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Israel se mostró encantado de mirar desde el burladero
Por Nir Boms y Asaf Hazani

Los israelíes se han acostumbrado a un abanico de términos para describir los acontecimientos acaecidos en el mundo árabe durante los últimos años, reflejo de la forma en que los diversos actores han percibido los cambios. Lo que empezó siendo la "Primavera Árabe" se convirtió en el peligroso "Invierno Islámico Radical"; y a medida que los líderes de Israel se manifestaban incapaces de definir la naturaleza de las transformaciones, se fue convirtiendo en "el Levantamiento de Oriente Próximo”. Gradualmente, la tendencia a la oscilación entre pesimismo y optimismo se transformó en un desconcierto acusado.

Impresionados por el efecto dominó de la inmolación de Mohammed Bouazizi en Túnez, los israelíes consideraron inicialmente la ola de protestas un fascinante experimento sociológico que estaba teniendo lugar "allá", lejos de sus fronteras. El país siguió considerándose un caso único e independiente de Oriente Próximo o, en palabras del antiguo titular de la cartera israelí de Defensa Ehud Barak (2007-13): "una mansión en medio de la jungla”. Hasta las "acampadas de protesta" surgidas de forma espontánea durante el verano de 2011 se consideraron la expresión del descontento burgués, aventura estival más vinculada a los acontecimientos de Estados Unidos y Europa (el movimiento Occupy, los indignados) que a la agitación regional.

Israel eligió hacerse el sueco inicialmente. Y si bien la Primavera Árabe ocupó las cabeceras israelíes, los acontecimientos relevantes en Arabia Saudí, Yemen o Bajréin pasaron desapercibidos por no considerarse que afectaran a la seguridad nacional directamente.

Pero a medida que se fue haciendo sentir el impacto de los levantamientos regionales, la cúpula israelí se vio obligada a aceptar que las revueltas árabes podían afectar al interés nacional. Se fue preocupando más cuando los arsenales del libio Muammar Gadafi en 2011 empezaron a aparecer en manos de elementos terroristas que operan en las inmediaciones de las fronteras israelíes. Las actividades terroristas que comenzaron en la península del Sinaí a la caída de Hosni Mubarak a principios de 2011 se agravaron con la marcha de Mohammed Mursi durante el verano de 2013. Los presidentes egipcios sucesivos, luchando por conservar la apariencia de estabilidad en el Sinaí, se enfrentaban a desafíos a su autoridad cada vez más multitudinarios. Israel, que firmó un acuerdo de paz con Egipto en 1979, estaba en vilo. ¿Se debía responder a las actividades terroristas, o reñir a Egipto por su incompetencia? Ambas opciones revestían riesgos. La tercera opción consistió en acceder a modificar el apéndice militar del acuerdo de paz, permitiendo a Egipto reforzar su presencia militar en el Sinaí — elección crucial que sacrificaba el presente en aras de una seguridad más estable en el futuro.

El Sinaí no fue el único cambio. La desestabilización de Jordania, olvidada desde hacía tiempo, generaba creciente inquietud en Israel. Mientras, los combates en Siria comenzaban a despertar el interés de las organizaciones yihadistas globales, que iban reforzando su presencia en la medida que el país se precipitaba al caos. Israel seguía estos acontecimientos con inquietud, vigilando de cerca los territorios palestinos con la esperanza de que la "catarata" de Oriente Próximo se detuviera en las fronteras israelíes. La cúpula militar israelí pasaba cada vez más noches de imaginaria a causa de una pregunta: ¿Siguen siendo actores relevantes los países, con la aparición de tantos grupos armados? En el año 2006, el Líbano fue incapaz de impedir el conflicto entre Israel y Hezbolá.

Durante los primeros meses de la revuelta de marzo de 2011 en Siria, Bashar al-Assad pretendió inicialmente enmarcar los acontecimientos como una tormenta de verano, en absoluto relacionada con los levantamientos regionales; sostenía que las protestas de los viernes, limitadas a su espacio y su momento, no equivalían a un levantamiento generalizado contra su gobierno. Pero enseguida Siria era arrastrada a un baño de sangre, y la violencia surgida en el seno del país empezaba a afectar a la región entera. Con el tráfico de armas al calor de la caída del régimen libio, los yihadista se extranjeros llegaban a Siria en cada vez mayor número.

Los combates en Siria afectaban ya a la región entera, y la inestabilidad del país y las olas de refugiados generadas despiertan un renovado interés internacional. Los cientos de miles de refugiados que anegan Turquía, el Líbano y Jordania han afectado a la estabilidad de ésos países, mientras Israel, el enemigo tradicional, no ha sido invitado a ayudar a dar salida al problema. De hecho, los palestinos se han negado a coordinar con el gobierno israelí sus propios esfuerzos de ayuda a los refugiados — cosa que conviene a Israel, que ya tiene suficientes problemas con la elevada llegada de mano de obra inmigrante desde África.

Hay motivos adicionales para que la cúpula israelí se relaje. Uno es que la cuestión palestina ha recibido mucha menos atención internacional desde el comienzo de la Primavera Árabe. Hasta el estallido de las hostilidades en Siria, siempre que alguien hablaba de refugiados de Oriente Próximo quería decir palestinos — ahora hablan de sirios, que constituyen la población de desplazados más numerosa, en el exilio o dentro de la propia Siria.

El segundo motivo guarda relación con la propia seguridad de Israel — su motivo de preocupación perpetua y preferente. El temor al desmantelamiento de Siria ha alterado las relaciones con el eje Irán-Siria-Hezbolá. Con anterioridad se ponía el acento en el apoyo a Hezbolá tanto de Siria como de Irán. Ahora, incluso si a Israel le sigue preocupando que el régimen Assad pueda poner armamento no convencional en manos de Hezbolá, se considera que Siria ha pasado a ser el principal receptor de la ayuda. Es un cambio significativo teniendo en cuenta que el escalafón israelí ha tendido a interpretar los acontecimientos geopolíticos en términos de seguridad e ignorar todos los cambios que consideraba no tenían impacto directo sobre eso.

A medida que se desarrollaban los acontecimientos, Israel se mostró encantado de mirar desde el burladero, convencido de que el régimen Assad estaba abocado al colapso. También quedó complacido cuando Damasco puso fin en el año 2012 a su relación con el Hamás palestino. A medida que el conflicto en Siria se extendía, muchos altos responsables israelíes reiteraban lo que había dicho en una ocasión el primer ministro Menachem Begin dentro de un contexto distinto: “Deseo toda la suerte del mundo a ambas partes”.

Pero Israel no tiene un interés claro en todo esto. La caída del régimen Assad satisfaría los intereses israelíes al desestabilizar el eje irano-chiíta. Por otra parte, teniendo en cuenta la debilidad de la oposición secular de Siria, la victoria de los insurgentes llevaría al poder a un régimen islamista hostil a Israel en su retaguardia. A Assad se le tiene cogida la distancia — un enemigo declarado oficialmente, que gobierna desde un palacio y con el que es posible comunicarse. Pero las organizaciones insurgentes carecen de sede oficial y son tan numerosas que es imposible combatir o negociar con ellas igual que con un país (atacando objetivos estratégicos o comunicándose a través de terceros).

Israel casi ha triunfado no tomando parte abiertamente. Y los esfuerzos diplomáticos internacionales que condujeron a la destrucción programada de los arsenales químicos de Siria han aliviado algunas preocupaciones israelíes graves. El mando de Interior del ejército israelí, a cargo de la defensa civil, ha llegado a detener la fabricación de máscaras antigás. Israel también ha impuesto sus propios límites con ataques aéreos a objetivos militares sirios para impedir la transferencia de arsenales estratégicos (de Siria a Hezbolá sobre todo) y replicar a la amenaza de que el conflicto sirio se extienda a los Altos del Golán (Israel ha controlado la llanura desde 1967 y la anexionó en 1981) o a territorio israelí soberano. El más reciente de esos ataques tuvo lugar los pasados meses de febrero y marzo.

El Golán, que ha hecho las veces de barrera desde la guerra de 1973, ha dejado de cumplir ese cometido: La presencia militar de las Naciones Unidas ha dejado de ser eficaz, y se registran combates próximos a la frontera. Los proyectiles de mortero y de artillería, el fuego de ametralladora y los artefactos explosivos caseros alcanzan a menudo a Israel y a objetivos israelíes, a propósito o no.

La pregunta es cómo debería de responder Israel. ¿Debe permitir que las Naciones Unidas refuercen su presencia en la región, igual que ha permitido que Egipto refuerce su presencia en el Sinaí, o debería responder y exponerse a una peligrosa escalada? ¿Debe de ayudar a una parte, o abstenerse de ayudar a cualquiera de ellas, o proporcionar niveles distintos de asistencia a las dos partes? Si se proporciona ayuda, ¿debe de hacerse directa o indirectamente, de forma abierta o de forma clandestina? Y hay una pregunta más: ¿Debería Israel proporcionar armamento en ése caso — también es una forma de asistencia — o limitarse a la ayuda humanitaria?

Sin tener ningún debate estratégico abierto, Israel lleva desde el mes de febrero de 2013 activamente implicado a la hora de proporcionar ayuda médica en el Golán. El personal médico militar viene atendiendo a los heridos sirios dentro de las zonas fronterizas, y se ha montado un hospital de campaña para acoger al creciente número de heridos, algunos de los cuales han sido trasladados al hospital de Safed. Más de 800 sirios han sido atendidos hasta la fecha. Y hay otras actividades humanitarias que tienen lugar con la ayuda de diversas organizaciones no gubernamentales.

Con el sur del Golán convertido cada vez más en refugio estratégico de organizaciones islamistas radicales, Israel se ve cada vez más presionado a elegir entre tratar de remodelar e influenciar activamente la región, o esperar a ver lo que trae el futuro. El análisis de las acciones israelíes demuestra que hasta la fecha, no se ha llegado a ninguna conclusión. Israel no está ayudando a los rebeldes dentro de Siria, ni fuera, lo que sugiere que preferiría que el régimen Assad sobreviviera, optando por lo malo conocido. Sin embargo, la disposición israelí a contemplar la intervención internacional y ampliar sus operaciones humanitarias podría indicar un cambio de política en ciernes.

Israel se ha esforzado hasta la fecha por abstenerse de intervenir en Oriente Próximo, y en el conflicto sirio en particular. Esta postura, que cuenta con el apoyo popular dentro de Israel, es reflejo de la de Estados Unidos. A principios de 2013, Estados Unidos informó a Siria de que había violado un límite al utilizar arsenales químicos y amenazó con la intervención militar, pero enseguida abandonó esta idea y volvió a la doctrina de "liderar a la zaga". Otros países, como Turquía, Qatar, Irán o los estados del Consejo de Cooperación del Golfo, han adoptado una postura más activa, apoyando a diversos elementos de la oposición islamista.

Organizaciones israelíes no gubernamentales como Israeli Flying Aid o Hand in Hand with the Syrian Refugees han respondido de forma diferente. Fueron las primeras en reparar en la necesidad y la oportunidad para tender nuevos puentes con los sirios, y han encabezado numerosas actividades de ayuda humanitaria en Turquía y Jordania y dentro de la propia Siria, haciendo hincapié en el abastecimiento médico y alimentario. Hasta la fecha se han repartido más de 1.300 toneladas de ayuda. Estas iniciativas han hecho posible que grupos sirios e israelíes trabajen juntos por primera vez, públicamente a veces. Por desgracia, el escalafón israelí no ha copiado estas intervenciones civiles.

Israel es prisionero de su propia defensa — y de su visión apoyada en la seguridad, y nunca ha destacado en el terreno diplomático — sobre todo durante los últimos meses que el cuerpo diplomático israelí en pleno ha pasado en huelga. Pero las iniciativas diplomáticas y la ayuda humanitaria podrían ayudar a Israel a interpretar un papel constructivo y ganar nuevos aliados de cara al futuro. Los 800 sirios heridos de gravedad que han sido atendidos en Israel durante el último año podrían acabar siendo sus mejores embajadores.
viernes, 20 de junio de 2014.
 
El sobrecogedor balance de Siria
Hay pruebas de más de 150.000 muertos en el país
A diario llega, puntual y doloroso, el parte de muertos desde Siria: 141 muertos, 201 muertos, 152 muertos, 81 muertos (jornada afortunada esta última). Pero en algún punto del camino dejamos de prestar atención. Quizá sea porque ha dejado de estar claro quién aprieta el gatillo; quién pierde la vida y quién permanece en libertad o secuestrado por otro batallón pro-régimen o grupo yihadista criminal de más reciente creación.

El mundo se cansa de esta guerra, y los sirios parecen cansarse de combatir. La pasada fue una semana relativamente "tranquila", según el recuento del Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Diecinueve civiles, 11 menores y dos mujeres incluidos, perdieron la vida a consecuencia de los bombardeos aéreos sobre Om al-Amad. Un menor perdió la vida a consecuencia del fuego de un francotirador en la zona de Jam'iaj al-Zajraa, y una mujer en al-Wafdín. Otro menor perdió la vida a consecuencia de un mortero que cayó en el campamento de al-Neirab, y dos niños y una mujer fallecieron a consecuencia de los bombardeos de Során que efectúa el régimen. Una docena de tragedias de esta naturaleza se suman al ritmo semanal de muertos por debajo de la treintena — "parte decente" en Siria.

El recuento de abril, por tercer año de la serie del levantamiento sirio, fue mucho más sangriento. Fíjese en la última semana de abril: Un proyectil del gobierno sirio alcanzó la escuela Ein Jalout al este de Aleppo, según Al Yasira, matando a 19 personas por lo menos, incluyendo 10 menores. Esto sucedió mientras profesores y alumnos preparaban una exposición de dibujos infantiles retrato de la Siria en guerra. La víspera, el grupo al Nusra reivindicaba la autoría de los dos atentados con coche bomba que mataron al menos a 79 personas en Homs. Otros 21 efectivos del Cuerpo de Defensa Nacional, financiado por el Estado y controlado por alauitas, murieron en otros combates.

Durante la semana anterior, Tarek Grair, de 15 años de edad, perdió la vida cuando un mortero caía en las inmediaciones del estadio de fútbol de Homs. Nueve personas habrían perdido la vida en la deflagración. Tarek era un prometedor futbolista de la cantera, y por esa razón la Asociación Siria de Fútbol difundió su pésame. En cuanto al resto, parece que nadie ha tenido tiempo para recabar sus nombres.

Luego está Frans van der Lugt, un sacerdote holandés convertido en figura conocida en la ciudad vieja de Homs por su insistencia en permanecer con "sus fieles" dentro del asediado municipio. Se trataba, según la BBC, del último europeo que permanecería en el interior de la ciudad vieja, donde había oficiado y vivido los últimos 50 años y donde acogía a personas de toda confesión. Fue abatido por un desconocido justo antes de finalizar el sitio.

Elaborar la serie del número de muertos es una tarea dantesca en medio de un país lacerado y reducido a escombros. Las Naciones Unidas anunciaron en enero que suspendían el recuento de muertos, manifestando la incapacidad para recoger las cifras con precisión a causa del caos bélico. Otros, como el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, siguen intentándolo. Y luego están las familias de los fallecidos o desaparecidos, que se marcharon sin hogar, algún brazo o algún ojo esperando dejar atrás los recuerdos por lo menos. Pero las cifras siguen siendo esquivas, y no queda la energía suficiente para recabar y actualizar el recuento cotidiano de la casquería.

Hay pruebas de más de 150.000 muertos en Siria. Esto significa que dentro de una enorme base de datos de la forma en la que ha desaparecido ese estilo de vida concreto existe una ficha, un nombre, una fotografía y en ocasiones hasta un epitafio. Pero los que elaboran el recuento, en el Observatorio radicado en el Reino Unido, están convencidos de que la cifra real rondaría los 220.000 muertos.

Cuando comenzó la revolución en el año 2011, había aproximadamente 22 millones de habitantes en Siria. Desde entonces, unos cinco millones se han marchado y una cifra parecida se quedó y permanece sin hogar y siguen desplazados dentro del asediado país. El informe más reciente del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados habla de más de nueve millones de sirios desplazados como consecuencia del conflicto. Uno de cada cuatro habitantes del Líbano es hoy sirio. Uno de cada cinco jordanos es también sirio, mujeres y niños en su mayor parte dado que los hombres se quedan atrás para combatir o ser enterrados.

Las refugiadas son las que peor lo pasan de todos. Muchas huyeron de la horrible guerra sólo para ser violadas por el camino. "El conflicto de Siria está cada vez más marcado por la violación y la violencia sexual como armas de guerra", decía el pasado febrero en Ginebra Erika Feller, alto funcionario de la ONU. Zein, que enviudó hace poco en un campamento de refugiados libanés, denunciaba este mes a Associated Press que no tiene dinero suficiente para sobornar a quienes reparten de forma desinteresada en teoría la ayuda de las Naciones Unidas.

Esta situación desesperada está obligando a algunos padres sirios a casar a sus hijas menores de edad. Dominique Hyde, representante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia en Jordania, dice que algunas menores refugiadas contraen matrimonio nada más cumplir los 12 ó 13 años de edad a cambio de unos 1.000 dólares. Se habla de miles de casos así.

Hay muchas historias detrás de las cifras, y muy pocas de ellas se cuentan. La catástrofe siria no va a terminar sola, y el mundo tiene que despertar antes de que no quede nada.
jueves, 19 de junio de 2014.
 
 
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