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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Sonia Herrera
Las fatigas del saber
Sonia Herrera nació en Barcelona en 1984 y estudió Comunicación Audiovisual en la Universitat Autonòma. Se ha especializado en comunicación educativa, periodismo y conflictos armados e igualdad de género. Ha trabajado como editora y redactora de contenidos educativos para niños y jóvenes y como formadora de nuevas tecnologías.

Durante los años 2005 y 2006 fue comentarista del programa radiofónico mexicano “En Frecuencia con Nano”, centrado en la figura de Joan Manuel Serrat. Es coautora del libro “Los Documentales del feminicidio en Ciudad Juárez”.

Actualmente ejerce como secretaria técnica de la Asociación Clásicas y Modernas por la Igualdad de Género en la Cultura, colabora con la Fundación Cultura y Comunicación y participa como investigadora social en varios proyectos entre los cuales se encuentra el Observatorio de los Media y las Agresiones contra las mujeres en Contextos de Alta Violencia.

Twitter: @sonia_herrera_s
Sonia Herrera
Últimos textos publicados
Voces que despiertan
El viernes pasado, día del estreno, fui al cine a ver La voz dormida de Benito Zambrano
El film está basado en la fantástica novela homónima de Dulce Chacón que ésta publicó en 2002, apenas un año antes de que un cáncer de páncreas nos arrebatara prematuramente el placer de seguir leyéndola.









Al igual que ella y Zambrano, considero que es necesario visibilizar el papel que jugaron las mujeres en la Guerra Civil y en el Franquismo, y bajo ningún concepto creo que el tema esté trillado ni agotado como dicen algunos, porque cada persona que vivió aquella maldita guerra -que como se recuerda en la película, nunca debió haber sucedido- tiene una historia que merece ser escuchada.

Y al ver esas historias plasmadas en la gran pantalla, recuerdo con todo lujo de detalles cuando entrevisté a Trinidad Gallego para mi trabajo de investigación de 2º de Bachillerato. Me recibió en su piso de Nou Barris, en Barcelona, me invitó a merendar y me descubrió una parte de la historia de las mujeres de este país que nunca han recogido los libros de texto.

Recuerdo perfectamente cómo se describía a sí misma como “enfermera, comunista y soltera por convicción”; y recuerdo muy a menudo con mucho cariño su genio, su entereza y sus afirmaciones tajantes al hablarme de su detención y su encarcelamiento en 1939 junto a su madre y su abuela de 87 años –precisamente en esa cárcel de Ventas que tan bien recrea Zambrano-, así como al describir las horribles condiciones de las presas y su trabajo como matrona dentro de aquel lugar. Como Trini, más de 14.000 mujeres pasaron por la cárcel madrileña de Ventas en las décadas de 1940 y 1950: una prisión fundada por Victoria Kent en la Segunda República (1931-1936) y que estaba diseñada para una capacidad máxima de 500 reclusas.

Seguramente, cada una de sus historias aportaría una pieza de un puzle cuyo dibujo a duras penas vislumbramos. Resulta abrumador, por ejemplo, el testimonio recogido por Tomasa Cuevas en Cárcel de mujeres (1985):

“Ventas era un edificio nuevo e incluso alegre. Ladrillos rojos, paredes encaladas. Seis galerías de veinticinco celdas individuales, ventanas grandes (con rejas, desde luego), y en cada galería un amplio departamento con lavabos, duchas y váteres. Talleres, escuela, almacenes (en los sótanos), dos enfermerías y gran salón de actos transformado inmediatamente en capilla. En cada celda hubo según dicen, una cama, un pequeño armario, una mesa y una silla. En el 39 había once o doce mujeres en cada celda, absolutamente desnuda, los colchones o los jergones de cada una y nada más. Todo vestigio de la primitiva dedicación de las salas había desaparecido: se había transformado en un gigantesco almacén, un almacén de mujeres”.

En los próximos meses, Benito Zambrano, recibirá muchas críticas –buenas y no tan buenas- sobre su tremendo retrato de ese “almacén de mujeres” en que se convirtieron las cárceles franquistas. Yo no pretendo que este texto esté entre ellas, porque por encima de la calidad artística está la intención y el contenido y no cabe duda de que Zambrano, al igual que Dulce Chacón, sabía que era una historia que debía ser contada porque es necesario recuperar la memoria y reescribir la historia y mucho más la de las mujeres que tantas veces ha sido silenciada.

martes, 25 de octubre de 2011.
 
Gente distinta
Celtas Cortos y la triste actualidad
La semana pasada se celebraron las fiestas del barrio madrileño de La Elipa. Cerca del cementerio de La Almudena (antiguo cementerio del Este), a las 22:30 del jueves, fuimos muchos los que nos dimos cita para bailar y dejarnos la voz al ritmo de los intergeneracionales Celtas Cortos, ese grupo pucelano con nombre de marca de tabaco de los 50 consumido por la clase obrera, la misma para la que ellos cantan: una clase media “indignada” y cada vez más polarizada que está recuperando la crítica en la calle y que la reclama también en el mundo de la cultura.

Unos minutos antes de la actuación, Angustias Alonso, histórica activista del movimiento vecinal de dicho barrio que el pasado mes de marzo tuvo un pequeño encontronazo con Esperanza Aguirre, nos recordaba a voz en grito que la lucha continúa, que debemos reivindicar los espacios de nuestros barrios y que entre todos y todas podemos construir una sociedad diferente. El ambiente se caldeaba y, como bien dijo Jesús Cifuentes, la utopía se palpaba en el aire.

Este peculiar grupo de rock con grandes influencias de la música celta y procedente de Valladolid, lleva 25 años subido a los escenarios, cantando a las viejas amistades, a la “Gente impresentable” y a la “Gente distinta”; tocando por la justicia social, por la igualdad de derechos y el respeto a la diferencia; clamando contra el militarismo y la indiferencia; y contándonos cuentos y romances que viajan por sendas a través del tiempo. Ese es el espíritu que hoy resulta más necesario recuperar para que no nos paren.
Porque lo preocupante, evidentemente, no es que los conciertos de Celtas Cortos sigan congregando a gente variopinta de todas las edades que levantan el puño pidiendo una vida mejor. De eso, personalmente, me alegro. Lo que sí resulta motivo de reflexión es que tras más de veinte años, no hayamos avanzado lo más mínimo y las letras de Celtas Cortos continúen estando de rabiosa actualidad.

Si en los 90 cantaban contra la guerra del Golfo y la de los Balcanes, hoy por hoy, pueden seguirlo haciendo, ya que las políticas internacionales no han variado mucho y sigue habiendo “marines haciendo turismo” por medio planeta. En España el aumento del paro ya ha superado con creces aquel “tercer millón” del que hablaban en su mítico “Tranquilo majete” y muchos jóvenes nos damos cuenta de golpe de que “estudiar vale para poco” al buscar trabajo. Las fronteras siguen siendo “tierras de dolor” y “sin valor”, los emigrantes continúan siendo odiados “por racistas maleantes”, y en Somalia el hambre sigue matando a millones de personas mientras lo vemos tranquilamente por televisión.

Y tal como los Celtas Cortos se preguntan en su tema “¿Qué voy a hacer yo?”, sería bueno que todos y todas nos preguntáramos qué papel podemos jugar en estos tiempos aciagos de privatizaciones y recortes sociales y qué país queremos. Quizás, tanto en la música y la cultura como en el día a día de cada quien no estaría de más dejarnos llevar por el camino que dibujaba Eduardo Galeano:

"La utopía está en el horizonte.
Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos
y el horizonte se corre diez pasos más allá.
¿Entonces para qué sirve la utopía?
Para eso, sirve para caminar".

martes, 20 de septiembre de 2011.
 
Calles con Gracia
La economista y ex ministra Anna M. Birulés escribió en un artículo para la revista Metròpolis que “Barcelona es una ciudad deseada por gente de diversas tipologías en todo el mundo. No es la más grande, ni la más moderna, ni la más espectacular, ni la de los museos más grandes, pero sí a donde mucha gente le gustaría ir, le ha gustado haber ido o, incluso, poder vivir”.

Siempre me he sentido profundamente barcelonesa y embajadora voluntaria de Barcelona. Me encanta pasear por el Born, por los callejones del Raval y por el Gótico y enamorarme una y otra vez de sus rincones y también disfrutar de la tranquilidad de los barrios donde he pasado la mayor parte de mi vida: Guinardó, Horta, el Congrés y Nou Barris. Pero si me pidieran que escogiera un barrio, solo uno, muy probablemente me quedaría con Gracia.

La lista de motivos es extensa. Soy feliz sentándome en la plaza de la Virreina a tomarme una cerveza con los amigos, cenando en un pequeño restaurante libanés de la calle Astúries o en mi mexicano favorito, viendo una película en el Verdi o confundiéndome sempiternamente buscando la plaza del Sol para acabar en la del Diamant mirando de reojo la escultura de La Colometa, protagonista de aquella maravillosa obra de Mercè Rodoreda que leíamos en el colegio y que retrataba una Barcelona de posguerra que por suerte a mi generación nunca le tocó vivir (aunque debamos tenerla presente para no olvidar nunca esa parte de la historia).

La gente suele decir que si vives en Gracia, es difícil salir de allí porque te atrapa y porque “tienes de todo” y es cierto. Heredero de su carácter de villa hasta finales del siglo XIX, el barrio sigue conservando un cierto aire de pequeño pueblo donde todavía muchos vecinos se conocen y se saludan mezclándose con estudiantes que están de Erasmus en Barcelona y con visitantes pasajeros que quizás se enamoren de la ciudad y decidan quedarse por un tiempo. Lo rural dejó paso a lo urbano, pero el tejido asociativo que en aquel entonces todavía era incipiente, hoy por hoy es uno de los más potentes de toda la ciudad.

Precisamente esta semana se celebra la Fiesta Mayor de Gracia. Diecinueve calles y plazas con sus respectivos portales y balcones ornamentados compiten este año. Las antiguas guirnaldas se sustituyen por verdaderas obras de arte oníricas en las que los vecinos y vecinas del barrio trabajan durante meses para vestir su calle con las mejores galas. Decorados que te transportan a un mundo similar al de las películas de Tim Burton, a medio camino entre la luminosidad de Big Fish y la nocturnidad y alevosía de Sleepy Hollow.

Durante una semana el barrio se convierte en un escenario vibrante. Lo callejero cobra vida y sobre las cabezas de propios y extraños se alzan extrañas composiciones desbordantes de imaginación mientras miles de personas se cruzan en un hervidero de talleres, actuaciones musicales, juegos cooperativos, bailes, teatro, desfiles, actividades deportivas, ferias artesanales, cenas populares y cervezas en buena compañía.

Quizás, una pequeña estrofa de Serrat resuma a la perfección este texto impulsivo que quizás haya salido más de las entrañas que de la creación literaria. Aquí os dejo porque como diría el maestro, nosotros “vamos subiendo la cuesta que arriba mi calle se vistió de fiesta”.

martes, 16 de agosto de 2011.
 
 
El valor del cine
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martes, 12 de julio de 2011.
 
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martes, 7 de junio de 2011.
 
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Los micromachismos que vienen
martes, 24 de mayo de 2011.
 
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martes, 10 de mayo de 2011.
 
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martes, 3 de mayo de 2011.
 
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martes, 19 de abril de 2011.
 
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martes, 12 de abril de 2011.
 
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martes, 29 de marzo de 2011.
 
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martes, 8 de marzo de 2011.
 
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martes, 1 de marzo de 2011.
 
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martes, 22 de febrero de 2011.
 
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martes, 18 de enero de 2011.
 
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martes, 11 de enero de 2011.
 
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martes, 28 de diciembre de 2010.
 
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martes, 14 de diciembre de 2010.
 
Sacando la lengua… al lenguaje sexista
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martes, 30 de noviembre de 2010.
 
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martes, 23 de noviembre de 2010.
 
Escenas del Kurdistán
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martes, 16 de noviembre de 2010.
 
Mujeres, museos, musas
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martes, 9 de noviembre de 2010.
 
El muerto vivo
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martes, 2 de noviembre de 2010.
 
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