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Michael Rubin
Michael Rubin
Es un error frecuente de concepto decir que la Revolución Islámica condujo a la ruptura de las relaciones irano-americanas
Hoy se cumple el 35º aniversario del secuestro de la embajada norteamericana en Teherán, un escándalo que acabó prolongándose durante 444 jornadas y que tuvo paralizada a la administración de Jimmy Cárter. Aunque la culpabilidad material del secuestro de la embajada recae en los estudiantes iraníes que respondieron al llamamiento del ayatolá Rujola Jomeini, la perspectiva también demuestra que fue un ultraje que no tenía porqué haber ocurrido.

Es un error frecuente de concepto decir que la Revolución Islámica condujo a la ruptura de las relaciones irano-americanas. Cuando Jomeini volvió del exilio el 1 de febrero de 1979, la Embajada de los Estados Unidos seguía abierta. De hecho, que hubiera tantos diplomáticos estadounidenses destacados en Irán y que la sede diplomática fuera secuestrada más de nueve meses después de la vuelta de Jomeini se debió exclusivamente a que Estados Unidos estaba decidido a conservar las relaciones y devolverlas a la normalidad.

¿Qué provocó entonces el secuestro de los rehenes? En muchos sentidos, no tuvo nada que ver con Estados Unidos. Los revolucionarios iraníes cerraron filas en torno al motivo común que combatían - al Shaj - y no en torno a lo que defendían. Jomeini prometía "una democracia islámica". Lo que se materializó no fue ninguna de las dos cosas. A principios de noviembre, las facciones ya empezaban a disolverse, a medida que los radicales se ponían a purgar sus filas de homólogos más liberales o nacionalistas. La víspera del secuestro de la embajada, Steven Erlanger, el joven periodista famoso por su posterior destino de corresponsal diplomático del New York Times, afirmaba que "la fase religiosa [de la Revolución Islámica] toca a su fin antes incluso de oficializarse".

Fue en el seno de esta marea política iraní que las tempranas e ingenuas tentativas diplomáticas de Jimmy Cárter sumieron de lleno a los Estados Unidos. El 1 de noviembre de 1979, el consejero de Interior de Cárter, Zbigniew Brzezinski, se reunió con el Primer Ministro iraní Mejdi Bazargan en los márgenes de un encuentro multilateral celebrado en Argelia para debatir el rumbo de las relaciones. Aunque no estaba autorizado para hacerlo, Brzezinski estrechó públicamente la mano al líder iraní, momento que un fotógrafo captó. Esa fotografía aparecería en la prensa iraní. Los teóricos conspirativos iraníes - que no eran pocos - la utilizaron como prueba de que Bazargan tramaba traicionar a la revolución. Los revolucionarios enarbolaron públicamente los despachos diplomáticos, "papeles del nido de espías", y filtraron de forma selectiva los nombres de los reunidos con el personal diplomático, poniendo fin a sus carreras, por no decir a sus vidas.

En la práctica,la incompetente actuación de Cárter y Brzezinski convertiría la embajada norteamericana en el trasfondo de una partida que inicialmente no tenía nada que ver con Estados Unidos y todo que ver con la intolerancia de Jomeini hacia quienes no compartieran íntegramente su visión. La diplomacia acometida de forma apresurada y descuidada tiene un precio. Bajo el clima incorrecto, dialogar puede perjudicar un montón.

¿Pero por qué se prolongó durante 444 jornadas el secuestro de la sede diplomática? Aquí se pone más interesante: Después de que los revolucionarios iraníes se hubieran apoderado de la embajada, inicialmente planeaban tener secuestrados a los diplomáticos norteamericanos durante 24 o quizá 48 horas, pero antes de llegar la caballería. De hecho, se concibió como una protesta con aspiraciones. Eso cambió después de que el equipo iraní de Cárter celebrara una sesión de emergencia en la Casa Blanca. En un detalle principal de mi libro reciente, Gary Sick, ayudante de Interior especializado en Irán, habría filtrado a la prensa la decisión de Cárter de desechar la opción militar. Cuando los secuestradores tuvieron noticia de esto, explican en sus memorias en persa, elevaron sus exigencias y decidieron optar por el secuestro largo. En ocasiones, las indiscreciones cuestan victorias.

Lo interesante de la premura de Obama por el diálogo diplomático a estas alturas es lo similar de la situación con la vivida hace 35 años. Después de que Obama escribiera al actual Líder Supremo Alí Jamenei en 2009, Jamenei respondió con una cáustica intervención preparada para coincidir con el trigésimo aniversario del secuestro. "Este nuevo Presidente de América dice cosas hermosas", escribía Jamenei. "Nos traslada mensajes constantemente, tanto orales como escritos: `Acercaos y pasemos página, alumbremos un nuevo clima, cooperemos en la resolución de los problemas del mundo'. ¡A este grado ha llegado!"

A continuación advertía a Obama de no poner las esperanzas americanas en formaciones más moderadas. "Los reformistas no pueden tender la alfombra roja a Estados Unidos en nuestro país. Ellos [Estados Unidos] han de saberlo". De igual manera, mientras Obama ha descartado en la práctica la intervención militar, Teherán elevaba el tono de su intransigencia, *cortaba la cooperación con la Agencia Internacional de la Energía Atómica en torno a las labores atómicas militares de Irán en el pasado y aceleraba su programa balístico.

¿Dónde deja esto a Irán y Estados Unidos entonces, 35 años después de que la República Islámica perdiera su control funcional y pusiera de manifiesto su desprecio a las normas de la diplomacia? Jamenei, como Jomeini antes, lleva en la práctica la iniciativa, por lo menos hasta que Estados Unidos elija democráticamente a un líder fuerte y verosímil. ¿En cuanto a Obama? Puede imponer su voluntad y adjuntar firmemente su legado a Irán. Por desgracia, como Cárter antes, no será por las razones que a él le gustaría.
 
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