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Etiquetas:   ARTÍCULO   -   Sección:   Música

2006, año Mozart

Herme Cerezo
Herme Cerezo
jueves, 20 de julio de 2006, 03:50 h (CET)
Los heraldos mediáticos ya no pueden aguantar más. Han hinchado sus sonrosados carrillos y han hecho sonar sus fanfarrias a pleno pulmón. Dos mil seis ya tiene amo: Wolfang Amadeus Mozart (1756-1791). Doscientos cincuenta aniversario de su nacimiento. El niño prodigio que asombró a media Europa con su precocidad no sólo musical, sino también galante (a sus doce años le propuso matrimonio a la reina María Antonieta de Francia que, con la mayor de las sonrisas, le respondió que volviese a intentarlo cuando fuese mayor). Su padre, Leopold, de recto carácter y corta imaginación, trató de explotar las portentosas facultades musicales de su vástago. Así, el pequeño Mozart deambuló por un sinfín de cortes europeas deslumbrando con sus dotes musicales y llevando una vida impropia para su edad: de carromato en carromato, de posada en posada, de ciudad en ciudad. En los salones donde efectuaba sus exhibiciones le tomaron, sin duda, más como un juguete divertido que como el niño que era. Lástima, porque esa infancia tan especial sin duda le pasó factura más adelante. Alguno de sus biógrafos lo ha definido como “un adulto en su niñez y un niño en su edad adulta”. Se dice de él que poseía una enorme capacidad para relacionarse con los demás, pero que estas relaciones eran superficiales y que se mostraba incapaz de mantener una vida estable. Una vez casado y con descendencia, Mozart fue famoso por la cantidad de veces que cambió de casa. Según se cuenta su plusmarca personal se cifró en nueve mudanzas en un mismo año. Y, además, esa suerte de giras cirquenses a las que le sometió su padre, no obtuvo el éxito esperado, pues nadie le ofreció el empleo adecuado a sus necesidades. Ganó cuantiosas cantidades de dinero que dilapidaba sin remisión. Los últimos cuatro años de su vida los pasó en la más absoluta miseria y acosado por las deudas. Su esposa, Constanza, igual que él, no resultó una buena administradora del patrimonio familiar. Mozart murió rodeado de una severa pobreza y fue enterrado en Viena, como un indigente cualquiera, en una fosa común.

Wolfang disponía de un cerebro privilegado para el terreno musical. Componía mientras hacía otras cosas, jugar al billar por ejemplo, y era capaz de retener en su mente los más mínimos detalles para sus composiciones. En este sentido, la escena de la película Amadeus, donde Wolfi, sentado ante el piano, destroza a su rival Salieri, resulta especialmente esclarecedora, además de divertida.

Wolfang Amadeus fue incapaz de trabajar para una sola persona. Prefería la actividad freelance, utilizando este símil periodístico. Aceptaba todo tipo de encargos, viniesen de donde viniesen, siempre que la idea fuese de su gusto y el dinero prometido suficiente para sus pretensiones. Además poseyó el don de convertir esta música de encargo en obras maestras y cuidadas, sin perjuicio de las partituras que componía para su propio deleite.

Ante todo, Mozart se consideraba un compositor de ópera. De ello se ufanaba: Las bodas de Fígaro, Don Giovanni, Cosi fan tutte y La flauta Mágica, entre otras, son buenos testimonios de su calidad en el terreno operístico.

Pero Mozart, numéricamente hablando, es mucho más que sus óperas. Mozart es sonatas y conciertos para piano (veintisiete en total); cuarenta y una sinfonías; cinco conciertos para violín; cuatro conciertos para trompa; un concierto para oboe; un concierto para clarinete – sensacional -; un concierto para fagot; un sinfonía concertante para violín y orquesta y otra para cuatro instrumentos de viento y orquesta; un concierto para dos pianos; un concierto para tres pianos; un concierto para flauta y arpa – excelente -; un concertone para dos violines; diecisiete divertimentos; trece serenatas – la inolvidable Eine Kleine Nachtmusik entre ellas -; más de cien minuetos, gavotas, marchas y otras piezas de danza; y la música funeral masónica.

Tan ingente actividad compositora en tan sólo treinta y cinco años de vida, no olvidemos que desde los tres años Mozart ya componía, obligó en el siglo XIX a clasificar su obra rigurosamente para evitar confusiones. Por ello, todas sus partituras llevan una K seguida de un número, que corresponde a la inicial de Ludwig Köchel, su erudito catalogador.

También invirtió buena parte de su tiempo en actuaciones en directo. En este sentido, su instrumento favorito era la viola y, como Haydn, a menudo tocaba en orquestas formadas por sus propios amigos. ¿Se imaginan eso hoy en día? ¿Se imaginan a Mozart y su peluca, en medio de la fila de violas, acatando disciplinadamente las instrucciones musicales del batuta de turno? Salvando las distancias, únicamente Woody Allen y su banda de jazz se le asemejan.

Escoger unas cuantas obras del genio salzburgués en detrimento de otras, me parece un absurdo inútil. Todas ellas son de un altísimo nivel, pues Mozart tuvo la habilidad de conjugar calidad y belleza en el pentagrama. En los Cuarenta Principales no habría tenido rival. No obstante y con el riesgo que ello conlleva, sí puede resultar de utilidad recomendar determinadas versiones, aunque en esto, como en todo, cada uno tiene sus preferencias. Ahí van las mías:

- Sonatas para piano: me parece de referencia la integral de la pianista portuguesa María Joao Pires (Deutsche Grammophon). En términos más asequibles, la compañía discográfica Brillant Classics posee en su catálogo otra excelente integral, interpretada por Klara Würtz.

- Variaciones para piano: una buena elección es la versión de Burt van Oort (Brillant Classics).

- Sinfonías: particularmente prefiero las que grabó en su día la Orquesta del Siglo XVIII, con sus instrumentos originales, bajo la dirección del holandés Frans Brüggen.

- Conciertos para piano: el número 21, K467, apodado absurdamente “Elvira Madigan”, interpretado por Rudolf Serkin bajo la dirección de Claudio Abbado (Deutsche Grammophon) es una estupenda elección. Y para una integral (económica además) es más que notable la grabación realizada por el pianista Jenö Jandó con el Concentus Hungaricus, dirigido por Mátyas Antal (Naxos).

- Me gusta la Orpheus Chamber Orchestra (Deutsche Grammophon) cuando ejecuta el Concierto para flauta y arpa (K299) y la Serenata nocturna (K239).

- Me resulta sugerente, el Cuarteto de La Caza (K458) interpretado por el Emerson String Quartet (Deutsche Grammophon).

- Exquisitos son los Cuartetos para flauta de la mano de Barthold Kuijken, Sigiswald Kuikjen, Lucy van Dael y Wieland Kuijken (Accent).

- Resultan esclarecedores el concierto para flauta, K313/314, y el Andante, K315, (Deutsche Harmonia Mundi); el Quinteto para clarinete, K581, con Antony Pay como solista, el Quinteto para trompa, K370, y el Cuarteto para oboe, K407, interpretados por The Academy of Ancient Music Chamber Ensemble (L’Oiseau-lyre)

- En la música coral, estimo obligatoria la audición de la Misa de la Coronación interpretada por la Staatskapelle de Dresde, dirigida por Peter Schreier (Philips).

- Mención aparte merece el Réquiem, que Mozart dejó sin concluir por causas de fuerza mayor (la visita de la Parca). Buenas versiones son las de Karajan, Harnoncourt, Bohm o Sir Georg Solti, esta última acompañada de rezos e interpretada por la Filarmónica de Viena.

Hay además una serie de compositores colaterales que pueden servir de introducción a la obra de Mozart. En este sentido Franz J. Haydn, con sus cuartetos y sinfonías, es el complemento ideal. No podemos olvidar tampoco al llamado “Mozart español”, Juan Crisóstomo Arriaga, que apenas vivió 20 años, pero que nos dejó piezas tan notables como su Sinfonía “en re” y su extraordinaria y breve obertura de “Los esclavos felices”. Por su parte, Leopold Mozart, padre de Wolfang, nos legó su deliciosa “Sinfonía de los juguetes” en tres movimientos.

En el apartado lírico, casi todos los grandes del atril, la levita y la batuta han registrado en cedés sus versiones de las operas mozartianas. Harnoncourt, Karajan, Eliot Gardiner, Fricsay, Giulini, Walter, Böhm, Solti, Szell, Kubelik o Furtwängler son excelentes referencias para conocer el universo operístico del salzburgués.

Para finalizar, una advertencia. La música clásica de calidad (buen sonido, buena dirección, buena orquesta) es menos cara de lo que parece. Es evidente que si buscamos la última versión del director de moda nos tocará rascarnos el bolsillo. Sin embargo, ciertos grandes almacenes, cuyo nombre no quiero mencionar, a lo largo del año ofrecen buenas ofertas que nos permiten acceder a lo que deseamos sin efectuar desembolsos excesivamente onerosos. Enero (después de Reyes, claro), febrero, julio y agosto son meses excelentes para lograr nuestros objetivos. Háganme caso.

¡El Quijote ha muerto! ¡Viva Mozart!

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