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Víctor Corcoba
Algo más que palabras
Víctor Corcoba
“Una transformación de mente y ánimo no excluyente es culminante, sobre todo para el bienestar de las generaciones venideras”

Los tiempos actuales nos exigen de actuaciones concretas. Tenemos señales claras que nos indican un sentido de urgencia y obligación de cambio. La violencia y las violaciones no pueden campear a sus anchas como si no sucediese nada. A propósito, un dato recientísimo: El Fondo de la ONU para la Infancia acaba de informar que más de 1,9 millones de niños han sido forzados a abandonar la escuela debido a una ola de ataques y amenazas contra las instituciones educativas en los países de la región central y occidental de África. Por otra parte, aún tenemos sistemas esclavistas que urge desmantelar. Ciertamente, tampoco es cuestión de activar en el mundo los enfrentamientos, pero sí de proceder de otro modo y de manera contundente, para que se respeten los derechos y obligaciones de todos los moradores del planeta. Además de que la fragmentación entre humanos no favorezca a nadie en un mundo globalizado como el nuestro, la pasividad aún menos, es menester resolver las diferencias, y no hay otra que el diálogo, para abordar las preocupaciones legítimas de toda la ciudadanía. Sea como fuere, no podemos continuar con este estrés inhumano que generan los conflictos por doquier parte del globo terráqueo, necesitamos impulsar otras concordias más justas, que nos reconcilien y no alienten a la contra natura, al racismo permanente y a la discriminación contra determinadas personas. Los pueblos, los Estados, el mundo en su conjunto, han de cooperar entre sí, modelando nuevas implicaciones solidarias y un ético humanismo. Lo significativo no es escapar de esta mortecina realidad, sino batallar porque esa conexión de encuentros nos hermane y podamos habitar en paz en ese hogar común, sin tantas fronteras ni frentes, sin esa multitud de despropósitos que nos dejan sin alma, y por ende, sin el disfrute de la verdadera alegría, la de sentirse amado y la de poder amar. ¡Amémonos!

Lo más urgente, quizás sea el interrogatorio de cada cual consigo mismo, ¿qué haces por tus análogos?, porque el fin, lo esencial es empezar reconociéndose parte de esa ciudadanía globalizada, que requiere de la consideración y del afecto de toda la humanidad. Un mundo dividido es algo diabólico. Nos precisamos como parte de ese todo que ha de contribuir a que lo armónico prevalezca en cada viviente, incluso en las noches más oscuras que tengamos. Naturalmente, la situación que vivimos nos exige mucho valor, puesto que esta liturgia mundana está en efecto enferma, ante tanto manantial de falsedades e intereses mezquinos. Por desgracia, en esta sociedad tecnológica del conocimiento, privilegio de algunos, hay mucho corazón encerrado, esclavo de los poderosos, que dificultan esa llamada a caminar unidos. No se puede proteger lo que está mal, y el apego a los particularismos de cada cultura, han de universalizarse y confluir en horizontes abiertos, con mansedumbre y docilidad. En consecuencia, hemos de pensar que si importante es erradicar las injusticias sociales heredadas de la historia, también es fundamental reforzar acciones y medidas personales que nos obliguen a salir de nuestro propio egoísmo. En ese desinterés por nuestros semejantes, lo que hay en el fondo es una falta de humanidad, de compasión, de desinterés, que sumada a una escasa voluntad social y política, se hace verdaderamente cruel la vida para algunos. Por eso es vital, el esfuerzo asambleario de la comunidad, sabiendo que este drama social de indiferencia es propio de las piedras, pero no de los humanos que llevan una conciencia inherente consigo. ¡Escuchémonos!

Quizás en ese cambio, la escucha, dejando hablar al corazón, sea lo más esencial, al menos para forjar alianzas mundiales y contrarrestar falsos relatos vertidos. Cuidado con aquellos que nos halagan los oídos. Lo prioritario, sin duda, está en esa valentía de tomar la palabra y aunque duela sembrarla de verdad, también esto requiere de otro coraje, el saber aguzar el oído ante otras dicciones y tener la fuerza de rectificar si fuese menester hacerlo. Lo difícil muchas veces está en saber callar cuando no tiene uno nada que aportar, y reconocer que un torpe lenguaje activado, puede conducirnos a incrementar tensiones inútiles que no conducen a buen puerto. Por esta razón, la corrección de actitudes es imprescindible en nuestro momento presente. Una transformación de mente y ánimo no excluyente es culminante, sobre todo para el bienestar de las generaciones venideras. La tarea a la que nos debemos enfrentar, con cierta urgencia, no es fácil, pero es sumamente apasionante, un cambio de estilo en nuestra manera de concebir el mundo, de relacionarlos, lo que requiere una entrega generosa entre todos los moradores, en la que nadie se sienta abandonado, sino amparado por toda la humanidad, lo que demanda sin duda de una visión ética muy diferente a nuestro estilo competitivo de vida actual, en el que prolifera el excesivo individualismo, consumismo y derroche. De ahí la necesidad de otros líderes, más poéticos que políticos, más místicos que religiosos, más de la pobreza que de la riqueza, que son los que verdaderamente nos van a llevar a encontrar nuevos espacios de convivencia para una humanidad que tiene que fraternizarse en el amor y por amor. Al fin y al cabo, ¡amar es vivirse y rehacerse cada día en los demás! No lo olvidemos nunca.

Artículos del autor

Hay un deseo innato de vivir, pero también contamos con un deterioro de esa vida silvestre, que conlleva asimismo una degradación humana, capaz de dejarnos sin aliento. Naturalmente, hoy más que nunca, estamos llamados a responder de esa pérdida de biodiversidad, sobre todo en las poblaciones naturales, pues hemos de ser más cuidadosos y protectores con nuestras actividades humanas, ya sean del reino vegetal o animal, que nos acompañan y las necesitamos.

No olvidemos que los hijos del amor al verbo que conjuga el nítido verso, hemos de amarnos siempre con grandeza cristalina, como ese aire transparente de la mañana que nos resucita cada día; a pesar de nuestros inhumanos lenguajes violentos, prepotentes y arrogantes.Indudablemente, nuestros innatos latidos ascendentes que todos portamos mar adentro en nuestra existencia material, nos invitan a explorar los silencios y a concebirlos para sí como aliento, a reflexionar en soledad, aún con todas sus incertidumbres y dolores de aquí abajo, pues siempre aparecerá una expresión de consuelo en el camino, una señal que nos haga despertar y vivir para los demás, una voz que nos descubra trovadores, y por ende, cauce y proclama de sentimientos, más allá de este deambular sin sentido por el planeta, pues en efecto el deleite de todo himno nos transfigura.

Bien es verdad que la mayoría de los chavales asisten a la escuela, pero no pasan de esa mera asistencia, no avanzan, no saben leer o no entienden lo que leen, quizás por esa ausencia de motivación de introducirlos en la realidad, para que puedan crecer como personas y desarrollarse, pues lo trascendente es edificar una sociedad con un rostro más humano, que deje un rastro más auténticamente solidario.

No podemos continuar atrincherados en una estrechez mental, de falta de discernimiento en el valor de cada cosa, pues nos impide avanzar hacia otros estadios más armónicos. Indudablemente, hay que pasar de las bellas palabras a los hechos, y lo importante es que la desigualdad no crezca en un mundo en el que hay que promover de manera justa la ponderación de oportunidades, en toda esa familia global, de la que formamos parte.

Si el esfuerzo por el diálogo y la cooperación ha de ser el sello distintivo de cada uno de nosotros, también desde esta suculenta diversidad cultural de nuestro mundo, hemos de trabajar con espíritu armónico, a fin de que se haga posible el entendimiento entre unos y otros.

Quizás el compromiso de todos los humanos sea humanizarse, llenar la vida con esa esperanza de unidad que a todos nos conviene, por el hecho mismo de avanzar en relación, cooperando cada cual desde su misión, en el espíritu de concordia que es lo que verdaderamente nos hace grandes, abiertos siempre a recomenzar desde esa mirada global enriquecedora y batalladora, en busca de horizontes habitables y justos.

Me emocionan esas gentes siempre dispuestas a donarse, a luchar por el bien colectivo, renunciando a sus intereses personales, acogiendo en su existencia un proceder de encuentro y acogida.

Un problema que me preocupa mucho, es la falta de interés generacional por hacer familia, por generar vínculos que nos armonicen, pues el reencuentro de uno mismo con los demás, desde la propia identidad de cada cual, nos ayuda a levantarnos y a reconducir la relación entre análogos, a través del diálogo y la escucha.

 
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