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Festival del vino 2016 - D. O. Somontano
María José Carmona
La sonrisa de la mona lisa
María José Carmona (Málaga, 1984) Comunicadora de vocación, se licencia como periodista en el año 2006 en la Universidad de Málaga. Durante los últimos años de facultad simultanea las clases con una beca de formación en la delegación malagueña de la Agencia EFE.

En 2007 comienza sus primeros pasos en el mundo audiovisual. A partir de entonces entra a formar parte de un grupo multimedia en Ronda (Málaga) donde trabaja como editora de informativos en la televisión local, redactora de una publicación semanal y corresponsal de la Agencia Efe en esta localidad. Su predilección por la pequeña pantalla le lleva a trabajar un año más tarde a otro punto de la provincia de Málaga, Antequera, donde también ejerce como editora de informativos en otra televisión de cobertura comarcal. En esta misma ciudad, decide probar en 2009 el trabajo en las ondas y se embarca en la recién implantada emisora de la Cadena Ser donde desempeña durante un año el papel de jefa de informativos.

Finalmente en 2010 decide ampliar sus horizontes y hace su mayor apuesta profesional, se traslada a Madrid para participar en un master profesional de televisión especializado en informativos y programas de ficción. En estos momentos, simultanea las clases con un trabajo en prácticas como redactora en los servicios informativos de fin de semana en Intereconomia Tv.
María José Carmona
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Anvigüedades
María José Carmona
Desde hace ya varios días una angustia palpitante me impide dormir por las noches. Y es que justo cuando ya llevaba un tiempo sin tener que utilizar el corrector ortográfico del Word, va la RAE y me cambia las cosas de sitio. Por si este año no nos resultaba ya lo suficientemente entretenido, ahora van estos cultos y honorables señores y le dan media vuelta al diccionario, que por cierto se queda con 27 letras. Ch y Ll se van a la cola del paro ¿Quién le dice ahora a mi abuela que a estas alturas le cambian las tildes?, ¿quién les enseña a los nuevos universitarios que sólo se queda solo, que Qatar se convierte en Catar y que ahora entre números a ver quién es el gracioso que distingue entre o y 0?, ¿Quién c…. se va a aprender que y griega no es y griega, que ahora se llama ye?

¡Dios mío de mi vida a la crisis económica se avecina ahora una crisis “literal”! De acuerdo, estamos exagerando. Pero siendo sensatos, señores de la RAE, ¿realmente era necesario liarla de esta manera? Y además así de un día para otro, como si mañana al levantarnos nos dijesen: “No señores, a partir de hoy la sopa se come con la mano izquierda. ¿Qué por qué? Pues porque así se hace en Kazajstán”.

Que sí, sigue siendo exagerado. Pero puedo asegurar que la sensación de perplejidad que me provocó la noticia del cambio ortográfico hubiese sido prácticamente igual a la derivada de los nuevos hábitos culinarios kazajos.

Realmente me cuesta entender cómo en una sociedad en la que los jóvenes cada vez sienten menos aprecio por ponerse delante de un libro, en la que el 60 por ciento de los alumnos de secundaria no sabe utilizar correctamente los signos de puntuación, en la que los adolescentes día tras día pegan patadas literales al diccionario x l xtrema kpacidad de sntesis de ls sms, nos da ahora por complicarles aún más las cosas.

Está muy bien eso de unificar el idioma que hablan 450 millones de habitantes pero ¿de qué sirve cuando entre buena parte de los 45 que viven en España no saben ni poner los acentos?

Si realmente nos preocupa el futuro del lenguaje, ¿no sería más apropiado invertir en educación, centrar todos los esfuerzos en concienciar a las nuevas generaciones sobre la importancia de escribir correctamente, antes de armar toda una revolución gramatical?

En fin, anvigüedades.
jueves, 18 de noviembre de 2010.
 
No solo Facebook
María José Carmona
Hace unos meses su nombre nos habría resultado indiferente pero desde que el pasado octubre se estrenase en los cines “La red social”, ríos de tinta han corrido sobre el controvertido y asombroso personaje de Mark Zuckerberg,

Y es que no puede dejar de sorprendernos al común de los mortales cómo un chaval de 20 años llegase a crear (mal que nos pese a muchos) uno de los inventos más revolucionarios del siglo XXI convirtiéndose en la cabeza visible de un emporio empresarial cuantificado en miles y miles de millones de dólares.

No obstante buceando en Internet es fácil encontrar otros ejemplos de mentes inquietas que han sabido valerse de las posibilidades que ofrece la Red para crear nuevos canales de comunicación entre las personas. Es el caso de Ron Hombaker. De momento otro nombre indiferente pero quien sabe si dentro de unos años no veremos a otro joven actor de Hollywood haciendo de él en la gran pantalla. Aunque es cierto que su invento, a pesar de ser una buena demostración de originalidad e ingenio, no ha conseguido el éxito y la popularidad de Facebook, cada vez tiene más adeptos en todo el mundo.

Ron Hombaker es el inspirador del fenómeno Bookcrossing, un sistema de intercambio de libros a nivel global que va camino de convertirse una nueva forma de red social. Todo empezó en el año 2001 cuando Hombaker, socio de una compañía de software y desarrollo por Internet con sede en Kansas City, se propone crear una comunidad en Internet que fuera realmente única. Inspirándose en sitios como Phototag.org, que sigue la pista a cámaras desechables que se dejan perdidas por el planeta, y en WheresGeorge.com, un buscador de billetes estadounidenses a través del número de serie, se preguntó qué otra cosa le gustaría a la gente seguirle la pista. Entonces echó un vistazo a la estantería de su cuarto y Voila! Allí estaba la respuesta, libros. Después de todo, eran más que objetos tangibles, pues también contienen elementos de apego emocional, suscitan todo tipo de debates y opiniones y sobre todo pueden ser compartidos.

En cuestión de un mes la idea se fue perfilando hasta la creación del site Bookcrossing.com, una plataforma on line para vertebrar la práctica de dejar libros en lugares públicos para que otros lectores los encuentren. El sistema se basa en tres erres: Read (Lee) un buen libro, Register (Regístralo) en la web indicando un número de identificación y Release (Libéralo). Para que funcione bien la persona que lo encuentre (en un parque, en una cafetería, en una cabina de teléfono…) deberá notificarlo en la página y de este modo se podrá seguir el camino y las manos por las que va pasando el ejemplar por lo largo y ancho del mundo. Aunque no parezca un sistema demasiado fácil esta particular “caza del libro” cada vez está más extendida, basta decir que la página ha pasado de crecer a un ritmo de unos 100 miembros al mes a registrar a día de hoy cerca de 900.000 “BookCrossers”, los cuales han puesto en circulación más de seis millones de libros en 132 países.

Aparte de lo divertido de liberar libros de nuestra estantería y dejarlos a la deriva, la clave del éxito de Bookcrossing está, como en otras redes sociales, en las posibilidades de contacto con otras personas. Y es que al final de todo, los libros no son más que la excusa para que los usuarios den sus opiniones sobre ellos, hablen sobre sus gustos literarios y lo más importante, conozcan los de otras personas probablemente afines. La clave está en la creación de comunidades de personas movidas por intereses comunes.

Como en Facebook, cada persona registrada tiene su perfil, donde puede consultarse cualquier dato que quiera ofrecer, los libros que ha leído, los que le gustaría leer… La página ofrece la posibilidad de enviar mensajes privados de miembro a miembro o participar en foros y chats. También se organizan desde Bookcrossing.com “quedadas o Meets up”para reunir cada cierto tiempo a amantes de la literatura de una misma ciudad o provincia para que puedan conocerse en persona. Estos son los verdaderos atractivos que están haciendo crecer a día de hoy a esta página a un ritmo de 350 usuarios al día.

Es un hecho. Parece claro que en el siglo XXI, el siglo de las libertades, de la aldea global, de la destrucción de las fronteras, de los viajes Erasmus no podemos relacionarnos si no es con una pantalla por delante. No obstante, dentro de lo malo, siempre será mejor utilizar esta nueva y casi obligada forma de comunicación para intercambiar opiniones sobre literatura que para opinar sobre señoras que se ponen bolsas de plástico en la cabeza cuando llueve.

miércoles, 10 de noviembre de 2010.
 
Musicales de bolsillo
María José Carmona López
Menos es más. Parece mentira que cuatro actores, una camilla de hospital y un piano sean a día de hoy competencia directa de las apabullantes coreografías de los 40 principales, el rentable alegato a la nostalgia de Cómplices, la empachosa carga dramática de Annie o el tirón de los rostros populares de Mamma Mia.

Pero así es. En el paseo de la fama de la Gran vía madrileña y alrededores se cuela desde el pasado mayo el musical de pequeño formato “Pegados”. Una propuesta tan sencilla como original basada en las esperpénticas conversaciones de una pareja de desconocidos que tras un arranque de pasión en los baños de una discoteca se ven obligados a permanecer pegados por sus partes nobles a la espera de la llegada de un médico que deshaga el entuerto. A pesar del abigarramiento de la situación se trata de una obra sin mas pretensiones que reírse de todo lo reíble, incluso del propio concepto del teatro musical. Probablemente falten recursos (de hecho los decorados bien podrían valerle a una obra de instituto) pero sobra talento y sobre todo imaginación. Algo de lo que parecía adolecer este tipo de espectáculos de unos años para acá. Y es que desde mediados de los 90, cuando empezó a extenderse por los escenarios de la capital eso de cantar entre conversación y conversación ante la buena acogida del público, pocas innovaciones se han visto más que adaptaciones a la española de clásicos de Broadway o revivals para fans carrozones de míticas bandas del pasado. Últimamente echándole un vistazo a la cartelera daba la impresión de que el guión, la propia historia, estaba sucumbiendo en este tipo de teatro para ser suplido por la grandiosidad de multitudinarias coreografías, impensables cambios de decorados, los cuerpos esculturales de los bailarines o por supuesto alguna que otra carita de moda de Fama u Operación Triunfo. Pero ahora, y tras descubrir “Pegados”, me da la impresión de que pueden ser los pequeños los que poco a poco vayan cambiando los enquistados tópicos del teatro musical español ante la dejadez de los grandes. Y no parece funcionarles del todo mal, teniendo en cuenta que esta pequeña obra montada en Barcelona ha superado ya el centenar de actuaciones con más de 10.000 espectadores. Bien es cierto que les queda aún mucho, a ellos y a otros, sobre todo en la guerra por la promoción, pero precisamente por eso habría que advertir a los “turistas musicales” (a esos que se recorren kilómetros y kilómetros en tren durante un fin de semana solo para disfrutar del pequeño Broadway madrileño) que no se limiten a los grandes estrenos de las guías de ocio habituales, que indaguen, que busquen en los pequeños teatros desperdigados por el entramado del centro de la ciudad, que se atrevan a arriesgar con propuestas sin taquillazos pre garantizados. En definitiva, que miren más allá de las tapas porque al final por muy cuidada que sea la edición, tanto en los libros como en el teatro, lo importante es lo que se cuenta dentro.

jueves, 4 de noviembre de 2010.
 
 
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