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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com.ar - Sus 185 producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti -



Blog/Web: www.revagliatti.com.ar
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Rolando Revagliatti
Últimos textos publicados
“El desorden nos lleva a ordenar las palabras para ejercerlas y no perdernos en el mundo”
Entrevista a Marta Cwielong
Marta Cwielong nació el 28 de enero de 1952 en Longchamps, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside en Temperley, ciudad de la misma provincia. Participó en diversos festivales de poesía nacionales y extranjeros. Ha sido traducida parcialmente al polaco, italiano, francés y catalán. Fue incluida, entre otras, en las antologías “Poetas argentinos de hoy”, compilada por Julio Bepré y Adalberto Polti, en 1991, “Poetas argentinas 1940-1960”, compilada por Irene Gruss, en 2006, y en “Poetas del tercer mundo”, compilada por Alejandra Méndez, en 2008. En 2006 aparece su antología personal “Morada”. Publicó los poemarios “Razones para huir” (Fundación Argentina para la Poesía, 1991), “De nadie” (Ediciones Libros de Alejandría, 1997), “jadeo animal” (Ediciones Libros de Alejandría, 2003), “pleno de ánimas” (Ediciones La Guacha, 2008), “La orilla” (Ediciones del Dock, 2016).

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Cwielong. Apellido de ascendencia polaca.
En realidad, no he podido comprobar que sea de tal ascendencia. Sí hay muchas familias con ese apellido en Polonia, pero no es de raíz tradicional polaca. Cuando visité ese país mis parientes me informaron que procede de la Baja Silesia y venía de Estrasburgo. Es así. Y soy la primera de mi familia en nacer en la Argentina. Tengo madre italiana, hermano italiano, hermana alemana y padre polaco. Soy, lo que se dice, de posguerra. Crecí escuchando los domingos la hora suiza en la radio, y canzonetas napolitanas, aunque mi madre es del norte de Italia, sobre el Adriático. Significa que me educaron con aires de superioridad. Mientras no teníamos ni para comer. Si bien mi padre era polígloto, trabajaba de albañil; luego, con los años, supe que era un refugiado, pero recién en la adolescencia, cuando comencé a estudiar y compartir mi mundo con otros que tenían formación y pensamiento diferente.

No hubo en mi pequeña familia un incentivo al estudio, sólo correspondía trabajar, tener una casa; fue así que a los catorce años ya lo hacía. Y mis estudios secundarios los cursé después de los veinte, en un colegio nocturno, el Instituto Lomas de Zamora, Cooperativa de Enseñanza: por supuesto, un lugar de izquierdas: me abrió la cabeza en tantas partes que fue alucinante. Ahí tuve mi primer amor con la literatura, el profesor Gerardo Whethengel (con hermano desaparecido), concertista de piano que nos hizo leer el Quijote. Era un alemán rubio, con dedos larguísimos, flaco, de hablar balbuceante, pero cuando se trataba de poesía se encendía y su voz adquiría seguridad, tono, color! Otro profesor, éste de Historia, H. Marrese, un militante de la vida, de los derechos; con él fuimos a las primeras marchas, nos mostró qué era la dignidad.

En mi casa no había libros: sólo los de mi madre, las novelitas de Corín Tellado que ella consumía mientras viajaba en tren todos los días para ir a trabajar. Mi hermano y yo nos ocupábamos de la limpieza además de ir a la escuela y cuidarnos. Mientras esperaba a mi madre yo leía a escondidas a la Tellado e imaginaba un amor precioso.

Solía leer las hojas de los diarios con los que envolvían los huevos que comprábamos en el almacén. Por entonces no pensaba en escribir, y menos poesía; fue mucho después, cuando no atinaba a encontrar el sitio donde estar, cuando no hallaba la manera de que me entendieran.

“Sitio donde estar”, decís, enfocando en tu infancia.
Por ejemplo, entre los seis y los once años debí convivir con mi abuela materna en los campos de un coronel, gobernador de la provincia de Buenos Aires, forjador del peronismo: el Coronel Domingo Mercante; con lo cual, dentro de la pobreza, estaba rodeada de los lujos del poder, y la ignorancia de la peonada. Por lo que a mis diez años fui alfabetizadora de los trece hijos del tambero. Y como me obligaban a ir a la iglesia, fui catequista. Luego abandoné religión, enseñanza. En simultánea, la escuela primaria la cursé en Uruguay y en Buenos Aires: me confundía entre José Gervasio Artigas y José de San Martín, entre el 18 de julio y el 9 de julio. Vivir cruzando el Río de la Plata me dio el vértigo de las orillas, la fascinación por el borde. Vivir sin la familia, por lapsos, sin escuela en la niñez, me llevó al mundo de la lectura; de pronto, una edición de cuentos para niños de Hans Christian Andersen llega a tus manos, le faltan algunas hojas, pero comenzás a reemplazarlas, a imaginar qué hubiera dicho, de qué manera.

Como se dice ahora, debí estar escolarizada a determinada edad, pero… no siempre había escuelas disponibles a las que concurrir. Y así, recuerdo a unas monjas franciscanas con sus sotanas levantadas, pedaleando las calles de tierra, acercándose a nosotros, aquellos chicos y chicas, para enseñarnos a leer; atesoro esos rostros vivaces rodeados de niños debajo de un árbol cantando la palabra aprendida.

El idioma en mi casa era el italiano; quizás por eso se produjo mi inclinación por Eugenio Montale, Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Federico Fellini, “Ladrón de bicicletas”, “Roma, città aperta”, la Loren, Marcello Mastroianni, el hablar fuerte de los italianos, la expresividad de las manos.

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Retornemos a tu adolescencia, a la juventud.
Entonces, Ray Bradbury y “Las doradas manzanas del sol”, los poetas que me iniciaron en el uso de la tijera que me ayudara a podar de liviandad aquello que escribía: Enrique Puccia, Edgar Bayley, Beatriz Piedras y su gran conocimiento del hayku, Rubén Chihade, y todos los poemarios que me hicieron leer, y a partir de ellos, debatir. La Facultad quedó en el camino: formé una familia. Eran los ‘70 y el terror estaba instalado. La realidad me llevo a leer empecinadamente y buscar las raíces de la familia.

Mi adolescencia no es la típica de la pequeña burguesía: trabajé desde los catorce años, cuidé un padre enfermo hasta su muerte en un hospital, y a los diecinueve años estudié, de noche, el bachillerato. A los veintiuno ya tenía un hijo. Entre la dictadura, los amigos que desaparecían, los que había que esconder o sacar del país, el miedo, el coraje de seguir, de pronto ya se había escapado entre las manos la hermosa adolescencia.

Apuntando a nuestros lectores geográficamente más lejanos: Longchamps, Temperley, localidades cuyos nombres remiten a Francia y a Inglaterra, respectivamente: ¿siempre residiste en la zona sur del Conurbano Bonaerense? ¿Qué nos trasmitirías de ella en lo social, urbanístico y cultural?
La mayor parte de mi vida transcurrió en Temperley. En la adolescencia, en un barrio obrero, de inmigrantes. Hoy, cerca del Barrio Inglés, en una casa que data de 1907, en el Barrio Santa Rosa. Los ingleses tuvieron mucha influencia, se puede advertir en sus calles empedradas y en los chalets. Tenemos, además del cementerio tradicional, el de los "disidentes". Y la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, fundada en 1972. El poeta Roberto Juarroz fue uno de nuestros vecinos ilustres. Pertenecemos al partido de Lomas de Zamora, junto con Banfield, donde residieron el cantante Sandro, y mucho antes Julio Cortázar, cuya casa lamentablemente ya no existe: “Banfield es el tipo de barrio que tantas veces encuentras en las letras de los tangos.

Recuerdo que tenía una pésima iluminación que favorecía al amor y a la delincuencia, en partes iguales. Y que hizo que mi infancia fuera cautelosa y temerosa por el clima inquietante que hacía que las madres se preocuparan cuando salías. Pero al mismo tiempo era para un niño un paraíso, porque mi jardín daba a otro jardín. Era mi reino”.

Cerca está Adrogué y el famoso hotel "Las Delicias", devoción de Borges —“En cualquier parte del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué”—, y que albergara, por ejemplo, a dos presidentes de nuestro país: Domingo Faustino Sarmiento y Carlos Pellegrini.

No formo parte del quehacer cultural de mi zona, ya que mi vida laboral se desarrolla en tu ciudad. Sólo duermo, se puede decir, en mi casa de Temperley. Tantos largos viajes durante quince años, contribuyeron a mi condición, más bien, de solitaria.

Te involucraste en la organización de ciclos y presentaciones.
De 1989 a 1998, por ejemplo, en el Círculo Médico de Quilmes, Miguel Ángel Morelli, Beatriz Piedras, Liliana Guaragno y yo coordinamos unas jornadas de homenaje a Jorge Luis Borges a lo largo de cuatro semanas. Participaron María Esther de Miguel, Ricardo Wullischer (presentamos su film documental “Borges para millones”), María Esther Vázquez y María Kodama. En la ciudad de Quilmes organizamos las Conversaciones con Olga Orozco, con Cristina Piña, con el recientemente fallecido Luis Thonis. (Y como creíamos en utopías, Morelli, Piedras y varios que no recuerdo, armamos la Sociedad Argentina de Escritores, seccional Quilmes; luego, como no respondíamos a los lineamientos de la SADE Central, por supuesto, nos fuimos.)

Con Enrique Puccia armé en 1994 un ciclo de debate en “Foro 2000”: fueron de la partida, entre otros, el pintor y escultor Pablo Suárez [1937-2006] y los escritores Graciela Maturo y Raúl Santana: artistas plásticos y poetas: se debatía sobre el ser y el pensar. Dos años después integré con Puccia, Leonardo Martínez, María Cristina Santiago, Stella Vergara y Paulina Vinderman, el comité responsable de la “Antología Oral de la Poesía Argentina”, en el Centro Cultural General San Martín: los sábados y domingos, mesas de lectura de cuatro poetas, procurando equilibrar el número de mujeres y varones y siempre atentos a la inclusión de representantes de las provincias, sin ceder en el afán por conocernos, juntarnos, intercambiar. Por esas lecturas pasaron más de 360 poetas. Lástima que no obtuvimos los fondos suficientes para poder grabarlos. Y en 1999 organicé en Espacio Giesso, en el barrio de San Telmo, un encuentro con poetas de Rosario: Malena Cirasa, Reynaldo Sietecase y Concepción Bertone.

En el mismo año en que aparece tu primer poemario incursionaste en radio.
“El Sur también existe” se llamó. Fue en Radio Cooperativa de Lomas de Zamora, con el periodista Aníbal Kesselman. El perfil del programa era político, de crítica, todas las mañanas de lunes a viernes; teníamos un micro de literatura y música un día a la semana, con Ricardo Echezuri, gran entusiasta del jazz y melómano. Llevábamos invitados, por ejemplo a Liliana Lukin y Raquel Saporiti. Kesselman es un analista ácido, con una ironía cortante, de esos tipos jugados, con pensamiento genuino. Pero luego, como siempre en la vida están los peros...: una mujer con cuatro hijos debe saber dónde poner su tiempo, y no siempre puede elegir el lugar del placer.

Diez años después, otra incursión: esta vez dictando un taller para músicos: Rock y Poesía.
Mis hijos varones son músicos. Uno de ellos se quejaba de que los que concurrían a su sala de ensayo escribían tan feas letras para él, que un día los amenazó: “Los enviaré con mi madre”. Los letristas aceptaron, y así comenzó ese extraño y bello periplo…: que leyeran, leyeran y leyeran. Claro está, he cosechado dedicatorias, temas, recitales. Algunos continúan como músicos; otros claudicaron, pero siguen siendo lectores.

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No sólo participaste en festivales nacionales.
He estado en Colombia en dos oportunidades: para el Festival PoeMaRio de Barranquilla (que dirigen Tallulah Flores Prieto y Miguel Iriarte), y de paso por Medellín, estando en casa de mis amigos poetas Tallulah y Gabriel Jaime Franco, en el Festival de Medellín. Colombia es un país donde respiré lo real maravilloso por la calle, en un saludo, una conversación. Regreso en este mes a Barranquilla y en noviembre estaré en el Encuentro Internacional de Mujeres de Cereté, invitada por Irina Henríquez Vergara.

En Uruguay fui parte de la Bienal de Poesía de San José, experiencia única de todo un pueblo volcado a las actividades de la Feria del Libro, y con el poeta Rafael Courtoisie como anfitrión.

En Cuba estuve en 1996, en el primer Festival Internacional de Poesía de la Habana, y volví en mayo a festejar los veinte años de dicho Festival. Allí me esperaban mis amigos Pierre Bernet Ferrand y Alex Pausidex.

¿Cuál fue tu participación en el volumen “Venecia negra” de Javier Cófreces y Alberto Muñoz?
“Venecia negra” consta de 14 capítulos, uno de los cuales es una antología de autores que hayan escrito sobre Venecia. Sucedió que cenando en un restaurante de la avenida Corrientes, en una mesa con más de treinta poetas (no recuerdo porqué motivo o qué festejábamos, pero era una época donde perdíamos el tiempo de esa manera), me senté justo enfrente de Javier, y la conversación giraba sobre ese futuro libro y estaban recopilando textos. Yo, recién llegada de Venecia le cuento mis impresiones y Cófreces me invita a sumarme. Todavía estaba impresionada por la calle della Pietà, donde había en un edificio (supongo que iglesia o convento), y allí una canastita donde dejaban a los recién nacidos, tocaban la campana para avisar y se iban. Pues mi poema habla de aquello.

Libros de Alejandría fue un sello que te tuvo también como responsable.
Lo fundó Enrique Puccia, lo continuó María Cristina Santiago. Editamos 23 títulos entre los años 1996 y 2003. Publicaron allí, entre otros, Cristina Domenech, Ana Guillot, Alejandro Pidello, Ana Sebastián, Hebe Solves, Zulma Liliana Sosa, Máximo Simpson, Malena Cirasa, Inés Malinow, Sergio Leonardo, Silvia Tocco, Paulina Vinderman. Fui socia de Puccia en cuanto emprendimiento me propuso; hacíamos buena dupla y nos unía el amor por la poesía, la amistad, la lealtad y la vida. Fue mi gran compañero. La editorial propendía a la excelencia poética, tapas de pintores, un mismo formato. Luego vino la muerte temprana de Enrique. Con María Cristina Santiago intentamos seguir, pero no pudimos. Era un compromiso moral que teníamos con él, pero la realidad siempre pega, y nos hace repensar qué podemos y qué no, hacer.

Un apunte sobre tu antología personal.
“Morada” pertenece a la colección de plaquettes "La Diligencia", de la Biblioteca "Associació Cultural Bertolt"; de Mislata, Valencia, España, editada de forma artesanal, en castellano, en la celebración del 21 de Marzo, Día Mundial de la Poesía, proclamada por la Unesco en 1999. Los curadores fueron Pere Bessó y Salvador García. Ellos me pidieron que eligiera poemas y sobre esa base efectuaron su selección.

La poeta Marlene Zertuche, de México, y vos están abocadas a una investigación.
De poetas latinoamericanas nacidas entre 1920 y 1950. Ya hemos publicado una plaquette. El título donde las reunimos es “Las vírgenes terrestres”, tomado de Enriqueta Ochoa. Es el pensamiento de dos poetas de diferentes generaciones, diferentes países, con la misma problemática. Somos mujeres de tiempo completo que tenemos familia y responsabilidades, así como la pasión por la poesía y por saber de dónde venimos, quiénes lucharon antes, quiénes abrieron el camino. Porqué hablamos de lo que hablamos al escribir, cómo tenemos similares dolores, alegrías, amores, traiciones, guerras, desapariciones, decepciones, proyectos, vida, futuro. Aspiramos a editar tres plaquettes por año. Decidimos con qué exponentes de qué países comenzar a socializar la investigación, analizando lo que une a las autoras. Debemos resolver de qué modo, por dónde, obtendremos los fondos para solventar la iniciativa.

¿Poemarios inéditos?...
“Memorias del hambre”, donde procuro eludir la brevedad, emerger del silencio, y que el trazo cuente un poco más que la pincelada inicial.

“Racontos”, con varios años asentándose, es de una época en que viajaba mucho.

Comencé a escribirlo en los aeropuertos: la serie se inició a partir de observar a una familia menonita completa en medio de un sinfín de ejecutivos esperando un vuelo demorado, y ellos, con sus ropas tradicionales abrieron sus bolsas, extrajeron su comida y sin mirar a nadie almorzaron, cuando los demás estábamos fastidiados o rabiosos.

“No esperes que me anuncie”, concebido en conjunto con el español Pere Bessó, y que se editará bilingüe, castellano y catalán. Ya está pronto a editarse: poemas de Bessó y míos casi como en respuesta uno de otro, con la lejanía y el océano de por medio. Son años de conversaciones, traducciones y pensamientos de ambos conformando una isla en el mundo. Te doy a conocer como adelanto un tramo del prólogo del escritor uruguayo Rafael Courtoisie: “…surge como una construcción de intimidad poética dialógica, como un poemario a cuatro manos cuya musicalidad y giros originales, extraña y bellamente concatenados, van envolviendo al lector, van seduciendo al lector, lo conducen a una dimensión que no es la del clásico y decimonónico “epistolario” sino la de una poesía de dos, colectiva y a su vez única, actual pero que trasciende la cibernética, creada en la distancia y en la anulación de la distancia, creada desde la maravilla de comunicación de los medios pero dejando de lado la novelería superficial de la híperconexión vaciada de sentido.”

Vayamos a “La orilla” y a esos poetas que a ella te acompañan con sus epígrafes: Enrique Molina, Miguel Ángel Morelli, Idea Vilariño, Gabriel Jaime Franco Uribe, Guillermo Ibáñez, Ana Ajmátova y hasta Alberto Caeiro.
“La orilla” forma parte de ese borde que transito; fueron seis años de escritura y corrección. De 186 poemas, quedaron 82: me demandó más de un año poder darles lugar en cada página. Y a los poetas que me acompañaron los necesité, los uní.

Y en “pleno de ánimas”, además de los poetas argentinos Olga Orozco, Jorge Boccanera, Graciela Zanini y Hugo Mujica, te acompaña la poeta polaca Anna Swir (o Swirszczynska (1909-1984)).
¡Si!, tuve un pequeño libro de ella en mis manos en Rosario; era una traducción de Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich pero desde el inglés, o sea... polaco/inglés/castellano... y fue mágica la lectura.

IGUAL POR DENTRO
Mientras iba a tu casa para un banquete de amor
vi en una esquina
a una vieja mendiga.
Tomé su mano,
besé su mejilla delicada,
hablamos, ella era
por dentro igual a mí,
de la misma especie,
lo sentí instantáneamente,
como un perro reconoce por el olor
a otro perro.
Le di dinero,
no podía separarme de ella.
Después de todo, una necesita
la proximidad de alguien semejante.
Y entonces ya no supe
por qué estaba yendo a tu casa.

Nunca olvidé ese poema de Anna Swir: mientras recorría algunos pueblos polacos, se me aparecían sus poemas convertidos en imágenes, como una película en blanco y negro y en cámara lenta.

En tu próxima vida, Marta: ¿Un piso alto en un barrio caro de una gran capital, una casa sencilla y confortable en los alrededores de una pequeña ciudad o una cabaña en el monte impenetrable?...
Una casa sencilla y confortable en los alrededores de una pequeña ciudad, y si tuviera un río/arroyo o curso de agua cerca, se acercaría a la perfección.

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¿A qué narradores continuás volviendo, a qué ensayistas y poetas?
Cesare Pavese, Javier Aduriz, María Zambrano, Alberto Girri, Silvia Plath, Felisberto Hernández, Jacobo Fijman. A Pavese por esos relatos suyos que como, por ejemplo, ahora me sucede con Giorgio Bassani y su “La novela de Ferrara”, de un modo inefable me instalan en aquella Italia: el cuadro pueblerino del bar, las voces por lo bajo, la otra parte de la guerra. La sencillez me clarifica. ¿Girri?: me insta a corregir, a plantearme qué sirve de lo escrito. Con el uruguayo Felisberto Hernández accedí al aprendizaje de otro idioma, loco y sutil. Con Zambrano nunca terminaré de aprender. Plath, Fijman, ocupan lugares límites de la orilla, me dejan suspendida. Hannah Arendt también: es como una obligación volver a leer “La banalización del mal”. Adúriz: el verso libre y el futuro.

¿Preferís los animales a la gente? ¿Tuviste amigos decepcionantes?
Sigo prefiriendo a la gente. No, cada uno de mis amigos ha sido o es significativo. No puedo hablar de decepciones ya que soy una solitaria con muchos amigos. ¿Cómo se entiende? Hace algunos años comencé el camino de la conciliación, dejé de hablar para escuchar. La decepción proviene de aquello que depositamos en el otro sin mirar que estábamos esperando algo en el lugar equivocado. No se debe pedir donde no pueden dar.

¿Cómo te parece que fue evolucionando tu práctica de la poesía a lo largo del tiempo y tu manera de vivir junto con eso?
Mi manera de sobrevivir fue gracias a la poesía, a mis lecturas, a las horas dedicadas a la corrección. La evolución es lo aprendido e internalizado procurando denotarlo en los nuevos poemas, la crítica de los colegas, su trasmisión, y esa manera de traducir que es traicionar al mismo tiempo. Entre la idea y lo que escribimos de la idea está la traducción: por ende, la traición instantánea. Traduttore / traditore.

Afirma el estadounidense Stanley Kunitz (1905-2006) en su artículo “Arte y Orden”: “Una de las actitudes características del poeta moderno es la contemplación, no de su propio ombligo, sino de su mente en funciones. (...) Con los escritores jóvenes me convierto en una molestia al hablarles acerca del orden, por la buena razón de que el orden es susceptible de enseñarse; pero sé en mi interior que sólo los espíritus inquietos, entre ellos, los que reconocen el desorden fuera y dentro, tienen oportunidad de llegar a ser poetas, pues sólo ellos son capaces de producir una galería del lenguaje con las contradicciones de lo real. (...) Biblioteca y páramo, orden y desorden, razón y locura, técnica e imaginación: el poeta, para ser completo, debe polarizar las contradicciones.” ¿Qué agregarías o relativizarías o refutarías?...
Que somos exploradores de la intuición creadora, que nos es preciso un desorden soportable; y cito a Leopoldo María Panero:

Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida
porque eras suave como el peligro,
como el peligro de vivir de nuevo.

Y cito a Jacobo Fijman:

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?

Y cito a la italiana Alda Merini (1931-2009):

Violenta como una bandera,
un abismo de fuego,
y así me compongo
letra a letra a lo infinito
para que alguien me lea
pero que nadie aprenda nada
porque la vida es un sorbo, y sorbo
de vida las hojas blancas
desmesura del alma.

En esas contradicciones de orden y desorden no atino a relativizar lo dicho por el poeta Kunitz, pero sí añadiré que no podría ser maestra de jóvenes: el orden ayuda, pero el desorden nos lleva a ordenar las palabras para ejercerlas y no perdernos en el mundo.

Los poetas citados, en su desorden mental, crearon los más bellos poemas, pero en el bello y doloroso desorden se perdieron, nos enseñaron; como dice William Butler Yeats: “Hacemos poesía de nuestras disputas con nosotros mismos. Debemos contemplar para expresar, debemos tener el páramo para traducirlo.”
martes, 23 de agosto de 2016.
 
"El hombre sigue siendo un bárbaro y cometiendo atrocidades"
Santiago Espel nació el 26 de diciembre de 1960 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, y reside en la ciudad de Olivos, provincia de Buenos Aires (en el conurbano bonaerense zona Norte). Su poesía fue traducida al inglés, alemán y portugués. Fue incluído, entre otras, en las antologías “Grasslands review n°6”, University of North Texas, Estados Unidos, 1991; “La poésie des Palmipédes”, Ed. Albatroz, Paris, Francia, 1992; “Nicolau”, selección de Wilson Bueno, Brasil, 1992; “Sunk Island review N°5”, Lincoln, Reino Unido, 1992 ; “El vino en la poesía”, Ediciones Poesía Abierta, selección de Aurora Giribaldi y Beatriz Balvé, 1992; “70 poetas argentinos”, Editorial Plus Ultra, selección de Antonio Aliberti, 1994; “La casa y los poetas”, Fundación Rómulo Raggio, 1995; “Signos vitales” (Una antología poética de los ochenta), Editorial Martín, selección y prólogo de Daniel Fara, 2002; “Pequeña antología de la poesía argentina”, Editorial Tres Haches, selección de Jorge Santiago Perednik, 2003; “Bildstroung”, Viena, Austria, 2004; “La poesía opaca”, Ediciones Recovecos, selección y ensayo de Fernando Kofman, 2008; “Erótica”, Ediciones en Danza, selección de Javier Cófreces, 2015. Publicó en poesía “rapé”, 1988 (Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores); “Pavesas & muelles”, 1990; “Misas en Harlem”, 1993 (Primer Premio Concurso Nacional de Poesía “Ramón Plaza”, 1992); “Cantos bizarros”, 1998; “La claridad meridiana”, 2001 (mención en Certamen Internacional “Letras de Oro 2000”, Honorarte); “La víspera sí”, 2002; “Isoca”, 2004; “Vulgata”, 2006; “100 haikus”, 2008; “Cuaderno acústico”, 2010; “La penitencia”, 2012; “Mesa de entradas”, 2015. En 1995 publicó la novela “La Santa Mugre o El país de Cucaña”. En 2013 apareció su libro de ensayo “Notas sobre poesía”.

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¿Foja de servicios?
Además de los uniformes escolares, usé entre los 11 y los 12 años el uniforme de scout marino, en el puerto de Olivos. Después, en el 79, hice la colimba. Casi voy a la guerra con Chile. En la colimba, no aprendí nada.
Aprendí inglés durante la primaria, en un colegio bilingüe.
También durante la primaria gané algunas medallas en competencias escolares de carrera y salto en alto. Ninguna en matemáticas, ciencia esquiva.
Y jugué con pasión al fútbol, en la calle, los potreros y en clubes de barrio. Dicen que era bueno, y yo lo creo. Sigo apasionándome con el fútbol, cuando juega River.
En el 81 me recibí de periodista en el Círculo de la Prensa. Estudiaba de noche y ahí me cansé de recorrer la calle Corrientes, sus bares y librerías. Cuando “La Paz” no tenía kiosco ni pecera de fumadores.
Por entonces dirigí y publiqué tres números de una revista cultural que se llamaba “Mamut”.
En el curso de periodismo publicábamos una revista, “La Tecla”, que iba en contra de la simpatía de los milicos. Nos dieron vuelta el bulín de uno de los directores y nos invitaron a “suspender” las ediciones o a revisar nuestra ideología. La revista siguió sonando, claro.
Me encantaban los viejos trenes de madera, con salón de fumadores. Hacía viajes de ida y vuelta a Retiro y volvía a la estación Mitre. Leía y escribía en los vagones, como si estuviera de viaje. Hice esto durante más de cuatro años, hasta que se me empezó a complicar el tiempo.
En el 83 comencé a dar talleres de escritura, y aún sigo haciéndolo. Distribuí mi saber en lugares mucho más que insólitos. Entre el 2005 y el 2014 coordiné talleres en bibliotecas populares del municipio de mi barrio, Vicente López.
Es iniciando los ochenta que me dedico a escribir y a leer, con pretensiones de convertirme en un escritor.
Entre el 85 y el 88 trabajé en la Editorial Filofalsía, que editaba la revista “Clepsidra”, de la cual formaba parte. Me rajaron sin decir agua va y me quedé sin laburo tres meses antes de casarme. Tenía otras changas que me mantenían los pequeños vicios bohemios.
En el 89 me dieron la Faja de Honor de la SADE por mi primer libro, “rapé”. Pensaba que tenía el campo orégano, y que nada me frenaría hasta ser un escritor reconocido.
Durante este período trabajé también en la revista “Video Club”, era el boom del video, y redacté más de sesenta reseñas sobre cine.
Y pasé por el departamento de prensa del Sindicato de Telefónicos, en Once, cuando estaba Julio Guillán.
A fines del 89 entré a laburar en el Poder Judicial, como administrativo. Todavía sigo ahí, con el padecimiento apasionado del principio.
En el 90, con un grupo de amigos, comandamos un programa de radio de cultura alternativa bajo el nombre de “8 y ½”.
Edité entre el 90 y el 99 la revista de poesía bilingüe “La Carta de Oliver”. Hoy coordino el sello del mismo nombre, publicando poesía, narrativa, teatro y ensayo.
Llevo editados unos setenta libros.
Formo parte de la Sociedad de los Poetas Vivos.
Integré el staff de la revista de poesía “Omero”.
Traduje poesía del inglés y el portugués al español.
Tengo unos quince libros publicados, uno de ellos es una novela, en 1995.
No tengo facebook, ni tengo página, ni blog, ni whats app, ni twiter.
Tengo tres hijos varones.
Practico natación.
La única herramienta que sé manejar es el sacacorchos.
Toco muy mal la guitarra y el acordeón, pero con una copa de más, voy al frente.
Me gusta cocinar y lo hago casi todos los días.
Espero con ansias mi jubilación.
Pertenezco al credo Discepoliano.
Creo que el hombre, al final, de la manera que sea, llegará a ser hombre.

Club Atlético River Plate, el de los “millonarios”, multipremiado equipo a nivel mundial: ¿tu modo de gozar con las victorias o de sufrir…? Incluyendo sólo a jugadores de River que vos hayas visto a lo largo de tu vida, ¿quiénes conformarían tu plantel ocupando sus respectivas posiciones en la cancha? ¿Qué entrenadores que hayan dirigido tu equipo más valorás y por qué?
Hincha fana desde la cuna, como se dice. El fútbol constituye para mí uno de los mitos de la infancia. No me olvidaré jamás de la emoción que sentía cuando subiendo las escalinatas de la platea San Martín, en el Monumental, de la mano de mi viejo, veía aparecer el pasto verde y sentía los uuuhhh de la gente ante una jugada que casi terminaba en gol.

Por supuesto que ya no es lo mismo; la pasión, como en muchos órdenes de la vida, se organiza con el paso del tiempo, se “civiliza”, y nos volvemos más cerebrales, aunque no por eso menos auténticos.

Si tuviera que “armar” mi once ideal de los jugadores que ví en cancha, el equipo saldría así, de memoria: Fillol, Hernán Díaz, Perfumo, Passarela y Sorín (o Vangioni); Jota Jota López (o Carlos Sánchez), Mascherano (o Almeyda / Astrada / Merlo) y Alonso; Ortega (o Alzamendi), Ramón Díaz y Francescoli (o Pinino Más).

Entre los técnicos, van: el “Feo” Labruna, el “Pelado” Díaz, el “Muñeco” Gallardo y el “Bambino” Veira. Los tres primeros porque ganaron todo y son “gallinas”, de la casa, y el Bambino porque nos dio la única Copa Intercontinental que luce en el emblemático hall del Monumental.

Scout marino en tu infancia y nadador. ¿Podés meditar o algo parecido mientras nadás?... ¿Por dónde “nadás” mientras nadás?
Trato, precisamente, de nadar en “la nada”. El agua es como entrar en otra dimensión, un plano paralelo a la realidad, de hecho, creo, es otro estado de la vigilia, un pasaje ritual, un renacimiento perpetuo, que nos obliga, según la pirueta, a contener muchas veces la respiración; es decir que cuando nadamos bajo el agua entramos en una suerte de suspensión de la vida porque dejamos, por instantes, de respirar. Ese mismo estado nos sitúa en una “nada” donde el pensamiento queda también suspendido, y el viaje que hacemos es una correspondencia entre el cuerpo que nos conduce y el pensamiento que nos ve “desde afuera”, en un tránsito infrecuente y a la vez primario y primitivo. Personalmente, mientras nado, como mientras camino, escribo, fogoneo eso que algunos llaman “inspiración” y otros “estímulo”. Salir del agua es siempre ser un sobreviviente.

Lo de ser scout fue una experiencia de la infancia, un atajo a la obligación escolar que, lejos de interesarme, se transformó en un acto de mortificación. Ese espacio de recreo era para mí volver a lo lúdico, a pesar de ser algo casi marcial por momentos. Claro que yo, por suerte, no lo sabía.

“Mamut”. ¿Fue una iniciativa periodística? ¿Cómo la encaraste, quiénes colaboraron, qué asuntos o tipo de textos se difundieron?
“Mamut” fue una revista de cultura alternativa producida y escrita con suma ingenuidad, pero con un entusiasmo avasallador, propio de la juventud. La dirigía yo, y sumé a varios amigos del barrio que encaraban por aquellos días actividades artísticas. El motor era la vocación que teníamos por lo que hacíamos; a pesar de lo amateur, había una consideración crítica y periodística importante, me parece. Al menos sentíamos que nuestro objetivo era no apartarnos de cierta “objetividad” periodística y hacer de esa experiencia un espacio de reflexión y opinión. Me acuerdo por ejemplo que cuando vino Frank Sinatra al Luna Park, traído por Palito Ortega, tuvimos feroces discusiones en torno a la tapa del número dos. Algunos eran partidarios de escracharlo con alevosía, otros de meter a la Negra Sosa, y otros de ignorarlo y dedicarle la tapa a cualquier otra temática (ganó, criteriosamente, esta propuesta). Esas discusiones acaloradas eran muy sanas y supongo que nos hicieron crecer. Pareciera que hoy ese tipo de debate en el ámbito de la crítica está abolido, o se le aplica una elegante verónica, con lo cual estamos más cerca de posiciones verticalistas o directamente abortivas. El resultado, a la vista, es el empobrecimiento del pensamiento crítico y la falta de independencia de opinión en muchos medios.

De la revista salieron sólo tres números. Algunas de las entrevistas que recuerdo se hicieron a Abelardo Arias, Pedro Raota y Eduardo Gudiño Kieffer. Yo ilustraba por ese entonces algunas notas con dibujos propios, como en la revista “La Tecla”, que hacíamos en el Círculo de la Prensa, mientras cursábamos la carrera de Periodismo.

¿Desarrollamos eso de tu saber distribuido en lugares mucho más que insólitos?
Bueno, eso responde a que empecé muy joven a coordinar talleres de escritura, con el perdón retroactivo de aquellas posibles e involuntarias víctimas. Entonces aceptaba dar clases en donde me ofrecían. Con el tiempo, de todas maneras, esa diversidad que escapaba al “mundillo académico” se fue haciendo más y más habitual, como podemos ver en la actualidad. Me faltaron las cárceles y los hospitales. Di cursos particulares al principio, luego en sindicatos, en clubes de barrio, en escuelas, en plazas, en bares y pizzerías, y por supuesto en Bibliotecas Populares de mi barrio, Vicente López. Durante un año tuve un taller en el muelle del puerto de Olivos, y también y de manera espontánea, formaba grupos en estaciones de tren del barrio.

Escribiste más de sesenta reseñas sobre cine, allá lejos. Y ahora, con tantísimos más filmes disfrutados y padecidos, ¿qué cineastas considerás que han sido sobrevalorados? ¿Qué directores cinematográficos, por la totalidad (o casi) de su obra, te resultan insoslayables?
Empiezo por mis preferidos, aunque no lleguen a ser o considerarse insoslayables, salvo para mi gusto personal. Con predominio del cine europeo, no dejo afuera a Fritz Lang, Chabrol, Jiri Menzel, Fellini, Visconti, De Sica, Bergman, Luis Buñuel, Roman Polanski, Werner Herzog, Jean-Luc Godard, Lina Wertmüller, Hitchcock, John Huston, John Ford, Eisenstein, Manoel de Oliveira, Fassbinder, Losey, René Clair, Alain Resnais, Emir Kusturica, Tarkovski, Liliana Cavani, Michelangelo Antonioni, Carlos Saura, Ettore Scola. Otro si digo: Kurosawa, Woody Allen, Orson Wells, Chaplin, Buster Keaton, Tim Burton, Lynch, Kubrick, Martin Scorsese, Coppola, Otto Preminger, los Cohen, Cassavetes, Michael Curtiz, Frank Capra…, bueno, como decía Borges, “de las listas lo único que se destaca son las omisiones”, y seguramente en este rosario de talentos hay muchas e imperdonables, así que esto parece una lista de deportados o de beneficiarios a un plan en cuotas para comprar un tractor. En fin, creo que es excesivo y que no aporta demasiado a la inquietud. ¿Quién que guste del cine no incluiría casi a los mismos, además de otros? Si te parece, hacé el recorte o la cita que creas conveniente.

En cuanto a los “sobrevalorados”, considero que sin entrar en casos particulares, te diría que el cine argentino, de los noventa para acá, en mi opinión, ha sido sobrevalorado, con excepción de algunas producciones de verdadera calidad. Me parece que hay cierta prensa funcional a un producto que necesita justificar las inversiones que hizo el Estado, sobre todo en este período, y que forma parte integral de este proceso de producción cinematográfica, al que se acoplaron gran cantidad de artistas. Preveo que de los últimos años, va a quedar poco en el recuerdo, al menos en lo personal. Tal vez Carlos Sorín, tal vez Eliseo Subiela, algunas cosas de Adolfo Aristarain. Y claro, para atrás, y en contrapartida, no puedo dejar de pensar en grandes realizadores: Leopoldo Torre Nilson, David Kohon, Sergio Renán, Leonardo Favio, Hugo Santiago… (¡y volvemos a la cita de Borges!).

Más allá de este esfuerzo meramente enumerativo, hace un tiempo largo que estoy alejado del consumo de cine, por distintos motivos, entonces mi devolución es parcial, o más bien pobre, y hasta algo desinteresada.

Es con Matías Serra Bradford que dirigiste “La Carta de Oliver”, aquella revista bilingüe (castellano-inglés). Ambos traductores. ¿Cómo describimos a nuestros lectores esa propuesta? ¿A qué criterios se atuvieron? ¿A quiénes tradujeron y publicaron? ¿Quién es Oliver? (Un “Oliver Honeymoon corretea por toda la casa…” en tu “rapé”.)
La idea y el dogma que nos impusimos de entrada fue el de difundir nuestra poesía en otra lengua, en este caso el inglés, y a la vez permitirnos conocer lo que se escribía en esa lengua y traerla a nuestro español, que es el argentino. La revista era enteramente bilingüe, hasta los créditos. El método era sumamente restrictivo, porque seleccionábamos autores que estuvieran vivos y trabajos estrictamente inéditos. Esa restricción se transformó, a mi modo de ver, en una de las virtudes de la revista. Buscábamos la novedad, la difusión de poesía sin adicionarle comentarios críticos ni apoyaturas de tipo “el poeta del momento”. Queríamos lograr un producto que obligara al lector a coleccionarla y difundirla en el boca a boca. Nuestro criterio de selección era abierto, extremadamente diverso, al punto de la falta total de línea ideológica o estética. La crítica estaba implícita en la misma selección de textos. No había reseñas ni reportajes. No había bombo ni pandereta. No había el afán de crear un canon poético. El poema, exclusivamente, era el actor del asunto, solo, solito, despojado de voceros o muletas rimbombantes.

Intentamos acercar y acercarnos a la poesía del interior de nuestro país. Son muchos los poetas que fueron traducidos y publicados. También salió una separata con poesía mexicana traducida al inglés, todos con poemas inéditos que nos mandaban los autores.

Recuerdo con gran alegría algunos de los poetas divulgados: Arnaldo Calveyra, Alfredo Veiravé, Rodolfo Alonso, Mario Trejo, Francisco Madariaga, Juan Carlos Moisés, Víctor Redondo, Marcelo Cohen, Paulina Vinderman, Susana Villalba y María del Carmen Colombo, entre otros. De los extranjeros, te voy a nombrar apenas un manojo: Gary Snyder, Paul Backburn, Wilson Bueno, Roberto Piva, Ira Cohen, Ruth Fainlight, Emmanuel Bove, Edoard Roditi y René Char.

Salieron nueve números que incluían, además del castellano-inglés, una separata (que llamábamos “solapa”) en otros idiomas. Publicamos poesía en castellano-francés, castellano-alemán, castellano-italiano, castellano-portugués, y así con el gaélico y el galés. Los contactos e intercambios se hacían vía postal, traduciendo y contestando cartas a la vieja usanza. Todas las publicaciones contaban con la aprobación de sus autores. Muchas bibliotecas y librerías del Reino Unido, de Estados Unidos y de países de Latinoamérica, tenían nuestra revista en sus catálogos.

Después llegó “la interné” y se terminó el proyecto, aunque yo arranqué en ese momento con el sello editorial del mismo nombre, que aún hoy coordino.

El nombre “Oliver” deviene de una remembranza infantil de Dickens, y de un descubrimiento adolescente de Girondo. De ahí ese maridaje.

¿De qué poetas de habla portuguesa o inglesa te agradaría ofrecer tus versiones al castellano de la obra completa? ¿Tu elección de autores depende de cierta afinidad poética o no es imprescindible que ésta se tenga que dar?
Tengo la idea de publicar en algún momento un volumen con los autores con los que trabajé, cerca de cincuenta, entre inglés y portugués. Y en cuanto a la obra completa de alguno de ellos, no estoy particularmente interesado, ni desvelado, no cuenta entre mis proyectos. Supongo que ya las hay, y seguramente más profesionales o menos intuitivas. Sí una antología con el conjunto, que es variado y aleatorio, y que incluye por ejemplo a músicos de rock, como Peter Hammill, Ian Anderson y Patti Smith, o a clásicos como Dylan Thomas, Patrick Kavanagh, Denise Levertov, Robert Graves o Mario de Sá-Carneiro.

No elijo rigurosamente por afinidad. Trato de privilegiar mi curiosidad de lector y no mi filiación poética. En el caso de Philip Larkin, publiqué en el sello que dirijo un tomo con diez poemas, prologado por Fernando Kofman. Y en breve saldrá una antología con seis poetas ingleses nacidos del 60 para acá. Ellos son: Don Paterson, Simon Armitage, Jackie Kay, Ian Mc Millan, Lavinia Greenlaw y Alice Oswald, con mis traducciones, y prólogo de Kofman.

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Como cocinero, ¿con qué tipo de platos te gusta sorprender? ¿Improvisás variantes mientras cocinás?
Me doy dique con el asado, las pastas amasadas, las lentejas a la española, el risotto, el gulasch, y especialmente cualquier preparado con el wok. Ahí me suelto y mezclo lo que se me ocurra o tenga a mano, conservando siempre el secreto de las especias y el calor sacramental del fuego. La cocina para mí es un arte de composición. Es un visaje de hechicero. No sigo recetas; sigo mi intuición. Casi como en la poesía.

En un volumen de 1986 titulado “Cuentos 1” estás incluido. ¿Prevés publicar algún libro íntegramente de tu autoría con narrativa breve? ¿Cómo “te sienta” la escritura de ese género?
Ya no escribo narrativa, hace años. Lo último que escribí es una nouvelle, “La orilla”, en el 97, que está inédita. Digamos que se trata de una siniestra fábula urbana. No creo que vuelva a incursionar en la prosa respondiendo a los requerimientos de un género, sean microrrelatos o cuentos breves. Mi búsqueda está orientada hacia algo que llamo “distorsión expresiva”, que trata de salirse de los moldes o géneros convencionales para explorar otras formas, formas que tal vez diluyen sus contornos a medida que avanzan. Es una exploración lateral a las convenciones de género, un atajo. Esto lo hago extensivo al poema, porque… ¿cómo sostener después de más de cien años el formato en verso libre de un poema? Si se rompió una vez con las formas clásicas y rígidas del poema, y se encontró en su momento la novedad del verso libre, no me resulta ahora atractivo ni cómodo seguir navegando en ese mismo formato.

Luis Benítez, en su prólogo a tu primer poemario lo retituló “El libro de las sensaciones imaginarias”. ¿A dónde te traslada ahora “rapé” y aquel análisis de Benítez? Informemos, Santiago, que instalaste una extensa cita de José Lezama Lima, que comienza así antes del primer texto del volumen: “¿Lo que más admiro en un escritor?, que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezcan que van a destruirlo. Que se apodere de ese reto y disuelva la resistencia.”
Creo que ese prólogo mantiene los méritos y aciertos del momento de su publicación, en 1988. Es una lectura prismática sobre ese texto, llena de observaciones y relieves que acuden en socorro del lector en más de una ocasión. “rapé” es una digresión sobre los sentidos llevada a los tambores de la prosa poética. Quiere ser un texto percusivo. Y en su parte final tiene un puñado de poemas “casi barrocos”, con algo de floripondio literario. En la contratapa agregué unas palabras en las que hablaba risueñamente del nacimiento del pop-barroco. Esa apoyatura en Lezama Lima, a quien leía mucho por entonces, quiere legitimar ciertos excesos. Me parece que en su conjunto se salva hoy del chicotazo y de la hoguera, y que de alguna manera multiplica su eco en cosas que escribo de tanto en tanto. Su huella está visible aún, como el rastro de una savia iniciática.

Diste a conocer “La Santa Mugre o El país de Cucaña”. ¿Qué historia se cuenta allí, cuál es su estructura?
La novela se publicó en 1995, en Grupo Editor Latinoamericano. Ahí se cuenta la historia de un grupo de marginales, dementes, estrambóticos y libidinosos, perdidos en el puño de la putrefacción de un reformatorio en 1351, año de una feroz peste en el viejo continente. La que yo describo y escribo es una Edad Media que transformo en gran medida, adaptándola programáticamente a lecturas y situaciones personales y equivalentes con nuestra propia realidad. Claro que los escenarios y la época están respetados, son científica, topográficamente reales. Las acciones se desarrollan en los Países Bajos, Flandes, Jutlandia, etc. La estética que intenté redoblar es la de El Bosco, que es la misma estética sórdida que se repite en muchos casos de la actualidad. Y avanza y atraviesa ecos de Francois Villon, de Rabelais, de Quevedo y de Baltasar Gracián, entre otros representantes del exceso y el disparate. Un elemento muy presente en el texto es el de la picaresca española, tan generosamente adoptada y ejercida consecuentemente en nuestro país. Quien quiera leer correspondencias y guiños en la novela, podrá hacerlo. El relato cuenta una fuga; concretamente una fuga al país de Cucaña, o Jauja, que era un lugar paradisíaco que se tenía como concreto en ciertas cartografías, pinturas y escrituras del momento. Es a la vez un canto a la liberación y una invitación a soñar con una utopía protegida por los anhelos de la anarquía. Una de las propuestas del texto es demostrar que transcurridos más de 700 años, el hombre sigue siendo un bárbaro y cometiendo atrocidades. Lo único que ha variado es la sofisticación de las armas. Pero la quirúrgica de barbarie es exactamente la misma, en mi opinión, con el imperdonable y paradójico condimento del progreso mediante, en todos los ámbitos durante este largo período de la historia.

Escribí cuatro versiones completas del libro antes de dársela al editor, el poeta Luis Tedesco.

“Conjuro del libro egipcio de los muertos” es lo que se reproduce en la tapa de “La claridad meridiana”. Y está conformado por un único poema con título: “Obertura” y otros treinta y tres, cada uno constituido por seis versos. Hablemos de esta decisión, de este plan. Hablemos de esa claridad, de ese conjuro.
Empezando por la gráfica del libro, en la que ya se contienen ciertas bromas y claves, y siguiendo por las sextinas que componen ese poema trenzado, te diría que “La claridad meridiana” es mi primer libro conceptual, y que es un fósil de lo que llamo hoy “distorsión expresiva”. La viñeta de tapa, del libro egipcio de los muertos, es una imagen críptica y ajena a nuestra cultura, salvo como souvenir exótico. Esto se contrapone claramente con el título del libro, en el que se habla de “claridad”, cuando en realidad la entrada a la lectura, desde la misma tapa, ofrece un cerrojo. Por eso la broma en clave se cierra en la contratapa, con esa pequeña puertita con la leyenda debajo: “Exit”. Casi una salida de emergencia a un suplicio en el que uno resulta “manteado”. Ahora, los poemas, que son sextinas casi octosílabas, pretenden echar luz sobre los temas que abordan, y hasta resultan en algunos casos necesariamente sentenciosos en sus remates o conclusiones. El libro está escrito como respuesta y antídoto a una etapa muy dura de mi vida, plena de una adversidad galopante. Es así que durante cerca de un año incursiono en una práctica budista intensa, haciendo mis oraciones y disciplinas diarias. No entro en el asunto a través de lo religioso, pero sí a través de la búsqueda de un soporte que me permita ver una salida, un tránsito hacia otro estado. Y en este sentido fue muy beneficioso el intento. El resultado de esas reflexiones se ve en los poemas, que son poemas que a la vez de indagar y preguntar fijan rotundamente posiciones, demarcan un terreno, que era el que yo necesitaba encontrar para mí y para el resto del mundo en el que me movía en ese momento.

La “obertura” es una puesta en marcha de la maquinita que vendrá después, apenas una elongación que enciende los foquitos de un escenario.

“La poesía es un surtidor en el desierto…”, comenzás afirmando en la contratapa de ese poemario con tres secciones: “El desfile”, “Las comparsas” y “Campo minado”, el que obtuviera un primer premio a comienzos de los noventa: “Misas en Harlem”.
Y después retomo esa idea o cita en la tercera parte de mi libro “Cantos bizarros”. Es casi una obviedad, pero creo que esto habla de una prédica en el vacío, una composición en la que los actores están disociados en un espacio que no les será nunca común ni propicio, pero que a la vez funciona como la posibilidad de encontrar la salvación, el oasis, sin olvidarnos de que este mecanismo parte de una ilusión, es decir que se trata de un espejismo, algo en lo que ya entra quirúrgicamente la fatalidad, lo macabro. Esas tres secciones que dividen el libro refieren una idea de aproximación en torno a los límites que nos imponen o prestan; tanto el orden extremo de cualquier tipo de desfile como la dispersión extrema de la diversión nos conducen a un campo minado, a un verdadero cul-de-sac.

¿Compartimos con nuestros lectores una singularidad de “Cuaderno acústico”?: el texto (“Numismática”) de tu hijo Juan Ignacio, escrito a sus diez años de edad, que vos denominás “Una suerte de catálogo de museo” y que opera a modo de prólogo.
Ese texto nace de una sensación óptica. Un día en que llego a mi casa y abro la puerta me encuentro con mi hijo de diez años frente a la computadora, escribiendo con esmero y dificultad. Al acercarme a la pantalla veo que el texto se organiza a la manera de un poema. Te podrás imaginar mi impresión: entre el vértigo y la emoción. La cuestión es que se trataba de un listado repartido en dos o tres líneas que hacían referencia a distintos objetos que él seleccionaba y ordenaba en una estantería de su cuarto. Debajo de cada elemento iba la referencia, debidamente recortada. Son los objetos que aparecen etiquetados en ese texto, “Numismática”. Monedas, caracoles, llaves, cangrejos, huesos, piedras, etc. Ese universo desopilante formaba en su conjunto una iconografía personal en su mundo de coleccionista. De ahí la idea del catálogo de museo. Bueno, con su aprobación, decidí apropiarme de ese “poema” que se extendía hacia abajo en estrofas y usarlo como prólogo a mi libro.

“Zona de derrumbes” es el título complementario de “Notas sobre poesía”, ese volumen constituido por 180 fragmentos. A lo largo de qué lapso, Santiago, fuiste reflexionando, indagando, “derrumbándote” y concibiendo la obra. ¿Cuándo pero también cómo se te fue imponiendo el proyecto?
El título complementario remite a la sensación de que en la poesía todo es transitorio y está puesto en duda. Por eso es una zona sísmica, atestada y amenazada por derrumbes continuos. Ese volver a hacer o “rehacer” permanente es, según mi opinión, el que le da riqueza infinita a la poesía, y el que a la vez pone en cuestión y desbarata cualquier intento de establecer alguna idea o plataforma de absoluto o de sentido hegemónico en el tema.

Los 180 fragmentos fueron pensados y retorcidos en el mortero a lo largo de muchos años y se redactaron casi de manera fluida durante el año 2011. Como toda bitácora, esas y otras anotaciones existían de manera provisoria en libretas y papelitos, y se fueron acumulando con el transcurso del tiempo. Muchas de esas notas surgieron a partir de preguntas ajenas o propias en torno al acto de escribir y de leer poesía. En esto juega un papel importantísimo para mí el taller, que resultó siempre una cantera de inquietudes, planteos, iluminaciones fugaces y dudas, muchas dudas que desembocaban en preguntas.

El proyecto se me impuso pensándolo desde la utilidad, desde el vislumbre de hacer el intento de decirme y decirle al lector qué me pasa a mí en el momento de escribir un poema o de leer uno que no me pertenece. Intenté mostrar el lado de adentro del guante, aunque en algunos casos pueda resultar repulsivo, u obsceno. La intención es ser generoso con uno y con los otros, desde el momento de tratar de desentrañar los mecanismos sinuosos de la poesía. Por otra parte, como ya dije más de una vez, es un libro escrito desde la necesidad de un lector, a mí me gustan este tipo de libros, los considero un rara avis, un objeto preciado de lectura.

¿“Hojas de hierba” u “Hojas de parra”?
Esto me lleva a esos versos de Ezra Pound: “Haré un pacto contigo, Walt Whitman, tenemos la misma savia y la misma raíz…” Creo que hay una visible sucesión entre Whitman y Parra, y que en ese vector entran muchos otros poetas de la poesía universal. Con Whitman, entre otros, nace la poesía moderna en América, y Nicanor Parra continúa sin duda esa tradición, enriqueciéndola con sus visajes laterales aplicados al género.

Editaste con Fernando Kofman la revista de poesía y pensamiento “FranKBaires”. ¿A qué necesidades respondía ese proyecto? ¿A qué autores difundieron?
Ese fue un proyecto de Fernando Kofman, quien luego me invitó a participar activa y generosamente del mismo. La revista salió entre el año 2005 y el 2007. La propuesta era cruzar la poesía con la filosofía y la política y desembocar en algunas consideraciones de tipo crítico. Un instrumento para generar debate y pensamiento. Por eso el guiño a la escuela europea de Frankfurt.

Algunos de los autores publicados fueron Giorgio Agamben, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Gilles Deleuze. Otro sí digo: Jorge Santiago Perednik, Juan Carlos Moisés, Jorge Rivelli, David Birenbaum, Juana Bignozzi y Wislawa Szymborska.

El nombre “Yago” forma parte de tu “histórica” dirección de correo electrónico. Procuro rastrear ese nombre y obtengo: “Yago es la castellanización de Iago, forma antigua gallega y asturleonesa de "Iacobus/Iacob", del hebreo Jacob. Forma parte del origen del popular nombre de Santiago, fruto de la unión de Sant + Iago.” Por otro lado, tenemos que Yago es un personaje fundamental en la tragedia “Otelo, el moro de Venecia” de William Shakespeare. ¿Te hice un pase gol o apenas te tiré un centrito?...
Todas tus citas sobre el nombre son precisas, con lo que casi huelga agregar a la ristra etimológica algo más. Tal vez decir que también tiene procedencia en España y que deriva del apelativo Sant (Santo) y se junta con Yago. De ahí resulta Santiago. Por último, debo aclarar que carezco absolutamente de dotes histriónicas, por lo que no creo estar cerca de ningún santo y mucho menos de las características del Yago del genial bardo inglés.

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Olivos y Buenos Aires, distantes entre sí unos 17 kilómetros, Santiago Espel y Rolando Revagliatti, 2016.
jueves, 30 de junio de 2016.
 
“El traductor oficia como puente en la Babel de los idiomas”
Entrevista a Marina Kohon
Marina Kohon nació el 8 de junio de 1965 en la ciudad de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. Reside en la misma provincia, en la ciudad de Bahía Blanca. Es profesora de inglés. Se perfeccionó en Alexandria, Virginia y en San Diego State University, California, Estados Unidos. Dirige un instituto de enseñanza de idioma inglés donde también prepara alumnos para rendir exámenes internacionales. Como traductora de poesía colabora con los blogs Otra Iglesia es Imposible, La Biblioteca de Marcelo Leites y El Poeta Ocasional. Administra Ogham: Arte Celta Irlandés, Traducciones y Otros Hallazgos: http://oghamirlanda.blogspot.com.ar - Fue invitada al Festival de las Letras de Rosario en 2011 y 2012, al Festival Internacional de Poesía de San Nicolás 2011, a la gira con poetas galeses “Forgetting Chatwin” en 2013, a Diálogo de Provincias en el marco de la 41º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2015 y a la Feria Internacional del Libro de La Habana 2016. Publicó los poemarios: “La ruta del marfil”, Alción Editora, 2012, y “Banshee”, Hemisferio Derecho Ediciones, 2013, así como la plaqueta “De la chacra al cielo”, Colectivo Semilla, 2014.

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Confluencia es un departamento en la provincia de Neuquén. El río Limay es un curso de agua que sumando afluentes se encuentra con el río Neuquén. En Neuquén has crecido. Y un poema tuyo lleva por título “La chacra en Confluencia”.
Tuve una infancia privilegiada por el lugar en el que me tocó crecer. Era una chacra de frutales, todo un entorno mágico, y aunque bastante solitario, ya que eran pocas las personas que recibíamos, no me pesaba porque aprendí a disfrutar los juegos con las plantas, con el paisaje, en la hamaca, explorando el entorno. Y el poema que nombrás es el que más representa esos años, los de la primera infancia, porque habla del lugar, del río, de las excursiones hasta tocar el agua transparente, el lecho de piedras, todo era parte de una experiencia que rozaba lo místico. De lo que se veía y de lo que permanecía oculto. La visión de la nena que recién cuando se transforma en adulta puede mirar en la distancia y comprender:

La chacra en Confluencia
La casa rodeada
por el camino de piedras,
piedras que chasqueaban
anunciando unas pocas
llegadas y partidas.
Un balcón estirándose
hasta tocar el Limay,
de telón barda rebelde,
un jardín,
la chacra era un jardín, toda
un pino
artífice de los rituales de navidad,
una farola-partenaire de danzas.
Una calesita y una hamaca.
Más allá
la acequia,
las ranas
besándose en la orilla,
el bajo
(sacrílegos los pasos
que osaban internarse)
los rayos de sol
filtrándose en ocres
entre las hojas caídas.
Una mesa de troncos,
un banco,
lugar de reunión de los peones.
Después, los frutales y las vides.
Por encima, el ojo de una nena
comprendiendo la abstracción de lo lejano.

¿En qué consistió el Club de Lectura Irlandesa que coordinaste entre 2010 y 2013?
Nació de la necesidad de compartir mis lecturas y búsquedas de autores irlandeses con otras personas. En esa época integraba la Comisión de la Asociación Argentino Irlandesa en Bahía Blanca, y se nos ocurrió durante una reunión organizar un Club de Lectura para acercar la riqueza de la literatura irlandesa a los miembros que estuvieran interesados; luego se abrió a la comunidad toda, mediante avisos que publiqué en facebook y afiches que dejé en el pub irlandés en el que nos reuníamos. Fue una experiencia muy positiva ya que quienes concurrían leían, participaban, aportaban sus opiniones y críticas también.

Se impone que te pregunte de dónde procede tu acendrado interés por la cultura irlandesa, galesa, escocesa… Imagino, además, que habrás visitado Irlanda.
¡No he visitado Irlanda aún! Espero poder hacerlo pronto. Hace un poco más de veinte años abrí mi instituto de enseñanza de idioma inglés y lo primero que colgué en el aula fue un mapa de Irlanda de una revista National Geographic que había comprado por casualidad. No sé por qué, pero ese mapa me intrigaba. Años después una amiga descendiente de irlandeses me adentró en la cultura, en sus costumbres, que encontré fascinantes. Eso me movió a leer su historia y su literatura. No tengo antepasados irlandeses, no que yo sepa. Pero de la misma forma que siento mucha pasión por la cultura ucraniana (mi abuela paterna nació en Odesa, era rusa-judía), que hasta me llevó en su momento a estudiar idioma ruso, siento también mucha atracción por lo celta. Recientemente encontré un artículo en una revista irlandesa que habla sobre la posibilidad de que una de las tribus perdidas de Israel sea la de los Tuatha de Danaan, quienes fueron uno de los pueblos fundadores de la actual Irlanda. Algunos investigadores basados en el libro de Josué, sostienen que la tribu perdida de Dan que huyó expulsada por los asirios puede haber huido hacia tierras nórdicas. Quizá. Y quizá eso explique mi gran interés por lo celta.

¿Cuáles serían en tu ranking los diez poetas irlandeses, de todos los tiempos, fundamentales, y los cinco contemporáneos que más te atraen?
Yeats, Yeats, Yeats, por sobre todos. Y luego Seamus Heaney, Patrick Kavanagh, Austin Clarke, Eiléan Ni Chuilleanáin, Eamon Grennan, Ciaran Carson, Thomas Moore, Eavan Boland, Paul Muldoon, Peter Sirr, Moya Canon, Paula Meehan, Macdara Woods, Nuala Ni Dhomhnaill, sólo por nombrar poetas que me gusta leer. Varios de ellos son contemporáneos. Y nombraré cinco poetas jóvenes que me parecen muy promisorios: Caitriona O’Reilly, Stephen Connolly, Noel Duffy, Medbh Mc Guckian, Ciaran Berry.

¿Podrías trasmitirnos cuánto y cómo te involucra, atrae o fascina, en tanto especialista, el alfabeto Ogham, la escritura oghamica?
No soy especialista en absoluto en ese tema. Me atraen como símbolos de una escritura que encierra muchísimos misterios. Se cree que puede derivar del griego, hay estudiosos que suponen existe una conexión semita con alguno de los alfabetos ogham. Lo cierto es que mensajes en este lenguaje fueron siempre considerados algo muy reservado, se usaban a fin de poder comunicarse secretamente. Además, el nombre de cada letra tiene una correspondencia con un árbol; los cuales tenían carácter de sagrado para la tradición druida que llevaba a cabo sus ceremonias en los bosques.
Robert Graves creía que el poema gaélico que describe la famosa batalla de Cad Goddeu o la Batalla de los Árboles, que forma parte del libro de Taliesin, contenía secretos de una religión matriarcal celta más antigua que fue censurada por las autoridades cristianas. Graves sugería que la batalla quizá no fue física sino ideológica e intelectual y otros investigadores como Francesco Bennozo, sostienen que el poema representa los antiguos miedos del hombre hacia el bosque y sus poderes mágicos. Es un alfabeto fascinante, del cual a ciencia cierta, sabemos poco.

¿Prevés algún volumen que reúna traducciones tuyas al castellano?
Estoy trabajando en tres proyectos: uno que publicará Sirga Ediciones en su Colección Perro en Bote, “Siete sonetos para una muerta” de Marguerite Yourcenar, traducciones del francés al castellano, y en dos más, del inglés al castellano, que prefiero mantener en secreto para que sean una sorpresa.

Tu segundo poemario está conformado por textos inspirados en leyendas celtas. ¿Qué rasgos predominan en las leyendas celtas, en general, y cuáles en tus poemas sobre las leyendas elegidas?
Lo mágico sin ninguna duda, que es un rasgo que me atrae, y en mi poemario, además, los temas como la necesidad, el hambre y la lucha por la independencia del pueblo irlandés.

¿Será en el curso de este año que aparecerá tu tercer poemario?
Espero que sí, aunque aún estoy definiendo algunos detalles. Hasta ahora no he pagado para editar mis libros, lo cual hace que la publicación sea un hecho que tiene mucho de fortuito, como se dice en inglés, publico “once in a blue moon”, muy de vez en cuando. De hecho, mi primer poemario apareció a partir de una beca del Fondo de las Artes de Bahía Blanca, y el segundo por una editorial independiente de mi ciudad, la misma por la que daré a conocer el tercero.

¿Te referirías a tu tiempo libre?
Tengo múltiples intereses y no mucho tiempo libre que trato de distribuir de la mejor manera. En ese abanico cultivo un jardín de rosas, jazmines y frutales porque necesito mantener la conexión con la tierra que tuve en mi infancia. Vivir al compás del milagro de los ciclos me ayuda a comprender el mundo. Y además porque como decía Cicerón: “Si tienes una biblioteca y un jardín, lo tienes todo.” Son tareas complementarias, la primera requiere esfuerzo intelectual, la segunda físico, y ambas son pródigas en satisfacciones.

Estás casi recién llegada de La Habana.

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Sí, fue una experiencia que me enseñó muchísimo y que aún estoy procesando porque me impactó el pueblo cubano y su grandeza, su generosidad y optimismo. Y el paisaje. Es simplemente maravilloso, es como en esas fotos que una piensa que son irreales porque están “photoshopeadas”. El festival tuvo lugar entre el 11 y el 21 de febrero de este año, así que recién volví a Argentina a fin de ese mes. Traté de vivir entre ellos no como turista, sino compartiendo algunas de sus costumbres. Me alojé en una casa de familia, iba al mercado a hacer las compras para cocinar, tomé “la guagua” (colectivo), “la máquina” (taxi compartido). Un día fui a hacer cola a la empresa de comunicaciones para comprar una tarjeta de internet. Después de treinta y cinco minutos de esperar, por fin era mi turno. Un par de hombres se acercaron y me dijeron que estaban ellos antes que yo. ¿Cómo era eso posible? Porque en Cuba hacer la fila no tiene ningún valor, se canta el último, ellos habían cantado el último y se habían ido a sentar. Hubo una discusión que para mi gusto lindaba con lo enardecido, en la que argumenté que si todos nos íbamos a sentar era imposible mantener el lugar. Y pasaron los hombres primero porque mis argumentos no hicieron mella. Pero al salir saludaron con amabilidad. Me di cuenta que se discutía “a lo cubano”, acaloradamente, pero que a los cinco minutos ya nadie se acordaba del entredicho.
La otra gran experiencia fue la Feria del Libro, donde tuve la oportunidad de conocer a varios escritores, compartir charlas y lecturas. Pero también volví con la sensación de haberme perdido bastante, porque la feria es enorme y está muy atomizada. Hay eventos simultáneos en los distintos extremos geográficos de la ciudad, por lo que es imposible aprovechar todo lo que ofrece.

¿Tenés algún verso “que te persiga”?...
No, no tengo un verso que me persiga, sí corrijo mucho, y eso tiene como contrapartida que le quita espontaneidad a la escritura. Como dijo Baldomero Fernández Moreno: “El poeta, como el cazador pobre, a lo que salga” y después a trabajarlo, trabajarlo.

¿Cómo te llevás con “las utopías”?
Una parte de mí sigue creyendo en las utopías como una forma de aspiración a la trascendencia del ser humano. La otra parte convive con las desilusiones cotidianas.

¿Acordarías con el poeta, y como vos, también traductor, Esteban Moore, en que de las corrientes poéticas del siglo XX, las más interesantes son “el imaginismo y las vertientes coloquiales”?
A eso le agregaría el surrealismo; la asociación libre de las imágenes, la exploración del mundo de los sueños; las conexiones con la religión y la mitología aportaron mucho vuelo a la poesía, y una mirada hasta ese momento única.

¿La humildad conduce a alguna parte?...
No sé si a alguna parte. Tampoco veo a la humildad como virtud; preferiría tener una visión de mí misma que condiga con la realidad, que prevaleciera en mí el sentido común.

¿Qué narradores irlandeses considerás excelentes? ¿Y en cuanto a la música?
Me gustan mucho John Banville, Claire Keegan, Iris Murdoch, Colm Tóibín, y por supuesto los enormes Jonathan Swift, George Bernard Shaw, Samuel Beckett, James Joyce y Oscar Wilde. Es increíble que un país de sólo 84.000 kilómetros cuadrados pueda generar literatura tan rica y variada; quizá la raíz se encuentre en la batalla idiomática que el país tuvo que enfrentar. Con respecto a la música, tiene bandas emblemáticas como U2, The Cranberries, The Dubliners, The Corrs, Lúnasa, The Pogues, Clannad, The Chiftains; cantantes como Enya, Sinead O’Connor, Van Morrison, Bob Geldof, Rory Gallagher, por nombrar algunos. El arte prospera en Irlanda.

En un breve texto titulado “La lengua materna”, Roland Barthes afirma: “…pesimismo constante respecto a las traducciones, desasosiego ante las preguntas de los traductores que con tanta frecuencia parecen ignorar lo que yo considero el sentido mismo de una palabra: la connotación.” ¿Qué te promueven estas líneas?
Traducir para mí es una experiencia más ligada al placer que a la insatisfacción o al desasosiego. Es cierto que en algunos poemas el traductor se encuentra con imposibilidades, como la de traducir palabras con “double meanings”, significados dobles que sólo se presentan en el idioma original y fuerzan al traductor a elegir un camino y sólo uno, perdiendo una de las representaciones y por ende una connotación de la línea o poema. Pero una buena traducción, aunque debiera tener como meta la perfección, nunca podrá alcanzarla. No obstante, el traductor oficia como puente en la Babel de los idiomas, como nexo entre culturas, lo que hace que el mero intento de acercarse a la excelencia anhelada tenga valor en sí mismo.

Consta en tu presentación una gira denominada “Forgetting Chatwin”. (¿Cuál sería su traducción en castellano?)
Forgetting Chatwin, u Olvidando a Chatwin, tomó su nombre a raíz de un libro que escribió el escritor inglés Bruce Chatwin: “En la Patagonia”. Este libro fue muy controvertido debido a que el autor ficcionalizó anécdotas y personajes del lugar. La gira con los escritores Tiffany Atkinson, Richard Gwyn, Karen Owen y Mererid Hopwood, todos residentes en Gales, tuvo por objeto presentar su obra en Buenos Aires, Puerto Madryn, Trelew, Gaiman, Trevelín, San Carlos de Bariloche y Valdivia, en compañía de los escritores argentinos Jorge Fondebrider, Jorge Aulicino y yo, y de la poeta chilena Verónica Zondek. Se compartieron lecturas en inglés, galés y castellano, se sumaron en algunas localidades los escritores del lugar, y se dieron conferencias sobre la cultura galesa. En Buenos Aires participaron la narradora Inés Garland y la poeta Silvia Camerotto. Yo me sumé en el tramo Madryn, Trelew y Gaiman: fue un disfrute en el plano humano, y por supuesto por la poesía, el intercambio cultural y específicamente la oportunidad para discutir sobre los trabajos de traducción. Además descubrí que en el sur hay todo un mundo que parece sacado de la saga de “El señor de los anillos”: gente que habla entre sí un idioma gutural (el galés), muy apegados a sus costumbres y tradiciones.

Martin Opitz von Borerfeld (1597-1639) definió así a “la tragedia”: “Golpes mortales, desesperaciones, infanticidios y parricidios, el fuego, el incesto, la guerra, las insurrecciones, el gemir, el aullar y el suspirar.” ¿Falta algo…?
La traición y la mentira contrapuestos, por supuesto, al amor, la lealtad y la verdad. En la tragedia siempre hay un héroe o heroína.

“Baladronada”, “crecida”, “homofonía”, “vilipendio”, “esquirla”, ¿a dónde te conducen?...
Baladronada y vilipendio, quizá a alguna lectura del siglo XIX para atrás. A esquirla y crecida podría encontrarlas en cualquier poema actual. A homofonía no me la imagino en un poema. Hay palabras que me remiten a otras épocas, expresiones que encuentro en desuso. Es una contradicción para los escritores, porque en general nos dejamos atrapar por el halo misterioso de las palabras, son límites entonces muy personales, muy tenues.

¿Cómo te caen los grafitis, qué te producen?
Me encantan los grafitis, me sorprenden, son una forma de que la gente se adueñe del espacio público. Algunos son muy ocurrentes, sumamente creativos. Hay un poeta español, que se hace llamar Neorrabioso, que hace grafitis en las calles de Madrid con versos de poetas. Hace un tiempo tuve en mi muro de una red social el siguiente que es de su autoría:

Liberqué
Igualiquién
Fraternicuándo

Me parece genial. También admiro al gran Bansky, el artista inglés que usa además varias técnicas, entre ellas el estarcido de figuras y las artes plásticas en general. Sus mensajes siempre tienen críticas al sistema, como: “Disculpe, el estilo de vida que usted ha encargado no está disponible en este momento.”
Es la forma que tiene también la gente común para expresarse, los que no tienen acceso a otros medios. Además me divierte ir caminando y encontrarme con estas frases y/o dibujos. Le ponen color a las poblaciones.

¿Acordás con que “…todo poeta tiene su biblioteca secreta”, tal como sostiene Santiago Espel en su “Notas sobre poesía”?
¡Absolutamente! Yo la tengo y por nada del mundo la revelaría.

¿Cómo se fueron definiendo tus ideas respecto de la poesía?
Con las lecturas, indudablemente. Mucho más que con los recitales de poesía, en los que quizá no preste tanta atención a las palabras sino a la forma de decir, los gestos, los tonos de voz. Es definitivamente el encuentro a solas con el poema escrito el que me da la oportunidad de volver, releer, y en oportunidades, sentirme trascendida, modificada por la lectura. No se vuelve de la misma forma de los poemas que nos impactan.

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Bahía Blanca y Buenos Aires, distantes entre sí unos 600 kilómetros, 26 de abril de 2016.
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