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Rolando Revagliatti
Rolando Revagliatti
Entrevista a Raquel Jaduszliwer

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Raquel Jaduszliwer nació el 19 de mayo de 1946 en la ciudad de San Fernando, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Forma parte del equipo de la revista-e de cultura “Refugios”. Obtuvo Mención Única en el Premio Hydra de Ciencia Ficción y Fantasía por su novela inédita “En el palacio de aguas corrientes” (La Habana, Cuba, 2013). El volumen 20 de la Colección Poetas Argentinas de la Biblioteca de las Grandes Naciones, está conformado por su “Selección de poemas” (digital, México, 2015). En soporte papel integra la “Antología del cuento fantástico argentino contemporáneo” (Ediciones La Página y el diario “Página 12”, Buenos Aires, 2005), así como la antología “En los ojos de todos” (2º Premio en Poesía en el 5º Concurso Literario “Paco Urondo”, Villa María, Córdoba, 2015) y la “Antología de homenaje a Juan L. Ortiz” (Ediciones Bruma, Mendoza, 2015). Poemarios publicados: “Los panes y los peces” (Primer Premio de Poesía Editorial de los Cuatro Vientos, 2012), “La noche con su lámpara” (Primer Premio de Poesía Fundación Victoria Ocampo, 2014), “Persistencia de lo imposible” (Premio Edición de Poesía Ediciones Ruinas Circulares, 2015).

¿Cómo trasmitir algo acerca de vos misma por esta vía…?
Encarar esta propuesta me obliga a aceptar desde el vamos que no podría hacerlo a mano alzada, menos aún de un solo trazo, pero cómo me gustaría que así fuera. Eso me ocurre en general en relación a la escritura: cómo soslayar la diacronía, como lograr la inmediatez, la flecha al blanco, cómo lograr con el puente de palabras un efecto de simultaneidad entre el estado que llevó a la emisión del poema y a su recepción. Bueno, pero aquí estamos lidiando con las palabras, ahora se trata de mi pequeña historia, y todo se presenta de a fragmentos, con vacilaciones, rupturas, quiebres y rodeos, así como lo pide la memoria y así como el lenguaje lo posibilita.

Nací en San Fernando, conurbano bonaerense, y viví mis primeros diez años en esa localidad, a cuadras de Virreyes, la estación de tren que viene un par de paradas antes de Tigre. Retrospectivamente, la mudanza a la capital instauró ese lugar como el paraíso perdido que proyectó nostalgia sobre todo lo que vino después. Recuerdo el patio con el fondo de tierra, me veo subida a los árboles, o haciendo cacharritos de barro, recuerdo los paseos al río los domingos, días mágicos del fin de semana porque así estábamos juntos los cuatro de la familia: mis padres, mi hermano tres años mayor y yo. El núcleo duro y firme de la vida estaba allí, como una fortaleza y como un nido.

Seguramente operó desde mis padres la voluntad de que así fuera: nido y fortaleza. Los dos habían venido de Polonia antes de la guerra. Mi mamá, de nena, con toda su familia. Mi padre unos pocos años más tarde, en el treinta, justo al filo de la hecatombe del nazismo, con veinte años cumplidos. Se vino solo, harto del antisemitismo, ya habiendo iniciado su militancia en la izquierda y con el anhelo de cambiar el mundo donde quiera que fuera. Mis padres se conocieron en su pueblito, en su aldea, el “shtetl”, aquí se reencontraron y se eligieron.

Muchas veces, haciendo el cálculo en años, pienso que para cuando yo nací mis padres estarían enterándose de cómo fueron realmente las cosas en Europa, qué pasó con los judíos como ellos, como nosotros, que quedaron en el continente. Toda la familia de mi papá, todos sus vecinos, la aldea entera, a todos los mataron, salvo uno que otro que sobrevivió al exterminio. En el caso de mis abuelos y mis tíos, habían tomado la decisión de escaparse por los bosques y unirse a los partisanos, pero fueron interceptados y muertos, seguramente bajo la misma fronda que inspiró a toda la corriente del romanticismo en una Europa previa. Soy consciente de las marcas de época que signaron mi nacimiento y el de mi hermano y el de mis queridos y numerosos primos por parte de la familia de mi madre, con los que mucho compartí. Recién en la adultez pude hacer la conexión y llamar abuelos a los padres de mi padre, y llamar tíos a sus hermanos. Supongo que esta desconexión fue en parte un recurso psíquico para enfrentar lo inabordable, excesivo por donde se lo mirase. Y creo que esta forma de reaccionar se instauró en mí como uno de los mecanismos a mano en momentos críticos, para bien y para mal. Mi infancia fue incubada por corrientes alternas: el dolor de lo extremo y del desgarro, y la fuerza y la voluntad de seguir adelante. Pienso (y el pensamiento se sostiene en la convicción dada por las vivencias) de que nosotros, sus hijos, fuimos en esos años motor y brújula, fuimos sus talismanes.

Además de esas condiciones de subjetivación también están las otras, las que se fueron desplegando a través de toda la música y toda la lectura, por tanta riqueza espiritual alrededor. Y por la transmisión de una visión del mundo. Y por el ejemplo de vida dado por mis padres. Una vida muy rica, un mar de fondo maravilloso, aunque con sus núcleos de difícil metabolización. Tanto la riqueza como los obstáculos deben haber hecho lo suyo para que yo ya escribiera desde antes de saber escribir, dictándole a mi hermano mis versos, que él volcaba con su letrita inicial en un cuaderno que él mismo me había acondicionado a modo de primer libro inédito. También fue determinante la influencia directa de mi primo Nicolás Reches, poeta por ese entonces cercano al grupo de El Pan Duro. Nueve años mayor que yo, a mis diez, once, doce, trece años me leyó a Federico García Lorca y a César Vallejo y a Miguel Hernández y a Rafael Alberti y a Nicolás Guillén y a Luis Cernuda; compartió conmigo ese tesoro, de manera premeditada y sistemática me inició en lo maravilloso. Lo agradezco infinitamente y lloro su pérdida temprana, su muerte accidental.

Me referí de entrada al paraíso perdido. Siempre suele haber alguno cuando las cosas van más o menos bien en la dirección del amor, el cuidado y la tibieza; más tarde o más temprano todos perdemos retrospectivamente un paraíso que ubicamos en la infancia. En mi caso la pérdida se produjo de manera neta en lo real, con su espacio y su momento bien delimitados, cuando mamá enfermó de cáncer y murió cuando yo estaba por cumplir mis catorce años. La enfermedad se declaró al poco tiempo de mudarnos a la capital, meses o algo así. Todo era paradojal: mi padre había proyectado hacer ese cambio por intentar remediar lo irremediable, acercarnos a donde vivía el resto de la familia materna para que mamá aliviara la tristeza por la muerte de dos de sus hermanos, una que había sido muy reciente y la otra de años atrás, la muerte jovencísima de un hermano en las cárceles de José Félix Uriburu, el presidente golpista.

Con la pérdida de mi madre se precipitó la desgracia. Todo el dolor del mundo que se había tratado de mantener a raya para que a nosotros, los vástagos, no nos inundara, cayó sobre mi cabeza. No puedo decir que mi padre se haya desmoronado, sería imposible tratándose de alguien tan fuerte, pero su expresión, sus inflexiones y sus gestos lo volvieron otro, lejano, tenso, reconcentrado, me parecía tan severo, me hacía sentir en falta. Todo cambió, dejé de ser el talismán de nadie, me volví huérfana. En general, nunca me dieron la edad que tengo; supongo que se debe a la década perdida que siguió a la enfermedad de mamá, con la irrupción de la conciencia del cuerpo como sede de dolor, sufrimiento y ausencia definitiva. Diez años de ultramundo, de ser un fantasmita huidizo replegada en mí misma, vagando en mi propio interior. La vida seguía a pasos rápidos, a golpes de timón. Tres años después papá se volvió a casar, el triunfo de la voluntad se mantenía incólume después de todo. La extraña que irrumpió en mi vida hoy es mi mamá segunda, querida, admirable, vital. Pero lo que ahora entiendo como una bendición y un reparo, en su momento fue ruptura y estrépito, sensación de naufragio.

Años más tarde, con veinticinco cumplidos, mi hermano, recibido poco antes de físico, se fue a hacer el doctorado con una beca a Toronto, y de ahí a Nueva York, y de ahí a California. Y allí se quedaría, ciudadano de Estados Unidos, muy lejos. Él había seguido en mucho los pasos de mi padre. En 1966, con el golpe de ese otro general y dictador, Juan Carlos Onganía, tenía la entrada prohibida a la facultad, no podía acercarse siquiera a pisar el césped de los alrededores. De alguna manera, irse en el 69 fue un exilio a tiempo, salvador, si pienso en la pesadilla que se cernió después sobre nuestro pueblo. A esa altura, ya nada quedaba en torno mío de la fortaleza y del nido de la infancia. A veces pienso que si hubiera sido por mí, no me habría movido nunca del nido, soy de aquerenciarme demasiado. Pero ese desmantelamiento me arrojó a hacer mi vida, una vida propia. Para cuando mi hermano se fue del país yo me estaba recibiendo de psicóloga, en un clima de época que también incitaba a poner las cosas en movimiento. Pero suelo verme a mí misma con los procederes de una hormiga. Metódica, una hojita por vez. Para ese entonces, mi primo, el poeta Rubén Reches, hermano de Nicolás, me llevó al Taller de Escritura Mario Jorge de Lellis (se llamaba Aníbal Ponce en ese momento, en el 69; también concurrían Daniel Freidemberg, Marcelo Cohen, Lucina Álvarez, Jorge Aulicino, Oscar Barros, Irene Gruss, Jorge Asís, entre otros). Yo ya había cumplido con la misión de recibirme; después de haber trabajado en una galería de arte, ahora sí, tocaba disponerme para el ejercicio de una profesión, pero por fin con un cierto margen de libertad merecido. En realidad, esa podría haber sido la coyuntura óptima para habilitarme a escribir, cosa que no había vuelto a hacer desde los días de mi adolescencia, días en que llenaba con mis poemas los márgenes secretos de las hojas de carpeta del colegio. Pero no fue así. Aquello siguió pospuesto, proscripto, vaya a saber por qué tuvo que pasar tanto tiempo para que se levantara la veda, la auto-restricción. Así que en aquella oportunidad, tomé por el otro camino: el día que fui por primera vez al taller, que funcionaba en el Teatro IFT, conocí ahí nomás en la puerta, antes de entrar, a Leonardo Moledo, que se acercó a pedirme fuego. Ahí me dije qué cosa, pensar que éste que se me cruza ahora jamás se me volverá a cruzar, teniendo tanto en común conmigo…; si me preguntan por qué tuve esa ocurrencia no podría dar cuenta precisa, fue una sensación muy fuerte de familiaridad, de infancia compartida. Si lo pienso ahora suena un poco endogámico, pero bueno, así fue, transmitido a través de esa mirada y esa voz inolvidable. Al rato lo encontré arriba, en el taller; compartimos ese espacio, y un tiempo después nos casamos. Tuvimos dos hijos y toda una vida juntos, con momentos de felicidad y momentos desesperados, pero de permanente riqueza y de vuelo, de intensidad. Leonardo murió en el 2014. Otro desmantelamiento, una nueva orfandad, todo el dolor de nuevo. Pero ahora sí con el amparo y la energía que irradia la escritura que ya había empezado a desplegarse, desde el 2011 en poesía y con un paseo preliminar por la narrativa pocos años antes como rodeo y práctica dilatoria, para por fin dar lugar al encuentro postergado con aquello que me correspondía de una vez por todas, el derecho al poema y el deber de asumir ese derecho. Lo que ocurrió y lo que no ocurrió en todo ese lapso durante el que se constituyó el segundo núcleo duro de mi vida (el primero fue la familia de origen, el segundo lo familiar recreado con Leonardo y nuestros hermosos hijos, Fernando y Lucía), creo que tiene que ver con cuestiones de coyuntura, pero más que todo con un cierto borramiento que hice de mí misma y que se produjo al sumergirme en lo que yo más quise. Leonardo fue considerado en más de una oportunidad como un renacentista: matemático, escritor, periodista, divulgador de la ciencia, pero por sobre todas las cosas un innovador, un creador incansable y perpetuo, un trasgresor y una mente brillante. Muy pronto creo que me abandoné a su suerte, a sus desvelos y a su obra, y llevada por su corriente nadé como pude. Quién sabe, de alguna manera quizás ahora escribo para no hundirme y seguir a nado. Como les pasa a muchos, después de todo.

Volviendo a la diacronía y a lo que dije al comienzo: ¿qué arbitrario el hilo del relato, no? Cuánto para decir de las primeras etapas, y cómo aparece compactado todo lo que vino después, cómo se agolpa el tiempo… Están ahora los hijos; Fernando, doctor en Filosofía, kantiano, en este año en Leipzig, haciendo un post-post-doctorado. Publicó “Los años silenciosos de Kant” (Editorial Prometeo, Buenos Aires, 2014), donde el autor “explora en profundidad la evolución del pensamiento kantiano desde el momento en que por primera vez el filósofo expone el problema de la conexión de las representaciones con sus objetos, hasta el momento en que presenta, con la Crítica, su propuesta de solución” (del prólogo de Mario Caimi). También ha escrito poesía cuando la vida se lo ha requerido. Me reconozco en él, reconozco a su padre, y también a mi padre, imperativo y categórico, y a la vida corriendo con todo su caudal. Y Lucía, que es música, y es música que fluye, y tiene ojos azules como los de la abuela que no conoció, y trae consigo la alegría y la hermosura y todo lo suele iluminar. Lucía integra dos grupos musicales: “Illiariy”, de música folklórica sudamericana y “Reciclón”, de folklore instrumental.

Y calando hondo, ahora sí se manifiesta el trabajo que hace sobre mí la escritura. Está instaurado ese querer decir puesto en acto, motor primero y último, eso que hace del poema un poema, eso que le permite acontecer y darnos algo de felicidad mayor.

He quedado conmovido, Raquel, por tanto que trasmitís. Y sorprendido, no sólo al enterarme de que sos prima de dos poetas, sino de que has estado casada con alguien que yo admiré en su condición de periodista científico (del que, por ejemplo, he sido su radioescucha). No he leído sus novelas y no recuerdo si he visto representadas sus piezas teatrales. Hablemos de ellas, ¿te parece?
Leonardo escribió tres novelas. La primera fue “La mala guita”, publicada por Ediciones de la Flor, en 1976, dentro de la corriente del policial negro: dos profesores universitarios sin trabajo hacen sus primeras armas como detectives y muy pronto quedan envueltos en complicaciones demasiado peligrosas para el contexto de la época. Se publicó también en Brasil, como “Detetives muito particulares”. La segunda, “Verídico informe sobre la ciudad de Bree”, fue editada por Sudamericana-Planeta, en 1985. El comentario en contratapa comienza diciendo: “La Argentina tiene una historia mítica y una historia real que para bien o para mal se mezclan, y que no siempre es fácil distinguir del todo”. Si bien sigue en la línea del policial, aparecen elementos fantásticos. El cruce de géneros se da de manera muy atractiva, y con el humor tan de Leonardo, único. Recuerdo la adrenalina del proceso de su publicación, la emoción de elegir la tapa, mi nombre en la dedicatoria… La última fue “Tela de juicio”, la publicó Editorial Cántaro, en 1991. También aparecen elementos del policial, pero el acento está puesto en la mirada retrospectiva de los personajes sobre lo sucedido en los años de plomo, y en la forma en que afectó sus vidas. Respecto a las obras de teatro, fueron dos, puestas en el Centro Cultural General San Martín, con la dirección de Osvaldo Pellettieri: “Las reglas de juego” en 1985 y “El regreso al hogar” en 1987. Ambas centran la trama en la escena familiar en versión pesadillesca. Todavía tengo recuerdos vívidos de esa experiencia tan rica. En realidad, cada incursión en un nuevo lenguaje, en un nuevo género a experimentar fue vivido así, en gran parte porque en el fondo sabíamos (y me tomo el derecho a hablar en plural, porque estas cosas las compartimos mucho) que ninguno de ellos iba a ser un punto de llegada, que el punto de llegada no tenía lugar en su mundo, y que sólo vendría con la muerte, y hasta ahí nomás.

Tres primeros premios tus tres poemarios. Contanos de ellos y de los por venir.
En 2006 me acerqué nuevamente a la escritura. Pero empecé por un rodeo previo antes de decidirme por la poesía. Primero algunos pocos cuentos, y después dos novelas cortas. La narrativa pone un referente como pantalla entre el autor y el lector; en poesía podríamos decir que el referente está perdido, o por lo menos que allí donde se produce efecto poético, no hay referente que valga. Hay entonces mayor exposición, no hay intermediación argumental, no hay personajes. Está el alma muy a la vista; está la necesidad de decir que se pone en absoluta evidencia y están los modos de afectación producida por esa necesidad y bueno, no me fue fácil asumirlo. Pero el caso es que en un determinado momento me resultó menos fácil aún seguir coartando esa necesidad, entonces aparecieron seis poemas de una serie, “Ventanas”, muy visuales, con mucha música. Lucrecia Ércole, amiga de toda la vida desde la adolescencia en adelante, me impulsó a que los mandara a un concurso que organizaba la Editorial de los Cuatro Vientos: de allí salió el premio y la edición de “Los panes y los peces”, en 2012. Cuando lo gané, en un par de meses tuve que ponerme a escribir para poder armar el libro, yo no tenía obra escrita y el poemario debía publicarse en el verano. Así que después de tanta dilación, de buenas a primeras me vi compelida a escribir un libro. Bueno, así salió, desparejo, con evidencias de falta de oficio, pero también con mucha intensidad y mucha inspiración. Hay poemas de ese libro que los sigo sosteniendo con la misma convicción de entonces. Otros que no. A otros los corregiría, y a algunos los dejaría afuera, pero son los menos. Agradecida a la editorial que supo encontrarme y de algún modo ayudarme a salir del exilio interior. Y a Lucrecia, por eso y por tantas cosas.

Después claro, seguí… con el deleite y la dificultad de empezar a pensar en lo que estaba haciendo, consciente de que además del querer decir estaba el lenguaje, la herramienta con sus limitaciones y sus condiciones de posibilidad, y el lidiar con eso, ya que de eso se trata todo el asunto; bueno, así se fue armando otro poemario, “La noche con su lámpara”, que mandé al concurso organizado por la Fundación Victoria Ocampo, y que ganó el premio en Poesía. Para mí fue importantísimo. Tuve oportunidad después de recibir comentarios tanto de Jorge Aulicino como de Rafael Felipe Oteriño y de María del Mar Estrella, que estaban en el jurado junto a Alejandro Roemmers, y me hizo muy bien lo que escuché, como así también la manera en que se refirió a mi poesía María Esther Vázquez. Toda aquella experiencia fue muy motivadora y seguramente tuvo sus efectos en lo que vino después.

El tercer libro, publicado gracias al Premio Edición otorgado por la Editorial Ruinas Circulares en 2014 y editado al año siguiente, estuvo signado por la eclosión de la enfermedad y la muerte de Leonardo; todo lo que pueda decir o pensar al respecto tiene que ver con eso. Sé que esos poemas llegan mucho, y entiendo que hay fuertes razones para que sea así. Se produce una transmisión intensa, de alguna manera bajo el signo de las condiciones tristemente “privilegiadas” de producción, que han compelido a ir a través del rodeo de las palabras a cuestiones nucleares de la existencia.

Respecto a lo porvenir, pienso publicar este año otro poemario, estoy en eso, ya me está haciendo falta.

¿Qué sucede “En el palacio de aguas corrientes”?... ¿Y en “El salón de los objetos perdidos”?: descubrí que esta sería otra novela breve tuya. Y además: ¿no volviste a incursionar en el cuento?
Como te decía, lo que costó fue asumir mi consustanciación con la poesía, lo de las novelas fue un rodeo, una previa, lo que hice no partió de una estructura narrativa, de un armado exhaustivo preliminar, la estructura fue emergiendo del cuerpo mismo de la escritura y del trabajo con ella. En los hechos se trató más bien de una manera de ablandar la mano para lo que vendría después. Como me dijo una vez Mariano Ducrós —poeta, narrador y profesor universitario de literatura, a quien conocí como director del Departamento de Extensión del Centro Cultural Borges y que leyó con verdadero cuidado (y me atrevo a agregar con entusiasmo) “El salón de los objetos perdidos”—: “Se nota que es la novela de una poeta”. Entre paréntesis, el título fue después cambiado, en parte porque me enteré de que ya había algo escrito bajo ese nombre, pero en parte también para ser más justa con lo que acontece a lo largo de la trama y para que el título resulte más representativo de la parábola trazada por el argumento, que integra sub-géneros que van desde el absurdo al wuxia (novelas de samuráis made in Hong Kong). Así quedó como “La venganza del clan de las banderas de acero”. La pasé muy bien escribiéndola, no me costó nada, todo lo contrario, entré en ese mundo que se iba desplegando, me divertí muchísimo, quizás también fue una manera de adentrarme en mi mundo; bordea el fantástico pero como dimensión intoxicante de lo cotidiano, angustiante pero tomado con humor y apertura. Está muy trabajada y me hace muy bien haberla escrito. Pero bueno, ya está, no movería más nada para hacer algo más con eso. Aunque también es cierto que si un día me despierto y descubro que alguna fuerza sobrenatural la publicó sin mi permiso, no tendría nada en contra, todo lo contrario. No sucede así con la primera, “En el palacio de aguas corrientes”; muy jugada en este caso al género fantástico, me resulta hoy demasiado arquetípica, con un tono profético con el que ya no me hallo cómoda ni me identifico, quizás con demasiado Viejo Testamento por detrás. De todas formas, tengo que reconocer que quizás necesité objetivar todo eso para ponerlo afuera y desactivarlo, por lo menos en lo que hace a mi relación con la escritura, y quizás también con la vida misma y sus alrededores.

Siguiendo en la línea de lo que te contaba —y no se podrá decir que no hay coherencia en el planteo—, por nada, por nada del mundo escribiría cuentos. Escribí un par al principio cuando volví a la escritura, como quien dice vi luz y entré, pero no, no tengo ni tendré cuentos escritos. Y así como no necesito decir “nunca” en relación a la posibilidad de novelizar, reconozco que ese trabajo de entrar y salir rápidamente de un argumento en pocas hojas como lo requiere el cuento… no, jamás de los jamases, los argumentos me molestan, me distraen de lo principal.

No cualquiera participa de una experiencia de taller itinerante
Aludís a “Viaje a los Confines”, en 2004, un recorrido en tren por la Patagonia. No, no cualquiera, claro, pero allí fui como consorte, allí el invitado fue Leonardo, y yo lo acompañé, porque la invitación que le hicieron me incluía. Pero más allá de mi lugar absolutamente lateral en el asunto, o justamente por eso, creo que esa experiencia fue determinante para el vuelco que hice en relación a la escritura, proceso que se puso en marcha a partir de allí. Fue un viaje muy rico, de intercambio entre escritores, gente de cine, poetas, ensayistas, con predominio de lo fantástico, ya que la sola convocatoria a llegar a los confines generaba el género y así estaba explicitado…; bueno, el hecho es que en el trayecto de regreso se dio la consigna de escribir algo sobre la experiencia. Estaba implícito que la consigna se aplicaba a los protagonistas, no a sus acompañantes, que dicho sea de paso no éramos muchos, más bien éramos muy pocos los de mi menoscabada condición. Y ahí me pasó algo muy fuerte. Visualicé una raya que separaba dos campos. Una línea muy neta. Y me di cuenta de que yo quería cruzar esa línea, es más, que ya no podía no cruzarla. Así fue que yo también escribí algo, un brevísimo proto-cuento, y ahí empezó la cosa. De ahí en más.

¿Participaste en algún otro taller de escritura?
Sí, claro que sin la mística del Aníbal Ponce, por el solo hecho de que en aquel entonces tenía veintitrés años y todo por hacer. Y si bien en lo que hace a la producción aquella inserción no tuvo en su momento ningún efecto en mí porque yo estaba absolutamente ausentada, sí fue un lugar de encuentro, no sólo del amor, sino de vivencias fuertes, ricas, importantes. Todo lo poco que hice después tuvo otra modalidad. Predominó el tanteo, el ensayo y error, el ver luz y entrar, no mucha duración en los lugares, no mucha participación, y cero disposición a la adhesión, ingrediente que en general suele formar parte del formato taller. Por eso es que preferí incluirme en seminarios y en cursos de tiempo acotado; debe ser mi sesgo fóbico, pero creo que hoy seguiría eligiendo de esa manera. Así tuve experiencias muy positivas en el Centro Cultural Borges, con Sebastián Olaso, poeta con quien seguimos intercambiando productivamente a través de las redes y con Mariano Ducrós.

En 2007 intervine en la Clínica de Novela coordinada por María Sonia Cristoff en el Centro Cultural Recoleta. Y en 2012 hice un seminario sobre la obra de Paul Celan con Liliana Díaz Mindurry, a quien conocí en el viaje a la Patagonia, participando de su taller de narrativa al regresar. La experiencia del seminario se continuó después en las reuniones de taller al que seguí concurriendo por un tiempo, en las cuales adquirí herramientas que me dieron soltura en el manejo del verso libre y en las que me fui interiorizando de diferentes cuestiones que hacen al campo de lo literario. Recuerdo con mucho cariño lo que venía después de la reunión, las juntadas en la pizzería con Liliana, mi primo Rubén Reches, la querida poeta Marily Canoso, a veces también las presencias del multifacético Eugenio Polisky y la poeta Clelia Bercovich.

Adolfo Bioy Casares sostenía que los mejores escritores son los que hacen que te den ganas de escribir. ¿Qué escritores te dan ganas de escribir?
No tengo una lista armada; la más de las veces es azaroso lo que crea el estado de necesidad de escribir, ese deseo fuerte, decidido. Lo que sí tengo clarísimo es que si tuviera que llevarme algo, sólo algo único a una isla desierta, no sería un libro, sería la música de Leonard Cohen y su voz, por supuesto. Y que si supiera que su voz y su música siguen resonando después de la vida, no le tendría tanto miedo a la muerte.

¿Lemas, chascarrillos, refranes que más veces te hayas escuchado divulgar?
Uy, qué pregunta, lateral pero de tanta puntería en este caso; nunca fui de apelar a ellos, y sin embargo, sin embargo… qué curioso, en el último tiempo me encuentro diciendo en diferentes contextos y situaciones: “En el camión los melones se acomodan andando”. ¿Será que algo se está moviendo de verdad en mí? Porque en ese caso el apelar a la sabiduría cristalizada del dicho sería una manera de reafirmar la confianza en la sobrevivencia de los melones y de todos los frutos que la vida nos da en guarda.

Confidencias de salón: ¿Qué faltas o defectos te promueven la mayor indulgencia?
Empiezo por la otra punta. No soporto la soberbia, el sin fisura del “se la cree”. Cuando es así, todos los defectos se potencian, la falta se vuelve exceso. Soy consciente de que hay algo desde mí que suele tender a descompletar a los que demuestran considerarse completos. En una época era casi una misión en la vida; ahora no, pero bajo determinadas circunstancias algo de eso sigue operando de manera sutil. Hecha esta salvedad, creo que las faltas y los defectos son entendibles y merecedores de ser relativizados.

Va de un colega tuyo (y mío), psicoanalista, Antonio Godino Cabas, este silogismo (“Uno”, Helguero Editores, 1977): “Si lo esencial es invisible a los ojos / y si los ojos son invisibles a los ojos / entonces, lo esencial son los ojos”.
Acuerdo con la idea, sí. No sé si en los términos; no sé si hablaría de “esencia” ni de “lo” esencial. Pero que la mirada es un agujero negro que se lo engulle todo, sí.

Por lapsos, ¿qué géneros literarios y qué autores te han ido entusiasmando? Y, ¿cuáles, quiénes han quedado relegados en tu consideración?
Novela, siempre. Poesía, siempre. Relato, a veces. Desde chiquita fui acompañada por sagas familiares que crecieron conmigo a lo largo de extensísimas páginas y también por la fidelidad a la obra de autores diversos: Por orden de aparición “Las aventuras de Monteiro Lobato”, en primer término. Y Julio Verne y Jack London, y las aventuras del Príncipe Valiente, y Salgari…; pero aún antes de despegar del todo de la niñez o ni bien alboreando la adolescencia ya tuve acceso a “El alma encantada” de Romain Rolland, a “Los Thibault” de Roger Martín du Gard, a “Juan Cristóbal”, también de Romain Rolland, a “Guerra y paz”, de León Tolstói, incursiones fuertísimas, formadoras. De alguna manera volví a sentir ese acompañamiento de adulta, al leer a Marcel Proust, “En busca del tiempo perdido”, o ahora, terminando de leer en este momento a Roberto Bolaño, “2666”, después de leer de él “Los detectives salvajes”. Esa cosa intensa y mágica de la novela río que se termina infiltrando en la vida del lector. Bueno, volviendo a la pregunta, la adolescencia estuvo acompañada por todo Howard Fast, y por Oscar Wilde y por los autores rusos, y por Jorge Amado y después llegó José María Arguedas...; pero sería muy difícil hacer un seguimiento o una reconstrucción de las lecturas a lo largo de la vida, y más aún de lo relegado, por el hecho justamente de haber sido relegado. Así que voy a hacer un golpe de introspección que me lleve a títulos significativos, de esos que quedaron incorporados como experiencia de vida: “Todos nuestros ayeres”, de Natalia Ginzburg, “El gran Meaulnes”, de Alain-Fournier, “El rey de los alisos”, de Michel Tournier. En su momento fue importante “Rayuela” de Cortázar, y también sus cuentos; ¿y qué más?: J. D. Salinger, Raymond Carver, las maravillas de Carson Mc Cullers, “Las memorias de Adriano” de Margarite Yourcenar, pero también “El largo adiós”, de Raymond Chandler, y “Cien años de soledad”, “Las mil y una noches”; “Las hormigas” y “El vestido rosa”, del primer César Aira. Y “Vida y destino”, de Vasili Grossman. Ah, y “Vidas imaginarias”, de Marcel Schwob, y Kafka, por supuesto, todas sus pesadillas, y todo Lovecraft y Poe y Haruki Murakami…; y podría seguir y seguir, pero una enumeración-río no tiene el encanto de una novela-río. Y siempre, por siempre, la trilogía de Primo Levi: “Si esto es un hombre”.

Respecto a la poesía, ya conté cómo se abrieron los surcos en mi infancia. También tuve mis encuentros propiciatorios en la adultez: Celan, Trakl, Héctor Viel Temperley, Dylan Thomas; fueron revelaciones. Las lecturas que hago ahora son abiertas, no digo aleatorias, pero sí abiertas y determinadas por lo que me va sucediendo y por lo que sucede en torno mío, fluctuantes, acompasadas con la vida. Quizá deberían ser más sistemáticas, bueno, todo fluye, se verá. Además de las lecturas de los consagrados me gusta escuchar a los poetas que voy conociendo (incluyo a los jóvenes y a los muy jóvenes), interactuar con ellos, descubrir y ser descubierta, considero que nos damos lo que podemos darnos y recibimos los unos de los otros lo que podemos recibir, que puede llegar a ser mucho. Creo que en ese sentido me juega a favor, por los años que tengo, haber entrado tarde a la sociedad de los poetas vivos; soy de ningún lugar, no reporto a la tradición de ninguna generación porque no tengo trayectoria hecha; si bien por un lado implica un gran déficit con el que tuve que hacer las paces, también me permite tener la cabeza muy, muy abierta a todo.

Legendarios o mitológicos: ¿Apis, Uróboros, Sátiro o Aracne?
Uróboros me parece el más abarcativo de los cuatro, posibilita un mayor nivel de abstracción, se presta más al pensamiento, al despegue de la imagen y su sensorialidad, que en todos los casos citados me resulta inquietante y me genera algo parecido al pavor.

Un párrafo de la novela “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera, se inicia con esta frase: “Ser cirujano significa hender la superficie de las cosas y mirar lo que se oculta dentro.” Ser novelista o cuentista o poeta o ensayista o dramaturgo… ¿qué significa?
Respecto a la definición que da Kundera, me parece sintomáticamente insuficiente. Coloca al cirujano en posición voyerista, y se olvida de lo principal, el cirujano opera con eso además de mirar lo que se oculta adentro. Opera y transforma a fondo. Transforma y puede intervenir en el destino de manera dramática. Es un mediador ante la vida o la muerte. Por otro lado, en lo que hace a ser poeta, narrador, ensayista, dramaturgo, tiendo a pensar más bien en el hacer específico en cada una de estas áreas. Respecto a los géneros literarios, en principio podría decirse que se juegan diferentes cuestiones. En términos generales, en narrativa se crean mundos que de alguna manera recrean en versiones inagotables el mundo. Algo así también se da en la dramaturgia, con otros recursos. En poesía se produce el efecto de pérdida de mundo, y en esa creación de vacío algo pasa con el lenguaje que hace que se desprenda de su función predominantemente comunicacional y dé lugar a algo muy diferente que producirá sus consecuencias específicas: golpe al corazón, golpe, flecha, aire; tambor del llano —como diría Lorca—, orientación a lo real…; pero está claro que efectos poéticos pueden acontecer en cualquiera de los géneros, nunca se sabe. Y ahora acabo de darme cuenta de que no dije nada del ensayista. Pondría su actividad un poco más apartada del conglomerado creativo. Más cerca del trabajo del investigador, que también crea en cierta medida, trae algo al mundo en relación al saber que antes no estaba a la vista, pero lo hace bajo reglas de juego bastante inamovibles. Y volviendo a la comparación con el cirujano…, en los casos a los que aludimos el cuerpo carnal se ausenta, deja lugar al cuerpo del lenguaje, pero a su vez en la poesía se hará el camino de regreso al cuerpo vivo por el rodeo del lenguaje: de vuelta a la carne viva, esa que late y respira, goza y sufre y que por esta vía resulta hendida de formas varias en su emocionalidad.

¿Cuál es tu primer recuerdo de un cine? ¿Y de un teatro, de una función teatral?
Del cine, recuerdo de nena los dibujitos animados, pero lo más nítido y vibrante que me queda de todo aquello es el entusiasmo de mis padres para hacer su transmisión de mundo a nosotros, sus hijos. Ya en esa primera experiencia perdura la huella de ir llevada de la mano de descubrimiento en descubrimiento. Pienso en las primeras películas pero siempre aparecen mis padres como figura-fondo, y la figura son ellos; el entusiasmo de mi papá con “Fantasía”, de Walt Disney, porque había música visualizada para darnos a conocer: “El aprendiz de brujo”, las escobas y los baldes bailando…; claro que para esa época no podía faltar el cine soviético, la comparación de los dibujitos en uno y otro campo del mundo, y por supuesto, era indiscutible la ventaja del campo socialista sobre las miserias del capitalismo…; bueno, pero más allá de la caída estrepitosa del gran relato y de su duelo imposible, recuerdo la maravilla de una película rusa de 1946 que se llamaba “La flor de piedra”. La vi de muy chica, pero aún tengo la imagen de una flor enorme esculpida en piedra, la sensación de ingravidez que surge de lo más pesado, la insoportable levedad del ser adviniendo de aquella paradoja ante mis ojos por entonces recientes. Eso queda.

Respecto al teatro, no puedo hablar del primer recuerdo sino del más fuerte, porque es el que se impuso hacia atrás y hacia adelante sobre el resto: fue en 1984, con la visita del realizador teatral polaco Tadeuz Kantor a Buenos Aires, para poner en escena “Wielopole-Wielopole”, enmarcado dentro de los postulados de su Manifiesto sobre el Teatro de la Muerte, propuesta escénica exorcizante de su historia personal y la de su pueblo; cruce de expresionismo desesperado, arte visionario, música, plástica, cinética, todo mezclado, todo cruzado como en los sueños. Y él siempre presente, subido al escenario en un costado de la escena como un demiurgo. Pienso que daría cualquier cosa por volver a ese momento de revelación. En el ‘87 estuvo de nuevo, con otra puesta, “Que revienten los artistas” y reviví la liturgia. Es lo más poderoso que vi en un escenario, el efecto perdura hasta hoy.

Mencionaste a los escritores Lucina Álvarez y Oscar Barros, quienes el 7 de mayo de 1976 fueron secuestrados por un grupo de tareas y desde entonces permanecen desaparecidos. ¿Qué esbozo de cada uno improvisarías para nosotros?
Lucina era una presencia mágica, aún su sombra iluminaba el alrededor. Rememoro su hermosa voz, su armoniosa dramaticidad, sus claroscuros, su determinación. De Oscar tengo un último recuerdo, terrible. En el ‘76; ya hacía mucho que no nos veíamos; una vez lo encontré, me parece, cerca de la estación de Once y con un bolso al hombro. Me acerqué a saludarlo, pero mediante algo en su actitud y en el gesto supo advertirme de que no siguiera avanzando hacia él. La imagen quedó ahí. Congelada en el tiempo. Fue la última vez que lo vi, así quedó en mi memoria, con ese cuidado y protección que tuvo para conmigo en ese momento, enorme, quizás definitorio, nunca lo sabré. Me quedo con la evocación de todo lo compartido en el taller, las juntadas a la salida en “La Cubana”, el bar de la esquina, horas felicísimas, ricas. Oscar tenía una personalidad poderosa, era una onda expansiva, irresistible. Varios de los integrantes del taller quedamos hermanados por esa experiencia. Y Lucina y Oscar eran algo así como la fuerza magnética dentro de la fratría.

¿Qué de lo siguiente que voy a encomillar, Raquel, sintoniza mejor con vos?: Jorge Luis Borges: “Sospecho que la poesía está esencialmente en la entonación, en cierta respiración de la frase.” Graciela Repún: “¿Cuál es el colmo de un poeta?: Ser juzgado por malversación.” Lucas Soares: “...cuando el poeta se halla en estado de cordura humana, solo engendra poemas mediocres y perecederos.” Martín Micharvegas: “En poesía / el orden de los factores / altera el producto.”
Me quedo con la última afirmación, por varias razones. Por su precisión. Por adoptar el símil-exactitud que hace al lenguaje de la ciencia, en este caso de manera legítima. Porque alude al orden y a la alteración, eje crucial en mi modo de subjetivación. Y porque funciona: eso que enuncia, eso es. Sí, sin dudar, la elijo, y mil gracias por aportarla.

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