí y del Danubio. En la época que se desarrolla la acción, Viena estaba en decadencia, con graves problemas sociales y económicos, pero al mismo tiempo bullía en ella una gran efervescencia desde el punto de vista artístico. Y no soy la primera que retrata esa Viena criminal. El escritor inglés, Frank Tallis, ya publicó una serie de novelas en las que un detective investiga los asesinatos que se cometieron en la capital austríaca por entonces.

En ‘La piel dorada’ hay sexo, poder y también amor.
Detrás de ‘La piel dorada’, en el fondo, todo lo que hay es el amor. El amor es un ingrediente muy importante en todas mis novelas, igual que en la vida. Me defraudan mucho los libros que lo esquivan porque creen que va a devaluar la calidad de la obra. Me gusta abordarlo porque, aunque es un tema universal, no sabemos mucho de él.

Inés es la protagonista. De ella afirmas que es capaz de iluminar hasta el despacho de un detective. Descríbela un poco.
[Risas] Nunca he estado en el despacho de ningún detective, pero me lo imagino soso, lleno de papeles y desordenado. Inés me permite acercarme a la figura de las modelos. Siempre se ha escrito sobre ellas con un tono moralista y lo que más me ha llamado la atención es que no hay ningún testimonio en primera persona. No hablan de sí mismas, no sabemos si se consideraban prostitutas o creían que realmente contribuían al arte con su trabajo. Inés reúne un poco todas esas peculiaridades, pero ella ha alcanzado ya la categoría de musa y quizá por eso ilumina el despacho del detective, igual que tal vez otras modelos alumbraban la vida de los pintores.

En ‘La piel dorada’ hablas de ‘La maison des mannequins’, una suerte de agencia de modelos, ¿existió en realidad?
Bueno, esto es una ficción que tiene una base real, porque en esa época, cuando apareció la fotografía, surgieron las agencias de modelos. Los artistas que no disponían de suficientes recursos económicos acudían a estas agencias y alquilaban o compraban una fotografía para pintarlas. También he querido rendir un pequeño homenaje al anarquismo, a aquellas comunas anarquistas, totalmente utópicas, sin jerarquías ni normas, que no funcionaban, tal y como cuenta la novela.

“Dicen que pintar una mujer es una forma de dominarla…”, afirma el personaje de Aldous Lupo en la página 55 de ‘La piel dorada’, ¿eso es cierto o es sólo la opinión de Aldous?
No hay duda de que los artistas trataban de dominar a las modelos al tiempo que las pintaban desnudas. No hay más que leer los requisitos que exigían de ellas, ya que buscaban sobre todo mujeres sumisas, que se plegasen a todas sus órdenes, que mantuviesen mucho tiempo la misma postura sin rechistar. Sí, es muy probable que lo considerasen así.

Para escribir ‘La piel dorada’ ¿has tenido que documentarte en la propia capital vienesa?
Sí, aunque ya la conocía, viajé a Viena para imbuirme de esa cara más desconocida de la ciudad, la del crimen, la de la prostitución y la marginalidad, ese imperio decadente de finales del XIX y principios del XX. Visité el Museo del Crimen, que es deprimente y al que en un viaje normal no acudiría. La historia del asesino en serie se ve como algo normal porque existe desde la Edad Media. Precisamente allí surgió la ciencia criminal a través del profesor Hans Bross de la Universidad de Viena, que escribió el primer tratado de criminalística. En esos años, la medicina forense estaba muy avanzada ya. Precisamente fueron los altos índices de criminalidad los que propiciaron su desarrollo.

En el caso de Jack el Estrangulador, que citas en el prólogo, en Londres se manejó la teoría de que el asesino pudo ser un médico. Aquí también aparece un cirujano, ¿hay alguna relación entre los dos casos?
No, introduje la figura del cirujano forense sólo para destacar lo avanzada que estaba la medicina forense en Viena a principios del siglo XX. En ningún momento se sospechó que él pudiera ser el asesino. Se habló de carniceros pero jamás se estableció ningún paralelismo con la historia de Jack el Estrangulador.

Y la última por hoy: hay quien dice que si un escritor escribe sobre el pasado es porque no se atreve con temas actuales.
Es probable que sea así, pero yo escribo del pasado porque puedo tomar distancia y analizar mejor los temas. Además, escribir sobre el presente me obligaría a mojarme un poco y no me apetece.
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