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Marcos Carrascal Castillo
Marcos Carrascal Castillo
La crisis se ha desvanecido. El paro, ese monstruo que ha crecido en las últimas semanas, las condiciones de los jóvenes, los servicios públicos recortados… ¿Ya no existen?
Sábado, 16 de septiembre de 2017. Las seis noticias protagonistas de uno de los más conocidos diarios nacionales versan sobre “El desafío catalán”. Otro rotativo dobla la apuesta: sus ocho nuevas más vistosas son tejidas con el tramo catalán. De sus portadas han desaparecido esos horribles testimonios de gente damnificada por la crisis económico-financiera.

No se nos puede olvidar que esos desahucios de familias enteras que estremecían y enojaban a la sociedad se siguen dando. Solo en el primer trimestre del año 2017, el periódico Público cifraba en 17.000 los lanzamientos inmobiliarios practicados. Tampoco se esfuman de nuestros cerebros esos barracones que tenían por colegio centenas de niños valencianos. Es evidente que no pueden desaparecer de nuestras mentes los inmigrantes que, entregando su vida a una ilusión, la perdían en el periplo, o eran heridos en las concertinas, o eran recibidos en crueles CIEs. Fulgen en mi memoria los 179.485 puestos de trabajo destruidos, la mayor cifra para un mes de agosto desde 2008, según el diario El Mundo.

Pero todo esto, la verdadera imagen de España, está siendo sometida a una suerte de pausa por los medios de comunicación y los partidos políticos. Estamos como en un tiempo muerto en todos estos dramas que entrañan lo más real de España. Parecemos absorbidos por la problemática catalana, que es tal y de una magnitud excesiva. ¿Tanto como para abstenerse de hablar de aquellos que son más vulnerables?

La cuestión identitaria es crucial, pues perfila una gran porción de nuestra vida. Empero, comer, tener una educación y una sanidad pública y de calidad, una Justicia decente y rápida, unas instituciones transparentes y participativas, una vivienda en la que poder construir un hogar, la posibilidad de hacer frente a los medicamentos que recetan los galenos, unas condiciones laborales que no linden con la explotación,… nos da la vida. España no es un partido de tenis entre la Generalitat de Catalunya y La Moncloa; es un joven trabajando doce horas por un sueldo pírrico, un colegio público que no recibe el dinero suficiente para alimentar a sus alumnos, un anciano que mantiene con su pensión a la familia de su hija y que hunde sus manos en la basura para comer… Esta descripción es sobre la que hay que verter todos nuestros esfuerzos.

Yo he escrito bastante sobre Catalunya, porque es un territorio al que estimo mucho, como una parte de mí. La conozco bien y sé de su problemática. En ningún caso pretendo minimizar los anhelos independentistas o los deseos unionistas. Sin embargo, creo que este conflicto, que ha se tener una solución inmediata, no puede apartar a la gente que sufre de nuestras cabezas y de nuestros corazones. Y, sobre todo: no se pueden apartar de las propuestas que se hagan desde los Poderes Públicos para combatirlo. Asimismo, Catalunya también es Guillém, ese joven que trabaja doce horas como camarero por un sueldo de novecientos euros sin apenas vacaciones, y Joana, que mantiene con su pensión de escasos seiscientos euros a su hija, a su yerno y a sus dos nietos. Guillém y Joana necesitan la atención de las autoridades para poder columbrar un futuro mejor, allende si pretenden una Catalunya fuera de España o dentro de ésta.

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