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"Me apetecía escribir un fresco del siglo XVIII, pero contado desde el punto de vista de las mujeres"

Entrevista al escritor Fernando J. Múñez
Herme Cerezo
martes, 12 de febrero de 2019, 08:51 h (CET)

Discurre la primera semana de febrero, pero ya hace días que el invierno parece haberse despedido de València. Aunque el aire es fresco, los rayos del sol calientan como si la primavera, sin avisar, hubiera anticipado su presencia en estas latitudes. La luz brilla con la fuerza de mayo o incluso de julio o agosto. Fue pasado el mediodía cuando Fernando J. Múñez (Madrid, 1972), con suéter blanco, luminoso, y tejanos, acudió a la cita del Hotel Meliá Centro. Acaba de publicar ‘La cocinera de Castamar’, editada por Planeta, su primera incursión en el territorio de la ficción histórica, un debut voluminoso con más de mil páginas, que Múñez, no sin dolor, se vio obligado a reducir hasta dejarlo en sus actuales ochocientas. En total fueron casi cuatro años de intenso trabajo. ‘La cocinera de Castamar’ arranca en 1720, con la Guerra de Sucesión recién terminada. La corte de Madrid es un hervidero de intrigas, trampas y peligros, la protagonista, Clara Belmonte, hija de un médico ilustrado muerto en la guerra, se ve obligada a buscar una salida a la pobreza en la que se vio inmersa tras la muerte de su padre. Clara, que padece agorafobia, es una mujer educada, joven y culta, que posee el don de convertir cualquier alimento en un manjar exquisito… Y hasta aquí el anticipo argumental. Un agua mineral y una tónica, con mucho hielo, nos acompañaron durante nuestro encuentro. El resto son palabras.


Fernando, ¿qué es para ti escribir?

Buuufff, escribir para mí tiene mucho que ver con lo lúdico. No podría hacerlo si no me divirtiera y por eso soy escritor de brújula, ya que necesito descubrir la historia mientras la escribo. Primero creo los personajes y luego les dejo que me lleven por donde ellos quieran. La escritura para mí también es una necesidad fundamental como comer, beber, respirar o caminar. Si no tuviera manos ni ojos creo que también escribiría.


Y ¿cómo se le queda el cuerpo a uno después de publicar un volumen de casi ochocientas páginas escritas?

En principio tenía más [risa leve]… El problema de los escritores de brújula es que dejamos hablar a nuestros personajes y a veces puede que hablen demasiado [otra risa leve]. Quería que tuvieran su propia voz, pero esta novela creció mucho y se salió de las habituales normas de extensión. El primer borrador tenía mil y pico páginas, necesité pulirlo y suprimir muchas cosas para dejarlo como ha quedado ahora. En una obra de estas dimensiones hay que llevar mucho cuidado para que todo encaje y funcione bien.


Tres autores, Santiago Posteguillo, Ken Follet y Alejandro Dumas, ¿podrías decirme a cuál de todos ellos se asemeja más tu novela?

Es difícil de precisar. Creo que mi novela tiene algo de Ken Follet, por aquello del perspectivismo, y no tanto de Posteguillo, porque sus novelas son más históricas que la mía. Si valoramos sobre todo el aspecto de la peripecia y de la aventura, creo que me parezco más a Dumas.


Procedes del sector audiovisual, ¿significa eso que has planteado la novela como una producción cinematográfica?

Quiero matizar que sobre todo soy escritor. Mucho antes de descubrir apasionadamente la lectura, ya me dedicaba a la escritura. A los catorce años comencé mi primera novela, que escribía en clase mientras el profesor de Física, erróneamente, creía que yo tomaba apuntes. Más tarde, como mi padre tenía una productora de documentales, aprendí el lenguaje cinematográfico y a construir guiones, una forma muy fácil de contar historias, porque requieren un proceso menor de documentación que una novela. En el fondo, el guión no deja de ser un instrumento que permite hacer algo más, la piedra angular sobre la que se asienta una obra.


Pero, dados tus antecedentes cinematográficos, ¿concebiste ‘La cocinera de Castamar’ con estructura de novela o de película?

No, no, en principio no la he escrito pensando en el cine. En todo caso es literatura que puede ser llevada al cine, no cine para transportar a la literatura. Aunque es verdad que pienso en imágenes, ello no implica que piense cinematográficamente a la hora de escribir. Cuando me sitúo en el ambiente de la novela, me transporto a aquella época y trato de introducirme en su mundo, para lo que utilizo un narrador equisciente, una voz pegada al personaje en la que lo que cuenta es lo que ellos dicen y no lo que pienso yo. El equisciente es un tipo de narrador muy frecuente en la narrativa fantástica. A diferencia del omnisciente no lo sabe todo y a mí me ha dado mucho juego, porque me ha permitido saltar de un personaje a otro, estar muy cerca de todos ellos, sentir sus pasiones y conocer sus pensamientos.


¿Es por eso que tu estilo resulta tan detallado, tan minucioso?

Sí, es posible que haya algo de eso. El cine se lo da todo hecho al espectador y a mí me gusta proponer un marco general… Me sucede lo mismo con los personajes, me gusta describir sus caracteres con una pincelada, pero no es una mera estampa. Los detalles son importantes porque también dicen cosas de ellos, transmiten la historia y envuelven al lector, al mismo tiempo que le invitan a ir un poco más allá.


Das mucha cancha a los personajes, Clara Belmonte es una protagonista potente, pero hay otros personajes que también los son, ¿estamos ante una novela eminentemente de personajes?

Sin duda, sobre todo es una novela de personajes. Esa fue mi intención desde el primer momento. Como ya he dicho la historia la dirigen ellos y son sus deseos y voliciones los que la mueven.


¿Cómo surgió en tu cabeza la idea de escribir ‘La cocinera de Castamar?

Hay dos cosas que provocaron la escritura de la novela. En primer lugar, los referentes literarios que uno posee, como ‘Orgullo y prejuicio’ o ‘Las amistades peligrosas’, que constituyen un imaginario que me chifla. La literatura tiene el poder de transportarnos a lugares de los que sólo quedan rastros y, en un momento dado, surgió en mi cabeza la figura de una muchacha, cocinera y agorafóbica, que vivía encerrada entre cuatro paredes que no podía abandonar. Su trabajo la sumergirá en un mundo de efluvios, de colores y de sabores que permitirá que sean sus guisos los que escapen de aquel encierro. Y en segundo lugar, está la figura de mi madre, una persona acostumbrada a mis libros habituales que me pidió que escribiera algo diferente, algo en lo que ella se viera aludida directamente como público. Así surgió todo.


¿La novela está dirigida sobre todo para lectoras?

Creo más en la literatura y en el público en general que en las etiquetas, no concibo que exista una literatura para hombres y otra para mujeres, porque eso reduce los mundos. Una de las grandes cualidades del ser humano es su capacidad para saltar estas barreras y a mí me ha gustado escribir una novela que parece dirigida a mujeres, pero que es absolutamente transversal, nada sentimentaloide y con una mirada muy crítica sobre el siglo XVIII.


Hace unos días, en una entrevista, el escritor irlandés Benjamin Black afirmaba que el día que las mujeres dejen de leer la novela desaparecerá.

Black es un tipo inteligente, porque sabe y conoce lo suficiente el mercado para saber que las mujeres son las grandes lectoras. Al final, pasamos un poco de puntillas sobre la literatura, porque da la impresión de que está obligada a competir con un montón de opciones culturales. Dentro de ese montón, parece que las mujeres han escogido la literatura como algo propio y, si dejasen de leer, el mercado editorial se resentiría muchísimo.


Al tiempo que escribías la novela, ¿te movía también el interés de trazar un fresco, un retrato de los inicios del siglo XVIII?

Sí, pero principalmente porque me interesaba conocer las diferencias entre aquella gente y nosotros. El siglo XVIII es un siglo clasista, racista y con las clases sociales muy poco permeables. Me apetecía construir un fresco de la época, pero contado desde el punto de vista de las mujeres de entonces, que se veían abocadas a un destino prefigurado y controlado por la mirada masculina: tutela paterna, matrimonio, trabajo doméstico, entrada a un convento, cortesanas, institutrices o prostitutas. En esta novela podemos comprobar cómo las mujeres ofrecen distintas respuestas a todos estos problemas, que nos pueden conducir a la reflexión sobre cómo hemos evolucionado y cambiado. El profesor Lledó decía siempre que éramos historia real y creo que tenía razón, porque todos somos producto de la sociedad en la que nacemos y del peso histórico que arrastramos.


Felipe V es el gran protagonista de la primera mitad del siglo XVIII español, ¿te atraía su figura por algún motivo especial?

El rey, en sí mismo, no me interesaba tanto y por eso no entro demasiado en su figura. Lo que me seducía enormemente es el momento histórico concreto, un tiempo poco conocido a nivel público, en el que se produjo un cambio de dinastía tras la Guerra de Sucesión. La guerra dejó huellas indelebles y llevó aparejada cambios políticos, sociales y hasta gastronómicos. De alguna manera, todos los personajes están marcados por ella y cada uno la vivió de un modo diferente. Sin ir más lejos, muchos soldados, que habían pertenecido a los tercios, ahora pasaron a engrosar los regimientos, que era la nueva forma de organización militar, y se sintieron desubicados. Eso provocó desajustes tanto en Castilla como en Aragón. Catalanes, aragoneses y valencianos no veían con buenos ojos todo lo que procedía de Francia.


¿Se puede aprender historia con tu novela?

Con mi novela no pretendo impartir ninguna clase de Historia, yo no soy historiador, pero sí doy pistas por si alguien quiere profundizar en este aspecto. A través de sus obras, Ricardo García Cárcel o Henry Kamen pueden aportar toda la información que sea precisa.


La gastronomía ocupa un lugar relevante en la novela.

Sí, los productos de entonces eran los mismos que los de ahora. Nuestros antepasados también tenían carne de vaca, de cerdo y volatería diversa, pero la forma de guisar era muy distinta. Versalles implantó nuevos hábitos culinarios, cuya principal diferencia radicaba en que en España los platos se preparaban muy especiados y en Francia no. Eso produjo un conflicto entre ambos modelos de cocina, el alemán de los Austrias y el francés de los Borbones.


Antes de finalizar, volvamos por un momento a los personajes. Enrique de Arcona es el malo malísimo que en este tipo de obras es necesario, ¿cómo era este hombre?

Es verdad que Enrique de Arcona es malo, pero es un personaje que presenta muchos contrastes, un tipo desgarrado al que le cuesta salir de sí mismo y empatizar con los demás. Es listo y astuto, pero no un psicópata sin sentimientos. No provoca el mal per se y cuando desencadena una tormenta sobre Castamar lo hace por pura cuestión de supervivencia. En un momento dado, la novela cuenta el afecto que sentía por su tata, con la que se comportaba de un modo muy cruel. Al morir sus padres, lo tomó como un mero trámite, sin embargo, cuando ella falleció, quedó completamente destrozado.


La última por hoy: ¿tienes ya algún nuevo proyecto literario en mente?

Siempre hay proyectos y ahora también. Pero en estos momentos me cuesta estar centrado para escribir porque lo importante es promocionar esta novela, centrarme en ella e ilusionar a los lectores. Lo otro irá saliendo, si las cosas van bien.

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