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«La verdad se acaba abriendo camino, aunque en España los obstáculos son mayores que en el resto del mundo»

Entrevista a Carlos Hernández de Miguel, corresponsal, periodista y escritor
Herme Cerezo
miércoles, 12 de junio de 2019, 15:14 h (CET)

‘Los campos de concentración de Franco’ de Carlos Hernández de Miguel (Madrid, 1969), publicado por Penguin Random House, es una obra que se echaba de menos dentro del panorama historiográfico de la Guerra Civil y la posguerra. Su aparición viene a rellenar un hueco solo parcialmente cubierto hasta ahora por obras monográficas y específicas, que han carecido de la suficiente difusión entre los especialistas y el público lector. Hernández de Miguel ha escrito un volumen exhaustivo, intenso, que abarca desde el listado de los campos de concentración existentes en España, clasificados en provisionales, estables y de larga duración, hasta el testimonio personal de muchas de las personas que vivieron el horror entre sus muros, sus barracones o sus alambradas. Conventos, plazas de toros, campos de fútbol, naves industriales, cuarteles… todo sirvió para hacinar a miles de prisioneros procedentes del derrotado ejército de la República. Quizá para entender un poco lo que allí se vivió, valga la pena reproducir aquí la frase de uno de los reclusos, Eduardo de Guzmán, que el propio Carlos Hernández de Miguel incluye en los comienzos del libro: «Pronto envidiaremos a los muertos».

Carlos, Vd. ha sido y es corresponsal, periodista y escritor, ¿qué significa la escritura para usted?


En mi caso es la herramienta para contar historias y describir la realidad.

¿Por qué publicar ahora este libro sobre los horrores de los campos de concentración? ¿Fue sólo a petición de los lectores, como indica en el propio texto, o le movía algún otro motivo a hacerlo?


Realmente fue una petición que recibí mientras realizaba mi anterior investigación sobre los españoles y españolas que fueron deportados a los campos de concentración nazis. Algunos de los supervivientes a los que entrevisté y sus familiares me pidieron que, cuando publicara ese libro, me centrara en los campos de concentración franquistas que eran mucho menos conocidos que los abiertos por Hitler.

¿A su juicio por qué nadie hasta ahora se había interesado en publicar nada sobre este asunto?


Ha habido algunos trabajos sobre el tema como el que realizó el historiador Javier Rodrigo en 2005. También hay media docena de monografías sobre campos específicos, muy destacadas. Sin embargo todos estos trabajos se habían quedado en el ámbito académico o local y no habían llegado al gran público. El que nadie lo hiciera antes yo lo atribuyo a esa anomalía en la que vive nuestro país. Una anomalía donde nos robaron la memoria y falsearon la Historia. Lo hizo Franco, durante 40 años de dictadura, con el objetivo de ocultar sus crímenes y blanquear su represión. El problema es que no corrigió el error nuestra democracia. Aquí no ha habido una política estatal encaminada a sacar a la luz nuestro pasado. Lo hicieron Alemania, Japón o Austria. Lo hizo mucho después Rusia, Argentina o Chile… pero aquí seguimos viviendo en las mentiras, el silencio y las medias verdades.

Señala Vd. que este libro no hubiera sido posible sin el trabajo de tantos y tantos archiveros anónimos que hay en este país, ¿la sociedad española es realmente consciente de la importancia del cometido que ellos desarrollan?


En absoluto. Este país nunca ha cuidado esos templos de nuestra Historia que son los archivos y mucho menos al personal que trabaja en ellos. No es casual. Obedece al mismo problema que he mencionado en la pregunta anterior. Aquí se ha tratado de que no miráramos hacia el pasado, de que no conociéramos lo que sucedió durante la guerra y la dictadura. Y una de las estrategias que han utilizado los poderes públicos para conseguirlo es no realizar una política archivística que permitiera analizar la documentación existente para ponerla a disposición de investigadores y ciudadanos. Los archiveros luchan muchas veces contra esa dinámica y realizan un esfuerzo extra para facilitar el trabajo a personas como yo. Por eso quise dedicarles este libro.

No siempre resulta sencillo acceder a los archivos oficiales en España, ¿ha tenido problemas para acceder a todas las fuentes que necesitaba consultar?


Hay varios problemas en la línea que usted apunta. Primero, aquí se destruyó muchísima documentación durante la dictadura y en los primeros años de la democracia. El resto de los problemas derivan de lo que hemos hablado en la respuesta anterior. La falta de voluntad política para que se investigue el material de los archivos ha provocado una dispersión total de la documentación. Yo he tenido que visitar hasta 7 archivos diferentes para buscar información sobre un solo campo de concentración. Y lo que es peor, aún así estoy convencido de que habrá más documentos en otros archivos que ni siquiera conozco. Esa falta de voluntad también conlleva una ausencia de medios materiales y humanos para gestionar los archivos. A mí varios archiveros me han confesado que existen cajas y cajas con documentos de la guerra y la dictadura sin abrir y, por tanto sin analizar, por falta de personal. Otro problema radica en las restricciones existentes para consultar determinados archivos. Es increíble que haya todavía documentos secretos o que se impida consultar determinados sumarios instruidos durante la dictadura o que no se pueda fotocopiar la documentación y haya que esperar meses hasta que te la remitan por correo ordinario. Son trabas nada casuales que responden a lo que antes he expuesto. Si a todo ello le añadimos que una parte de la documentación de la época está en poder de fundaciones filofascistas como la Francisco Franco o la Serrano Suñer, ya tenemos un panorama bastante completo sobre la miseria archivística que se vive en este país.

Y ¿por qué nos cuesta tanto airear nuestro pasado? ¿Vergüenza, intereses ocultos, miedo a conocer la verdad…?


La única razón es que nuestra democracia no se desvinculó por completo del franquismo y sigue sin hacerlo. Durante la Transición, los políticos democráticos tuvieron que hacer numerosas concesiones a cambio, exclusivamente, de recuperar lo que era nuestro por derecho: la libertad. Entre esas concesiones estuvo la de no realizar una revisión histórica de la guerra y la dictadura. Yo puedo entender, no sé si justificar pero sí entender, que se cediera en aquel momento porque la Transición estaba tutelada por los franquistas. Mientras negociaban, los políticos democráticos tenían, literalmente, la pistola de los militares apuntándoles a la sien. La amenaza de golpe de Estado era permanente. Por tanto, puedo entender que en aquellos momentos críticos se transigiera para garantizar la llegada de la democracia. Lo que no es entendible, explicable ni justificable es que, pasados los años, no se corrigiera esta perversa situación. A partir de 1986, con la segunda mayoría absoluta del PSOE y sin amenazas ya de golpe de Estado, se debería haber acabado con las leyes de punto y final y realizado la revisión histórica para que tanto en los libros de Historia como, sobre todo, en los libros de texto de nuestros hijos se reflejara la realidad de lo ocurrido en aquellos años. Nada de eso se hizo y por eso hoy seguimos siendo el único país en la Europa democrática que tiene símbolos fascistas en lugares públicos, calles dedicadas a asesinos y el dictador enterrado como si fuera un faraón en el mayor monumento de nuestro país.

Volvemos por un momento al territorio de la destrucción documental, ¿Serrano Suñer fue un personaje particularmente pernicioso?


Sin duda. Es sonrojante ver cómo ha desaparecido el grueso de la documentación de los ministerios que él dirigió en aquellos años. Se hizo una purga total de los documentos generados durante los largos años de complicidad con Hitler y con Mussolini. Y es especialmente sangrante que hoy exista una fundación con el nombre de Serrano Suñer que recibe subvenciones públicas y que ni siquiera permite que los investigadores accedamos a la documentación que poseen. Es como si existiera en Alemania una fundación Heinrich Himmler.. ¿sería impensable, verdad? Pues aquí sucede, recibe subvenciones, tiene documentos oficiales y veta el acceso a los investigadores. Serrano Suñer es solo un ejemplo de lo que fue una estrategia de destrucción masiva de la documentación más comprometedora.

Leo en el libro que alguna documentación valiosa ha sido vendida con absoluta impunidad, y en algunos casos a precios muy bajos por desconocimiento, ¿es realmente imposible impedir este tipo de transacciones? ¿No están penadas por las leyes españolas?


Soy ya muy escéptico no tanto sobre las leyes españolas como de, la interpretación que los jueces hacen de ella. Hay que decir alto y claro que en la inmensa mayoría de las decisiones relacionadas con el franquismo, los magistrados se han puesto del lado de los verdugos y en contra de las víctimas. La mejor prueba la tenemos en la última decisión del Tribunal Supremo en la que no solo retrasaron la exhumación del dictador, sino que se permitieron legitimar su autoproclamación como Jefe del Estado en septiembre/octubre de 1936. En aquel momento, Hitler y Mussolini fueron los únicos líderes mundiales relevantes que reconocieron a Franco como gobernante legítimo. Pues bien, ahora nuestro tribunal más importante, al margen del Constitucional, comparte en una resolución el criterio del Führer y del Duce. Eso dice mucho de la podredumbre de nuestro sistema judicial. Pensar que hay opciones legales de recuperar documentos oficiales cuando ni siquiera hemos logrado que la familia Franco devuelva el pazo de Meirás o las estatuas del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela es de ingenuos.

Una parte muy importante de la obra se fundamenta en testimonios orales de personas que pasaron por los campos de concentración. En ocasiones las fuentes orales no son del agrado de los historiadores – supongo que pensarán que la memoria puede traicionar o falsearse a propósito –, pero ¿este trabajo suyo habría podido salir adelante sin estos testimonios?


Rotundamente no. Creo que sin el aporte testimonial, el trabajo habría quedado incompleto. Quiero aclarar que la mitad del libro, en la que relato la creación y evolución del sistema concentracionario franquista, la baso exclusivamente en documentación oficial. Es obvio que tenemos que ser muy rigurosos y no debemos apoyarnos en testimonios subjetivos para reconstruir el proceso militar, político e histórico que tejió la red de campos de concentración. Sin embargo, la otra mitad del libro la dedico a intentar saber cómo se vivía en el interior de esos recintos. Y ahí los documentos oficiales no son suficientes. No lo son en ningún proceso histórico. Pensemos en el Holocausto y en lo que dejaríamos de conocer si obviáramos los testimonios de los supervivientes. En este caso es exactamente igual. El relato de quienes sufrieron en sus carnes aquel horror es imprescindible. Como es lógico, lo que los investigadores hacemos es filtrar los testimonios. En mi caso he descartado aquellos que no eran corroborados, de una u otra manera, por varios supervivientes.

Señala Vd. también en ‘Los campos de concentración de Franco’ que «muchos comandantes, oficiales y suboficiales se dedicaron a hacer negocio. Las fórmulas fueron siempre las mismas: quedarse con parte del dinero destinado a la alimentación de los prisioneros o revender en el mercado negro los productos que, teóricamente, debían consumirse en el campo». La pregunta es: ¿cómo puede existir gente así?


Sí. De hecho sigue existiendo en nuestros días. La corrupción era sistémica en el Ejército franquista durante la guerra y la posterior dictadura. Era una corrupción que comenzaba arriba del todo, en el propio Franco que se enriqueció durante sus cuarenta años de tiranía. De él hacia abajo, quien más quien menos, se benefició económicamente de su posición privilegiada. Hay que pensar que eran intocables. ¿Quién iba a denunciar a un comandante corrupto de un campo de concentración? ¿Los prisioneros? ¿Quién le iba a investigar o juzgar? ¿Sus compañeros de armas que eran iguales o más corruptos que él? Eran y se sentían impunes y por eso no dudaron en dejar morir de hambre a los cautivos, quedándose con el dinero destinado a su manutención.

Entre las fotografías que incluye el libro, figura un librillo que se repartía en el campo de concentración de San Marcos de León en una de cuyas páginas podemos leer: «Los Campos de Concentración. No son sólo un redil más o menos cómodo donde estáis encerrados. Aspiramos a que unos salgáis de éllos [sic] espiritual y patrióticamente cambiados, otros con estos sentimientos revividos y todos, viendo que nos hemos ocupado en enseñaros el bien y la verdad». ¿Además de para masacrar a los prisioneros republicanos y exterminarlos, estos campos aprovechaban para algo?


Los campos, además de para el exterminio selectivo de los prisioneros, sirvieron para otros fines. El primero fue para investigar a todos y cada uno de los cautivos y, en función de las conclusiones, enviarles al paredón, a la cárcel o a realizar trabajos forzados. El segundo fue, precisamente, la explotación laboral de los prisioneros. Y el tercero la llamada “reeducación”. Les intentaron lavar el cerebro obligándoles a asistir a “charlas patrióticas”, forzándoles a hacer el saludo fascista y a cantar los himnos franquistas. En esta tarea jugó un papel fundamental la Iglesia Católica. En cada campo hubo un capellán que obligaba a los cautivos a ir a misa, a confesar a comulgar y que, en muchos casos, se dedicaba a insultar y a amenazar a sus forzados feligreses.

Para escribir ‘Los campos de concentración de Franco’, que contiene un variado y extenso catálogo del horror y del terror gubernamental, ¿Vd. ha tenido que crearse una especie de parapeto o de cristal para tomar distancia y no sentirse perturbado durante la escritura?


Son ya muchos años los que he pasado siendo testigo del horror. En mi etapa como corresponsal de guerra lo vi en directo. Ahora lo veo en diferido, pero me provoca el mismo pavor. Los periodistas que nos dedicamos a cualquier tema escabroso tratamos de crear ese escudo emocional para ser capaces de contar lo que vemos. Si nos pasáramos todo el día llorando, no haríamos nuestro trabajo. Un médico en una guerra tiene que aislarse emocionalmente para salvar vidas. Nosotros también debemos hacerlo para relatar lo que ocurre. Eso no quiere decir que tanto horror te vaya dejando huella. A mí me la ha dejado y me la sigue dejando.

Alguna vez, ¿la sociedad española condenará el franquismo y pedirá perdón por ello, como los alemanes han hecho con el nazismo?


Es el Estado español el que debe pedir perdón, al igual que muchas empresas que se enriquecieron durante aquellos años. Y sí. Creo que acabarán haciéndolo. La verdad se acaba abriendo camino, aunque está claro que en España los obstáculos son mucho mayores que en el resto del mundo democrático.

La Iglesia, en este delicado asunto, jugó un doble papel, contradictorio además: por un lado podía avalar y salvar la vida de algunos prisioneros y, por otro, podía utilizar la confesión como acusación, ¿no debería pedir perdón ella también?


Sin duda. La Iglesia fue cómplice directo y activo de la represión franquista. Fue cómplice de que este país no tuviera libertad durante 40 años. Hoy sigue siendo cómplice con su silencio, cuando no con su aplauso. Que la Conferencia Episcopal permita al abad del Valle de los Caídos burlarse del gobierno democrático y de las víctimas de la dictadura es despreciable. Los obispos españoles siguen estando al lado de los verdugos. Creo que le hacen un flaco favor a su fe y también a sus fieles.

En un momento dado del libro, Vd. señala que toda España era un campo de concentración, ¿la «cruzada de liberación» sólo sirvió para vigilar/controlar/maniatar a toda la población?


Por supuesto. Solo hay que bucear en los archivos para comprobar cómo se investigaba sistemáticamente a todos los ciudadanos. Para conseguir un trabajo o abrir un negocio tenías que demostrar que no tenías antecedentes políticos democráticos. Los cuerpos policiales y también civiles del Régimen tenían un cheque en blanco para vigilar, detener, torturar y asesinar. Tratan de que no recordemos que todo esto ocurrió. Que aquella España era la de las esvásticas, la de la misa obligatoria, la del miedo a hablar de cualquier cosa, la de las mujeres encerradas en la cocina y sumisas a sus padres o maridos, la de la miseria, la de la corrupción impune… Los negacionistas intentan blanquear aquella dictadura sangrienta, pero la verdad se abre camino y lo seguirá haciendo.

La última pregunta: ¿por dónde caminarán sus nuevos trabajos de investigación?


De momento voy a seguir enfrascado en los dos temas que han centrado mis últimos 7 años: los españoles y españolas deportados a los campos de concentración nazis y los campos de concentración franquistas.

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