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Víctor Corcoba
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Víctor Corcoba
Si substancial es que toda persona tenga la oportunidad de crecer física e intelectualmente, de ser creativo y de ofrecer su talento; no menos transcendente es activar comportamientos y modos de cohabitar, enfocados al respeto por la vida, los seres humanos y sus derechos

Si substancial es que toda persona tenga la oportunidad de crecer física e intelectualmente, de ser creativo y de ofrecer su talento; no menos transcendente es activar comportamientos y modos de cohabitar, enfocados al respeto por la vida, los seres humanos y sus derechos. Sin duda, hemos de perder el miedo a fracasar. Hoy más que nunca requerimos de valor y valentía para hacer frente a multitud de conflictos generados entre nosotros, para plantarle cara a los desastres naturales y el cambio climático; y, así, tomar conciencia de ese hálito de familia a la que estamos predestinados, por propia subsistencia de la especie humana. Las respuestas individuales ya no sirven, se requieren actuaciones conjuntas, sentirnos unidos humanamente para no caer en el desconsuelo y poder avanzar hacia otros horizontes más hermanados, por el propio sentir humanístico que todos llevamos inherentes en nuestro corazón. A propósito, es una esperanzadora noticia, que para combatir el coronavirus a nivel global, la ONU haya lanzado un plan humanitario de dos mil millones de dólares. Pensemos en esas gentes que no tienen un hogar en el que puedan practicar el aislamiento social o aislarse, o que les falte agua limpia y jabón para realizar el acto más básico de protección personal, como es lavarse las manos, teniendo en cuenta además, que si se enferman de gravedad, tampoco tienen forma de acceder a un sistema de salud que pueda ofrecerles una cama de hospital y un ventilador. Toda esta bochornosa situación, debe movernos el alma, ha de hacernos salir de nuestra pereza, y activar otro ánimo más de servicio y donación. En ocasiones, duele mucho ver algunas asociaciones que se dicen benéficas, perdidas en sus propios intereses, convertidas en otras ventanillas burocráticas más, ausentes de ese afecto primordial que nace cuando en verdad se abre el corazón a los demás.

Desde luego, ese espíritu humanitario exige de nosotros una entrega incondicional, un compromiso de amor verdadero entre semejantes, una fortaleza de adhesión a los principios de democracia, libertad, justicia, desarrollo para todos, autocrítica, tolerancia, aceptación de las diferencias y entendimiento con afán comprensivo. Por desgracia, hemos llegado en los últimos tiempos a un menosprecio de los derechos humanos, que nos hacen realmente salvajes. Sería bueno, por tanto, poner en práctica el que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad, obligaciones y deberes, y que dotados como estamos de raciocinio y conciencia, tuviésemos un proceder más fraternal los unos para con los otros. Conscientes, de que los moradores de este mundo necesitamos crear condiciones de estabilidad y bienestar para todos, no cabe otra que instruir a las nuevas generaciones hacia otro tipo de actitudes más pacíficas y amistosas, sin obviar que han de basarse en la consideración hacia toda vida, sin distinción alguna, pues todo ha de sustentarse en la solidaridad desprendida y decente de nuestra morada interior. Cuando se pierde la ética de las responsabilidades, también se olvida el referente estético de los principios de la mente, y el caos de la bestia irracional puede sorprendernos en cualquier esquina. La moralidad termina donde empieza la acción del arma de fuego. Ojalá aprendamos a salir de este ánimo guerrero, de luchas incesantes, que lo único que hacen es conducirnos a la destrucción. En las guerras perdemos todos, nadie gana. Quizás tengamos que mirar con otros ojos los caminos recorridos, hablar con otras palabras, reconocernos con otra sapiencia más poética que mundana.

Sin duda, ese aliento humanitario nos exige de otras sabidurías, más entroncadas con los cuidados de unos hacia otros, con el sentimiento de pertenencia a un linaje pensante, que ha de humanizarse, si en verdad quiere proseguir camino, a través de la diversidad y el reencuentro; sin obviar que la salud es un derecho humano que toda la ciudadanía ha de tener y poder gozar de ella. Sea como fuere, se ha visto que el trabajo conjunto ha logrado grandes avances en muchas áreas del bienestar de la población en general, superando emergencias sanitarias verdaderamente preocupantes. Lo estamos sufriendo con la escala y magnitud de una emergencia de salud pública sin precedentes, la pandemia de coronavirus COVID 19, que ha significado la movilización de organizaciones civiles, políticas, sociales y religiosas; gobiernos e instituciones; líderes políticos y otros actores de la sociedad; pero la respuesta primera y el esfuerzo mayor está en los integrantes del sector de la sanidad. Ellos han trabajado incansablemente para contener el avance, lo siguen haciendo, y hemos de reconocer que al frente de este soplo bienhechor, se halla la Organización Mundial de Salud (OMS), el organismo del sistema de las Naciones Unidas encargado de velar por la salud de todos, que no podemos dejar de pensar en su reiterativa llamada a estar preparados con una infraestructura de salud sólida y de respuesta humanística, pues nuestra historia ha demostrado que los virus tienen en el mundo globalizado de hoy un escenario ideal de transmisión, que nos exige estar en guardia, responsabilidad de acción y compromiso de colaboración con los expertos. En este sentido, hemos de reconocer la gran labor de la OMS, en cuanto a información veraz, actualizada y permanente, al menos nos ayuda a combatir los mitos y creencias erróneas, tan propagadas a veces por la red virtual. 

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Hay una atmósfera continua de falsedades que nos eclipsan lo verídico e impiden hasta reconocernos en la realidad; porque en lo auténtico realmente no puede haber tonalidades, sino timbres, o si quiere pulsos del alma, que nos conducen y reconducen continuamente al verdadero ser de las cosas.

Los días son tan inciertos, que hay que aprovechar los buenos momentos de sosiego, cuando menos para fortalecernos internamente. La realización con la que todos soñamos comienza con el don de donarse. Hay que pasar del egoísmo a pensar en los demás.

Este mundo de prisas y de pocas pausas, olvida con demasiada frecuencia la necesidad de pararse a pensar, de sonreír al que se cruza en nuestro camino, ya no digamos de ocuparse y preocuparse por aquel que solicita nuestra asistencia, esa dimensión de gratuidad la tenemos aletargada, puesto que nos hemos acostumbrado a movernos por intereses mundanos. Hay que volver a esa innata sabiduría del corazón, la de ser solidarios con el análogo sin juzgarlo.

No sirve de nada decir mucho y no hacer nada, autoproclamarse líder desde el endiosamiento y no desde la servidumbre, juzgar permanentemente en vez de evaluar actitudes, al menos para poder reinventarse otros modos y maneras de cohabitar, forjando un espíritu más solidario e inclusivo.

Siempre me han interrogado aquellos universos que se muestran en orden alfabético o en artística virtuales. Reconozco que el desorden me inquieta; y, como tal, me insta a imaginarme otras estéticas más naturales, ahora que lo artificio toma nombre de intelecto, pero que son incapaces de humanizarnos.

La necedad de pensar que uno se basta a sí mismo es una de las mayores torpezas del ser humano, que nos llena de acontecimientos dolorosos, presos por el maldito desenfreno y encerrados en una soledad virtual que no alienta ni alimenta. Todo es confusión.

Lo importante es tomar cognición de nuestras obligaciones y llevarlas a buen término, pues la vida en plenitud se vive si uno al fin se desvive por ella, sabiendo que nada de este mundo nos debe resultar indiferente.En efecto, la vida no es fácil para nadie, exige tenacidad y esfuerzo, coherencia con la comprensión de lo auténtico y empeño en comprender la verdad, dedicación a los demás antes que a uno mismo y brindis por el valor intrínseco de la flora y fauna que nos circunda, pues sus contribuciones ecológicas, recreativas y estéticas al desarrollo sostenible, están ahí, avivando nuestro propio bienestar.

Sin duda, el apoyo de las Naciones Unidas a los Estados miembros para que creen y fortalezcan sus instituciones de derechos humanos y mecanismos de rendición de cuentas, es cardinal e imprescindible.Teniendo en cuenta, lo que ya en su tiempo indicaba el escritor, orador y político romano, Cicerón (106 AC-43 AC), de que “no hay cosa que los humanos traten de conservar tanto, ni que administren tan mal, como su propia vida”, me da la sensación de que aún no hemos aprendido la lección, pues aunque las nuevas tecnologías ofrecen oportunidades para la humanidad en términos de bienestar, conocimiento y descubrimiento, con demasiada frecuencia las utilizamos para violar los derechos humanos y la privacidad, mediante la vigilancia, la represión o el acosos y el discurso del odio en línea.

 
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