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"Creemos que lo sabemos todo de todos y no conocemos nada de nadie"

Entrevista al escritor Miguel Ángel Hernández
Herme Cerezo
lunes, 17 de septiembre de 2018, 08:37 h (CET)

Miércoles por la tarde. 12 de septiembre. La cita era en la Llibreria Ramon Llull de València, ese espacio de ficción tapizado de libros, estanterías, jazz, cuadros y mesas, que Almudena Amador regenta en la calle de la Corona, en pleno barrio del Carmen, junto al Mercado de Mossén Sorell, un rincón de los de toda la vida, de los que cambian poco aunque les laven la cara. Había quedado con Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), el autor de ‘El dolor de los demás’, una de las mejores novelas publicadas en el estado español en lo que va de año, una historia extraída con dolor, golpes de teclado y malos sueños, de las entrañas del escritor murciano, que la protagoniza. El argumento es breve y duro a la vez. Viene incluido, íntegro, en el primer párrafo del capítulo 1: «Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco». Miguel Ángel Hernández tenía dieciocho años, igual que Nicolás, su amigo cuando ocurrió aquello. A esa edad – y probablemente a cualquiera – un suceso así, marca huella para siempre y deja también una deuda en la memoria. Probablemente esa deuda, esa herida, esa cicatriz todavía abierta, sean responsables de la escritura de esta novela. Miguel Ángel, gorra calada, vaqueros, deportivas y camisa oscura de un azul por determinar, fue puntual. Nos sentamos a la mesa donde unos minutos después presentaría ‘El dolor de los demás’. Sobre ella una botella de agua y dos vasos de cristal. Pulsé el rec de la grabadora, se iluminó el pilotito rojo y comenzamos a charlar, a compartir lecturas y alguna sensación literaria. Como siempre la primera pregunta era obligada: Miguel Ángel, ¿qué significa escribir para ti?


Para mí es un acto de comunicación. Como digo en las presentaciones y a mis alumnos de los talleres literarios, no escribo para mí mismo sino para comunicar algo. Escribir es una forma de iniciar un diálogo para establecer una relación con otras personas, algo tan natural como el hablar. Además, como en general tengo poca capacidad de improvisación, la escritura me permite tomarme el tiempo necesario para reflexionar sobre lo que quiero decir.


Tus anteriores novelas (‘Intento de escapada’ y ‘El instante de peligro’) versaban sobre el mundo del arte, ésta resulta más personal y en ella haces introspección y te conviertes en protagonista.

A simple vista parece un cambio, pero en el fondo no lo es tanto. Significa un cambio en cuanto a la apariencia. Las dos primeras novelas tienen como referencia el mundo del arte o del ensayo, pero en ambas hay una presencia muy fuerte del yo, que se parece mucho a mí pero que no termina de ser yo del todo y me parecen más autoficción. Sin embargo, esta última es mucho más autobiográfica, en el sentido de que la ficción no está presente, pero si el yo. ‘El dolor de los demás’ tiene mucho que ver con que últimamente he estado escribiendo, unos diarios públicos, donde el yo, sin tapujos, está muy presente. En el fondo se trata de un proceso de descubrimiento y de interiorización del discurso del arte. Pero si te fijas, en ella también encuentras las mismas reflexiones que en las anteriores: la memoria, la violencia de las imágenes, el modo en que el pasado llega al presente… Es la culminación de un proceso que he ido naturalizando.


Aunque alguien ha escrito que ‘El dolor de los demás’ supone el fin de una trilogía, ¿realmente es así o sólo es un capítulo más que añadir a una obra continua de mayor extensión?

Creo que es una obra en continuo, que incluso comenzaría con ‘Cuaderno duelo’, un libro publicado en una editorial murciana, que prosigue en los ‘Diarios’ y en casi todo lo que escribo. No concibo los títulos como objetos separados, ésta es mi historia y la voy contando poco a poco. Cada libro, por supuesto, se puede leer de modo independiente, pero quien los lee todos se da cuenta de que forman parte de un mismo proceso. No sé escribir de otra manera. ‘El dolor de los demás’, por su parte, es la novela que condensa toda la experiencia previa.


La novela trata de un tema delicado, doloroso, escondido en algún rincón de tu memoria desde 1995. «El pasado del que toda mi vida he estado intentando escapar», dices en la página 18, ¿qué circunstancias se conjuraron para que te sentases a escribir sobre todo lo ocurrido?

Esta novela trabajaba en un segundo plano, en silencio, como cuando los ordenadores desarrollan un proceso que ralentiza todos los demás. Era una historia que yo ignoraba que saldría a la superficie, pero que, sin embargo, está latente en todos mis libros anteriores. Y lo que de verdad me costó mucho fue quitar el velo que la cubría y demostrar que debajo me encontraba yo, desnudo. Después, te das cuenta de que en el fondo la desnudez no es más que otro velo, que muestra nuestra intimidad y que, a su vez, crea otra barrera sobre algo que todavía permanece oculto y es mucho más secreto.


El día de Nochebuena de 1995, de la noche a la mañana, Miguel Ángel Hernández pierde a su mejor amigo, ¿qué sensaciones te embargaron en aquel instante? ¿Lloraste al conocer la noticia de su muerte?

Cuando en la parte del pasado de la novela cuento lo ocurrido, lo que fluyen son mis recuerdos, mis proyecciones. En ningún momento me veo llorando hasta que encontraron el cadáver de mi amigo. Más tarde, en soledad, sí lloré, pero al producirse la noticia sólo había incredulidad, como les ocurría a sus padres. Todo el mundo se preguntaba qué había pasado. Si hubo lágrimas en ese momento, fueron lágrimas de duda, no lágrimas sentidas. Más tarde, en soledad, sí lloré y comencé a darme cuenta de la realidad. Era un trauma inasumible, algo que no podía entender. Han tenido que transcurrir veinte años para que pueda relativizarlo, narrarlo y darle sentido a mi vida. Precisamente, la utilización de la voz narrativa en segunda persona me sirvió para representar la distancia con la que vemos las cosas que ocurren, para salir fuera y ser capaz de mirar.


Has hablado de la segunda persona, pero en la novela hay otra voz narrativa en primera, ¿esa era la única forma de contar esta historia?

A veces la estructura de las novelas sale a la primera, pero en este caso no fue así. Hice un mapa para ver cómo iban a ir las cosas y probé de varias maneras. En principio pensé en utilizar tres voces: una con un diario que contendría el proceso de investigación; otra que hablaría de los recuerdos y flashes del pasado; y una tercera que contaría los sucesos de aquella noche. Entonces me di cuenta de que los recuerdos nunca vienen solos, que están engarzados a una trama, y de ese modo descubrí que lo mejor era escribirla en dos voces: la noche del suceso y el presente. La voz del presente era la misma de mis narraciones anteriores, la que uso siempre, periodística, natural, en primera persona… Y para la noche, tras probar primera y tercera personas, surgió el tú, la segunda, que me permitía contar lo que ocurría sin quemarme del todo, podía tener un pie en el trauma y otro en sitio seguro, que me servía de refugio.


Volvemos al texto. En la página 188 leemos: «Las palabras siempre fallan; la escritura nunca llega al fondo de las cosas». A pesar de esta deficiencia de la literatura, ¿estás razonablemente satisfecho, con el resultado final de la novela?

Estoy contento, porque creo que es la mejor novela que he podido escribir en este momento. Dicho de otro modo, es la menos mala novela que he sido capaz de escribir con esta historia. Es un libro que se va frustrando mientras se construye, pero he de afrontarlo y al final esto es lo que consigo. Entre la novela que imaginé y la que he podido hacer hay una distancia infinita, pero también tengo el convencimiento absoluto de que las cosas que se hacen son las únicas posibles. Es como claudicar y asumir que uno sólo puede hacer determinadas cosas.


Para la familia de Nicolás, las dos pérdidas repentinas, un hijo, una hija, debieron resultar terribles, durísimas, insoportables, aunque la novela soslaya este asunto, ¿cuál fue su postura ante tu idea de escribir una novela sobre todo lo ocurrido?

Este es un aspecto que queda pendiente. Vive el padre y también dos hermanos de Nicolás, pero no he hablado con ellos todavía. Si lo hacía, no publicaba. Sé que algún momento tendré que confrontarme con ellos, que me los encontraré en algún lugar y me lo echarán en cara. Ése es el daño colateral que ha producido el libro y he de lidiar con esta culpabilidad. Actualmente, no mantengo relación con ellos, aunque sí con el primo de Nicolás, al que le gustó la novela.


Tardaste tres años en escribir el libro porque hubo interrupciones: te resultaba difícil trabajar en un tema como este e incluso describes el proceso de escritura, ¿contar tu peripecia como autor es lo que te ha permitido llegar al final?

El caso es que, poco a poco, la realidad iba haciendo que me interesase más por ese proceso que por el propio crimen. Ignoro si fue porque en realidad el asunto no me interesaba tanto y eso no era lo que realmente buscaba. ‘El dolor de los demás’ comienza preguntándose por lo que hizo mi amigo, pero luego gira hacia quién soy yo, porque todos los recuerdos de Nicolás son proyecciones mías, la investigación está dentro de mí y voy cayendo hacia la autobiografía. Ahí me doy cuenta de que tal vez la escritura de la novela obedece a otra pregunta, a mi deseo de buscarme a mí mismo entre todo aquello. Había como dos espacios de caos sin solucionar: lo que él hizo y lo que yo había hecho con mi pasado, y hasta que no se solucionasen no podían darse la mano. Creo que en el fondo pretendía hacer las paces conmigo y tal vez todo esto sea eso que se llama serendipia, es decir, algo que uno se encuentra sin saber que lo buscaba.


Tras la lectura de la novela, tengo la impresión de que te sientes un poco culpable por no haberte dado cuenta a tiempo de todo lo sucedido, ¿es así?

No me di cuenta, pero no me siento culpable por no haber podido evitar lo ocurrido. Estoy sorprendido de no conocer a la persona con la que pasé gran parte de mis primeros dieciocho años de vida, no sabía quién era. En él anidaba algo que no supe o no quise ver. Cuando uno se sorprende porque otro haga algo, siempre te preguntas hacia dónde mirabas tú o hacia dónde miraban los demás. Creemos que lo sabemos todo de todos y no conocemos nada de nadie, empezando por nosotros mismos. Ahora, en la distancia, te das cuenta de que Nicolás era lo que en la huerta llamaban un crío raro, pero de ahí a lo que ocurrió hay mucha distancia.


Los hombres somos más torpes que las mujeres para detectar este tipo de situaciones, ellas las perciben más claras, de hecho quien al final te proporciona otro punto de vista para resolver la novela es Loles, tu prima.

Sí, a veces entienden más de percepciones que nosotros, pero el punto de vista de mi prima viene desde el otro lado y, por mucho que intente asumir y entender la opinión del otro, sigo estando al lado de mi amigo, del asesino. Una vez que te han explicado lo terrible que fue todo, sería mucho más fácil cambiar y pasar al lado de la víctima. Pero no puedo hacerlo, no puedo tirar los dieciocho años de felicidad que viví con él, ¿a dónde iría a parar todo eso? Es un poco el drama de lo humano, que caemos en un sitio y por mucho que intentemos cambiar de lugar no te vas a partir por la mitad, has de aprender a vivir con el paso cambiado.


Ahora, en 2018, cuando regresas a la huerta, el escenario donde ocurrió todo, ¿lo ves igual? ¿Ha cambiado algo?

Hay una especie de distanciamiento, pero no siento la huerta como algo lejano, la veo tamizada a través de mi experiencia literaria, como si le hubiera puesto el filtro de las fotografías de Instagram. Es una sensación muy curiosa, tanto cuando vuelvo ahora, como cuando la visitaba mientras escribía. Paso por los sitios donde ocurrió todo y digo esto lo he convertido en novela. Y a los lectores les sucede lo mismo, acuden al Yeguas como si fuera un espacio literario.


Visitas y describes Belchite, territorio masacrado durante la Guerra Civil, e incluyes una fotografía que muestra las ruinas, de tal manera que aquello parece el esqueleto de una ciudad asesinada por la lucha y las bombas.

Es que es el esqueleto de la ciudad. Belchite fue un pueblo ocupado por el ejército rebelde, después por el republicano y finalmente de nuevo por los golpistas. En la batalla murieron cientos de personas y Franco decidió que permaneciera así, tal cual, sin reconstruir, como una prueba de la barbarie roja: «esto es lo que han hecho los rojos». Cuando lo ves parece una ruina y un escenario de película a la vez, por eso me interesaba y lo he sacado en la novela. La fotografía que incluyo pertenece a Francesc Torres, un artista catalán, que juega con el imaginario de un lugar de desastre vinculado con el cine (allí se rodó la película ‘Las aventuras del Barón Münchausen’ de Terry Gilliam) y el modo como narramos los sucesos. Gilliam abandonó allí los restos falsos del rodaje, pero cuando yo llegué ya no quedaba nada. Torres señala que lo terrible es que no sabes si lo que estás viendo es una ruina de la guerra o lo que queda del rodaje y afirma que es una misma cosa, un plató. Muchas veces las formas en que se comunica la guerra a través del cine, las utiliza también la prensa y a mí eso me importaba mucho, porque me permitía establecer una relación entre el modo en que se había contado el crimen y cómo se construye un relato donde hay héroes y víctimas. Todo eso me ha servido para ver que el arte me sigue afectando a la hora de entender las cosas.


La última por hoy: ¿has empezado a escribir ya sobre tu abuelo Cristóbal, tal y como dejas caer en ‘El dolor de los demás’?

No, no, eso lo he pospuesto. La siguiente novela será una ficción, que sin duda volverá sobre mis obsesiones, pero ni yo ni nadie de mi familia formará parte del relato. Voy a descansar un poco de esa sensación de escribir como si te fuese la vida en ello, de que eres un equilibrista en la cuerda floja con miedo a caer y hacer daño a los demás. De la no ficción hay que descansar. Tal vez en un futuro me plantee lo de mi abuelo, pero por ahora no.

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