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Mark W. Hendrickson

Mark W. Hendrickson es Doctor en Economía y estudió derecho en la Universidad de Michigan, Literatura en Oxford y Educación moral en Harvard. Es autor de los libros "Famous But Nameless" (2011) y "America's March Toward Communism" (1987). Mientras ejercía como director de Seminarios de la Fundación para la Educación Económica (1991), creó la serie de libros "Clásicos FEE", editando el primer volumen, "The Morality of Capitalism". Actualmente es profesor adjunto de Economía en Grove City College de Pennsylvania (Estados Unidos) y Fellow de Política Económica y Social en el Centro de Visión y Valores, donde publica artículos sobre temas económicos, políticos y morales. Es miembro de la Fundación Commonwealth.


Mark W. Hendrickson
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La guerra de clases, una vez más: las versiones de la izquierda y la derecha
Muchos derechistas casualmente creen que el igualitarismo obsesivo de la izquierda es demencial
En vísperas de otras legislativas, una de las cuestiones determinantes que diferencia a los estatistas - "los de izquierdas" - de los defensores tradicionalistas de los derechos individuales - lo que la izquierda llama "los fachas" como yo (etiqueta que aceptaré con orgullo según lo definido aquí) - son nuestros conceptos de la lucha de clases, radicalmente diferentes.

Los progres — que en general se postulan con la etiqueta "Demócrata” — conservan un paradigma más o menos marxista según el cual, la versión moderna del proletariat (“los pobres”) es injustamente explotada y machacada por la clase alta ("las rentas altas") y sus criados burgueses ("la clase media"), y por eso, el Estado tiene que utilizar sus *competencias para redistribuir la riqueza a la hora de combatir esta desigualdad económica supuestamente injusta.

Muchos derechistas casualmente creen que el igualitarismo obsesivo de la izquierda es demencial. Sobre todo porque, aunque creemos en la igualdad ante la ley y (aquellos de nosotros que practicamos una confesión) en que todos los seres humanos son iguales a los ojos de Dios, sostenemos que la igualdad económica es profundamente *antinatural, irreal y no deseable.*

El problema inabordable a la hora de plantar cara a los igualitarios es que la naturaleza o Dios - depende de usted - no nos hizo iguales en talento, habilidades, capacidades, capacidad de trabajo, motivación, tolerancia a la frustración, visión, etc., y por eso los resultados en términos de productividad económica y riqueza no pueden ser comparables. Dado que su pilar confesional sostiene que todos los seres humanos han de recibir una parte de riqueza equivalente en la lugar de la surgida producto de un estado de libertad individual, los igualitarios han declarado la guerra a la naturaleza o a Dios. Ellos están convencidos de que el creador de nuestras diferencias naturales cometió un error garrafal que ellos tienen que rectificar, y muchos izquierdistas persiguen este objetivo con un fervor caracterizado de forma idónea como mesiánico.

*No conozco a nadie entre la derecha que crea que la pobreza es buena. *Los de derechas pretendemos aumentar las oportunidades de los pobres a la hora de subir los peldaños del escalafón que les aleja de la pobreza y que nuestros ancestros (a veces durante una generación o dos) recorrieron en el pasado. Somos partidarios de la libre elección del centro escolar para que los chavales pobres puedan salir de los centros escolares con elevadas tasas de fracaso. Pretendemos crear las condiciones idóneas de una economía vibrante de fuerte crecimiento con montones de puestos de trabajo, para que los estadounidenses pobres puedan tener la satisfacción de alcanzar el éxito por su cuenta. No nos obsesionan los ricos ni tratamos de reducir su número, pero advertimos que a menos que sean ladrones o enchufados políticos, se habrán ganado su patrimonio en el mercado generando valor y cubriendo necesidades del prójimo.

La izquierda, por contra, se divide entre las personas genuinamente compasivas que quieren sacar de la pobreza a los pobres, y los misántropos "verdes", cuyo rechazo ideológico a la riqueza les coloca en contra de los pobres. Donde los izquierdistas que quieren combatir la pobreza se diferencian de los de derechas es en el enfoque. Los progres opinan que no se hace lo bastante por los pobres hasta que se hace algo a los ricos. Dedican más energías a implantar políticas destinadas a quitar a los ricos que a sacar de la pobreza a los pobres, y como consecuencia, los pobres languidecen en un segundo plano. De hecho, muchos entre la izquierda parecen optar por tener a los pobres dependiendo de los programas del Estado (los cínicos practicantes de la estrategia Curley).

Nosotros los de derechas - es decir, los que no consideramos al Estado un abastecedor, redistribuidor o supervisor económico - somos parte de la tradición norteamericana mayoritaria de no creer en la lucha de clases. Consideramos a América el País de las Oportunidades y el progreso social, en el que el individuo no está atrapado dentro de clases sociales estáticas y rígidas, sino que la libertad hace posible y, de hecho, corriente, que los individuos alcancen el éxito y realicen grandes avances económicos.

Por desgracia, sin embargo, como he escrito con anterioridad, hay una lucha de clases de cuyo seno la izquierda necesita formar parte. Es la creciente división entre el escalafón gobernante y el resto de nosotros. Los funcionarios del Estado se han convertido de hecho en una aristocracia económica y política. Si se hubieran ganado su superior riqueza en el mercado económico, nos alegraría y elogiaríamos su éxito. *Pero al lucrarse a través del funcionamiento del Estado*, en el seno del cual todo lo que ellos obtienen no es ganado, sino arrebatado a aquellos de nosotros en el sector privado, su superior posición económica dista mucho de ser admirable. Prosperar en el seno del Estado es la vía a la prosperidad a la vieja usanza, no el estilo americano. Combine los ingresos superiores de los burócratas del Estado con el ejercicio cada vez más arbitrario de las competencias públicas (Agencia de Protección Medioambiental, la Junta Laboral, Agencia Tributaria, etc.) contra el resto de nosotros (por no hablar de su incompetencia y su torpeza - Centro de Control de Enfermedades, Agencia Antidroga, Agencia de Seguridad en el Transporte) y los funcionarios del Estado se han convertido en una clase, contra la que la gente de a pie ha de combatir antes de que, como Gulliver, sea demasiado tarde.
miércoles, 12 de noviembre de 2014.
 
Los Demócratas y el empleo
A nivel histórico, los Demócratas se han criado la fama de ser "el partido de los trabajadores". Aunque al cardar la lana, se ha producido una interesante dicotomía: ellos son sin duda el partido del trabajador organizado, al ser los sindicatos un pilar de referencia dentro del Partido Demócrata; sin embargo, sus políticas han elevado con frecuencia el paro y han devastado las esperanzas del peón americano.

Me pregunto cuánto más podrín contener los Demócratas las evidentes contradicciones entre su ideología y sus políticas.

La contradicción más básica en el seno de la relación esquizoide de los Demócratas con la mano de obra estadounidense es su intento de ir de paladines del trabajador mientras adoptan simultáneamente políticas que son agresivamente contrarias a las empresas. No parece molestarles una realidad económica sencilla: Si quieres empleo, entonces necesitas empresas (al menos, por supuesto, que se sea un socialista convencido de que el Estado crea empleo para todo hijo de vecino pr‡cticamente).

Siendo claros, los Demócratas no son enemigos de todas las empresas. Su retórica anti-capitalista a menudo desvía la atención de muchos a la hora de advertir los estrechos vínculos que hay entre los Demócratas y las redes clientelares. Como documentaba el escritor Timothy P. Carney en su libro Obamanomía hace unos años, hasta éste, el más izquierdista de los presidentes, comprende las ventajas políticas de tener aliados entre el sector empresarial. Y desde luego, las estrechas relaciones entre el equipo Obama y diversos entramados de energías renovables son incuestionables. De hecho, como recogí con anterioridad al hablar del debate de las mudanzas de las sedes corporativas al extranjero en la emisora NPR, la representación del colectivo progresista Centro para el Progreso Estadounidense salió en defensa de bajar los impuestos a determinados negocios.

Pero a menos que los Demócratas estén cultivando una relación mutuamente beneficiosa entre sus propias carreras políticas y la red clientelar, sus políticas son lesivas para las empresas. Dos ejemplos recientes son: 1) las acusaciones difamatorias de conducta antipatriótica vertidas contra las empresas norteamericanas que pretenden evadir la pesada carga fiscal que se impone a los beneficios; 2) las tramas de la Junta Laboral, que pretende transformar de forma unilateral el panorama laboral del modelo franquiciado de negocios. A ver, oiga, hay que apearse del burro el tiempo suficiente para ver que la persecución de las empresas destruye oportunidades laborales.

De hecho, los Demócratas han puesto en escena durante los œltimos años una unión mayor que los Republicanos, pero se sientan sobre un polvorín. Dos de sus electorados principales los ecologistas y los sindicatos son inherentemente incompatibles. Piense en todo el empleo y las nóminas que han perdido los estadounidenses a causa de las políticas medioambientales. Miles de puestos de trabajo en el sector maderero se esfumaron en el momento en que los ecologistas se pusieron a proteger al bœho moteado. Los ganaderos de California han perdido miles de millones de dólares a causa de las restricciones al abastecimiento, diseñadas para proteger a una especie de pez en presunto peligro de extinción. Los mineros y los trabajadores de las centrales térmicas son una especie en peligro de extinción en sí misma, a causa de la guerra al carbón del equipo Obama.

Me pregunto cu‡nto va a tardar el trabajador estadounidense en decidir que abandona una formación política que trabaja contra su sustento. Es un desafío abierto para los estrategas Demócratas y una jugosa oportunidad para los Republicanos.

En la práctica, al nivel más fundamental, los Demócratas no saben decir si están a favor o en contra del trabajador. Parecen convencidos de que nadie tendría que trabajar de no desear hacerlo. En esto se parecen mucho a los ingenuos miembros del colectivo Occupy Wall Street, que creen no ser libres si tienen que trabajar.

Parece tratarse del renacimiento de la antigua creencia griega en que solamente han de trabajar los esclavos. Puesto que alguien tiene que trabajar para fabricar lo que consumimos, eso implica por supuesto que la elite izquierdista opina que ella debe quedar exenta de trabajar. Presumiblemente, sus rivales de la derecha deben ser los esclavos que trabajarían para financiarles el estilo de vida de su gusto.

En su éxito de ventas El capital en el siglo XXI, el economista francés progre Thomas Piketty manifiesta su rechazo a las personas humildes que probablemente han de trabajar para alguien que es glubs rico (ver p‡ginas 256-7). Se conoce que los progres se han olvidado del hecho de que dentro de un reparto social del trabajo, uno genera y obtiene riqueza proporcionando algo de valor al prójimo. En otras palabras, todos los puestos de trabajo dependen en œltima instancia de cubrir las necesidades ajenas. Solamente un snob insoportable o un ideólogo (perdón por la redundancia) olvidaría que las rentas altas son también seres humanos, y deben de tener libertad para proporcionarse los bienes y servicios que puedan pagar.

Es malo que los progres están tan cegados por el rechazo a las rentas altas (excluidas las rentas altas progres, por supuesto) que no sepan ver la buena noticia de la serie histórica. Sí, algunas personas no tienen que trabajar porque alguien ha producido antes tanta riqueza para tantas personas que han amasado el capital suficiente para hacer que el trabajo de su descendencia sea innecesario (normalmente un pariente o un progenitor, pero no siempre). A medida que transcurre cada generación, cada vez son más personas las que alcanzan esta libertad. En lugar de poner trabas a esta tendencia, como progres y Demócratas parecen dedicarse a hacer, deberían de tratar de consolidar y alentar esta novedad para que sean cada vez más las personas que tienen opción de elegir trabajar. Puede que en algœn futuro fabuloso, los autómatas realicen el cometido del trabajador. Hasta que alcancemos esa etapa económica y tecnológica, los Demócratas harían mejor dejando de poner trabas al libre mercado y permitiendo que el mercado proporcione las oportunidades máximas y óptimas a quienes necesitan y quieren trabajar.

El empleo es bueno. Ayuda a la gente. Es una pena que los Demócratas destruyan empleos y perjudiquen a la gente con tanta frecuencia, mientras vomitan toda clase de lemas en defensa del trabajador.
viernes, 24 de octubre de 2014.
 
El 'Dinero' de Steve Forbes y Elizabeth Ames
La aparición del dinero en las sociedades humanas fue uno de los pasos más importantes hacia la prosperidad generalizada
“DINERO: Cómo amenaza la devaluación del dólar a la economía global — y qué podemos hacer al respecto”, de Steve Forbes y Elizabeth Ames, es un título oportuno y provechoso. En un momento en que el ejercicio de la economía está plagado de misticismo e inefable esotérica, es un alivio encontrar un libro que explica de forma sencilla, clara e inteligente las realidades económicas vitales. En “DINERO” se analiza el papel vital que interpretan el dinero, el crédito y los bancos centrales en la actualidad, y se demuestra que la malversación de esos tres pilares capitales de la actividad económica ha erosionado nuestra prosperidad. La clave para invertir la tendencia es renunciar a nuestro fracasado experimento nacional de la divisa sin respaldo y la vuelta al patrón (léase el oro).

La aparición del dinero en las sociedades humanas fue uno de los pasos más importantes hacia la prosperidad generalizada, dado que el dinero era la clave del intercambio indirecto, que nos llevaba más allá del rudo trueque y ampliaba enormemente las posibilidades de intercambio económico. El dinero es el común denominador en términos de lo que tasa el mercado. El economista austríaco Ludwig von Mises definía el dinero como el bien de mercado más comercial, por la razón de que el dinero juega un papel más protagonista de muchas más transacciones que nada. En nuestra economía de mercado, es anómalo que otros bienes de tipo económico, de las comunicaciones a las tecnologías médicas pasando por los medios de transporte, se revaloricen, mientras que el dinero - el bien económico que más circula de todos - se deprecia, perdiendo el 95% de su poder adquisitivo durante el último siglo.


La generación fundadora de América había sufrido de forma brutal durante la Guerra de la Independencia por recurrir a los dólares continentales — la divisa en circulación legal (comparable a los billetes de la Reserva Federal hoy) a través del Congreso Continental, aun cuando los billetes no se podían canjear por dinero real (la Plata, en aquella época), en contra de las promesas del Congreso Continental.

Aquella aleccionadora experiencia empujó a los artífices de nuestra Constitución a instituir el oro y la plata como divisas de los Estados Unidos. De ahí que la Constitución estipule que el Congreso tiene las competencias exclusivas a la hora de "acuñar" el dinero (no "imprimir" el dinero). Respaldado con oro y plata el dólar estadounidense, Estados Unidos escaló posiciones rápidamente hasta convertirse en el país más próspero del mundo. Desde que el divorcio definitivo entre el dólar y su respaldo con oro acabara en la falta a sus promesas de redimir dólares con oro del Presidente Nixon en 1971, el crecimiento económico ha ido frenando, el paro ha ido subiendo, el dólar ha ido debilitándose frente a las demás divisas y nuestra posición económica relativa en el mundo ha ido deteriorándose.

En “DINERO”, Forbes y Ames finiquitan diversos mitos que muchos de nuestros políticos han perpetuado. La opinión generalizada en muchos sectores ha consistido en que Estados Unidos debe devaluar el dólar. ¿Alguien ha preguntado al ciudadano de a pie si realmente quiere que su limitada fuente de dólares valga menos productos? De hecho, "DINERO" pone en evidencia el absurdo de la vieja fábula mercantilista que dice que la riqueza de los estadounidenses depende del traslado de cuantos productos económicos valiosos sea posible al extranjero, con destino al consumidor extranjero.

La divisa respaldada por un metal es como el suelo - una vez está, proporciona un cimiento firme y se avanza de manera constante y rápida. La divisa no respaldada por alguna medida objetiva y tangible de riqueza es igual que caminar sobre la arena. Al cambiar de forma constante de valor, el soporte que presta cede un poco, y hace falta más esfuerzo para realizar el mismo desplazamiento que se realiza con la divisa respaldada por oro (es decir, es más difícil y más caro).

Forbes y Ames explican que cuando el sustrato monetario bajo la población se hunde y cambia y el poder adquisitivo de la divisa se aleja, la gente adopta medidas defensivas, como ponerse a cubierto hasta que pase la tormenta. De ahí que la gente adquiera activos como el suelo o el oro - riqueza que ya está presente en forma tangible - en lugar de invertir en la creación de riqueza nueva. Ese instinto de supervivencia condujo a la burbuja inmobiliaria de la última década, los efectos de la cual todavía no han desaparecido.

Uno de mis pasajes preferidos de "DINERO" es cuando los autores hacen una comparación irónica entre el destino del economista John Law, que tuvo que huir de Francia caído en desgracia después de que su ruinosa trama monetaria saltara por los aires hace dos siglos, y nuestra actual tendencia a entronizar a los gobernadores de la Reserva Federal, aun cuando los segundos están sembrando las mismas semillas de destrucción monetaria a lo Law en la América actual.

Como demuestran los autores, el oro es la divisa ideal. Es conveniente a la hora de circular y de dividir, totalmente imperecedero, y fácilmente referenciable en cuanto a tamaños y pureza. Otra ventaja del patrón oro es que rebaja los riesgos que castigan el comercio internacional en esta época de divisas sin respaldo. Con independencia de gustos en cuanto a lo que se acuñe sobre una moneda, una onza de oro sigue siendo una onza de oro en cualquier parte del mundo. Es una realidad objetiva. Es el hecho de que el oro sea y haya sido valorado en el mercado no monetario (léase el que no precisa de mandato gubernamental para que la gente le dé uso) lo que lo hace eminentemente idóneo para su uso como divisa.

De hecho, Forbes y Ames demuestran que es imperativo que privemos a nuestros gobiernos de sus competencias a la hora de imponernos una divisa sin respaldo, y que los devolvamos mejor a su papel asignado en la Constitución: proteger una divisa estandarizada sustentada en el oro. Mis más encarecidos agradecimientos a los dos autores, por sus ideas refrescantemente lógicas en esta importante obra.
viernes, 29 de agosto de 2014.
 
 
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